CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 10 — Una cita que ya no podía llamarse casualidad
50%

CAPÍTULO 10 — Una cita que ya no podía llamarse casualidad

Una cita que ya no podía llamarse casualidad

La mañana del jueves, Laura tardó más de lo habitual en decidir qué ponerse. Abrió el armario, apartó dos blusas y eligió una camisa blanca que llevaba meses sin usar. Cuando se miró al espejo, quiso convencerse de que la elección no tenía importancia. Iba a tomar un café, nada más.

Volvió a mirarse al espejo del baño con la camisa blanca puesta.

No se sentía transformada; veía las mismas ojeras de una noche interrumpida por Mateo, el cabello que no terminaba de acomodarse y una expresión que últimamente confundía con cansancio.

Lo distinto era la atención con que había elegido cada detalle.

Se había vestido para ser vista por alguien que no era su esposo, aunque todavía buscaba una explicación menos incómoda.

Sofía entró sin llamar, sosteniendo una hoja de ejercicios.

—Mamá, ¿me revisas esto antes de irte?

Laura tomó el lápiz y se sentó en el borde de la cama. Corrigieron juntas dos operaciones. Sofía había dibujado una estrella junto a la última respuesta.

—La maestra dice que si uno se equivoca tiene que revisar dónde empezó el error —comentó la niña.

—Tu maestra tiene razón.

Laura pronunció la frase con una seriedad que Sofía no comprendió.

Le devolvió la hoja y la abrazó. No era justo convertir una observación infantil en una lección destinada a ella; aun así, mientras escuchaba los pasos de su hija alejándose por el pasillo, pensó en cuántas oportunidades había tenido de revisar sus propias decisiones antes de llegar a aquella mañana.

En la cocina, Mateo intentaba abrir un envase de yogur sin derramarlo y Sofía preguntaba si podían llevar materiales reciclados a la escuela. Daniel estaba junto a la ventana, revisando la agenda del día.

Daniel levantó la vista de su agenda y sonrió. —Esa camisa te queda muy bien.

Laura se quedó inmóvil un instante. Había imaginado que el primer hombre que repararía en ella sería Alejandro.

—Gracias —respondió, y buscó las llaves para no tener que sostenerle la mirada.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Tienes algo especial hoy?

—Voy al gimnasio. Después quizá tome un café.

—Qué bien. Te hacía falta una mañana tranquila.

Su confianza era una forma de ternura. Laura sintió que la frase la seguía hasta la puerta.

Cuando la puerta se cerró, Daniel recogió los platos del desayuno.

Había notado la atención que Laura prestaba a su aspecto, pero no pensó que arreglarse fuera una falta.

Le preocupaba otra cosa: el modo en que sus conversaciones terminaban antes de empezar.

Decidió que el sábado le propondría salir a caminar sin los niños.

Patricia se había ofrecido a cuidarlos y no veía razón para convertir una invitación sencilla en una prueba de amor.

Laura, mientras tanto, condujo más despacio de lo habitual.

En un semáforo recordó las mañanas en que Daniel la acompañaba a presentar textos en talleres pequeños.

A veces se quedaba esperando en una cafetería cercana, leyendo documentos del trabajo.

Nunca le preguntaba cuánto iba a ganar con sus historias.

Le preguntaba si había disfrutado la lectura.

Aquellos recuerdos no apagaron la expectativa de ver a Alejandro.

Eso la desconcertó. Había querido creer que bastaba con enumerar las virtudes de su esposo para recuperar el equilibrio.

Pero el deseo no obedecía a una lista, y la responsabilidad tampoco desaparecía porque algo resultara difícil de resistir.

Podía sentir una cosa y hacer otra. Esa distinción, tan clara en abstracto, le pareció casi insoportable mientras el semáforo cambiaba a verde.

Detenida ante un semáforo, vio que había recibido un mensaje de Alejandro: «Ya estoy cerca. Si prefieres que no nos veamos, lo entenderé».

Leyó las palabras dos veces. La salida estaba allí, escrita con toda claridad. Podía contestar que no, regresar a su rutina, permitir que aquel vínculo se enfriara. En cambio, respondió: «Llego en diez minutos».

Al entrar en el estacionamiento, volvió a leer el mensaje de Alejandro. La posibilidad de dar media vuelta seguía allí, pero decidió entrar.

La cafetería estaba medio vacía. Olía a pan tostado y a café recién molido.

Alejandro ocupaba una mesa junto a una ventana y se levantó cuando la vio entrar.

No intentó besarla ni tocarla, pero la forma en que la miró hizo que Laura se sintiera reconocida de una manera que había empezado a buscar con demasiada frecuencia.

—Pensé que cambiarías de opinión —dijo él.

—Yo también.

Se sentaron. Durante unos minutos hablaron del tráfico, de la música del local y de una película que ambos recordaban. Eran temas inocentes, casi una representación de normalidad. Pero ninguno había ido hasta allí para hablar del clima.

—He estado pensando en lo que dijiste el otro día —comenzó Alejandro—. En que a veces te sientes lejos de ti misma.

Laura envolvió la taza entre las manos.

—No sé cómo explicarlo. Amo a mis hijos. Amo muchas cosas de mi vida. Y, sin embargo, hay días en que no sé dónde quedé yo.

—Recuerdo que escribías hasta en las servilletas —dijo él—. Siempre tenías alguna historia en la cabeza.

—Todavía escribo un poco.

—Me alegra.

Laura estuvo a punto de contarle que Daniel había encontrado su cuaderno y le había ofrecido encargarse de los niños para que pudiera escribir. No lo hizo. Esa parte de la historia habría complicado la imagen de un matrimonio que ella describía como una sucesión de obligaciones.

—Daniel es una buena persona —dijo al fin, como si respondiera a un reproche que nadie había formulado.

Alejandro asintió.

—Nunca he pensado lo contrario.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?

Alejandro había preparado mentalmente aquella conversación durante el trayecto.

Se había prometido no hacer preguntas sobre Daniel ni sugerir que la vida de Laura habría sido mejor a su lado.

Pero en cuanto ella habló de sentirse perdida, una parte de él quiso ocupar el lugar de quien ofrecía respuestas.

Era una tentación antigua: imaginar que la intensidad de una emoción podía sustituir el conocimiento paciente de otra persona.

—¿Cuándo escribiste por última vez algo que te gustara de verdad? —preguntó.

Laura pareció sorprendida.

—Hace unos días. Un diálogo entre dos hermanas. Daniel lo leyó y me dijo que siguiera.

Alejandro asintió. La mención de Daniel no encajaba con la versión que había comenzado a construir de un matrimonio indiferente.

Pensó en cambiar de tema, pero Laura continuó explicándole que su esposo había reorganizado una mañana para quedarse con los niños mientras ella escribía.

Lo dijo sin intención de defenderlo; era simplemente parte de su vida.

—Entonces no estás sola con eso —observó Alejandro.

—No. Supongo que a veces actúo como si lo estuviera.

Durante unos segundos ninguno habló. La conversación había perdido el tono de complicidad fácil que ambos buscaban.

Sin embargo, aquella incomodidad contenía algo más verdadero que las frases sobre destinos interrumpidos.

Alejandro comprendió que, si quería conocer a Laura como era ahora, tendría que aceptar también las personas y los compromisos que la habían acompañado durante los años en que él estuvo ausente.

—Quería volver a verte —admitió él—. No voy a fingir que es solamente por los recuerdos.

Laura bajó los ojos. Lo había sabido desde antes de entrar. Aun así, escucharlo le aceleró el pulso.

—Estoy casada, Alejandro.

—Lo sé. Y tienes una familia. Por eso mismo deberíamos hablar con cuidado.

—Llevamos semanas diciendo que tenemos que tener cuidado.

Él apartó la cucharilla del plato.

—Tienes razón.

Por primera vez desde que se reencontraron, ninguno trató de convertir la prudencia en una excusa para seguir acercándose.

Laura miró por la ventana y vio a una pareja que cruzaba la calle con un cochecito.

Pensó en sus mañanas con Daniel, cuando Sofía era pequeña y Mateo aún no había nacido.

Habían sido años agotadores, pero también felices.

Le molestó descubrir que necesitaba recordárselo a sí misma.

—Cuando terminamos —dijo Alejandro—, imaginé muchas veces cómo habría sido todo si me hubiera quedado. Supongo que es fácil inventar una vida que nunca tuvimos que vivir.

—Yo también la imaginé.

—Pero eso no significa que lo que imaginamos sea verdad.

Laura lo observó con sorpresa. Había esperado una declaración romántica, una frase que justificara la emoción de aquel encuentro. En su lugar, él le ofrecía una duda.

—A veces eres más sensato de lo que recuerdo —murmuró.

—Y otras veces sigo siendo el hombre que se fue sin dar explicaciones.

Hablaron entonces de aquella despedida antigua. Alejandro reconoció que había tenido miedo de comprometerse, que se había refugiado en el silencio porque no sabía cómo admitir su inseguridad. Laura le dijo cuánto la había lastimado esperar una conversación que nunca llegó.

—Durante años creí que yo había hecho algo mal —confesó.

—No lo hiciste. Fui yo quien no supo quedarse ni marcharse con honestidad.

Escuchar aquello la alivió. También la entristeció. Una disculpa podía cerrar una herida del pasado sin abrir necesariamente una historia nueva. Laura comprendió esa diferencia y, por un instante, deseó aferrarse a ella.

Una camarera se acercó para preguntar si deseaban otra bebida.

Ambos negaron con la cabeza. El pequeño trámite interrumpió una intimidad que parecía avanzar por inercia.

Laura pagó su parte de la cuenta y guardó el recibo sin saber por qué.

En el papel figuraban la fecha y la hora: pruebas insignificantes de una elección que ella ya no podía llamar accidental.