Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 10 — La iglesia triangular
67%

Capítulo 10 — La iglesia triangular

Después de la visita, los sueños cambiaron.

Antes eran confusos, fragmentos, ruidos, peso. Ahora tenían arquitectura. Lugares. Puertas. Eran sueños de los que se despertaba con los pies fríos, de haber caminado descalza sobre baldosas de verdad, y con un olor en la nariz que no venía de ninguna parte de su cuarto.

El primero de esos sueños, el que recordaría siempre con más nitidez, fue el de la iglesia.

*

Ella abrió los ojos y la iglesia ya estaba partida en dos.

No recordaba haber llegado. No recordaba la puerta, ni el atrio, ni la calle. Simplemente, estaba ahí, de pie en el pasillo central, con los pies descalzos sobre un piso de piedra helada, y la iglesia se alzaba a su alrededor en una forma que no era la de ninguna iglesia que hubiera visto.

Era triangular.

Las paredes subían inclinadas, una hacia la otra, hasta encontrarse muy arriba en una punta afilada que se perdía en la oscuridad. No había columnas. No había cúpula. Solo esas dos paredes enormes cayendo sobre ella como dos manos que se juntan para rezar. O para aplastar algo entre las palmas.

Y en el centro, recorriendo toda la nave de punta a punta, había una línea.

No era una línea dibujada. Era una frontera. Una división limpia, de cuchillo. De un lado, una cosa. Del otro lado, otra. Y ella estaba parada justo encima de esa línea, con un pie en cada mitad.

De un lado, luz.

Una luz cálida, dorada, como la de una tarde de diciembre.

Entraba por una ventana, mucha luz, muchísima, y caía sobre bancas de madera clara, pulida, que olían a cera y a incienso.

En esa esquina, en el altar, estaba el Santísimo expuesto.

Un sacerdote lo sostenía en alto con las dos manos: la custodia dorada, la hostia en el centro, brillando como un sol pequeño, rodeada de velas que no temblaban.

Y frente al altar, entre las bancas, había niños.

Niños riendo.

Corrían entre las bancas, jugaban a esconderse, se perseguían con los brazos abiertos.

Tenían ropa blanca, como de primera comunión.

Su risa llenaba esa mitad de la iglesia con un sonido limpio, fresco, como agua que cae en una pila.

Ninguno la miraba a ella. Estaban demasiado ocupados siendo felices.

Ella quiso ir hacia ellos.

Pero miró hacia el otro lado.

Del otro lado, bancas oscuras.

Frías. Vacías. No oscuras de sombra: oscuras de otra manera.

La madera era negra, húmeda, de siglos bajo el agua.

No había ventanales. No había altar. El fondo de esa mitad se perdía en una negrura sin bordes, y de esa negrura venía un olor que ella conocía: dulce y podrido.

El mismo olor de la noche del hombre que hablaba francés.

Y de ese lado no se oía nada.

La risa de los niños llegaba hasta la línea y ahí se cortaba, contra un vidrio que no se veía. Del lado oscuro, silencio. Un silencio espeso que le zumbaba en los oídos.

Ella se quedó quieta. No sabía hacia dónde moverse.

Entonces lo oyó.

Una respiración. Bajo, cerca del piso. Venía del lado oscuro.

Bajó la mirada, despacio, sabiendo que no quería ver lo que iba a ver.

Debajo de una de las bancas estaba la tía.

*

Estaba tirada en el piso de piedra. Con la ropa de siempre, la blusa bien planchada, el pelo bien peinado, y eso era lo más horrible: que todo en ella era normal, menos el sitio donde estaba.

Hecha un ovillo debajo de la madera negra, con la mejilla contra el suelo helado.

Era la tía con la que ella siempre soñaba. La de las sonrisas.

Y ella, en el sueño, sintió lástima.

—Tía —dijo—. Tía, salga de ahí. Venga. Yo la ayudo.

Cruzó la línea. Dio un paso hacia el lado oscuro, con la mano estirada. El frío le subió por el pie: agua de páramo.

La tía levantó la cabeza.

La miró. Y se levantó.

Pero no se levantó como se levanta una persona. Se levantó en cuatro patas. Las manos y las rodillas contra la piedra, la espalda arqueada, la cabeza alta. Como un animal.

Y salió corriendo.

Corrió así, en cuatro patas, entre las bancas negras, rapidísimo, con las uñas raspando el suelo, y se perdió por el fondo oscuro de la iglesia.

Ella corrió detrás.

*

En los sueños no hay puertas cuando uno persigue algo; uno corre y el lugar cambia. La piedra se volvió pavimento, y el pavimento se volvió la calle de Armenia donde quedaba la casa de los abuelos. La reconoció enseguida: el árbol de la entrada, la reja, la escalera.

La tía iba adelante. Subió las escaleras de la casa en cuatro patas, de dos en dos, y se metió en un cuarto.

La puerta se cerró de un golpe.

Ella se quedó al pie de la escalera, sin aire.

Y ahí estaba su abuelo.

Su abuelo, ya fallecido. Ella lo sabía en el sueño: que estaba muerto, que lo habían enterrado. Y, sin embargo, ahí estaba, con su camisa de cuadros y su sombrero, con las manos grandes y nudosas. La miraba con una tranquilidad infinita.

A su lado estaba una primita. Chiquita. La miraba con los ojos muy abiertos.

El abuelo las cogió de la mano. A ella con una mano, a la primita con la otra. Y las llevó hasta el pasillo, frente a la puerta cerrada.

—Vamos a cantar —dijo—. El Dios te salve, María. Primero pasito, pacífico. Y cuando yo les diga, cantamos más duro. ¿Me entendieron?

—Sí, abuelito.

—Sí, abuelito —repitió la primita, con la voz temblando.

Él les apretó las manos.

—Dios te salve, María —empezó, despacio, grave, un poco desafinado, la misma voz con la que cantaba en su casa, en las tardes, mientras arreglaba sus cosas.

—Dios te salve, María —cantaron ellas.

—Llena eres de gracia…

—Llena eres de gracia…

—El Señor es contigo…

—El Señor es contigo…

Del otro lado de la puerta, algo golpeó.

Un golpe. Seco. La puerta tembló en el marco.

La primita le apretó la mano a ella hasta hacerle daño.

—No paren —dijo el abuelo—. No paren. Bendita tú eres entre todas las mujeres…

—Bendita tú eres entre todas las mujeres…

Otro golpe. Más duro. Otro. Durísimo. La madera crujió. El polvo cayó del marco.

—Ahora —dijo el abuelo, y les apretó las manos con fuerza—. ¡Más duro!

—¡Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús!

Cantaron gritando. La voz de ella, la de la primita, la del abuelo, montadas una sobre otra, llenando el pasillo.

—¡Santa María, Madre de Dios!

Los golpes del otro lado se volvieron una tormenta. Golpes, golpes, golpes. Un cuerpo entero estrellándose contra la madera.

—¡Ruega por nosotros, pecadores…!

Y la puerta cayó.

Se desplomó hacia afuera, entera, arrancada de las bisagras.

Y salió ella. La tía. En cuatro patas, como un animal, con la cabeza baja y los ojos brillando.

Y detrás de ella salieron los demonios.

Muchísimos. Muchísimos. Salían como sale el humo de un incendio, empujándose unos a otros por el marco vacío. Tenían algo de animales y algo de personas. Demasiados ojos. Bocas abiertas que no gritaban.

Y les cayeron encima. A los tres.

Ella sintió que la mano del abuelo se le soltaba. Oyó gritar a la primita. Y los tres cayeron al suelo.

*

Despertó en la mesa con su familia.

O eso creyó: que había despertado. Estaba en el comedor de la casa de Armenia.

Toda su familia estaba sentada alrededor de la mesa, común y corriente, como cualquier domingo.

Ella se sentó en una silla, la silla donde se sentaba su abuelito, la que quedaba al lado de las escaleras que bajaban para salir de la casa.

Todo estaba en silencio.

Nadie hablaba de la puerta, ni de los demonios. Nadie parecía saber nada. No había pasado nada. Eso decían sus caras.

—¿Pero qué pasó? —preguntó ella.

Nadie contestó.

Alguien trajo los platos. Les sirvieron la comida a todos. El vapor de la sopa subía despacio. Las cucharas sonaban contra la loza.

Y de pronto sintió un pellizco.

Entre el cuello y el hombro. En ese músculo que siempre se le ponía duro de la tensión. Un pellizco fuerte, retorcido, de dedos fríos.

Volteó a mirar hacia arriba.

Era una de sus tías. Estaba de pie detrás de su silla, inclinada sobre ella, mirándola con los ojos abiertísimos. Y una sonrisa macabra.

Ella supo que no era su tía. Que no era nadie de su familia.

Y en ese mismo instante, al mismo tiempo, todos se voltearon a mirarla.

Todos la miraron sonriendo.

La misma sonrisa. En todas las caras. Repetida alrededor de la mesa, como si alguien la hubiera recortado y pegado en cada una. Y ella supo, con el cuerpo entero, que no eran ellos. Y que la querían matar.

Salió corriendo.

Bajó las escaleras al lado de la silla del abuelo. Detrás de ella, las sillas cayendo, los pasos, las manos. La estaban alcanzando. Sintió dedos en el pelo, en la ropa.

Abrió la puerta de abajo.

Abajo estaba su primo con alas de luz.

Unas alas gigantes, llenas de luz brillante, blanca y dorada, que se abrían a sus espaldas y llenaban todo con un resplandor tan limpio que le dolieron los ojos. El primo la miraba con una cara serena. Sin la sonrisa de los otros. Una cara de verdad. En el sueño, él era un ángel.

Ella estiró la mano.

Alcanzó a tocarle la mano para que él la salvara.

Y pum.

Despertó.

*

Estaba en su cama. Era de madrugada. Por la ventana entraba la primera luz gris.

Tenía la mano derecha estirada fuera de la cobija, con la palma hacia arriba.

Y entre el hombro y el cuello, justo donde la habían pellizcado, le dolía.