Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 9 — La visita
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Capítulo 9 — La visita

Hay sonrisas que se entienden tarde. Que uno ve, guarda sin pensar, y años después, en una cama de clínica con la luz encendida, vuelven a aparecer frente a los ojos, nítidas, y por fin dicen lo que querían decir.

Esta fue una de esas.

*

Un día la tía llegó con su abuelita.

Era un domingo de esos lentos, con el cielo blanco y la ciudad callada.

Ella estaba en su cama desde hacía días.

Ya casi no salía. Las ojeras le llegaban a los pómulos, y había bajado tanto de peso que la ropa le colgaba.

Su mamá había dejado de preguntarle qué le pasaba, porque las respuestas no le servían a ninguna de las dos.

Sonó el timbre. Voces en la sala. La voz cascada de su abuelita, preguntando por ella. Y otra voz, más aguda, más melosa, que ella reconoció de inmediato y que le hizo apretar las sábanas sin saber por qué.

La tía.

Cada vez que su abuelita llegaba a la casa, ella sentía que la energía se ponía pesada.

Siempre lo había notado, y siempre lo había achacado a la abuela, a la casa de Armenia, a ese aire cargado que la perseguía allá por los cuartos.

Nunca se le ocurrió atar cabos. Nunca pensó que la energía no se ponía pesada por la abuela, sino por la que venía con ella.

Entraron al cuarto juntas. La abuelita adelante, con su bastón y su saco de lana, mirándola con ojos aguados de preocupación. La tía detrás, perfumada, bien peinada, con una cartera de cuero colgada del brazo y una sonrisa ya puesta, como quien se pone un abrigo antes de salir.

—Ay, mi amor —dijo la abuelita—. Pero mírese cómo está.

La abuelita se quedó de pie, apoyada en el bastón, cerca de la puerta.

La tía, en cambio, caminó hasta la cama. Despacio. Mirándolo todo: el vaso de agua a medio tomar en la mesa de noche, la Biblia que le habían traído de la iglesia, el rosario, las cortinas cerradas a media tarde.

Se sentó en su cama.

El colchón se hundió hacia ella. La tía cruzó las piernas. Puso la cartera sobre el regazo. Le tomó una mano, y la mano de la tía estaba fría, más fría de lo que debería estar una mano en un cuarto cerrado.

—¿Cómo estás, mi vida? —le preguntó.

*

Ella le contó todo.

Como una estúpida, se diría después. No sabe por qué.

Después se lo preguntó muchas veces. Quizás porque estaba cansada.

Quizás porque la abuelita estaba ahí y eso hacía que todo pareciera seguro.

Quizás porque llevaba tanto tiempo sin que nadie de la familia le preguntara cómo estaba de verdad que, cuando alguien lo hizo, no pudo detenerse.

Le contó lo de las seis. Lo de no dormir. El corrientazo. Las presencias. Lo que se burlaba. Le contó que a veces pensaba que se iba a morir, o que algo la iba a matar, o que ella misma iba a terminar haciéndolo para que se acabara.

Y mientras hablaba, miraba a la tía.

La tía sonreía.

No era una sonrisa grande. Era una sonrisa pequeña, contenida, en la comisura de los labios.

La tía asentía mientras ella hablaba, con la cabeza un poco inclinada, como se asiente frente a alguien que cuenta una historia triste.

Ay, qué cosa. Ay, mi amor. No digas eso.

Pero los ojos no acompañaban esas palabras.

Los ojos estaban quietos. Atentos. Brillantes.

Ella pensó, en ese momento, que la tía sonreía para darle ánimo. Para que no se sintiera tan mal. Esas sonrisas que la gente pone en los hospitales.

Siguió hablando.

Cuando llegó a la parte del dedo helado en la espalda, la tía le apretó la mano. Un apretón corto, casi imperceptible. Y la sonrisa se le estiró un milímetro.

En el rincón del cuarto, donde siempre estaba la sombra, algo pareció moverse. Ella lo vio de reojo. Cuando miró, no había nada.

La abuelita, desde la puerta, se secó los ojos con un pañuelo.

—Hay que llevarla a que la vean, mija —le dijo a la tía—. Esto no puede seguir así.

—Sí, mamá —dijo la tía, sin dejar de mirarla a ella—. Claro que sí.

Y sonrió un poco más.

*

Se quedaron media hora. La abuelita le dio la bendición antes de irse, con su mano temblorosa sobre la frente. La tía le dio un beso en la mejilla. El perfume se le quedó en la piel. Era dulce, demasiado dulce. Por debajo tenía algo más, algo como flores dejadas mucho tiempo en un florero.

Esa noche el peso llegó antes de las seis. Y más fuerte que nunca.

*

Pasó mucho tiempo antes de que entendiera esa sonrisa. Y lo que la hizo entender empezó, como casi todo en su vida, en una iglesia.

Después de la clínica, su mamá la llevó a todas las iglesias que conocía.

A todas las misas de liberación. Una, dos, tres.

Le practicaron como cuatro exorcismos. Ella se acostumbró a oírlos, a los gritos, a las voces que no eran de nadie, hasta que le parecieron normales.

En el fondo nunca supo si era teatro o si eran personas en su misma situación que no habían sido tan fuertes, y a las que esas cosas les habían ganado.

Todas tenían algo en común: cada vez que ella veía a la Virgen María se ponía a llorar desesperadamente. Y se le olvidaba cómo rezar el avemaría. Ella, que lo sabía desde niña. Abría la boca y no le salía. Dios te salve, María… Y después nada. Un hueco.

Una de esas misas fue en una iglesia católica, llena hasta las puertas. En la mitad de la misa una señora empezó a retorcerse en el piso y a gritar, con una voz gutural que no le cabía en el cuerpo:

—¡El cordero de Dios! ¡El cordero de Dios!

El sacerdote no paró de orar.

Al terminar, otro sacerdote, uno que hacía liberaciones, empezó a pasar entre la gente con una cruz en las manos. De la cruz colgaba un Cristo negro. Sin manos. Sin piernas. Se acercaba a cada persona, oraba, seguía.

Cuando llegó a ella, se detuvo.

Se quedó mirándola. Una mirada fuerte, penetrante, que la atravesó. Empezó a orar algo que ella no entendió. Y le puso la cruz en la frente.

Pum.

Ella, la más escéptica. Ella, que se burlaba de esa gente que hacía show, que se tiraba al piso a temblar.

Se fue.

Sintió mil manos alrededor de ella. Más de veinte personas cargándola. Manos por todo el cuerpo, sosteniéndola, recibiéndola. Caía, y veía mucha luz. Estaba en el cielo. Oía ángeles cantar. Y al fondo, en esa luz, vio a dos mujeres. Dos personas que conocía.

La hermana de su mamá.

Y la cuñada de su mamá.

No entendió nada. Le dio una paz que no había sentido en toda su vida, y al mismo tiempo una confusión enorme: ¿qué hacían ellas ahí?

Cuando abrió los ojos, su mamá estaba llorando. Le dijeron que había estado convulsionando. La querían llevar al hospital. Su papá, como siempre, salió volando a recogerlas. Ella dijo que no, que se sentía bien. Y era verdad. Sentía que Dios le acababa de mostrar que estaba con ella.

¿Fue manipulación mental? ¿Sugestión? No lo sabe. Pero en ese momento creyó, definitivamente, que había algo más allá de lo que estudiamos, aprendemos y entendemos. Que tanto el mal como el bien existen.

*

Al llegar a la casa, su mamá le dijo que el sacerdote la había llamado. Quería una cita con ella.

Su mamá, obviamente, dijo que sí.

Fueron a una casa religiosa donde él estaba. Cuando llegaron, en el primer piso estaban haciendo otro exorcismo. El peor que ella había escuchado. Los gritos atravesaban las paredes. Ella no quiso ver nada. Subió la escalera mirando los escalones.

Las hicieron seguir a la oficina del sacerdote.

Lo primero que vio fue el cuadro. Una Virgen de Guadalupe inmensa, de más de tres metros, que ocupaba la pared entera. Monumental. El manto verde lleno de estrellas, los rayos dorados alrededor, la cara inclinada mirando hacia abajo. Hacia ella.

Se sentaron. Ella le contó toda la historia, desde el principio. Él escuchó sin juzgar. Sin decir nada. Al final, dijo que sentía que algo estaba faltando.

Entonces ella le contó lo que había visto en la iglesia cuando se desmayó. Las dos mujeres.

Su mamá hizo la pregunta que le hacía a todo el mundo:

—¿Usted cree que eso es verdad, padre? Porque yo nunca he sentido nada. Es solo ella la que siente todo eso.

El sacerdote sonrió.

—Quiero que las dos se paren frente al cuadro de la Virgen —dijo—. Pongan las manos en ella. Vamos a orar.

Se pararon frente a la Virgen. Pusieron las palmas sobre el lienzo, frío, áspero.

—Cierren los ojos. Y con mucha, mucha fe, vamos a pedirle a la Virgen que interceda por nosotros ante Dios, para que por fin veamos qué es lo que pasa. Y que nos ayude.

Él empezó a orar detrás de ellas. A ella, por naturaleza, no le gustaba cerrar los ojos. Pero lo hizo.

En un momento de la oración sintió que alguien le tocaba la espalda. Dos veces. Toc, toc. Como llamándola.

Abrió los ojos. Volteó.

Era el sacerdote. Se puso el dedo en la boca, en señal de silencio. Con el mismo dedo se señaló el ojo. Y luego señaló a su mamá.

Ella volteó a mirar a su mamá.

Gloria seguía con los ojos cerrados y las manos contra el cuadro. Pero tenía los brazos torcidos. Los dedos torcidos. Las piernas torcidas, dobladas en ángulos imposibles, como la poseída de la cama de la mitad, en la clínica. Y seguía orando, con la cara tranquila, sin sentir nada.

Ella no podía creer lo que estaba mirando.

Cerró los ojos. Siguió orando.

Eso no era esquizofrenia. Ni bipolaridad. Ni un trastorno disociativo, ni ninguno de los términos que todos los psiquiatras le habían puesto. Algo de verdad andaba mal. Y no estaba loca.

Cuando terminaron, se sentaron otra vez frente al escritorio.

—Bueno —dijo el sacerdote—. Camila, cuéntele a su mamá lo que vio.

Ella se lo contó.

Su mamá miró al sacerdote con una cara que decía: ¿sí ve con lo que me toca lidiar?

—Yo vi lo mismo —dijo él.

Su mamá se quedó callada.

—La oración nos mostró que el mal sí existe —dijo el sacerdote—.

Y que el mal está en su hogar. A su mamá le tienen mucho odio.

A usted, señora, la llevan trabajando años y años.

Pero la que recibe todo es ella. Porque ella es la que tiene la percepción despierta.

Ella es la que ve. Ella es la que percibe.

Su mamá no podía creer lo que estaba escuchando.

Él les explicó que en la casa había entierros astrales, y también físicos.

Cosas enterradas, escondidas, amarradas, para que el mal se quedara ahí.

Que las personas como su mamá recurren a Dios por guía, por fe, por amor.

Pero que existen otras personas que recurren a otras cosas.

Simplemente porque es más rápido. Y más fácil.

Les dijo que iba a mandar a una señora a la casa.

La señora llegó unos días después. Recorrió todos los cuartos. Dijo que había encontrado encierros, eso que el sacerdote había dicho. Llenó la casa de cánticos angelicales y de humo, un humo blanco y espeso que no dejaba ver la pared del frente.

—Cuando yo les diga —les dijo a ella y a su papá—, abren todas las ventanas.

Esperaron. El humo llenaba la sala, los pasillos, el cuarto de ella.

—Ahora.

Abrieron todas las ventanas. Fueron como veinte segundos. La señora tocó una campana.

Y como por arte de magia, todo ese humo desapareció.

Ella sintió paz. Como por veinte días. Fue increíble. Y eso le hizo entender que por ahí iba la cosa.

No era la primera vez que veía a esas dos mujeres de la luz. Llevaban años en sus sueños. Ella nunca les había prestado atención. Ahora sabía que los sueños son mensajes. Guías.

*

Años después ella entendió que esa sonrisa era de satisfacción.

No fue de golpe. Fue armando las piezas, una por una, como se arma un rompecabezas que uno lleva años mirando sin ver: la pelea en la cocina, el puño cerrado lleno de pelo, las cosas que se decían en voz baja en la familia, los nombres que se mencionaban y luego se callaban.

Y esa tarde. Esa cama. Esa mano fría. Esos ojos quietos y brillantes mientras ella contaba cómo se estaba muriendo.

La tía no sonreía para darle ánimo.

Sonreía como sonríe alguien que revisa algo que mandó a hacer y ve que quedó bien hecho.

Había estado viendo el resultado de su trabajo.