Capítulo 11 — Manizales
Volvió al trabajo al día siguiente de salir de la clínica, como se lo ordenó la doctora de Los Almendros. Se sentó en el mismo escritorio, frente al mismo computador, con las mismas manos.
A la semana se quería matar otra vez.
Fue a la oficina de su jefe. Le dio las gracias. Le dijo que estaba mal, que no iba a ser una carga para nadie, que le pedía perdón por no cumplir con las expectativas. Y le dio las gracias otra vez por haberle dado el trabajo de sus sueños.
Una de las compañeras que la estaba entrenando la alcanzó en el pasillo.
—Usted está muy joven —le dijo—. Enfóquese en usted. No hay nada más importante que la salud.
Ella se rio. Le dijo que estaba bien.
—La salud mental es igual de importante que la física —le dijo la mujer, sin reírse.
Renunció. Ya nada tenía sentido.
Le dieron ganas de meterse otra vez debajo de algo, de un bus, de lo que fuera. Terminó otra vez en la clínica. Pero no la internaron: le tocó la misma doctora, la de las seis de la mañana, y la doctora dijo que solo necesitaba estar en su casa.
En su casa. El lugar que le había dado tanto terror.
*
Sus papás, cada uno con sus creencias, hicieron hasta lo imposible.
Su mamá oraba sin parar. Su papá le encontró una psiquiatra nueva, a la que tenía que ir tres días a la semana. Su mamá la acompañaba a cada cita, sagradamente.
La doctora Mercedes.
Ella la amó desde la segunda sesión. Le hacía las preguntas de rutina, sí. Pero después la escuchaba. Hacía terapias de choque donde mencionaba mil veces a los demonios, sin miedo, sin cara de lástima.
—Bueno, Cami —le decía—. Si van a seguir aquí, vamos a vencerlos, así sea con la mente. ¿Cuál es el miedo?
Por primera vez algo le hizo sentido. Ni el sacerdote, ni la doctora de la clínica, ni nadie.
—Nuestra cabeza es una sala de cine —le explicaba Mercedes—. Y nosotros proyectamos lo que queremos ver. Usted tiene que cambiar esa película de la mujer de blanco. Empezar a pensar en otras cosas.
Le dijo que la locura era una enfermedad muy seria, y que nadie tenía derecho a hacerla sentir loca.
Que tenía dificultades, que debía mejorarlas, que necesitaba volverse más fuerte.
Le ayudó a conocerse, a buscar si había traumas de la infancia, cosas que no quisiera hablar. Trataba de encontrarle lógica a todo.
—En mente ocupada no entran malos pensamientos —le decía.
Por fin, algo útil.
*
Se consiguió un trabajo en un call center. Necesitaba salir de su casa.
Y no lo van a creer, pero las cosas empezaron a mejorar. Conoció a Hernán. A Paola. Hizo amigos. Ocupaba la mente en algo diferente.
Hasta que un día, en el baño, con Paola, empezaron a bajarse solos los tanques de los inodoros. Uno, otro, otro. Las puertas de los cubículos se cerraban solas. Las llaves de los lavamanos se abrían.
Paola se quedó blanca. Ella ya estaba tan acostumbrada que no le paró bolas.
Después fueron los ascensores. Les cerraban las puertas en la cara. Se paraban entre piso y piso. Ella pensó, lógicamente, que era una falla eléctrica del edificio.
Una tarde salieron a comer. Cuando volvieron estaban los bomberos, la policía y el edificio evacuado.
Un muchacho había cogido un hacha de las de los bomberos, de esas que cuelgan detrás de un vidrio en los pasillos, y había empezado a romper todos los computadores. Uno por uno. Había atacado a su propio hermano, que trabajaba con ellos. Nadie lo podía parar. Tenía la fuerza de cinco personas.
¿Casualidad? Ella no cree en las casualidades. Sabía que el mal estaba en todos lados. Pero su trabajo, ahora, era ocupar la mente.
Ella y Paola se cambiaron al turno de la noche. Igual no dormía. Al menos escapaba de su casa, su calvario, y estaba ocupada.
Fue peor.
La actividad de los baños se intensificó. Siguió a las oficinas. De noche nadie andaba solo por ese edificio. Todos andaban en grupo, del mismo miedo. ¿Todos necesitaban estar en la clínica Los Almendros, o qué era lo que pasaba?
—Hay cosas que la ciencia no puede explicar —le decía la doctora Mercedes—. Pero hay algo en lo que usted sí puede trabajar y tener control. Usted misma. Mantenerse ocupada.
No aguantó el turno de la noche. Era demasiado. Se volvió a pasar a la mañana.
*
Una tarde, cuando ya se tenía que alistar para ir a trabajar, su papá entró al cuarto y la encontró llorando.
—¿Qué pasó, mami?
—Deme una razón para levantarme de la cama —le dijo ella—. Una sola.
Se sentía un estorbo. Los espíritus no desaparecían. No podía dormir ni de noche ni de día. Se tomaba cinco pastillas diarias que la dejaban como un zombi, y aun así se había vuelto inmune a las de dormir.
Su papá no dijo nada. Solo se le llenaron los ojos de lágrimas, sabiendo que no había una pastilla que la hiciera sentir bien.
Esa noche soñó con su abuelo.
Estaba riéndose. Tenía unas gafas de sol puestas. Alrededor, toda la familia hablaba, peleaba, se gritaba, y él solo se reía, tranquilo, sin que nada de eso lo tocara. La miró por encima de las gafas.
—Sígame —le dijo.
Ella lo siguió. Caminaban juntos, y a medida que caminaban ella se iba haciendo pequeña. Más pequeña. Hasta que fue una niña chiquita. Le estiró los brazos.
Y él la cargó.
Ella sintió todo su amor. Todo su profundo amor.
Se despertó llorando. Pero era otro llanto. Su abuelo le había dado la razón para levantarse: el amor que su familia le había dado.
*
Después de que la señora fue a limpiar la casa, llegó una tía de Estados Unidos. Ella estaba de vacaciones de la universidad. Y le dijeron que se fuera con la tía para Manizales.
La mandaron a Manizales.
A ver si se despistaba. A ver si se relajaba. A ver si eso se quedaba en Bogotá.
El viaje fue largo, por carretera, subiendo y bajando montañas.
Ella iba en la ventana, con la frente contra el vidrio, mirando cómo Bogotá se quedaba atrás: los edificios, las fábricas, los potreros de la sabana, y luego la carretera hundiéndose en un cañón verde y húmedo donde la neblina se pegaba a las montañas como algodón mojado.
Cuando cayó la tarde, todavía estaban en camino. Miró el reloj. Las cinco y cuarenta. Las cinco y cincuenta. Se le tensó la espalda.
Las seis.
Nada.
No se atrevió a alegrarse.
*
Manizales era una ciudad colgada de las montañas. Calles empinadas que subían y bajaban: una ciudad entera respirando. Casas de colores, balcones de madera, la catedral alzándose por encima de todo. Por las mañanas, cuando la neblina lo permitía, se veía el nevado a lo lejos, blanco, inmenso.
La primera noche no durmió, por costumbre. Se quedó sentada en la cama con la luz encendida, esperando el peso, la burla, la presencia.
Se oía la lluvia sobre un techo de zinc. Un perro. Un carro que subía en primera por la calle empinada.
Nada más.
La tercera noche se quedó dormida antes de darse cuenta.
No vio nada.
Se los jura a quienes le preguntan: no sintió nada, no vio nada.
Durante el tiempo que estuvo en Manizales las noches fueron solo noches.
Salió con su primo. Salió con su prima. Salió con su tía.
Fue a donde su abuelo paterno. Comía, caminaba por las calles empinadas hasta que le dolían las piernas.
Bajó muchísimo de peso. Se relajó. Fue como una persona nueva.
Pero el dolor en la espalda seguía.
Justo ahí, donde Eugenia le había puesto la mano. Un dolor constante, como un músculo trabado, una cosa impresionante. La llevaron a terapeutas. Su primo le hizo masajes con un líquido caliente para los músculos. Nada.
A veces, a las seis, se llevaba la mano a la espalda y apretaba ese punto con los dedos.
Era como tocar una cerradura. Cerrada, por ahora. Pero ahí.
*
Bogotá la recibió con lluvia.
Empezó a ir más seguido a terapia. A la doctora Mercedes. A Patricia, su psicóloga, otra vez. Empezó a enfocarse en ella. Y empezó a tener más fe. Incluso con la iglesia cerrándole las puertas, empezó a creer más en Dios.
Y pensó: si unas montañas habían servido, ¿qué tal un mar entero?
Empezó a hacer planes para irse a Estados Unidos.
Como estudiante internacional. Ahorró una platica del trabajo en el call center. Habló con su tía.
—No te preocupes —le dijo la tía—. Yo te recibo acá.
—Listo —dijo ella—. Vamos a hacerlo.
Colgó. Eran las seis menos cinco.
A las seis en punto le dolió la espalda. Justo ahí.