Capítulo 1 — Tres camas #2
—¿Para dónde va? Vuelva, vuelva.
La hicieron volver. Entraron los enfermeros, dos hombres y la misma enfermera de antes, con pasos rápidos, pero sin prisa verdadera, la prisa ensayada de quienes hacen lo mismo varias veces por semana.
—Sujétala de los hombros.
—Ya, ya, tranquila, tranquila…
—Pásame la de diez.
La sujetaron entre los dos. La mujer se retorcía, escupía, seguía gritando con esa voz doble.
La enfermera le levantó la bata y le clavó la aguja en la cadera con un movimiento seco.
Contó en voz baja. El cuerpo de la mujer fue aflojándose, primero los brazos, después las piernas, hasta que quedó tendida boca arriba, respirando hondo, con el pelo pegado a la frente por el sudor.
Los dos enfermeros acercaron dos sillas y se sentaron en la mitad, entre la cama de la poseída y la de ella. Como una frontera.
Pero los ojos seguían abiertos.
Y seguían mirándola.
Ella no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que la enfermera se acercó con otra jeringa.
—Tú también, mi amor. Para que descanses.
No protestó. Extendió el brazo. Sintió el pinchazo, el frío que le subía por la vena, y luego un calor pesado que le fue bajando los hombros, el pecho, los párpados. Se acostó sin quitarse las chanclas. El plástico del colchón crujió bajo su espalda.
Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue la cara de la de la mitad, girada hacia ella sobre la almohada. Los ojos negros. Abiertos.
Pudo dormir.
Por primera vez en días, durmió. Un sueño sin imágenes, sin voces, sin peso. Un hueco negro y tibio donde no había nada, y esa nada fue lo más parecido al descanso que había sentido en mucho tiempo.
*
Cuando se despertó, no supo qué hora era.
La luz del pasillo entraba por debajo de la puerta, blanca, igual que antes. Por la ventana no se veía nada; afuera era noche cerrada. La de la ventana seguía bajo la sábana. La de la puerta dormía sentada, con la cabeza caída sobre el hombro.
Ella giró la cabeza despacio sobre la almohada.
La de la mitad seguía mirándola.
En la misma posición en que la habían dejado los enfermeros, boca arriba, con la cara vuelta hacia ella. Los ojos abiertos. Sin parpadear. En todas esas horas no los había cerrado ni una vez. No había dormido. Tal vez no necesitaba dormir.
Ella no se movió. No respiró. Se quedó así, con la mejilla contra la almohada, sosteniéndole la mirada porque le daba más miedo darse la vuelta y tenerla en la espalda.
—Duérmase —susurró la mujer, con esa voz que venía de abajo—. Duérmase, que yo la cuido.
Ella cerró los ojos. No durmió más esa noche.
*
A la mañana siguiente la doctora entró a las seis. No tocó. Encendió la luz, dijo que tenía el día ocupado y le ordenó levantarse. Fue la primera de muchas mañanas iguales.
*
En el segundo piso estaban también los gemelos.
Vivían en la clínica de manera permanente.
Tenían cincuenta y tantos años, eran esquizofrénicos y violentos, y caminaban por el pasillo, siempre juntos, al mismo paso, con la misma cara.
Si uno se detenía, el otro se detenía. Si uno volteaba a mirarla, el otro volteaba a mirarla.
Ella aprendió a no cruzarse con ellos nunca.
*
Después de una semana la bajaron al primer piso.
Nadie le explicó por qué. Una enfermera llegó con una bolsa plástica para sus cosas y le dijo que la iban a trasladar. Cuando salió del cuarto con la bolsa en la mano, no quiso mirar hacia atrás, pero miró. La de la mitad estaba sentada en su cama, con las muñecas vendadas sobre las piernas.
La miraba.
Le asignaron un cuarto para ella sola en el primer piso, donde iban los que ya tenían menos riesgo.
Una sola cama, un escritorio, un televisor, un baño privado, una ventana con malla que daba al patio.
Sin compañeras, sin esquizofrénicos, sin nadie poseído de noche.
Lo sintió casi como una escapada, la escapada que necesitaba.
Era mejor. Era mucho mejor. Y, sin embargo, la primera noche, acostada boca arriba con la luz del pasillo entrando por debajo de la puerta, sintió que alguien estaba parado al otro lado.
No lo oyó. No había pasos, no había respiración. Simplemente lo sabía. Alguien estaba ahí, justo del otro lado de la madera, quieto, esperando.
A veces se levantaba y la abría.
El pasillo estaba vacío. Las luces blancas zumbaban. Al fondo, la puerta del baño, entreabierta. Nadie.
Cerraba. Volvía a la cama. Y al rato la sensación regresaba, idéntica, como si quien fuera que estaba ahí se hubiera apartado apenas lo suficiente para no ser visto, y luego hubiera vuelto a su lugar.
*
De día había terapia ocupacional. Los ponían a caminar por los jardines, a dibujar, los sacaban al sol.
La clínica era muy linda, moderna, con prados recortados y ventanales grandes.
Y aun así tenía algo tenebroso, algo que se notaba en la manera en que todo estaba demasiado limpio, demasiado callado.
En las tardes, con varios jóvenes de su edad, jugaban a adivinar películas con mímica, y por un rato, entre risas, se le olvidaba dónde estaba.
De día conoció a Andrés.
Lo vio por primera vez en el patio, sentado en una banca de cemento, al borde del prado.
Era alto. Tenía el pelo largo y castaño, que le llegaba a media espalda, unos ojos verdes y grandes de pestañas largas, los labios gruesos.
Era muy apuesto. Estaba ahí porque le había dado un ataque de pánico: escuchaba voces, y había atacado a unos policías. Estaba solo, mirando a las palomas.
Ella se sentó en el otro extremo de la banca. No dijo nada. Él tampoco. Al rato él la miró y sonrió, y ella, sin saber bien por qué, le preguntó:
—¿Te lo puedo trenzar?
Él se rio. Su risa era bullosa, enorme, una carcajada que hizo voltear a dos pacientes y espantó a las palomas.
—Dale. Pero no me lo jales.
Todos los días, durante casi un mes, ella se sentaba a su lado en el patio y le trenzaba el pelo.
Lo peinaba con los dedos primero, desenredando los nudos con paciencia, separándolo en tres mechones gruesos.
Lo trenzaba despacio, y cuando terminaba lo deshacía y volvía a empezar.
Era lo único que hacía con las manos que no le daba miedo.
Las manos, que de noche no reconocía, de día sabían hacer eso.
Él la miraba por encima del hombro y sonreía.
A veces le contaba cosas sin importancia: lo que había soñado, lo que había de almuerzo, una canción que tenía pegada.
Se reía de todo. Y esa risa bullosa la hacía sonreír a ella también, aunque estuvieran ahí, aunque los dos tuvieran pulseras con su nombre y su número, aunque a las seis de la tarde todo volviera a empezar.
Un día, cuando se levantó de la banca, una paciente mayor que siempre se sentaba cerca, una señora de pelo gris con un saco de lana que no se quitaba nunca, la tomó del brazo. Tenía los dedos fríos y fuertes.
—Mija —le dijo en voz baja—. Acuérdate en dónde estamos. No te involucres con nadie.
Ella la miró. La señora no sonreía.
—Aquí nadie está bien —añadió—. Ni él. Ni tú. Ni yo.
Ella asintió.
No tuvo nada con él. Nunca. Fue de las cosas más sabias que hizo. Un poco de amor le habría servido en medio de tanta turbulencia, pero no estaba disponible ni para ella misma. Siguió trenzándole el pelo hasta que dejó de verlo en el patio, y no preguntó a dónde se había ido.
La medicación la dejaba con la cabeza vacía. Los días se le volvían iguales, lisos, sin bordes. No sentía tristeza, pero tampoco alegría; no sentía casi nada. Y eso, que a cualquiera le habría parecido una pérdida, a ella le parecía un alivio.
Era mejor que sentir todo lo que había sentido durante años.
*
A las tres semanas autorizaron visitas.
Ella no estaba en la lista de los que podían ver a su familia todavía, o eso creyó. Era la hora de visitas y todos sus compañeros estaban en el salón con sus papás, y ella se fue a su cuarto, se acostó y se quedó mirando el techo.
Golpearon la puerta.
—Siga —dijo.
Y ahí estaba. Su héroe. Su papá.
Ella no se había dado cuenta de cuánto lo había extrañado hasta que lo vio.
Sintió algo, por fin, después de semanas de no sentir nada.
Él le dio un abrazo enorme, de esos que la levantaban del piso.
Le había traído sus dulces favoritos. Y se sentó en silencio a su lado, sin preguntarle nada difícil, solo a escucharla. A ver cómo estaba.
—¿Qué pasó, mami? —le dijo, como le decía siempre.
Era lo único que preguntaba. Y era suficiente.
Cuando se fue, ella se quedó sentada en la cama con la bolsa de dulces en las piernas. Afuera, la luz del patio se iba poniendo gris. Eran casi las seis.
Y al otro lado de la puerta, otra vez, alguien se quedó parado.