Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 12 — El poder en las manos
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Capítulo 12 — El poder en las manos

Las pesadillas nunca pararon.

Ni con Eugenia, ni con Manizales, ni con los planes, ni con las pastillas. Se espaciaban a veces. Le daban una semana, diez días de tregua. Y luego volvían, como vuelve la marea, con la misma paciencia de siempre.

Siempre la encontraban.

*

Eran distintas a las de antes. Ya no eran solo peso, solo voces, solo la sensación de una presencia.

Ahora eran persecuciones. Ella corría. Por casas que no conocía, por calles de ciudades que no existían, por pasillos de colegios con el piso de madera encerada que crujía en cada tercer paso.

Corría y algo la seguía. A veces lo oía detrás: pasos, uñas, una respiración.

A veces lo veía al fondo de un corredor, una figura demasiado alta, demasiado quieta, que no se movía, pero que cada vez que ella volvía a mirar estaba un poco más cerca.

Y ella nunca hacía nada. Solo corría.

Se despertaba con las piernas acalambradas. Con el corazón golpeándole las costillas. Con las sábanas enredadas en los tobillos, de tanto correr toda la noche.

Una vez se despertó con un rasguño en el talón. Tres líneas rojas, paralelas, finas.

No se lo mostró a nadie.

*

Cuando se acostumbró a tenerlas a diario, las pesadillas tenían casi siempre el mismo argumento: el demonio, o los demonios, persiguiéndola.

Ahorcándola. Matando a su familia delante de ella.

Y descubrió algo: nunca los veía. Nunca.

Sentía las manos en el cuello, sentía el peso, oía la risa, pero no había cara.

Empezó a ordenarles que se mostraran. Que la dejaran verlos. Que le dijeran su nombre.

No lo hacían.

Era una tortura infernal. Todas las noches, las dos o tres horas que podía dormir, se le iban peleando con algo que no tenía cara.

Y había otras pesadillas. Las de Armenia.

En una estaban todos los primos reunidos en un cuarto pequeño de la casa de los abuelos: una cama, un computador, dos ventanas, una mesa, el techo blanco. Estaban acostados en la cama, riéndose, hablando bobadas, como cuando eran niños.

Y de un momento a otro, su abuelita estaba parada en la puerta.

Su abuelita, que también ya falleció, que en paz descanse. Con su pelo corto. Con una piyama de vestido larga, hasta los tobillos.

Pero estaba de espaldas.

No de frente, mirándolos. De espaldas. Quieta en el marco.

Los primos se callaron.

La abuela empezó a caminar. Hacia atrás. De espaldas, siempre de espaldas, hasta una pared. Y luego, sin voltearse, hasta el frente de la cama. Se quedó ahí, parada, con la nuca hacia ellos.

Y de pronto saltó.

Un golpe repentino, pum. Saltó a la cama en cuatro patas, como un animal, y se le acercó a ella. Cerquita. Cerquita. Tan cerca de la cara que le sintió el aliento.

—Acuérdese —le dijo— que yo nunca la voy a dejar en paz.

Ella sabía que no era su abuela. Que era una de las entidades que la molestaban. Esa pesadilla fue de las más pesadas.

En otra iba con su abuelo, bajando unas escaleras hacia una especie de sótano. Abajo había una cocina, y al lado de la cocina unas rejas, y después de las rejas una sala con un televisor, y al fondo un ventanal grande de vidrio corredizo que daba a un poco de pasto.

Abajo estaba su tía Beatriz. Una de las tías que más quiere.

Pero no era su tía Beatriz.

El abuelo le dijo que rezara la misma oración.

Dios te salve, María. Y en cuanto empezó, la tía se volvió loca.

Loca, loca, loca. Empezó a gritar. Ella, en su desespero, la agarró por la espalda, como haciéndole una llave, y se puso a orar con el abuelo para que le saliera lo que tuviera adentro.

La tía gritaba y se hería a sí misma. Quería sacarse los ojos: ella tuvo que cogerle los brazos para que no lo hiciera.

Y en medio de todo, la tía se ensució encima, y la ensució a ella también.

Pero no la soltó. Sabía que si la soltaba la iba a perder.

La tía se calmó. No se sacó los ojos.

Ella volteó a mirar a la sala. Afuera, detrás del ventanal, empezó a caer una tormenta, con rayos, con el cielo gris.

Abrió el vidrio. Y allá afuera, en el aire, estaban volando las dos mismas mujeres.

La hermana de su mamá y la cuñada de su mamá.

Con los brazos abiertos. Con mucho poder. Y todos los rayos les caían a ellas.

En ese descuido, Beatriz se le soltó. Salió corriendo como un animal, en cuatro patas. Ella salió detrás para no perderla.

Y cuando salieron de la casa, se dio cuenta de que estaban en el infierno.

Beatriz trepó por una pared, una montaña gigante de arena, en cuatro patas, y desapareció arriba.

Ella tuvo que quedarse agachada, pegada al piso, porque todo lo que había allá eran demonios.

Muchísimas casas, todas destruidas, y en todas, demonios.

La buscó. La buscó. La buscó. Nunca la encontró. Jamás.

Pero sí encontró de dónde venía el mal.

Y se despertó.

*

Esa noche, la noche en que todo cambió, el sueño empezó igual que siempre.

Estaba en un corredor largo, de paredes descascaradas, con puertas a los lados. Todas cerradas. Al fondo, una ventana por donde entraba una luz enfermiza, verdosa. Ella caminaba. Sabía que algo venía detrás. Lo sabía antes de oírlo.

Lo oyó.

Arrastre. Respiración. Una risa baja, muy baja, que se metía por las rendijas de las puertas.

Ella empezó a correr.

El corredor se alargaba. La ventana del fondo no se acercaba nunca.

Las puertas pasaban a los lados, una tras otra, y detrás de algunas se oían golpes: alguien adentro quería salir.

La risa crecía. Se multiplicaba. Ya no era una voz: eran muchas, burlonas, pacientes, la misma burla que había sentido durante años en su cuarto a las tres de la mañana.

Corre. Corre. Corre, que no vas a llegar.

Ella tropezó.

Cayó de rodillas sobre el piso. Las manos adelante, las palmas contra la madera podrida. La risa llegó hasta ella. Sintió el aire frío en la nuca. Sintió la presencia inclinándose sobre su espalda, justo sobre el punto del dolor, como si fuera a meter un dedo ahí, en la cerradura.

Y algo, dentro de ella, dijo que no.

No fue una palabra. Fue más hondo. Un no que le subió desde el estómago, pasó por el pecho y le llegó a los brazos. Un no cansado de correr. Un no de años.

Se dio la vuelta sobre las rodillas.

Levantó las manos.

*

Un día, en los sueños, salió un poder de sus manos.

Una luz.

No supo de dónde vino. Le salió de las palmas, de golpe, como agua que revienta una tubería. Blanca. Caliente. Tan intensa que el corredor entero se iluminó de una punta a la otra y las paredes descascaradas se vieron por fin como eran: manchadas, viejas, llenas de marcas de uñas.

Y en esa luz vio lo que la perseguía.

No tenía forma fija. Era como una sombra que se hubiera vuelto espesa, con brazos demasiado largos y una cabeza que se inclinaba hacia un lado. No tenía cara, pero tenía boca. La boca estaba abierta en una risa que, de pronto, se había quedado congelada.

La cosa retrocedió.

Retrocedió encogiéndose, tapándose con los brazos largos, chillando con un sonido agudo como el de una uña sobre un tablero.

Ella se quedó mirando sus propias manos.

Las manos que en la clínica no reconocía. Las manos que de noche aparecían en lugares donde no las había dejado. Las manos que siempre había sentido ajenas.

Ahora brillaban.

Y eran suyas. Por primera vez en años, eran completamente suyas.

*

Empezó a pelear.

No esa noche solamente. Desde esa noche. El sueño cambió de reglas, y ella con él. Ya no corría. Cuando sentía la presencia detrás, se detenía. Se volteaba. Levantaba las manos.

Al principio le temblaban. Al principio la luz salía débil, parpadeando, como una linterna con las pilas gastadas. Pero cada vez salía más fuerte.

Aprendió que ellos se escondían. Que les gustaba quedarse en las sombras, en los rincones, detrás de las puertas, en el borde de la mirada. Que su poder era el miedo, y el miedo necesitaba lo que no se ve. Mientras no se mostraran, ella no podía hacerles nada.

Así que empezó a exigirlo.

Les exigía que se mostraran.

Cuando la empezaban a ahorcar, ya no forcejeaba: los miraba de frente, aunque no hubiera nada delante, y les decía que no les tenía miedo. Que estaba cansada.

—¡Muéstrense! —gritaba en los sueños, de pie en medio de casas oscuras, en corredores, en iglesias rotas—. ¡Si son tan valientes, muéstrense!

A veces no salían. Se quedaban en lo oscuro, susurrando, riéndose bajito. Y ella esperaba. Con las manos encendidas. Sin moverse. Sin correr.

—En el nombre de Jesús —decía—. Muéstrense.

Y entonces salían.

Salían de debajo de las camas, de dentro de los armarios, de detrás de los espejos.

Algunos eran gigantes, peludos, de caras deformadas.

Otros pequeños y flacos. Otros pequeños y gordos.

Otros diminutos. Todos tenían algo en común: la querían matar.

Pero ella los mataba primero. Algunos tenían formas de gente que ella conocía.

Eso era lo peor. A veces la figura que salía de la sombra tenía la sonrisa de alguien de la familia.

La comisura levantada. Los ojos quietos.

Cuando se mostraban, los mataba o los exorcizaba.

A veces los acuchillaba. Otras veces los exorcizaba con la palabra y con el poder de Dios que ella misma invocaba en sus propios sueños.

La luz les caía encima y se deshacían. Unos se quemaban como papel, encogiéndose, volviéndose ceniza negra que se llevaba un viento que no existía.

Otros se retorcían y gritaban y salían huyendo por las paredes como humo.

Unos se disolvían en silencio. Otros maldecían. Ella no se detenía.

Se despertaba agotada. Con las palmas calientes. Con los brazos adoloridos, como después de cargar bultos toda la noche.

Pero se despertaba distinta.

*

Una madrugada, después de una de esas batallas, se quedó sentada en la cama mirándose las manos bajo la luz gris de la ventana.

Eran sus manos de siempre. Las uñas mordidas. La cicatriz en la base del pulgar. Nada brillaba.

Pero ella sabía de dónde había venido la luz.

No era suya. Eso lo entendió con toda claridad, como se entienden ciertas cosas a esa hora en que la noche se termina. La luz no salía de ella. Pasaba por ella. Venía de más arriba, de más lejos, y sus manos eran solo el lugar por donde salía.

Aprendió que el poder de Dios la protegía. Que su sangre y su mano le daban el poder de defenderse, y de defenderlo a Él y a la Virgen.

No que ella era fuerte. No que ella podía sola.

Que algo más grande, algo que había estado ahí desde antes, desde la oración de Eugenia, desde el avemaría cantada con el abuelo frente a la puerta, desde el roce de la mano del primo con alas de luz, había estado esperando a que ella dejara de correr.

Afuera, un pájaro cantó.

Ella cerró las manos sobre el pecho y se quedó así un rato largo.

Ahora los había visto.

Y ellos, por primera vez, la habían visto a ella.