Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona Capítulo 2 — La voz en el oído
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Capítulo 2 — La voz en el oído

Estaba despierta, y lo supo porque podía ver el techo.

Era el mismo techo de siempre: las baldosas de icopor con sus huequitos diminutos, la mancha de humedad en la esquina que tenía forma de mano abierta, la franja de luz blanca que entraba por debajo de la puerta y se estiraba sobre el piso.

Lo veía con nitidez. No era un sueño. Los sueños no tenían esa claridad fría, esa quietud.

Quiso girarse de lado. El cuerpo no le respondió.

No fue que le pesara, ni que estuviera cansada.

La orden, simplemente, no llegaba. La mandaba desde la cabeza —mueve el brazo, mueve un dedo, aunque sea un dedo— y la orden se perdía en algún punto del camino, como una voz que grita dentro de un pozo.

Los brazos seguían a los lados del cuerpo.

Las piernas, estiradas bajo la sábana. La boca, cerrada. Ni siquiera podía tragar.

Solo los ojos.

Los ojos sí se movían. Y eso era peor, porque con ellos podía ver.

Las dos mujeres estaban en el cuarto.

Una estaba cerca de la ventana, de pie, con la espalda contra la malla.

La otra estaba al pie de la cama, tan cerca que si ella hubiera podido mover los pies le habría tocado las rodillas.

No las había oído entrar. No había oído la puerta.

Estaban ahí desde siempre, parte del cuarto, igual que la mancha del techo o el escritorio.

Quietitas.

Mirándola.

No eran sombras. Ella las conocía. La conocía, sobre todo, a ella: la mujer de blanco.

Toda vestida de blanco, con el pelo largo y negro cayéndole sobre la cara.

Nunca, en todos esos años, le había podido ver el rostro.

Pero le sentía la maldad, igual que se siente el frío de una nevera abierta en la espalda.

Y la otra, más baja, la que siempre venía con ella, vestida igual.

Casi siempre se ponían en los mismos lugares: en la entrada de la puerta, o abajo, al pie de la cama, del lado izquierdo.

Nunca le hablaban. Solo esperaban a que se durmiera para montársele encima.

La luz no les llegaba bien a la cara, y ella no lograba distinguirles los rasgos, solo la postura: los brazos caídos, los hombros rectos, la cabeza un poco ladeada, idénticas, una imitando a la otra.

Y lo que sí distinguía, lo que le llegaba con toda claridad a pesar de la penumbra, era que no parpadeaban.

La miraban con una atención total, sin prisa, como se mira algo que ya les pertenece.

Quiso gritar. La garganta no se abrió.

Entonces escuchó al hombre.

No lo vio. No supo de dónde venía. Pero la voz estaba ahí, muy cerca, tan cerca que sintió el aire de cada palabra contra la oreja izquierda.

Hablaba en francés. Ella no entendía francés, solo reconocía la música del idioma, las erres arrastradas desde el fondo de la garganta, las vocales redondas, el ritmo suave.

Era una voz baja, cercana, casi tierna, inclinada sobre su oído, contándole un secreto.

De todos ellos, era el único que le hablaba.

La mujer de blanco nunca le había dicho una palabra. Él sí. Y ella no quería que le hablara.

Eso era lo que más miedo le daba. La ternura.

Las palabras seguían, una detrás de otra, sin pausa, un murmullo continuo que no subía ni bajaba de tono. Ella no sabía qué le estaba diciendo, pero el cuerpo sí parecía saberlo, porque la piel se le erizaba en oleadas, desde la nuca hasta los tobillos, cada vez que la voz cambiaba de palabra.

Sintió el peso.

Primero en el pecho. Una presión leve, como una mano abierta apoyada sobre el esternón. Luego más firme. Le costaba meter aire. Los pulmones se le llenaban a medias, y el aire salía antes de tiempo.

Después en el estómago.

Algo se subió encima de ella.

El colchón se hundió a los dos lados de su cuerpo: dos rodillas, una a cada lado de sus caderas.

Lo sintió en el plástico que crujía bajo la sábana, en el resorte que chirrió.

Sintió el contorno de un cuerpo que no veía, un peso concreto, real, con temperatura.

No era frío, como ella habría esperado. Era tibio.

Húmedo. Y con él llegó el olor: un olor dulce y podrido, como flores dejadas demasiados días en el agua de un florero, como fruta que se abre sola de madura.

El hombre seguía susurrando.

Ella no podía moverse. Gritaba por dentro. Gritaba el nombre de su mamá, gritaba que se quitara, que la dejara, gritaba cosas sin palabras, y nada salía, ni un gemido, ni un suspiro. Las lágrimas sí salían. Las sentía bajar por las sienes hasta mojarle el pelo y las orejas.

Las mujeres no se movían.

La de la ventana. La del pie de la cama. Ninguna hizo nada. Ninguna se acercó a ayudarla, ni se acercó a hacerle daño. Solo miraban. Miraban con esa atención total, y ella entendió, en medio del pánico, que estaban ahí para eso: para mirar. Para ser testigos. Para asegurarse de que ocurriera.

El peso aumentó.

Ya no era una mano ni un cuerpo. Era el cuarto entero que se le venía encima, el techo con su mancha de humedad bajando hasta posarse sobre ella.

El colchón se hundía más y más, y ella sentía que se hundía con él, que atravesaba el plástico, el resorte, el piso, que bajaba hacia algún lugar oscuro y sin fondo.

La voz en francés se volvió más lenta. Más cerca.

Ya no estaba junto a su oreja: estaba adentro, en su propia cabeza, ocupando el lugar donde antes estaban sus pensamientos.

Sintió que se iba.

No que se dormía. Que se iba. Que algo de ella se estaba soltando del cuerpo, y que si terminaba de soltarse no iba a volver.

Y de repente desapareció.

Todo a la vez. El peso, la voz, la presión en el pecho. Un hilo cortado.

El cuerpo le respondió.

Se incorporó de golpe, jadeando, con la boca abierta, tragando aire a bocanadas como quien sale de debajo del agua. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta, en las sienes, en las yemas de los dedos. Se llevó las manos al pecho. Se tocó la cara, mojada. Se tocó el estómago.

El cuarto estaba vacío.

No había nadie junto a la ventana. No había nadie al pie de la cama. La puerta estaba cerrada, como la había dejado. La franja de luz blanca seguía en el piso, intacta, sin ninguna sombra que la cortara.

Pero el olor dulce y podrido todavía estaba en el aire.

Lo olía. No se lo estaba imaginando. Estaba ahí, pegado a la sábana, a la almohada, a su propia piel, y se fue desvaneciendo muy despacio, como se desvanece un perfume en una habitación cerrada, sin terminar nunca de irse del todo.

No volvió a acostarse.

Se quedó sentada contra la cabecera, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor de las piernas, mirando fijo el pie de la cama, el lugar exacto donde había estado la segunda mujer.

No se atrevía a mirar a otro lado. Tenía la idea de que si dejaba de mirar ese punto, aunque fuera un segundo, la mujer iba a volver a estar ahí.

Escuchó el zumbido de las luces del pasillo. Escuchó, muy lejos, a alguien toser. Escuchó su propia respiración, que tardó mucho en calmarse.

Se quedó despierta hasta que amaneció.

Cuando por fin la ventana empezó a ponerse gris, y luego azul pálido, y se oyeron los primeros carritos de las enfermeras en el pasillo, ella seguía en la misma posición. Las piernas se le habían dormido. Le dolía el cuello.

Y en el pecho, justo donde había sentido la mano, le quedó una sensación tibia que no se le quitó en todo el día.