CAPÍTULO 9 — Las primeras sospechas #2
Laura miró la mano con que Daniel cubría la suya.
Conocía aquellas manos: habían sostenido a Sofía al nacer, le habían preparado té cuando enfermaba y habían aplaudido sus primeros relatos.
No había nada despreciable en su matrimonio.
Su descontento, en cambio, era real, aunque no justificaba una mentira.
Tuvo otra oportunidad de decirlo en voz alta y la dejó pasar.
En el baño, Daniel se lavó la cara con agua fría.
No quería revisar teléfonos ni exigir contraseñas; tampoco quería hacer de su incomodidad una prueba.
Recordó que en otros momentos difíciles habían encontrado una salida hablando.
Esta vez Laura parecía estar en otro lugar incluso cuando se sentaba a su lado.
Daniel bajó a la cocina después de aquella conversación y llenó un vaso de agua que no llegó a beber.
Había preguntado con calma porque no quería que Laura confundiera su preocupación con una acusación.
Sin embargo, la calma tampoco había conseguido abrir una puerta.
Repasó sus palabras y se preguntó si había exigido una respuesta demasiado pronto, si había convertido una necesidad legítima de espacio en una amenaza.
Patricia lo llamó para confirmar la comida familiar del sábado. Daniel estuvo a punto de contarle lo ocurrido, pero escuchó de fondo las risas de sus sobrinos y dijo que todo estaba bien. Su hermana percibió algo en el silencio.
—No tienes que explicarme nada ahora —dijo—. Solo recuerda que puedes hablar conmigo.
Él se quedó mirando la pantalla después de despedirse. No quería pedir ayuda para interpretar a Laura; quería poder hablar con ella sin sentir que cada pregunta los alejaba más.
Arriba, Laura permanecía junto a la ventana del dormitorio.
Había escuchado a Daniel moverse por la casa con una lentitud extraña.
La conversación no había terminado porque estuviera resuelta, sino porque ninguno sabía cómo continuarla.
Pensó en bajar, abrazarlo y decirle que tenía miedo.
Pero el miedo que podía nombrar no era el único.
También temía que él le pidiera dejar de ver a Alejandro y que ella descubriera, frente a su esposo, cuánto le costaba aceptar esa petición.
A la mañana siguiente, Daniel encontró el calendario familiar abierto sobre la mesa.
Había anotaciones de la escuela, la visita al dentista de Mateo y una fecha que Laura había marcado para entregar su relato.
Todo parecía encajar con la vida que llevaban.
Sin embargo, la conversación de la noche anterior seguía allí, ocupando un espacio que ningún horario podía ordenar.
Antes de salir, escribió en una hoja los asuntos que deseaba hablar con ella: cansancio, tiempo en pareja, distribución de tareas, sinceridad.
Después tachó la palabra sinceridad porque le pareció una acusación.
Volvió a escribirla. No podía negociar la confianza como si fuera otra actividad del calendario.
En la cocina, Laura lo encontró guardando la hoja en su cartera.
—¿Se te olvidó algo? —preguntó Laura.
—No. Estaba organizando unas cosas —respondió Daniel.
Ella asintió. Daniel tuvo el impulso de mostrarle la lista, de decirle que todavía quería intentarlo. Pero la conversación de la noche anterior había terminado en una negativa tan firme que temió abrir otra herida antes de que los niños salieran hacia la escuela. La besó en la frente y se fue.
Laura lo vio alejarse por la ventana. A veces deseaba que Daniel se enfadara, que le diera un motivo para defenderse.
Su paciencia le dejaba menos lugares donde esconder su propia responsabilidad.
Se dijo que esa tarde hablaría con él. Luego miró la hora y recordó que Alejandro había mencionado un café nuevo.
Esa misma tarde, Laura salió del gimnasio y encontró un mensaje de Alejandro. Él proponía verse en una cafetería a unas calles de allí. Laura leyó la invitación dos veces. Después de la conversación con Daniel, sabía que aceptar no sería un gesto neutro.
«Solo un rato», contestó.
En la cafetería eligieron una mesa al fondo. Alejandro notó que ella estaba distraída.
—¿Pasó algo?
—Daniel está haciendo preguntas.
Alejandro dejó la taza sobre el plato.
—¿Sobre mí?
—Sobre lo que me pasa. No sabe nada de nosotros, pero siente que estoy distante.
—No quiero causarte problemas.
Laura soltó una risa sin alegría.
—Ya hay problemas. Solo que él todavía no sabe cuáles son.
Alejandro miró por la ventana. Podía levantarse y decirle que lo correcto era detenerse. En cambio, preguntó:
—¿Quieres dejar de vernos?
Laura abrió la boca, pero no respondió enseguida. La pregunta era más clara que todas las conversaciones que habían tenido hasta entonces. Ya no se trataba de coincidencias ni de recuerdos.
—No quiero dejar de verte —admitió Laura—. Pero tampoco quiero seguir haciendo como si nada ocurriera.