Capítulo 6 — Las seis #2
Un domingo fueron a un supermercado donde solían almorzar después de mercar. Ella no pudo más.
En la mitad del almuerzo, entre la gente, el ruido de los platos, los niños corriendo, se lo dijo.
Que necesitaba ayuda. Que ya no podía más con esto sola.
Les contó las imágenes. Que se veía hiriendo a la gente.
Que soñaba que mataba a Canela. Que quería hacerse daño a ella misma y a cualquier persona que tuviera al lado.
Sus papás se quedaron sin aliento.
Su mamá, con su fe ciega, le dijo que fuera a la iglesia.
Su papá no dijo nada. Se le aguaron los ojos. Se paró de la mesa y se fue al baño, ahí, en medio del lugar público, porque no pudo con el dolor de verla así. Cuando volvió tenía la cara lavada y los ojos rojos.
—Todo va a estar bien —le dijo—. La vamos a ayudar.
*
Su papá empezó a dormir con ella, a ver si así podía conciliar el sueño.
Ella dejaba el televisor encendido. Él se acostaba a su lado, brazo con brazo, y a los pocos minutos roncaba. Y aun así, con él ahí, ella sentía la presencia.
La mujer tomó represalias.
Ya no esperó a que ella cayera rendida. Una noche, en el momento más oscuro, la mujer de blanco empezó a caminar desde el pie de la cama y saltó encima de los dos. Ella estando despierta. Su papá al lado.
Ella gritó.
Su papá se despertó sobresaltado y quedó sentado en la cama. Había sentido el peso. Lo había sentido caerles encima a los dos, y en el cuarto no había nada más.
La miró. Y le creyó.
Por fin le creyó.
Se puso a llorar. Le pidió perdón. Le dijo que daría lo que fuera para que ella no sintiera eso, para que eso se fuera.
—Me encantaría darle una pastilla para que todo pasara —le dijo—. Pero no existe. No sé dónde más buscar ayuda.
A ella se le rompió el alma. Su dolor, su angustia, su ansiedad, eran también los de él.
*
Para dejarlo descansar, algunas noches se iba a dormir con su mamá.
Fue peor. Su mamá le tenía miedo a acostarse con ella. Le daba miedo que también la asustaran. Le molestaba la luz del cuarto, la luz del televisor, el sonido. Ella, en el fondo, siempre creyó que su mamá también veía y sentía cosas. Pero toda la vida lo negó.
Una de esas noches, en la oscuridad, ella vio cómo la cara de su mamá se transformaba.
Los ojos se le abrieron. Se quedaron mirándola. La boca se le estiró en una sonrisa que no era de ella. Se reía. Se burlaba. Y ella sabía, con toda la certeza del mundo, que lo que estaba viendo no era su mamá. Su mamá estaba dormida.
Quizás era la falta de sueño. Eso diría cualquiera. Pero ella aprendió a tenerle pánico a esa cama. Y su mamá aprendió a tenerle miedo a ella.
*
Cada uno buscó ayuda a su manera. Su mamá, en la iglesia. Su papá, en los profesionales: psicólogos, medicina alternativa.
En la iglesia le dijeron a su mamá que la llevara al psicólogo. Le dieron agua bendita para limpiar la casa y le dijeron que rezara el salmo 91. El que habita al abrigo del Altísimo… Su mamá lo rezaba en voz alta en el pasillo, todas las noches.
Así llegó a Patricia, su psicóloga. Patricia la vio dos o tres veces.
Su diagnóstico fue que si no bajaba los niveles de ansiedad iba a terminar en un hospital psiquiátrico.
La misma semana del almuerzo del domingo, en terapia, le dijo que estaba al borde de un brote de ansiedad, o psicótico, y que si no se calmaba iba a tener que hablar con sus papás. Ella se calmó.
El de medicina alternativa le mandó pastillas para dormir y una limpieza de energía. Ella se salió en la mitad de la sesión: consistía en cerrar los ojos y confiar en lo que iba a pasar. No pudo. Cerrar los ojos era entregarse.
A la semana ya era inmune a las pastillas para dormir.
Habían dejado una botella de agua bendita en su cuarto. Al día siguiente estaba verde. Verde. En un solo día. Y la Biblia que le habían dejado abierta en la mesa de noche empezó a pasar las páginas sola, mientras ella trataba de dormir. Las oía. Ffff. Ffff. Ffff. Una tras otra.
Una noche se quedó dormida con la luz apagada y el televisor prendido.
La despertó un ruido terrible: en la pantalla estaban en la mitad de un exorcismo, una película de terror, gritos, una voz gutural.
Quiso prender la luz y no pudo. La puerta estaba entrecerrada, y por la rendija vio a su papá.
Lo vio clarito, en piyama, que la miraba y salía corriendo por el pasillo.
—¡Pa! ¿Por qué se va?
Se levantó y corrió detrás de él. Llegó a la puerta del cuarto de sus papás.
Su papá estaba profundo. Roncando. No se había movido de la cama.
Ella se quedó en el marco de la puerta con ganas de llorar de la frustración.
Otra temporada, una de sus tías vino de otra ciudad y se quedó un mes en la casa.
Dormía con ella, y ella estaba feliz, porque por fin no iba a estar sola en el cuarto.
Una noche, con la luz y el televisor prendidos, escuchó las hojas de la Biblia pasándose solas en la mesa de noche. Volteó a mirar a su tía.
Su tía tenía los ojos cerrados. Dormida. Y movía la cabeza de lado a lado, como diciendo que no, que no, que no. Rapidísimo. Cada vez más rápido.
Se estaba enloqueciendo.
*
En la clínica, frente a la bandeja con la gelatina roja, ella miró cómo la última franja de sol desaparecía del patio.
Las seis.
Sintió el dedo helado en la espalda.
Apretó los dientes. No gritó.