Capítulo 4 — El colegio
En la clínica, con la luz encendida y la cabeza vacía de pastillas, ella empezó a hacer algo que no había hecho en años: recordar hacia atrás. Buscar el principio. Como quien sigue un hilo suelto en un suéter, tirando despacio, sin saber cuánto se va a deshacer.
Antes hubo otras cosas, sueltas, sin explicación.
Una tarde, de niña, se estaba sirviendo algo en la cocina de la casa y, al salir a la sala, vio a un anciano sentado leyendo el periódico.
Un señor de pelo blanco, con las hojas abiertas frente a la cara, pasándolas despacio.
En esa casa solo vivían ella, su mamá y su papá.
Cuando volvió a mirar, el sillón estaba vacío.
Y en la casa de los abuelos, en Armenia, siempre, siempre, la sensación de que algo la perseguía por los cuartos.
Y antes del colegio, antes incluso del anciano del periódico, estaba el miedo a quedarse sola. Ese era el más viejo de todos. Ella no recuerda mucho de su infancia. Pero eso sí lo recuerda.
La dejaban en un jardín infantil. Una tarde, no sabe por qué, la dejaron ahí sola.
Se fueron todos. Las otras niñas, las profesoras, las luces.
Y ella se quedó en la casa vacía del jardín, sentada en el primer escalón, sin atreverse a mirar hacia arriba de la escalera.
No sabe qué esperaba ver allá arriba. No sabe si vio algo.
Solo sabe que no podía levantar la cara.
Cuando por fin llegó su papá, ya de noche, ella salió corriendo hacia la reja.
—¡Papi! ¡Me dejaron sola!
Su papá gritaba, desesperado, agarrado a los barrotes, pidiendo que alguien la sacara de ahí. La que la oyó fue la señora que vivía al lado del jardín.
Se llamaba Leonor.
Al principio pareció una salvación. Leonor terminó cuidándola. Y terminó siendo peor que la casa vacía.
Le pegaba. Le decía que era lo peor. La comparaba con su nieto, siempre con el nieto, que sí comía, que sí se portaba bien.
A ella no le gustaba comer, y escondía la comida en los bolsillos para que no la regañaran.
Cuando sus papás le reclamaron a Leonor por qué la niña no estaba comiendo, Leonor la castigó a ella.
A partir de ese día la obligó a comer. Lo que pasaba en esa cocina, después, ella no se lo contó a nadie durante muchos años.
Y Leonor se iba. La dejaba sola en la casa durante el día, horas enteras.
Entonces empezaban los ruidos. Las puertas se abrían.
Se cerraban. Los teléfonos sonaban y sonaban, y nadie contestaba, y ella se quedaba quieta en la sala sin saber de dónde le daba más miedo que viniera alguien: de la calle, o de adentro.
Cuando oía las llaves de Leonor en la puerta, no sabía si sentir alivio.
Ahí aprendió las dos cosas que la acompañarían toda la vida: que la soledad tiene ruidos, y que no todo lo que te cuida te quiere.
Pero el hilo, cuando ella tiraba, la llevaba siempre al mismo lugar.
Al colegio.
*
El primer encuentro que pudo nombrar fue en el colegio de monjas.
Era un edificio viejo, de ladrillo oscuro y techos altísimos, con corredores largos que rodeaban un patio central lleno de rosales que las hermanas podaban con una paciencia casi cruel.
Olía a cera de piso, a tiza, a flores marchitas en los floreros de la capilla.
Las campanas marcaban las horas. Las niñas caminaban en fila, con el uniforme de falda a cuadros y medias hasta la rodilla, y la voz de alguna hermana se oía siempre, en algún lado, pidiendo silencio.
A ella le gustaba ese lugar. Eso era lo que después le dolió más. Que le gustaba.
El colegio era orden. Era horario. Era saber qué venía después.
En la casa las cosas podían torcerse sin aviso, pero en el colegio a las siete se rezaba, a las nueve había recreo, a las doce sonaba la campana del almuerzo.
Las paredes eran gruesas. Las puertas pesaban.
Allá adentro nada malo podía entrar. Eso creía.
Era su lugar seguro.
Una tarde, en la clase de dibujo técnico del profesor Becker, todo el segundo piso estaba desocupado: las niñas de esos cursos estaban ensayando el desfile para una de las presentaciones del colegio.
Becker era uno de los pocos profesores hombres que había, alto, de gafas, con una paciencia de piedra y la costumbre de hablar mirando por la ventana.
Estaba organizando unos papeles sobre el escritorio cuando la llamó.
—Hágame un favor —le dijo, y le extendió un rollo de plantillas ya calificadas, de diferentes cursos, amarradas con una cinta—. Déjelas en los salones del segundo piso. Cada una en su curso.
Ella cogió el rollo. Salió.
El corredor del primer piso estaba lleno de ruido: niñas en el baño, una puerta que se cerraba, el eco de un piano desafinado desde el salón de música.
Subió la escalera de madera, que crujía en el tercer escalón y en el noveno.
Siempre en el tercero y en el noveno. Las niñas decían que eso era porque ahí se había caído una monja hacía muchos años.
Ella nunca lo creyó. Pero esa tarde, sin saber por qué, pisó esos escalones con más cuidado.
Llegó al segundo piso.
Y el ruido se acabó.
Fue como cruzar una puerta invisible. Abajo había voces, piano, pasos.
Arriba, nada. Un silencio tan completo que escuchó su propia respiración, un poco agitada por la escalera.
El corredor se estiraba hacia el fondo, largo, con el piso de madera encerada brillando bajo la luz gris que entraba por los ventanales.
Los salones estaban vacíos.
Uno detrás de otro, con las puertas abiertas.
Pupitres alineados. Tableros con restos de tiza a medio borrar.
Un saco olvidado en el espaldar de una silla.
Ni una niña. Ni una hermana. Ella miró adentro de cada salón al pasar, dejando sobre el escritorio de cada uno las plantillas que le correspondían, y en cada uno la recibía el mismo vacío ordenado: las alumnas acababan de salir y podían volver en cualquier momento.
A la entrada del pasillo estaba la capilla, la pequeña, la de orar entre clases, con la puerta entornada y una veladora encendida adentro. La había pasado sin mirar. Siguió caminando. Las últimas plantillas le sudaban en la mano.
Cuando terminó de entregar la última, levantó la vista. Al final del pasillo había una niña.
Ella se detuvo.
La niña estaba de pie al fondo del corredor, de cara a ella.
Tenía el uniforme del colegio, el mismo que el de ella: la falda a cuadros, la camisa blanca, las medias.
Pero algo en el uniforme no estaba bien.
Era el mismo, y no era el mismo. La tela se veía más vieja, más gruesa.
El cuello de la camisa era más alto, como en las fotos antiguas que colgaban en la rectoría, las de las promociones de hacía cincuenta, sesenta años.
Tenía el cabello castaño, liso, recogido detrás de las orejas.
Tenía los ojos verdes.
Y era muy pálida. Tan pálida que la piel parecía no tener sangre debajo. Tan pálida que, contra la madera oscura del corredor, casi brillaba. Ella nunca la había visto. Y supo, con el estómago antes que con la cabeza, que esa niña no estudiaba ahí. Que no existía. No en este plano, al menos.
—¿Hola? —dijo ella.
La niña no contestó.
Se quedó quieta, mirándola.
No se movía en absoluto. No se le movía el pecho al respirar.
No se le movían las manos, que colgaban a los lados de la falda.
No se le movía el pelo, aunque por el ventanal abierto entraba una corriente de aire que a ella le alborotaba los mechones sueltos.
Solo los ojos, verdes, fijos, la sostenían en su sitio con una fuerza que no tenía nada de infantil.
Ella sintió frío. No el frío del corredor. Otro. Un frío que le empezó en la nuca y le bajó por la columna como agua.
Dio un paso atrás.
La niña inclinó la cabeza. Apenas. Un grado, quizás dos. Como hace un perro cuando escucha un sonido que no entiende. O como hace alguien que acaba de reconocer a otra persona.
Ella salió corriendo.
Corrió por el pasillo con las manos vacías apretadas contra el pecho, sin mirar atrás, con los zapatos golpeando la madera y el eco de sus propios pasos persiguiéndola.
Bajó la escalera de dos en dos. El tercer escalón crujió.
El noveno también. Detrás de ella, juraría, otro crujido.
Un poco después del suyo. Como si alguien bajara al mismo ritmo, un escalón atrás.
No volteó.
Cuando llegó al primer piso el ruido le cayó encima de golpe, el piano, las voces, una puerta, y casi se puso a llorar del alivio.
Entró al salón. Becker levantó la vista de los papeles.
—¿Qué pasó? —dijo Becker. Se quitó las gafas—. ¿Está bien? Está muy pálida.
Ella no respondió.
Se quedó parada junto a la puerta, con el corazón a mil, mirándolo.
Quería decirle. Las palabras estaban ahí, se le apretaban contra los dientes.
Hay una niña arriba. Hay una niña arriba y no es de aquí.
Pero sabía cómo sonaría. Sabía la cara que pondría él, la que pondría la hermana rectora, la que pondrían sus compañeras.
—¿Quiere ir a la enfermería?
Ella negó con la cabeza.
Becker la miró un rato más. Luego suspiró.
—Siéntese, entonces.
Ella se sentó. No volvió a hablar el resto de la clase.
*
Desde ese día, el colegio fue otro.
Su lugar seguro se había convertido en otro sitio donde tenía pánico de estar sola.
Evitaba el segundo piso. Si tenía que subir, subía con alguien, con cualquiera, inventaba excusas para que una compañera la acompañara.
Nunca pasaba frente a la capilla sola. En los baños, cuando no había nadie más, orinaba con la puerta entreabierta y los ojos clavados en la rendija.
En misa, cuando el padre levantaba la hostia y todas las niñas bajaban la cabeza, ella la levantaba un poco para mirar hacia los lados, hacia el fondo, hacia el coro.
Buscando un uniforme demasiado viejo. Unos ojos verdes.
No la volvió a ver. No así.
Pero a veces, en el reflejo de un ventanal, al pasar, creía distinguir una figura pálida detrás de la suya. Y cuando volteaba, solo estaba el corredor.
*
Tiempo después, por alguna razón que ya no recuerda, les pidieron montar una obra de teatro.
A ella le encantaba actuar. Era aplicada, de las que se aprendían el libreto antes que nadie.
La obra era una historia de terror. Unos niños que, por aburrimiento, invocaban demonios en una casa abandonada.
La hermana encargada frunció el ceño, pero lo aceptó, con la condición de que al final hubiera una lección moral.
Los demonios tenían que perder. Dios tenía que ganar.
A ella le tocó el papel de la niña que leía el ritual.
—Búsquelo en internet —le dijo una compañera—. Para que suene de verdad.
Ella lo buscó.
Pasó una tarde entera frente al computador de la casa, con el volumen apagado y la puerta cerrada, abriendo páginas negras con letras rojas, foros en otros idiomas, imágenes de círculos dibujados con tiza y velas puestas en las puntas de estrellas.
Leyó cosas que no entendía. Copió una en un cuaderno, palabra por palabra, con letra cuidadosa, de tarea.
Era larga. Tenía nombres que no se podían pronunciar bien.
Tenía una parte que se repetía tres veces.
No sabía por qué escogió esa. Le pareció que sonaba bien. Le pareció que sonaba verdadera. No lo hacía con ninguna intención. Solo quería ser una buena actriz. Qué estúpida e ingenua era ella de niña, pensaría después.
El día de la presentación, el salón de actos estaba lleno. Padres, hermanas, niñas de otros cursos. Habían apagado las luces y solo quedaba un reflector amarillo apuntando al escenario, donde habían puesto unas velas de mentira y una sábana negra en el piso.
Sus compañeras hicieron un círculo en el escenario. Otra de las actrices se acostó en el piso, en el centro, sobre la sábana negra. Y ella salió con el cuaderno en la mano.
Leyó el ritual de principio a fin.
No improvisó. No se saltó nada. Leyó cada palabra, cada nombre, cada repetición, con la voz que le salía cuando estaba nerviosa, más grave de lo normal.
Y mientras leía sintió algo raro, algo que no supo nombrar en ese momento: el salón se fue quedando en silencio.
No el silencio de un público atento. Otro.
El mismo silencio del segundo piso. El ruido se había quedado afuera.
Cuando levantó la vista del cuaderno, una compañera, desde un lado del escenario, se había quedado mirándola.
Muerta de la risa.
No una risa nerviosa. Una risa abierta, sin sonido, con la boca grande y los ojos fijos en ella: la cara de quien acaba de ver algo graciosísimo que nadie más ve. Se reía y se reía, en silencio, mientras las demás compañeras esperaban su entrada.
A ella le dio mal genio. Rabia de verdad, caliente, en la cara. Estaba haciendo su mejor esfuerzo y esa niña se estaba burlando. Le sostuvo la mirada y siguió leyendo, más fuerte.
Terminó la obra. Los demonios perdieron. Dios ganó. Hubo aplausos.
Esa noche, en la casa, quemó la hoja del cuaderno en el lavaplatos. No sabía por qué. Solo sintió que tenía que hacerlo.
*
Años después, muchos años después, esa misma compañera le escribió.
Fue un mensaje por redes sociales, de esos que llegan sin aviso a la bandeja de solicitudes. Casi no la reconoció en la foto: el pelo más corto, la cara más delgada, una mirada cansada. El mensaje era largo y empezaba con una disculpa por escribirle de la nada.
Le contaba que había estado pensando en el colegio. En la obra.
Le contaba que también había terminado en un hospital psiquiátrico. Por depresión.
Ella leyó el mensaje varias veces. Sentada en la cama, con el teléfono entre las manos, sintió que algo se le cerraba en el pecho.
No respondió de inmediato. Se quedó pensando en esa risa sin sonido, en el salón quedándose en silencio, en el reflector amarillo, en las palabras que había leído de principio a fin sin saltarse ninguna.
Y por primera vez se preguntó si algo, esa noche, las había estado escuchando.