Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 6 — Las seis
39%

Capítulo 6 — Las seis

En la clínica las enfermeras servían la cena a las seis.

Bandejas de plástico, sopa tibia, un pan duro, una gelatina roja que temblaba con cada paso del carrito.

Las otras pacientes comían en silencio o conversaban en voz baja.

Ella no probaba casi nada. Miraba por la ventana con malla cómo se iba la luz del patio, y sentía en la espalda el principio de algo que conocía muy bien.

Lo conocía de antes. De años antes. De la casa.

*

A las seis de la tarde empezaba.

No era una hora cualquiera. Nunca lo fue. Las seis era el momento en que el sol se iba detrás de los cerros y Bogotá se ponía de ese color gris azulado que no es ni día ni noche. Las luces de las casas empezaban a encenderse una por una. Los pájaros se callaban. Y ella, donde estuviera, lo sentía.

El sol se iba y ella sentía que algo se acercaba.

No llegaba de golpe. Se acercaba. Esa era la palabra exacta, y ella la repetía cuando trataba de explicarlo, aunque casi nunca lo explicaba.

Era como ver venir una tormenta desde lejos, en el campo, cuando el cielo se ponía negro sobre una montaña y ella sabía que en media hora lo iba a tener encima.

Así. Algo venía. Desde lejos, desde abajo, desde algún sitio sin nombre.

Y cada minuto que pasaba estaba un poco más cerca.

Ella empezaba a mirar el reloj desde las cinco. Las cinco y cuarto. Las cinco y media. A las cinco y cuarenta ya no podía quedarse quieta. Caminaba por la casa. Prendía todas las luces, aunque su mamá la regañara por la cuenta. Ponía música. Se encerraba en el baño. Nada servía.

A las seis en punto, el aire del cuarto cambiaba.

Se volvía más denso. Más frío en las esquinas. Y aparecía la sensación de que ya no estaba sola.

*

A veces pasaban dos o tres días sin dormir.

No era insomnio. El insomnio es no poder dormir. Esto era otra cosa: era no poder permitirse dormir. Porque dormir era cerrar los ojos, y cerrar los ojos era dejar de vigilar, y dejar de vigilar era entregarse.

Se quedaba sentada en la cama con la espalda contra la pared. Con las rodillas recogidas. Mirando la puerta. Mirando la ventana. Mirando el rincón del cuarto donde la luz de la lámpara no alcanzaba del todo y se formaba una sombra que, a las tres de la mañana, parecía más alta que a las diez.

El cuerpo le pedía dormir con una urgencia que dolía.

Los párpados le pesaban como plomo. La cabeza se le iba hacia adelante, y en ese segundo de caída, justo cuando el sueño empezaba a cerrarse sobre ella como agua, algo la despertaba.

Un ruido. Un roce. La sensación de una respiración en la nuca.

Y volvía arriba de un salto, con el corazón disparado.

Al tercer día ya no distinguía bien qué era real.

Se ponía a llorar de cansancio.

No de tristeza. De cansancio puro, físico, un llanto que le salía sin permiso, como les sale a los bebés cuando llevan demasiadas horas despiertos. Lloraba sentada en la cama, con la boca abierta, sin hacer ruido para no despertar a su mamá. Lloraba y se mecía.

Y mientras lloraba sentía que la miraban.

*

Se sentía vigilada.

No era una paranoia vaga. Era concreta. Sabía dónde estaban los ojos. A veces desde el rincón. A veces desde arriba, desde el techo, justo encima de la cama. A veces desde la ventana, aunque estuviera en un segundo piso y afuera no hubiera más que aire.

Y lo peor no era sentirse vigilada.

Lo peor era sentir que se burlaban de ella.

No lo oía. No había risas. Pero lo sentía, igual que había sentido tantas veces, en un salón lleno de gente, que dos personas al fondo estaban hablando de ella.

Una burla callada, divertida, paciente. Como la de quien mira a un animal atrapado dar vueltas en una jaula y espera a ver cuánto aguanta.

Cada vez que ella lloraba, la burla crecía.

Cada vez que se levantaba a revisar el rincón y no encontraba nada, la burla crecía.

Cada vez que rezaba un padrenuestro a medias, olvidándose de la mitad, la burla crecía.

—¿Qué quieren? —susurró una noche, mirando el rincón—. ¿Qué es lo que quieren?

El silencio que le contestó fue el más largo de su vida.

*

Y luego estaba el corrientazo.

Le empezaba en la espalda. Siempre en el mismo punto, un poco más abajo de los omoplatos, justo en el centro: la punta de un dedo helado apoyada sobre la columna. Primero era un cosquilleo. Luego una descarga.

Le bajaba por la espalda, vértebra por vértebra, como agua eléctrica, le atravesaba el cuerpo por abajo, por el sitio más íntimo, y le recorría las piernas por dentro, por los huesos, hasta las plantas de los pies. Le dejaba los dedos entumecidos, temblando.

Y con él venía el miedo más concreto de todos: que le cogieran las piernas. Los brazos. Cualquier parte del cuerpo. Y no poder defenderse. Era miedo, y era rabia, y era la impotencia de no poder hacer nada.

La primera vez pensó que era algo del cuerpo. Un nervio. Una mala postura. Se lo dijo a su mamá, y su mamá le dio un acetaminofén y le puso una bolsa de agua caliente.

No sirvió.

El corrientazo volvía. Todas las noches. A veces una vez. A veces diez. A veces justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, como un castigo, como un timbre que alguien tocaba para que no se le ocurriera descansar.

Aprendió a esperarlo. Aprendió a apretar los dientes cuando sentía el dedo helado en la espalda. Aprendió a no gritar.

*

A las seis de la mañana el peso se iba.

Así, de golpe, igual que había llegado. El cielo empezaba a clarear detrás de la cortina, se oían los primeros buses en la avenida, un gallo lejano en algún solar del barrio.

Y el aire del cuarto, de un momento a otro, se aflojaba.

Se volvía aire otra vez. El rincón era solo un rincón. El techo era solo un techo.

Lo que fuera que la acompañaba de noche se iba con la oscuridad.

Podía dormir un rato.

Se dejaba caer de lado, sin taparse, con la ropa del día anterior, y se dormía como se desmaya la gente. Un sueño negro, sin nada, que duraba lo que duraba.

A las siete y media se despertaba.

Siempre a las siete y media, o a las ocho. Una hora y media de sueño. A veces menos. Abría los ojos con la boca seca y el cuerpo adolorido, y por un momento, uno solo, no recordaba nada. Era una muchacha despertándose en su cama un día cualquiera.

Luego recordaba.

Y el día entero se convertía en una cuenta regresiva. El desayuno. El almuerzo. La tarde. Cada hora que pasaba la acercaba a la siguiente. Cada vez que miraba el reloj, el reloj le decía lo mismo: falta menos.

Y a las seis de la tarde volvía a empezar todo.

*

Todo había empezado en la adolescencia. Ella lo pensaba así: que esa era la edad más sensible, la puerta más fácil, cuando ella era débil, emocional, sin estabilidad, y cualquier cosa le entraba. Ahí era cuando esas cosas se sentían atraídas.

En la casa de sus papás, todas las noches, sin excepción, empezaron las pesadillas. Y la parálisis del sueño. Todas las noches. Se despertaba sin poder voltear ni a la derecha ni a la izquierda, porque sabía que había algo con ella en la cama. Al lado. Esperando que volteara.

Y después vinieron las imágenes.

No eran sueños. Le llegaban despierta, a plena luz, en cualquier parte: en la iglesia, en el bus, en la universidad.

Imágenes de cómo hería a las personas que tenía alrededor.

Cómo las apuñalaba. Cómo las estrellaba contra los tubos del bus.

Cómo las golpeaba con una fuerza sobrenatural hasta dejarlas sin respiración.

Le llegaban sin permiso, nítidas, y ella apretaba los dientes y miraba al piso y rezaba para que nadie le viera la cara.

En la universidad se asomaba por la baranda del octavo piso y se veía a sí misma tirándose. Veía cómo caía, despacio, hasta la fuente de agua del primer piso. Y lo terrible era que no le parecía trágico. Le parecía paz. El final de la angustia que llevaba años cargando.

Dormía dos horas al día. A veces una. Y con eso iba a clase, presentaba exámenes, saludaba, sonreía. Trataba de llevar una vida normal.

*

Y en las noches, la mujer de blanco.

Al principio eran solo demonios en las pesadillas, atacándola, y ella sin poder defenderse.

Después empezó a ver rostros en la oscuridad.

Y luego llegó ella. Una mujer toda vestida de blanco, con el pelo largo y negro.

Nunca le pudo ver la cara. Pero le sentía la maldad.

Solo recordarla, años después, le produce todavía un escalofrío que no le desea a nadie.

Después apareció con una niña. Vestida igual que ella. Con las mismas intenciones.

Se paraban en la entrada de la puerta. O abajo, al pie de la cama, del lado izquierdo. Y la observaban. No le hablaban nunca. Pero la molestaban: le movían cosas, le tiraban cosas, querían tocarla. Esperaban el momento en que se durmiera para venir hacia ella y montársele encima.

Sus papás veían que estaba distinta. Que no dormía, que estaba deprimida. Pero ella nunca se atrevió a contarles. Eran las personas más escépticas del mundo frente a lo paranormal. Le daba pánico que la tildaran de loca. De esquizofrénica.

Su papá, callado como era, solo le preguntaba:

—¿Qué pasó, mami?

Y ella no sabía cómo ponerlo en palabras.

*

Le daba miedo herir a todo el mundo. Incluso a Canela.

Canela era su perrita, una french poodle, lo que más quería en el mundo.

Y la mayoría de las noches soñaba que la hería.

En el sueño se le aparecía el demonio, ella lo agarraba de las patas y lo estrellaba contra la reja de la ventana, una y otra vez, hasta que por fin sentía que se había deshecho de él.

Y entonces lo veía al lado suyo. Riéndose. No era él con quien había acabado.

Era Canela.

Se despertaba gritando. Buscaba a la perrita por la casa, temblando, hasta encontrarla dormida en la cama de sus papás. Prefería matarse antes que hacerle daño a su chiquita.

Canela se fue alejando de ella. Ya no ladraba cuando la veía. Solo la miraba y seguía de largo. Ella a veces se acostaba a su lado, y la perrita se levantaba y se iba.

*