Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 8 — Eugenia
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Capítulo 8 — Eugenia

No fue en la iglesia donde la ayudaron primero. Fue en su propia casa, una noche en que no debía haber nadie esperándola despierta.

*

Un día se emborrachó.

Había salido con unos amigos porque ya no sabía qué más hacer.

Estaba rendida, abrumada, estresada, estaba de todo.

Y bebió. Bebió con la idea fija de llegar a ese punto en que se le olvidara que tenía miedo.

Borracha se iba a volver valiente, ¿no? O eso creía.

Pensaba que si bebía lo suficiente, esa noche iba a caer dormida sin darse cuenta, y que lo que fuera que la esperaba en el cuarto no la iba a encontrar despierta.

Se volvió nada. Una nada que se reía sin ganas y pedía otro.

Llegó intoxicada. Buscó las llaves en el bolso durante un rato largo. Se le cayeron. Las recogió. Abrió.

Adentro había luz.

Eugenia estaba ahí.

Eugenia había sido su nana. La señora que les ayudaba con el oficio de la casa cuando ella era chiquita, la que la había cuidado, la que la había querido como a una hija.

Y ella todavía la quería así: como a una madre.

Esa noche estaba de visita, en la cocina, con un pocillo de agua de panela entre las manos grandes de trabajar.

—Hola, Camilita —le dijo, sonriendo—. ¿Cómo estás?

—Hola, mi Genita.

Eugenia dejó el pocillo en la mesa. La miró de arriba abajo. La sonrisa se le fue apagando.

—Yo a usted no la veo bien —le dijo—. ¿Qué le pasa?

Ella se sentó en una silla de la cocina.

Y por primera vez se abrió. Ese fue el día en que empezó a contárselo a todo el mundo.

*

Ella le contó todo.

Absolutamente todo. Con la lengua pesada de aguardiente y los ojos ardiendo.

Que nadie le creía. Que nadie la ayudaba.

Lo de las seis de la tarde, lo de los días sin dormir, la mujer de blanco al pie de la cama, la niña, el corrientazo en la espalda.

Que estaba cansada. Que se quería morir.

Que ya no quería hacer nada más. Que ya no sabía a quién más recurrir, ni qué más hacer.

Eugenia escuchó sin interrumpirla. Toda la vida había sido una persona piadosa.

Ella nunca supo bien qué religión tenía.

Lo que sí sabía era el amor y la fe que tenía esa mujer, una cosa impresionante.

Esa noche le tomó la mano entre las suyas, que eran tibias y ásperas, y le apretó los dedos mientras ella lloraba.

—Venga, mi niña —dijo al final—. Oremos.

Eugenia oró con ella.

No fue una oración de catecismo. Fue una oración con palabras propias, en voz baja, pero firme, con los ojos cerrados. Pedía protección. Pedía luz. Repetía el nombre de Jesús una y otra vez, como quien golpea una puerta.

Mientras oraba, ella sintió el dedo helado en la espalda. Eugenia lo notó, porque le apretó más la mano y subió un poco la voz.

Esa noche durmió. No mucho. Pero durmió.

*

El fin de semana siguiente Eugenia volvió con su hija y con la familia.

Estaban sus papás, estaban primos, estaba la casa llena. Era casi la hora en que el sol se iba, y ella ya sentía que algo se acercaba. El aire de la casa se estaba poniendo pesado.

Eugenia fue directo a su cuarto. Miró alrededor: la cama, el rincón, la ventana, la Biblia abierta en la mesa de noche. Se persignó.

—Camilita —le dijo—, nosotros vamos a orar. Vas a sentir unas cosas extrañas. Pero yo solamente quiero que cierres los ojos y te entregues a Dios. Al único Dios que nosotros tenemos.

—Bueno —dijo ella.

¿Qué más tenía que perder? Estaba con toda su familia. ¿Qué le iba a pasar?

Se sentó en la cama.

Hicieron un círculo a su alrededor.

Primos, tíos, sus papás, la hija de Eugenia. Se tomaron de las manos y fueron cerrando el espacio, hombro con hombro, hasta que no quedó ningún hueco entre ellos y la pared. Ella se sintió rodeada. Por primera vez en mucho tiempo, rodeada no por algo que la vigilaba, sino por algo que la cuidaba.

Eugenia no se paró frente a ella. Se sentó a su lado, en el borde de la cama.

Sacó de una bolsa de tela un frasquito con aceite. Se untó los dedos.

La ungió con aceite y oró.

En la frente. En las manos. En la espalda. El aceite estaba tibio y olía a oliva. Y Eugenia empezó a orar, y el círculo oraba con ella.

Ella cerró los ojos.

No entendía nada de lo que Eugenia decía.

Las palabras se le deshacían antes de llegarle.

Lo que escuchaba eran gritos. Voces. Escuchaba de todo: chillidos, golpes, algo que se reía y algo que lloraba, cosas que no salían de ninguna de las bocas del cuarto.

Y debajo de todo eso, la certeza de que su familia estaba ahí, alrededor de ella, sin soltarse.

El aire del rincón se apretó. Algo se resistía. Algo que siempre estaba ahí, de pronto encogido contra la pared, mirando el círculo con rabia.

Eugenia le puso una mano en la espalda.

Justo ahí. En el centro, un poco más abajo de los omoplatos. Donde empezaba el corrientazo.

Y el corrientazo llegó. Más fuerte que nunca. Algo, al sentirse acorralado, quería dejar su firma.

Ella apretó los dientes. No abrió los ojos. Eugenia no le quitó la mano.

*

Cuando terminaron, ella sintió un poco más de tranquilidad.

No les va a mentir a quienes le preguntan: fue un poco. No fue un milagro de película. Fue algo más pequeño y más real: el aire del cuarto, de pronto, se sintió más liviano. El rincón seguía siendo oscuro, pero ya no parecía tan alto.

Eugenia le tomó la cara entre las manos.

—Todo lo malo que está en esta casa se va a ir —le dijo—. Y se va a ir también de ti. Porque no es esta casa, mi niña. Es alguien que le quiere hacer daño.

Después se fue a donde estaba su mamá. Y oró mucho, mucho rato, por Gloria.

Pero le quedó un dolor de espalda que no se ha ido.

Justo ahí, donde Eugenia le había puesto la mano. Un dolor terrible, que nadie se alcanza a imaginar. A veces se duerme y a veces despierta. Como una marca. Como si lo que se resistió esa noche, al irse —o al hacerse a un lado—, le hubiera dejado algo clavado.

Al día de hoy no lo ha podido explicar.

Todavía lo tiene.