Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 5 — El pelo
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Capítulo 5 — El pelo

Hay recuerdos que no parecen importantes hasta que, años después, se encienden solos, como un bombillo que alguien prende en un cuarto que uno creía vacío.

Este fue uno de esos.

*

Hace más de veinte años la familia se reunió.

Era una despedida. Una de sus tías —tenía tantas tías que a veces las confundía— se iba para Estados Unidos con sus hijos, y la familia entera llegó a despedirla.

La casa se llenó de gente: el olor a ajiaco y a aguardiente, las tías hablando todas al tiempo en la cocina, los primos corriendo por el pasillo, maletas abiertas en la sala, alguien llorando en un rincón y alguien riéndose en otro.

Estaba su mamá, Gloria. Estaba su tía Beatriz. Y estaba la esposa de su tío: la cuñada de su mamá.

Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: su mamá y Beatriz no se llevaban bien con esa mujer.

Nunca se habían llevado bien. Había entre ellas una cosa vieja, callada, que se notaba en cómo se saludaban sin tocarse, en cómo la esposa de su tío se quedaba siempre un poco aparte, mirando, con una copa en la mano que casi no se tomaba.

Ella la miró esa tarde más de una vez sin saber por qué. Y cada vez, la mujer ya la estaba mirando.

*

Hubo una pelea.

No supo bien cómo empezó. Algo que alguien dijo. Una palabra de más. Las voces subieron en la cocina, una carcajada se cortó de golpe, los primos dejaron de correr. Y luego el ruido de una silla al caer.

Cuando ella llegó, la esposa de su tío tenía a su mamá agarrada del pelo.

La tenía bien agarrada. Con la mano entera metida entre los mechones, cerca de la nuca, retorciendo. Y con la otra mano le pegaba. Su mamá tenía la cabeza doblada hacia atrás y gritaba, y trataba de soltarse, y la otra no la soltaba. Jalaba. Jalaba con una fuerza que no parecía de una persona.

Lo que más recuerda no es el grito de su mamá. Es la cara de esa mujer. No estaba roja de rabia, como las caras de los adultos cuando pelean. Estaba concentrada. Con los ojos fijos no en Gloria, sino en el pelo. En su propia mano. Eso, y no la pelea, era lo único que le importaba.

Ella se lanzó a ayudar a su mamá.

Pero antes de que llegara, Beatriz se metió.

Beatriz, que era un amor, un espectáculo de mujer, la que se reía más duro en todas las fiestas.

Llegó empujando gente y se le fue encima a la esposa de su tío.

La agarró a golpes. Una vez, otra, otra, en la espalda, en los brazos, en la cara.

Le pegó hasta que se cansó. Alguien quitó la olla del fogón.

Alguien lloraba. Los hombres entraron por fin, tarde, como entraban siempre los hombres a esas cosas, y entre varios las separaron.

Hubo un momento de confusión. Empujones. Su mamá contra la pared, con las manos en la cabeza. Beatriz jadeando, con el pelo revuelto.

Ella volteó a mirar a la otra para atacarla.

La esposa de su tío estaba de espaldas. Justo al frente de las escaleras.

Y el primer instinto que tuvo, un instinto que le subió desde las tripas, caliente, que la asustó a ella misma, fue empujarla. Tirarla por las escaleras. Dio un paso. Levantó las manos.

Alguien la agarró de los brazos.

—¡Quieta! ¡Quieta, mija!

No la dejaron.

Y fue entonces, forcejeando, cuando le vio la mano.

La esposa de su tío tenía el puño cerrado.

Lleno de pelo.

Un mechón largo, oscuro, enredado entre los dedos, que le sobresalía por los lados del puño como raíces arrancadas de la tierra. El pelo de su mamá. La mujer no lo soltó. No lo botó al piso, como habría hecho cualquiera. No se limpió la mano.

Apretó el puño, lo pegó contra el cuerpo, y la miró por encima del hombro. Solo un segundo. Una mirada sin expresión.

Y se fue con eso.

*

Beatriz nunca volvió a ser la misma.

Ella lo pensaría muchos años después: que ese día, al pararse a defender a Gloria, Beatriz también escribió su destino.

Le dieron unas depresiones muy fuertes. Todo cambió en su mundo.

Todavía tiene recuerdos de ese día que no la dejan en paz.

Ella sigue orando por Beatriz, aunque a Beatriz esas cosas no le entran: no cree en brujerías.

Solo cree en el poder absoluto de Dios. Y en el descaro humano.

*

Durante años, ella no volvió a pensar en el puño cerrado.

Era una pelea de familia, como tantas. Se habló de ella un tiempo, en voz baja, en las cocinas. Luego se dejó de hablar. Las relaciones quedaron en ese punto en que la gente se saluda en los entierros y no en los cumpleaños.

El recuerdo se quedó guardado en algún cajón del fondo, debajo de otros.

Hasta que vinieron las noches.

*

Años después, cuando las noches ya no la dejaban dormir, ella lo conectó.

Fue una madrugada, de esas en que llevaba dos días sin pegar el ojo. Estaba sentada en el piso, con la espalda contra la cama, peinándose con los dedos para tener algo que hacer con las manos. Un pelo se le quedó enredado entre los dedos. Lo miró. Lo estiró contra la luz.

Y de pronto, sin que nadie la llamara, la imagen volvió completa. La cocina. La silla en el piso. La espalda de esa mujer frente a las escaleras. El puño cerrado. Las raíces de pelo saliendo entre los dedos.

Se fue con eso.

¿Para qué alguien se lleva el pelo de otra persona?

Ella sabía la respuesta. La sabía de las historias que contaban las abuelas en voz baja. El pelo es de la persona. En el pelo va la persona entera. Con el pelo de alguien se puede trabajar a esa persona. Amarrarla. Enterrarla. Entregarla.

Y era esa mujer, la esposa de su tío, la cuñada de su mamá, la que se le aparecía en los sueños.

Se quedó mirando su propio pelo enredado en los dedos durante mucho rato.

Afuera, un perro aulló. Uno solo, largo. Luego silencio.

—Fue ella —dijo en voz alta, sola, en el cuarto.

No tenía pruebas. Nunca las tuvo. Pero en el momento en que lo dijo, sintió que algo en el cuarto la escuchaba. Que algo, en alguna parte, se volteaba a mirarla. Ese pelo se lo había llevado para trabajar a su mamá. Y la que lo estaba recibiendo todo era ella.

Ahí empezó más fuerte.