CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 10 — Una cita que ya no podía llamarse casualidad #2
52%

CAPÍTULO 10 — Una cita que ya no podía llamarse casualidad #2

Alejandro acarició el borde de su taza. Tampoco él estaba seguro de qué esperaba.

Había buscado a la joven que recordaba, pero la mujer frente a él tenía una familia, una voz más firme y una vida que no podía apartarse de la conversación.

Quiso pedirle que se quedara un poco más.

Se contuvo, aunque supo que aquella contención no borraba las semanas anteriores.

Laura lo miró. Era posible agradecer la honestidad sin transformarla en una invitación. Por un momento deseó decirle que necesitaban distancia, no porque sus sentimientos fueran imaginarios, sino precisamente porque habían empezado a importar demasiado.

Cuando salieron, el sol había desplazado las sombras de la acera. Se quedaron frente a frente, demasiado cerca para una despedida corriente.

—Creo que deberías irte —dijo Alejandro—. Antes de que hagamos algo que después no sepamos manejar.

Laura sintió una decepción que no quiso mostrar.

—Sí. Debería.

Junto a la acera, Laura vio a una mujer colocar con cuidado una silla infantil en el asiento trasero de un automóvil.

El gesto le recordó las primeras semanas después del nacimiento de Mateo, cuando Daniel revisaba dos veces cada broche y ella se impacientaba porque siempre llegaban tarde.

Habían aprendido juntos a ser padres. La memoria no apareció como una condena, sino como un dato imposible de borrar.

Alejandro caminó con ella hasta el estacionamiento.

No intentó abrazarla ni tomarle la mano.

Aquella prudencia, que debía haberla tranquilizado, la dejó insatisfecha.

Laura descubrió que había esperado alguna señal inequívoca, algo que le permitiera decirse que los acontecimientos la estaban arrastrando.

Pero nada la había arrastrado hasta allí.

Había elegido la hora, la ropa, la ruta y la mentira con la que justificaría su ausencia.

—Gracias por venir —dijo él.

—No sé si debería darte las gracias.

Alejandro bajó la mirada.

—Tal vez no.

Se abrazaron. El abrazo duró unos segundos más de lo necesario.

Ella reconoció el olor de su colonia y una sensación antigua, pero no era la misma muchacha que había amado a Alejandro años atrás.

Ahora tenía una casa, dos hijos y un esposo que la esperaba sin conocer el contenido de aquella despedida.

Se separaron sin hacer planes. Laura permaneció unos segundos junto a la puerta del coche.

En su teléfono había un mensaje de Daniel preguntando si necesitaba que recogiera a Mateo.

Le respondió que sí y añadió un corazón.

El símbolo le pareció de pronto insuficiente, una manera demasiado cómoda de sostener dos conversaciones que exigían verdades incompatibles.

En el automóvil dejó las manos sobre el volante sin encender el motor. Pensó en la facilidad con que habría podido inclinar la cabeza y besarlo. La inquietó no haber deseado detenerse.

Al llegar a casa, Daniel estaba guardando unas carpetas en su maletín. Había regresado para recoger un documento olvidado.

—¿Cómo te fue? —preguntó.

—Bien. Hablé con alguien que conocía de antes.

Daniel levantó la vista.

—¿Con Alejandro?

El nombre, dicho en aquella cocina, pareció cambiar de peso.

—Sí.

—¿Y de qué hablaron?

Laura dejó el bolso sobre una silla.

—De cosas del pasado. De cuando éramos jóvenes.

Daniel cerró lentamente el maletín.

—Laura, no quiero interrogarte. Pero hace semanas que siento que hay algo que no me estás diciendo.

Ella pudo hablar. Podía contarle que había empezado a esperar los mensajes de Alejandro, que se vestía pensando en verlo, que había aceptado una cita sabiendo que no era inocente. No había ocurrido todavía un beso. Pero la verdad no necesitaba esperar un beso para existir.

—No hay nada que tengas que imaginar —respondió.

Daniel la miró un momento largo.

—Eso no es lo mismo que decirme lo que pasa.

No discutieron. Él tomó sus carpetas, se despidió con un beso en la mejilla y salió. Laura escuchó el automóvil alejarse. Había evitado una conversación, pero no había conseguido recuperar la tranquilidad.

Daniel llegó a la oficina antes de lo necesario.

Dejó las carpetas sobre su escritorio y abrió el correo, pero las palabras se mezclaron en la pantalla.

No estaba seguro de haber escuchado una mentira concreta; lo que le dolía era la sensación de que Laura elegía respuestas destinadas a cerrar preguntas.

Su imaginación llenaba los huecos y él detestaba hacerlo.

Ricardo pasó por su despacho para hablar de una reunión. Daniel respondió con precisión a los asuntos laborales y, cuando su compañero se disponía a salir, le preguntó si alguna vez había sentido que una persona dejaba de contarle cosas importantes.

Ricardo tardó un momento en contestar.

—Sí. Y aprendí que uno puede pedir claridad, pero no fabricar la respuesta del otro.

Daniel asintió. No quiso dar nombres ni convertir a Ricardo en juez de su matrimonio. Cuando volvió a quedarse solo, anotó en la agenda: «Hablar el sábado. Sin reproches. Sin fingir que todo está bien».

En casa, Laura pensó en llamar a Daniel para decirle que necesitaban conversar. Buscó su número, pero volvió a guardar el teléfono sin marcar.

Laura secó la encimera y colocó las sillas bajo la mesa. Podía devolver cada objeto a su sitio; no podía hacer lo mismo con lo que había ocultado.

Llamó a Mariana. Su amiga contestó desde la calle, entre el ruido de los automóviles.

—¿Estás bien? —preguntó sin rodeos.

—No lo sé. Estoy haciendo algo que no me gusta de mí.

Mariana guardó silencio el tiempo suficiente para que Laura pudiera continuar. Pero Laura todavía no se atrevió a contarle lo esencial. Habló de la confusión, de la escritura, de una sensación de estar viviendo a medias. Mariana escuchó y luego preguntó:

—¿Hay alguna decisión concreta que estés evitando?

Laura miró el cuaderno azul abierto sobre la mesa. La respuesta era tan evidente que le ardieron los ojos.

—Sí.

—Entonces quizá no necesitas entender toda tu vida antes de tomarla.

Después de colgar, Laura escribió esa frase en una hoja suelta. No le prometía felicidad ni le indicaba a quién amar. Solo le recordaba que la confusión no cancelaba su capacidad de elegir. La dejó junto al cuaderno, donde pudiera verla a la mañana siguiente.

Esa noche abrió el cuaderno azul. Escribió: «Tengo miedo de perder el control de algo que yo misma estoy alimentando».

Releyó la frase. No añadió que podía detenerlo. Tampoco escribió que, por primera vez, había empezado a temer más la posibilidad de no volver a ver a Alejandro que el daño que estaba causando con sus silencios.