Capítulo 16 — Cierre
Hay preguntas que la gente hace siempre, al final, cuando ella termina de contar.
Las hace con curiosidad, a veces con escepticismo, a veces con un miedo que trata de disimular. Se inclinan hacia adelante en la silla. Bajan la voz, por si alguien más los oye.
—¿Y cómo se curó?
—¿Quién se lo quitó?
Ella siempre tarda en responder. No porque no sepa la respuesta. Sino porque la respuesta es tan sencilla que a la gente casi nunca le alcanza.
*
Hay dos opciones en la vida, dice ella. Ser víctima o ser sobreviviente.
Ella es una sobreviviente.
Nadie la pudo ayudar.
Lo dice sin rencor, porque es la verdad y porque ya no le duele.
Intentaron. Sí.
Su papá, que corrió entre los carros de la avenida y le dijo que la vida era muy linda, que durmió a su lado, brazo con brazo, noches enteras y lloró porque no existía la pastilla.
Su mamá, con su fe ciega y sus misas de liberación, rezando el salmo 91 en el pasillo.
Eugenia, con el aceite tibio y la mano en su espalda.
Los metaleros, que la mandaron a buscar a Dios.
Patricia, su psicóloga, con sus ejercicios de respiración por el altavoz del carro.
La doctora Mercedes y su sala de cine. El sacerdote del cuadro de la Virgen, y la señora del humo y la campana. Los que la mandaron a Manizales.
Todos intentaron.
No pudieron.
No del todo. Cada uno abrió una puerta, o sostuvo una vela, o le dio la mano un rato en la oscuridad. Y ella les agradece a todos. Pero ninguno pudo entrar hasta donde estaba ella, en ese cuarto de las seis de la tarde, con el dedo helado en la espalda y la burla callada en los rincones.
Ella sí pudo.
*
La iglesia la abandonó.
Le cerró las rejas una noche de lluvia y la dejó de rodillas en el andén, frente a un Cristo crucificado, con una frase que todavía le suena en los oídos: el diablo no existe, hija.
La doctora de la clínica, la que le sonreía cuando ella mentía, también la abandonó.
Su propia mente la abandonó. Hubo un tiempo en que sintió que todos le habían dado la espalda.
Incluso su mamá, con sus creencias puestas en las mismas personas que la habían dejado tirada fuera de una iglesia, llorando.
La iglesia la abandonó.
Dios no.
Eso lo dice despacio. Mirando a los ojos.
Dios no.
Dios estaba en el carro de su papá detrás del bus verde.
Estaba en la oración de Eugenia. Estaba en la voz desafinada del abuelo cantando el avemaría frente a una puerta que se caía, y en sus brazos cargándola cuando ella se volvió niña.
Estaba en las alas de luz del primo. Estaba en las mil manos que la sostuvieron cuando cayó desmayada con el Cristo negro en la frente.
Estaba en la luz que le salía de las palmas cuando por fin dejó de correr.
Estaba en la esquina donde la Virgen le pidió que volviera.
Estaba en la Biblia que se abrió sola en la cocina y en el oro líquido del Arcángel San Miguel.
Y estaba, sobre todo, en ese no que ella dijo una noche en Orlando, con el brazo levantado, cuando le ofrecieron irse y decidió quedarse.
*
Ahora alguien le pregunta:
—Camila, ¿qué hechizo usaste? ¿Qué brujería? ¿Qué liberación?
Y ella se ríe.
Se ríe con una risa abierta, sin miedo. Una risa que, ella lo sabe, se parece un poco a la de Andrés en el patio de la clínica, esa risa bullosa que hacía voltear a la gente.
Porque la gente espera algo más. Una oración secreta. Un ritual, como el que ella misma leyó de principio a fin, siendo una niña, sobre el escenario del colegio. Un nombre. Algo que se pueda comprar, o copiar, o repetir.
—No fueron brujos —dice—. No fueron chamanes.
Solo dice que fue la fe.
La fe infinita que Dios puso en ella. La que ella alimentó, noche tras noche, con el rosario enredado en la muñeca y las cuentas clavándose en la palma. La que le dio la fuerza para seguir viva.
Esa es el arma más poderosa que tiene. Porque así como existe lo malo y lo perverso, existe lo bueno. Y Él es el creador de todo.
*
Nunca supo, del todo, qué fue lo que pasó.
Cree que fue tanta oración. La de sus papás, la de su familia, la de Eugenia. Una combinación de todo: ayuda psiquiátrica, ayuda espiritual, ayuda de todo. Pero también empezó a entender otra cosa: que si esas cosas la buscaban a ella, era porque ella era poderosa. Y la querían ver mal.
Y entendió quiénes les estaban haciendo el mal. La hermana de su mamá. La cuñada de su mamá. Nunca lo descubrió físicamente, nunca tuvo una prueba que pudiera poner sobre una mesa. Pero está segura. Porque Dios se lo mostró. Porque sus abuelos se lo mostraron en sueños.
Aprendió que esas cosas llegaban según cómo estuviera ella por dentro.
Que las peores noches eran las de los días en que no se había levantado de la cama, las de las cinco pastillas, las de no encontrar una sola razón; y que ella, en esos años, estaba en el fondo, y desde el fondo se las oía más cerca.
Aprendió que así como hay ángeles, hay cosas malas.
Que hay espíritus que solamente quieren ayuda para buscar la luz, y hay cosas que se alimentan del miedo.
Y que ella no tenía por qué seguir dándoles de comer.
Aprendió a ponerles límites.
Aprendió que lo más poderoso que tenía era la fe en sí misma.
Lo supo una noche cualquiera, sentada en la cama con la luz prendida, cuando cerró los ojos y se imaginó la luz de los sueños adentro, en el pecho, tibia, y el frío de la espalda se quedó quieto.
No se fue. Se quedó quieto. Porque hay cosas que nunca se terminan, que nunca se acaban del todo.
Lo que ella ganó fue el control: de su vida, de su energía, de sus pesadillas.
Ganó poder pararse frente al espejo del baño, por la mañana, y reconocer sus propios ojos.
Fueron pasos chiquitos. Uno, y otro, y otro.
Y aprendió, mucho tiempo después, algo que le habría servido saber entonces, sentada en la cama a las tres de la mañana: que el momento más oscuro de la noche es justo antes del amanecer.
*
A veces se pregunta si la gente busca culpar a los demás de sus desgracias. O si, a pesar de la ignorancia, cada quien es dueño de las suyas. Y qué tan asustada debería estar ella de su propia mente. De su propia realidad.
No tiene la respuesta.
Los psiquiatras le pusieron nombres. Los sacerdotes le pusieron otros. Ella sabe lo que vio. Y sabe también que su mente, cinco años sin dormir, pudo haber visto cualquier cosa.
Las dos cosas pueden ser verdad. O ninguna.
*
Lleva doce años en Estados Unidos.
Primero vivió con su tía. Después se fue a vivir sola.
Tiene su apartamento, su vida, sus cosas.
Y todavía, a la hora de hoy, duerme con la luz prendida y el televisor encendido.
Eso le quedó de todo aquello. Como le quedó el dolor en la espalda, ahí, donde Eugenia le puso la mano.
Lo lleva como se lleva una cicatriz: no como una derrota, sino como prueba de que algo pasó, y de que ella sigue aquí.
Algunas tardes mira el reloj. Las cinco y cincuenta. Las cinco y cincuenta y nueve.
Las seis.
Espera.
Y a veces, todavía, siente algo a lo lejos. Algo que se acerca, despacio, desde algún sitio sin nombre. Algo que la recuerda. Una figura blanca, de pelo largo y negro, al pie de la cama, del lado izquierdo, sin cara.
Ella no corre.
Se sienta en la cama. Busca el rosario en la mesa de noche. Lo enreda en la muñeca. Y mira hacia el pie de la cama, tranquila, con las manos abiertas sobre las rodillas.
Sus manos. Las suyas.
—Muéstrate —dice en voz baja.
El televisor sigue encendido. La luz sigue prendida.
Y el pie de la cama, esta vez, se queda vacío. No hay olor. No hay peso. Solo la luz del televisor sobre la cobija.
Esta vez.