Capítulo 7 — Los metaleros
De todas las cosas que recordaba en la clínica, esta era de las pocas que la hacían sonreír. Una sonrisa torcida, a medias, pero sonrisa. Porque si alguien le hubiera dicho entonces quiénes la iban a mandar a buscar a Dios, no lo habría creído.
*
Antes de la iglesia tenía un grupo de amigos metaleros.
Se veían los fines de semana en un local del centro, un bar estrecho y oscuro con las paredes pintadas de negro y llenas de afiches de bandas que nadie en su casa conocía.
Olía a cerveza derramada, a cigarrillo, a cuero viejo.
La música sonaba tan fuerte que había que gritar para hablar, y eso a ella le gustaba: el ruido llenaba todo, no dejaba espacio para nada más.
Ni para el silencio. Ni para lo que venía en el silencio.
Eran cinco o seis. Pelo largo, camisetas negras, botas, anillos de calaveras.
Uno tocaba el bajo en una banda que nunca había tocado en ninguna parte.
Otro trabajaba en un taller de motos y siempre tenía las uñas negras de grasa.
Había una muchacha de labios pintados de morado que se reía como un hombre.
Desde afuera parecían todo lo que una mamá no quiere para su hija.
Desde adentro eran otra cosa. Eran los únicos con quienes ella no tenía que fingir.
No le preguntaban por qué tenía ojeras. No le decían que se arreglara. La dejaban estar callada en una esquina con su cerveza, y cuando quería hablar, la escuchaban.
*
Un día les contó todo.
No lo había planeado. Fue una noche en que el bar estaba medio vacío y la música, por alguna razón, sonaba más bajo.
Estaban en la mesa del fondo, la de siempre, debajo de un afiche con un macho cabrío dibujado en tinta roja.
Alguien preguntó, por decir algo, si ella estaba bien, que se veía muy acabada.
Y ella habló.
Les contó lo de las seis de la tarde. Lo del corrientazo en la espalda.
Lo de los días sin dormir. Lo de sentirse vigilada, lo de sentir que se burlaban.
Lo de la niña pálida del colegio. Lo del pelo de su mamá en el puño cerrado.
Lo contó todo, en desorden, con la voz temblando al principio y cada vez más firme, como quien saca algo de una herida que lleva mucho tiempo infectada.
Cuando terminó, nadie se rio.
Eso fue lo primero que notó. Esperaba risas. Esperaba un chiste, una burla, alguien diciendo uy, qué miedo con voz de fantasma. Esperaba que le dijeran que estaba loca, que eran las drogas, que eran los nervios.
Nadie dijo nada de eso.
Ellos la escucharon.
La muchacha de los labios morados le puso una mano en el hombro. El del taller de motos dejó la cerveza en la mesa y se quedó mirándola con una seriedad que ella nunca le había visto. El bajista, que siempre tenía algo que decir, estuvo callado un rato largo, dándole vueltas a un anillo en el dedo.
Alguien puso otra canción en la rocola. Un riff pesado, lento, que llenó el silencio.
—Parce —dijo al fin uno de ellos, el mayor del grupo, uno que tenía una cruz invertida tatuada en el antebrazo—. Yo no sé qué es eso que usted tiene. Pero eso no es normal.
—Ya sé que no es normal.
—No. Digo… —Se pasó la mano por la barba—. Eso no es cosa de psicólogo.
Hubo un silencio. La canción seguía.
—Nosotros no sabemos cómo ayudarla —dijo—. De verdad que no sabemos.
Nadie lo contradijo.
—De pronto la iglesia la puede ayudar.
Ella se rio.
Se rio de verdad, con una carcajada que le salió de la garganta sin poder contenerla. Miró la cruz invertida en el brazo de él, el macho cabrío en la pared, los anillos de calavera, las camisetas negras con letras puntiagudas. Y se rio más.
—¿Usted me está diciendo eso? —le dijo—. ¿Usted?
Él no se rio.
—Yo le estoy diciendo eso —contestó—. Precisamente yo.
Los demás asintieron. Uno por uno. La muchacha de los labios morados también.
—Una cosa es la música —dijo la muchacha, en voz baja—. Otra cosa es lo que usted está contando. Con eso no se juega.
Ella dejó de reírse.
Los miró. A todos. Y vio en sus caras algo que no esperaba ver ahí: miedo. Un miedo respetuoso, antiguo, como el de los abuelos cuando hablaban de ciertas cosas.
*
—Y otra cosa —dijo el del taller de motos—. Cuando llegue a su casa, siéntese en la cama y ordéneles que se vayan. Dígales que esa es su casa. Que usted no los quiere ahí.
Esa noche, de vuelta a la casa, en el bus, con la cabeza pegada a la ventana y las luces de la ciudad pasando borrosas, pensó en eso mucho rato.
Ellos se pintaban cruces al revés. Escuchaban canciones que hablaban del diablo. Y fueron ellos, los que parecían más lejos de cualquier altar, los que le dijeron que fuera a buscar uno.
Llegó a la casa pasada la medianoche. Hizo lo que le dijeron. Se sentó en la cama, con la luz encendida, miró el rincón y les habló.
—Váyanse —dijo—. Ustedes no son bienvenidos aquí. Esta no es la casa de ustedes. Es la mía.
El rincón no contestó.
Y ella se puso a llorar. Porque mientras lo decía, supo que era mentira. Esa casa era más de ellos que de ella misma.
*
Fue a buscar a Dios una tarde en que estaba sola y llovía.
Estaba cansada de la vida. Y antes de pensar mil veces más en cómo atentar contra ella, decidió ir a la iglesia. A la que quedaba cerca de su casa.
Ese día había algo extraño. Doce o trece sacerdotes, no recuerda bien, confesando a todas las personas de la iglesia al tiempo, en filas que salían de los confesionarios y se perdían entre las bancas.
Ella se sentó en la última banca. Miraba la cruz.
Miraba a Cristo, a la Virgen. Lloraba desconsoladamente, porque no sabía qué más hacer.
Decidió que Dios le iba a poner en el camino el sacerdote con el que debía hablar. Que no iba a escoger ella.
Esperó. Esperó a que pasara la última persona.
Y un sacerdote la llamó.
Todas sus esperanzas se fueron al cielo. Encontré la solución, se dijo. Por fin voy a tener una respuesta. La pastilla milagrosa que su papá no había podido encontrar, pese a los miles de intentos.
Se acercó. Le contó todo. Todo. Se arrodilló frente a él para que la ayudara. Estaba cansada, pero tenía ganas de vivir, una pequeña esperanza, una fe chiquita de que la vida se podía vivir de otra manera.
El sacerdote la escuchó con la cara quieta. Y cuando terminó, le dijo:
—Tienes que ir al psicólogo, hija. El diablo no existe.
Su propia iglesia la rechazó. La iglesia católica, apostólica y romana, la que toda su familia profesaba. No encontró la pastilla mágica. Y la fe se le desvaneció, igual que las ganas de vivir.
Cuando salió, ya era de noche. Todo estaba oscuro. Le cerraron las rejas de la entrada a sus espaldas. Seguía lloviendo. Y ella se cayó de rodillas en el andén, bajo la lluvia, con las manos en la cara.
Al levantar la vista vio el Cristo crucificado sobre la puerta de la entrada, detrás de las rejas, mojándose como ella. Y pensó que no estaba sola. Que eran dos. Dos a los que la misma religión crucificaba y mandaba derecho a su muerte.
No tuvo otra opción que volver a su casa. El lugar que se supone que es el más seguro del mundo. Para ella, el infierno en vida.
Llevaba cinco años así. Cinco años sin dormir. Cinco años en depresión. Y nadie la ayudaba.
Aun así, nunca juzgó a Dios. Eso lo diría siempre. La iglesia la manejan humanos. El amor de Dios es otra cosa.
*
Años después, cuando le contaba esto a alguien, siempre terminaba con la misma frase, y siempre la decía medio riéndose, medio en serio:
—Los metaleros me mandaron a buscar a Dios.
Fue a buscar ayuda, supuestamente, a la oscuridad. Y la oscuridad la mandó a la luz.
Dios siempre estuvo ahí, sin dejarla vencer. Aunque esa noche de lluvia, de rodillas frente a las rejas, ella todavía no lo supiera.