Cuando el demonio llega y tu iglesia te abandona
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Capítulo 1 — Tres camas
Antes de la clínica hubo una avenida.
Ese día estaba sentada frente al computador de la oficina, en el trabajo soñado: una entidad financiera, a los veintiún años, apenas dos meses de contrato.
Tenía las manos sobre el teclado. Se las miraba.
Y sabía, con una calma que daba más miedo que el miedo, que ya había perdido el control de ellas.
Desde hacía un mes, las cosas que la visitaban de noche ya no esperaban a la noche. Venían de día. Eran siete, por lo menos, todas al tiempo, alrededor del escritorio, entre los cubículos, en el reflejo apagado de la pantalla. Le hablaban. Le gritaban. Nadie más en la oficina levantaba la cabeza.
Con la poca fuerza que le quedaba le escribió un mensaje a su mamá, pero era para los dos.
Les dio las gracias a su mamá y a su papá por cuidarla siempre y por la familia que eran los tres, que ella sentía como un regalo.
Les dijo que los quería mucho y que la perdonaran si alguna vez había hecho algo malo.
Era una despedida. Su mamá lo entendió así, y llamó a su papá.
Ella fue hasta la oficina del jefe y le dijo que tenía una emergencia. Él le dio permiso. Después de eso el tiempo se le fue en cámara lenta. Salió del edificio, ese edificio monumental de vidrio, y se sentó en las escaleras de la entrada.
—¿Y ahora qué hago? —dijo en voz alta.
Las voces le contestaron todas al tiempo.
A pocos metros pasaba una de las avenidas más transitadas de Bogotá. Buses, taxis, motos, un ruido de motores que no paraba nunca. Vio venir un bus grandísimo, verde, de servicio público. Y decidió que si algo la iba a llevar, sería eso.
Dejó el bolso en las escaleras. Empezó a caminar.
Le faltaban unos diez pasos. Los contaba. Nueve. Ocho. El bus verde crecía. Ya sabía que iba a ser el dueño de su muerte.
Entonces oyó una bocina.
Una bocina que no paraba de pitar, larga, desesperada, detrás del bus. Era un carro. Era el carro de su papá.
Su papá se bajó en medio de la avenida, con el carro todavía encendido y la puerta abierta, y corrió hacia ella igual que Superman, entre los carros, sin mirar. Se le aventó encima. La abrazó tan fuerte que le sacó el aire.
—No, mami. No haga eso —le dijo al oído—. La vida es muy linda. La vida es muy linda.
Recogió el bolso de las escaleras. La subió al carro.
Mientras manejaba llamó a Patricia, su psicóloga, que trató de calmarla por el altavoz con ejercicios de respiración.
Inhala. Sostén. Exhala. Patricia tampoco pudo.
Las cosas que la rodeaban, siete, nueve, diez, no se habían ido.
Iban en el carro con ellos. Le seguían hablando.
Y ella les pegaba. Les tiraba golpes al aire.
—Mami, está golpeando el carro —le decía su papá, con la voz rota—. Se está golpeando usted.
Primero llegaron a un hospital psiquiátrico.
Ella le contó a la persona que la atendió todo lo que había pasado, y decidieron que había que internarla, porque estaba atentando contra su vida.
La medicaron de inmediato. Y su papá, que no quiso dejarla ahí, la sacó y la internó en la que le dijeron que era la mejor clínica psiquiátrica de Bogotá.
La clínica Los Almendros.
*
La llevaron al segundo piso, el piso donde internaban a los que habían intentado quitarse la vida. Fue una tarde que no recordaría después con claridad, salvo por el olor. La habían adormecido. Le habían adormecido el miedo, la mirada, todo.
El ascensor olía a metal y a desinfectante, un olor frío que se le metía por la nariz y le bajaba hasta la garganta.
Las paredes eran de acero cepillado, y en ellas se veía su reflejo deformado: una muchacha pálida, de ojeras hondas, con los brazos cruzados sobre el pecho como quien se abraza para no desarmarse.
La enfermera que la acompañaba no le hablaba.
Miraba los números que se encendían arriba de la puerta. Uno. Dos.
El ascensor se detuvo con un temblor leve. Las puertas tardaron un segundo de más en abrirse.
El pasillo estaba iluminado con luces blancas que no se apagaban nunca.
Eso lo supo después, en las noches, cuando aprendió que en ese piso no existía la oscuridad completa, solo una penumbra lechosa que entraba por debajo de las puertas y hacía que todo pareciera suspendido: allá arriba el tiempo no avanzaba, flotaba.
Las baldosas brillaban. Al fondo, alguien arrastraba los pies.
Se oía, muy lejos, una voz que repetía algo, siempre lo mismo, sin que se entendiera qué.
—Por aquí —dijo la enfermera.
Caminaron. Las chanclas de ella hacían un ruido húmedo contra el piso. Pasaron frente a puertas cerradas con ventanitas rectangulares a la altura de los ojos. Ella no se asomó a ninguna. Tenía la sensación, absurda y firme, de que si se asomaba alguien del otro lado ya estaría mirándola.
La enfermera se detuvo frente a la última puerta del pasillo y la empujó con la cadera.
—Esta es tu habitación.
Adentro había tres camas.
Las tres estaban ocupadas. Las tres eran mujeres.
La de la ventana dormía de lado, encogida, con la sábana hasta la cabeza; solo se le veía un pie descalzo, amarillento, colgando del borde. La de la puerta estaba sentada contra la pared, mirándose las uñas, y no levantó la cara cuando ellas entraron.
La de la mitad la miraba.
Solo a ella.
No a la de la puerta, a esa ni la detallaba. No a la enfermera, que acomodaba unas sábanas dobladas sobre una silla. No al techo. A ella. Como si la hubiera estado esperando.
Tenía las muñecas vendadas, las dos, con gasas blancas que ya empezaban a ponerse grises en los bordes.
No hacía falta preguntar por qué. Estaba ahí por lo mismo que ella: porque no quería vivir.
El pelo era rubio, crespo, largo, una maraña que le caía sobre los hombros y le enmarcaba la cara como un nido.
Y los ojos eran negros. No castaños oscuros: negros.
Tan negros que no se distinguía dónde terminaba la pupila.
Brillaban bajo la luz blanca del techo como dos piedras mojadas.
—Hola —dijo la mujer.
La voz no correspondía al cuerpo. Era baja, rasposa, gutural. Salía de más adentro que la garganta, de un sitio hondo del pecho donde no debería haber voz. Arrastraba las sílabas.
Ella no contestó.
Lo supo de inmediato, con una certeza que no venía de la cabeza sino del estómago, de la piel de la nuca que se le erizó toda de golpe: esa mujer estaba poseída.
No lo pensó. No lo dedujo. Lo supo, igual que se sabe que una olla está caliente antes de tocarla.
—Esa es tu cama —dijo la enfermera, señalando la que quedaba libre, pegada a la de la mitad—. La cena es a las seis. Si necesitas algo, timbras.
Le trajeron algo de comer. Ella no tenía ganas de hablar con nadie. Lo único que preguntó, con la bandeja en las piernas, fue si la iban a dejar prender la luz. O el televisor. Algo.
—No puedo dormir con la luz apagada —dijo.
La enfermera la miró un segundo de más y no contestó.
Al llegar la noche, dos enfermeros la acompañaron al baño.
No la dejaban sola ni para orinar. Ni la puerta cerrada.
Tenían miedo de que se quitara la vida ahí adentro, con cualquier cosa.
Ella se puso la piyama con un enfermero de espaldas en la puerta y volvió al cuarto pensando que, a lo mejor, lo malo era su casa.
Que aquí, lejos de allá, a lo mejor la iban a dejar en paz.
Y se fue la enfermera. La puerta se cerró sola, despacio, con un clic que a ella le sonó definitivo.
Se sentó en el borde de la cama. El colchón crujió, forrado en plástico debajo de la sábana. No se acostó. No se quitó las chanclas. Puso las manos sobre las rodillas y clavó los ojos en el piso, porque sentía que si levantaba la mirada se iba a encontrar con la de la mitad.
Y la sentía. Sentía esa mirada como se siente el sol en la espalda, como un peso tibio y concreto encima de la piel.
Pasaron minutos. La de la ventana roncó suavemente. La de la puerta siguió mirándose las uñas.
Ella levantó los ojos.
La de la mitad no se había movido. Seguía sentada, con las manos vendadas sobre las piernas, la cabeza un poco inclinada hacia adelante, y la miraba.
No parpadeaba. Ella contó en silencio, sin querer, como contaba de niña cuando tenía miedo.
Diez. Veinte. Treinta. Los párpados de la mujer no bajaron ni una vez.
Los ojos se le estaban enrojeciendo en los bordes, se le humedecían, pero no se cerraban.
—¿Por qué me mira así? —preguntó ella, y la voz le salió más delgada de lo que quería.
La mujer sonrió. Fue una sonrisa lenta, que empezó en una comisura y tardó en llegar a la otra.
No contestó.
Entonces empezó a mover la cabeza.
Primero fue apenas un balanceo, de un lado a otro, como quien sigue una música que nadie más escucha.
Después más rápido. Más amplio. El pelo crespo le golpeaba la cara, se le enredaba en la boca.
El cuello se le doblaba en ángulos que dolían de solo verlos.
La cama de metal empezó a chirriar con cada movimiento.
La de la puerta, por fin, levantó la cara, y en sus ojos no había sorpresa, solo el cansancio de quien ya ha visto eso muchas veces.
Y después el grito.
No fue un grito humano. O sí lo fue, pero estirado, roto, con algo debajo, dos voces gritando al mismo tiempo desde la misma boca: una aguda, de mujer, y otra grave que raspaba.
Le llenó el cuarto. Le llenó los oídos. Ella se tapó las orejas con las dos manos y aun así lo escuchó, porque el grito no entraba solo por los oídos, entraba por todas partes.
La mujer se dobló. Se dobló hacia adelante hasta que la frente le tocó las rodillas, y luego hacia atrás, arqueada, con la espalda curvada como un arco tensado, los talones y la nuca apoyados en el colchón y el resto del cuerpo en el aire.
Ella no aguantó más. A pesar de las pastillas, se levantó tambaleándose y salió al pasillo de luces blancas, con las chanclas medio puestas y el corazón golpeándole las costillas, pensando esto no es una prisión, esto no es una prisión, y casi se estrella con los enfermeros que venían corriendo.