Capítulo 3 — La doctora
La doctora entraba a las seis sin tocar.
Ella aprendió a esperarla. No porque quisiera verla, sino porque el cuerpo se le acostumbró, como se acostumbra a una alarma.
A las cinco y media ya estaba despierta, tendida boca arriba, con los ojos fijos en la rendija de luz debajo de la puerta.
Escuchaba el pasillo. El carrito de las medicinas, que tenía una rueda floja y chirriaba cada tres metros.
Una puerta lejana. Una tos. Y luego, siempre, los tacones.
Eran tacones bajos, de suela dura, que golpeaban las baldosas con un ritmo exacto, sin titubeos.
Ninguna enfermera caminaba así. Las enfermeras arrastraban los pies, se detenían, conversaban.
La doctora no se detenía nunca. Ella contaba los pasos desde el ascensor.
Veintidós. Veintitrés. Al veinticuatro, la manija giraba.
La puerta se abría.
La luz se encendía.
No era una luz cualquiera. Era el tubo fluorescente del techo, que parpadeaba dos veces, dudando, y luego se quedaba fijo, zumbando, llenando el cuarto de un blanco sin sombras que le quemaba los ojos aunque los tuviera abiertos desde hacía media hora.
Debajo de esa luz todo parecía más feo, más verdadero: la mancha de humedad en el techo, las sábanas grises de tanto lavarlas, sus propias uñas mordidas.
—Tengo el día ocupado —decía la doctora desde la puerta—. Levántese.
Nunca decía buenos días. Nunca decía su nombre. A veces ella pensaba que la doctora no lo sabía, que en la carpeta solo había un número, una fecha de ingreso, un diagnóstico escrito con letra apretada.
Se levantaba. Se ponía la bata encima de la piyama. Caminaba detrás de ella por el pasillo, descalza o en chanclas, tratando de seguir el ritmo de los tacones sin lograrlo nunca del todo.
*
El consultorio quedaba en el primer piso, al final del pasillo, después del cuarto de enfermería y antes de la puerta de vidrio que daba al patio.
No tenía ventanas. Tenía un escritorio de fórmica imitación madera, dos sillas de plástico, un archivador gris y, en la pared, un calendario de una farmacéutica con la foto de un paisaje de montaña que no cambiaba de mes.
Siempre era octubre en ese calendario. Ella se preguntaba si alguien se había olvidado de pasarle la hoja o si alguien había decidido, a propósito, que ahí adentro el tiempo no avanzara.
La doctora se sentaba. Abría la carpeta. Destapaba el bolígrafo con los dientes.
Ella se sentaba al frente, con las manos entre las rodillas.
Había un silencio. Siempre había ese silencio, de cinco o seis segundos, en el que la doctora leía lo que había escrito el día anterior.
Ella miraba cómo se movían los ojos de la doctora sobre el papel, de izquierda a derecha, y trataba de adivinar qué decía ahí.
Paciente colaboradora. Paciente orientada.
Paciente niega ideación. Palabras que la describían sin tocarla.
Luego la doctora levantaba la vista. No hasta su cara. Hasta un punto un poco por encima de su hombro, como si hubiera alguien parado detrás de ella.
—¿Todavía quiere matarse?
¿Con qué confianza le iba a hablar? Si ni siquiera le preguntaba qué pensaba.
Qué le había pasado. En la cabeza, mientras la doctora esperaba, ella pensaba: le basta con que la mire a los ojos y le diga que no.
¿Qué clase de doctora me tocó? Y a veces no sabía qué era peor, si los espíritus que venían de noche a torturarla o esa doctora que entraba a las seis con el día ocupado.
La primera vez, la pregunta la golpeó. Era tan directa, tan desnuda, que no supo si la doctora esperaba una respuesta verdadera o solo una palabra para llenar una casilla.
—No —dijo.
La doctora anotó. El bolígrafo raspó el papel. Una línea, quizás dos.
—Bueno. Puede volver.
Eso fue todo.
*
Al día siguiente fue igual. Y al otro.
Ella empezó a preparar cosas para decir.
De noche, acostada con los ojos abiertos, ensayaba frases.
Doctora, hay algo que no le he contado. Doctora, a las seis de la tarde siento que alguien llega.
Doctora, la mujer de la cama de la mitad no parpadeaba.
Doctora, alguien me habla en un idioma que no conozco. Doctora, cuando cierro los ojos…
Las ensayaba tantas veces que se le gastaban. Y a las seis de la mañana, cuando la luz se encendía y los tacones se alejaban por el pasillo y ella los seguía, las frases se le iban quedando atrás, una por una, como migas que se caen de un bolsillo roto.
En el consultorio, la pregunta llegaba siempre igual.
—¿Todavía quiere matarse?
—No.
Raspar del bolígrafo.
—Bueno. Puede volver.
Un día, uno solo, ella se quedó sentada un segundo de más. La doctora ya había cerrado la carpeta. La miró, por fin, a la cara, y en esa mirada no había crueldad, ni siquiera impaciencia. Había algo peor: nada. Una superficie lisa.
—¿Algo más?
Ella abrió la boca.
Pensó en la mujer de la cama de la mitad, en sus ojos negros abiertos toda la noche.
Pensó en el hombre que hablaba francés. En el peso.
En el olor dulce y podrido. Pensó en cómo sonaría todo eso dicho en voz alta, bajo esa luz blanca, frente a esa carpeta.
Pensó en lo que la doctora escribiría después.
Paciente refiere alucinaciones. Pensó en cuántos días más la tendrían ahí si lo decía.
—No —dijo—. Nada más.
—Bueno.
Y la doctora se levantó, y los tacones se fueron por el pasillo, y ella se quedó un rato sola en el consultorio mirando la montaña del calendario, esa montaña verde de un octubre que no se acababa.
Nunca le preguntó nada más.
Nunca le preguntó qué veía cuando cerraba los ojos.
Ni por qué no dormía. Ni qué había pasado antes, en la casa, en el colegio, en todos esos años.
La doctora tenía el día ocupado. Siempre tenía el día ocupado.
Y ella entendió, sin que nadie se lo dijera, que había cosas que en ese lugar no tenían casilla.
*
La doctora siguió entrando a las seis. Los tacones salían ahora del ascensor a ese pasillo de abajo, y eran los mismos veinticuatro pasos hasta su puerta.
En el cuarto del primer piso, el que tenía para ella sola, pensó al principio que las noches iban a ser distintas. Que sin la mujer de la mitad, sin esos ojos, iba a poder descansar.
Lo fueron. Pero no como esperaba.
La primera cosa extraña pasó con las manos.
Fue una noche cualquiera, la tercera o la cuarta en el cuarto nuevo. Estaba sentada en la cama, con la espalda contra la pared, esperando que la pastilla de la noche le hiciera efecto. Tenía las manos sobre las piernas, las palmas hacia arriba. Y las miró.
Las miró como no se las había mirado nunca.
Eran unas manos. Tenían cinco dedos cada una. Tenían las uñas mordidas, los nudillos un poco resecos, una cicatriz pequeña en la base del pulgar izquierdo que se había hecho de niña con una lata. Todo estaba ahí. Todo era como debía ser.
Y, sin embargo, no eran suyas.
No sabía explicarlo. No era que se vieran distintas.
Era que, al mirarlas, no sentía que le pertenecieran.
Eran las manos de otra persona, apoyadas sobre sus piernas.
Como si alguien sentado detrás de ella, muy pegado, hubiera pasado los brazos por debajo de los suyos y las hubiera puesto ahí, sobre sus rodillas, para que ella las mirara.
Movió un dedo. El dedo se movió.
Pero tardó. O ella sintió que tardó. Una fracción de segundo entre la orden y el movimiento, un espacio diminuto en el que pensó: alguien más está decidiendo si se mueve o no.
Cerró las manos. Las abrió. Las volteó. Las palmas tenían líneas que no recordaba. Una línea larga que le cruzaba la mano derecha de lado a lado y que, juraría, no había estado ahí antes.
Las escondió debajo de la sábana.
Pero de noche las sentía. Sentía su peso al final de los brazos, ajeno, como dos animalitos dormidos que en cualquier momento podían despertarse y hacer algo que ella no quería.
A veces, al despertarse, las encontraba en lugares donde no las había dejado. Sobre el cuello. Sobre la boca. Una vez, agarrada al borde del colchón con tanta fuerza que le dolían los dedos. Toda la noche sosteniéndola, para que no la arrastraran a alguna parte.
*
Empezó a dormir con la luz encendida.
Las enfermeras al principio la apagaban en la ronda de las once. Ella esperaba a que los pasos se alejaran, se levantaba y la volvía a prender. A la ronda de la una, la apagaban otra vez. Ella la volvía a prender.
Una enfermera joven, de trenza negra y uñas pintadas de rojo, se quedó un día en la puerta mirándola.
—¿Le da miedo la oscuridad?
Ella pensó en cómo responder.
—No es la oscuridad —dijo al fin.
La enfermera esperó. Ella no dijo más.
—Bueno —dijo la enfermera, y algo en su cara se ablandó, apenas—. Déjela prendida. Yo no le digo a nadie.
Desde esa noche la luz se quedó encendida.
Pero la luz no la dejaba dormir, y ella no quería dormir. Se quedaba despierta, sentada contra la pared, con las rodillas abrazadas y las manos ajenas escondidas entre los muslos, escuchando.
Escuchando el silencio del pasillo.
Porque el pasillo del primer piso tenía un silencio particular.
No era un silencio vacío. Era un silencio lleno, denso, como el de una habitación donde alguien contiene la respiración.
Ella aprendió a distinguir sus capas. Primero el zumbido de los tubos fluorescentes, constante, casi imperceptible.
Debajo, el goteo de una llave mal cerrada en el baño del fondo.
Más abajo, muy lejos, el ronroneo de la nevera de la enfermería.
Y debajo de todo eso, en el fondo del fondo, algo más.
Algo que no era un sonido.
Era la sensación de un sonido que estaba a punto de ocurrir. Un paso que no terminaba de darse. Una voz que se quedaba a mitad de camino entre la garganta y los labios. El pasillo entero esperaba, igual que ella, a que algo pasara.
A veces pasaba.
Una vez escuchó que alguien probaba la manija de su puerta.
Despacio. Un giro de un centímetro, y luego el regreso.
Se quedó mirándola sin respirar. La manija no volvió a moverse.
Cuando por fin se atrevió a levantarse y abrir, el pasillo estaba vacío y las luces zumbaban, y en el piso, justo frente a su puerta, había una huella húmeda de un pie descalzo.
Una sola. De alguien que había estado parado ahí, en un solo pie, mucho tiempo.
Cerró la puerta. Volvió a la cama. No durmió.
*
A la mañana siguiente, a las seis, los tacones. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. La manija. La luz.
—Tengo el día ocupado. Levántese.
En el consultorio, la montaña del calendario seguía siendo verde. Seguía siendo octubre.
—¿Todavía quiere matarse?
Ella se miró las manos sobre las rodillas. Las manos que no eran suyas. Pensó en la huella frente a la puerta.
—No —dijo.
Y era verdad. No quería matarse. Lo que quería era algo mucho más difícil de explicar, algo para lo que no existía casilla en esa carpeta: quería que alguien, por una vez, le preguntara qué había del otro lado de la puerta.
La doctora anotó.
—Bueno. Puede volver.
*
Le daban pánico los espejos.
En el baño privado del cuarto había uno, encima del lavamanos, atornillado a la pared.
Ella aprendió a lavarse los dientes sin levantar la cara.
Porque cuando la levantaba, la persona que la miraba desde el vidrio no era ella.
Tenía su pelo, su piyama, sus ojeras. Pero esos ojos no eran suyos.
Miraban de otra manera. Desde más adentro.
Muchos le dirían después, psiquiatras y psicólogos, que eso tenía nombre, que era un trastorno, que era disociación, que era esto y lo otro.
Ella se sabía la lista de memoria. Pero sabía también otra cosa, algo que nadie le podía quitar: había algo dentro de ella que quería ser dueño de su cuerpo.
Y ella estaba luchando, hasta casi la muerte, para no dejarlo ganar.
Uno de los días de visita llegó una de sus tías. Una tía que ella amaba con toda el alma. Entró al cuarto, se sentó en la cama, le tomó la cara entre las manos y se quedó mirándola. Mucho rato.
Y ella vio en la cara de su tía que lo sabía. Que sabía que esa no era ella.
—Yo sé que usted está ahí adentro, en algún lugar —le dijo la tía, muy bajito—. Luche, mi amor. Luche. Todo va a estar bien.
*
No recuerda el día en que salió de la clínica.
Recuerda, eso sí, la última sesión. La pregunta de siempre. Y recuerda que mintió. Que miró a la doctora a los ojos y le dijo que se sentía bien. Que ya estaba mejor. Que ya no quería matarse.
Y la doctora sonrió.
Fue la única vez que la vio sonreír. Una sonrisa satisfecha, aliviada, la sonrisa de alguien a quien una paciente no le va a dar más trabajo. Ella la miró sonreír y pensó que esa mujer era igual, o peor, que las cosas que la visitaban de noche.
No le dieron incapacidad. La doctora le dijo que tenía que volver al trabajo al día siguiente.
Volvió.