CAPÍTULO 9 — Las primeras sospechas
Las primeras sospechas
Daniel tardó varios días en admitir que algo le preocupaba.
No era una sospecha precisa, sino una acumulación de detalles que, tomados por separado, podían tener explicaciones sencillas.
Laura dejaba el teléfono boca abajo. Se sobresaltaba cuando sonaba una notificación.
A veces sonreía frente a la pantalla y perdía la sonrisa en cuanto él entraba en la habitación.
No quería convertirse en un hombre que vigilara a su esposa.
Su padre había hecho de los celos una forma de controlar a todos en casa, y Daniel se había prometido no repetir aquella historia.
Sin embargo, había una diferencia entre respetar la intimidad de alguien y fingir que no se notaba una distancia creciente.
En la oficina, aquella inquietud había empezado a filtrarse incluso en tareas que normalmente disfrutaba.
Ricardo le pidió revisar unas cifras antes de la reunión del viernes y Daniel descubrió que llevaba diez minutos mirando la misma hoja.
No era un hombre acostumbrado a sospechar.
Cuando surgía un problema, su primera reacción consistía en buscar una solución: un presupuesto, un horario, una conversación pendiente.
Pero no sabía cómo arreglar una distancia que no tenía nombre.
—¿Todo en orden? —preguntó Ricardo desde la puerta.
—Creo que sí. Estoy algo distraído.
Ricardo dejó la carpeta sobre la mesa sin insistir.
Daniel agradeció esa discreción y, al mismo tiempo, deseó que alguien le preguntara algo que no pudiera responder con una fórmula de cortesía.
Había pensado en contarle a su hermana Patricia que Laura parecía ausente, pero le incomodaba convertir una sensación en un juicio.
No quería que otros miraran a su esposa con desconfianza por algo que quizá era solo cansancio.
Al salir de la oficina, Daniel decidió pasar por una papelería. Laura llevaba semanas hablando de sus relatos; quería regalarle un cuaderno que le recordara que él seguía interesado en esa parte de su vida.
Al entrar en la papelería, Daniel recordó una tarde de hacía cinco años, cuando Laura se sentó en el suelo de la sala con un montón de hojas desordenadas.
Sofía era pequeña y Mateo todavía no había nacido.
Ella le leyó el comienzo de una novela que nunca terminó.
Daniel escuchó mientras doblaba ropa y, cuando acabó, le preguntó qué sucedía después.
Laura respondió que no lo sabía. A él le pareció una respuesta hermosa: había algo por descubrir y ella podía inventarlo.
Frente al escaparate de la papelería vaciló entre un cuaderno de cubierta roja y otro de color verde oscuro.
Eligió el segundo porque el papel era más grueso y porque imaginó a Laura escribiendo durante años, no solo una semana.
Mientras pagaba se preguntó si un regalo podía decir algo que él ya no encontraba cómo expresar.
Sabía que no. Pero también sabía que el silencio no mejoraría por sí solo.
Aquel recuerdo lo acompañó con una tristeza nueva. Quizá porque últimamente cualquier intento de acercarse a ella parecía llegar tarde. Sabía que ella no necesitaba permiso para escribir; solo deseaba que aún compartiera con él sus alegrías y sus temores.
El miércoles, mientras preparaban la cena, Laura dejó el teléfono sobre la encimera para buscar una olla. La pantalla se iluminó. Daniel no tocó el aparato; la notificación apareció ante sus ojos.
«Me quedé pensando en lo que me contaste. Me gustaría seguir hablando contigo. —Alejandro».
El nombre le resultó familiar. Laura había mencionado a un conocido del gimnasio, alguien de su pasado. No recordaba que hubieran hablado mucho más del asunto. El mensaje podía ser inocente, se dijo. Pero la necesidad de repetírselo le pareció significativa.
Laura regresó con la olla. Vio la pantalla encendida y la bloqueó con un gesto rápido.
—¿Todo bien? —preguntó Daniel.
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada. Pensé que te había llegado algo urgente.
—No, una tontería.
La conversación terminó allí, aunque Daniel siguió escuchando en su cabeza aquella palabra: tontería.
No había hecho una acusación. Ella tampoco había tenido que mentir sobre nada concreto.
Sin embargo, los dos parecían haber participado en una conversación cuyo verdadero asunto había quedado fuera.
Laura advirtió que Daniel había visto el nombre.
No porque él dijera nada, sino por la manera en que permaneció junto a la encimera, con una cuchara en la mano y la atención puesta en un punto que no era la olla.
Por un momento pensó en explicarlo todo: la solicitud de amistad, los mensajes, los cafés, la emoción que le provocaba escuchar una voz de su pasado.
La verdad se presentó ante ella como una sucesión de frases posibles. Eligió la más pequeña y menos útil.
—¿Puedes pasarme la sal? —preguntó.
Daniel se la entregó. Continuaron cocinando.
Sofía llegó para preguntar si podían preparar panqueques el domingo y Mateo exigió que fueran de chocolate.
La conversación doméstica se impuso con la naturalidad de siempre, pero Laura sintió que participaba desde el otro lado de una puerta cerrada.
Cuando Daniel sonrió a los niños, ella experimentó una ternura inmediata.
No había dejado de quererlo. Precisamente por eso le resultaba más difícil admitir lo que estaba haciendo.
Más tarde encontró el cuaderno nuevo sobre su almohada, acompañado de una nota: «Para las historias que todavía no has contado».
Se sentó en la cama con el regalo entre las manos.
El gesto desmentía la explicación que había comenzado a repetirse a sí misma: que Daniel no la veía, que había dejado de interesarse por la mujer que era fuera de la casa.
Él no podía adivinarlo todo, pero seguía intentando acercarse.
Laura abrió el cuaderno por la primera página y no escribió nada.
Pensó en dejar el teléfono en el cajón y dedicar la noche al relato de las dos hermanas.
Abrió el archivo en la computadora. Releyó un diálogo y corrigió una frase.
A los pocos minutos miró de nuevo hacia la pantalla apagada del móvil.
El movimiento fue tan automático que se quedó inmóvil, sorprendida por su propia impaciencia.
No se trataba de elegir entre ser madre y ser escritora.
Mariana se lo había dicho varias veces, y Daniel jamás le había exigido semejante renuncia.
El problema era otro: Alejandro había comenzado a representar una promesa de emoción sin obligaciones, una versión de la vida en la que ninguna decisión tenía costo.
Laura sabía que esa versión era falsa. Aun así, le gustaba permanecer unos minutos dentro de ella.
Cerró la computadora sin guardar los cambios y se avergonzó de la facilidad con que había desperdiciado la hora que tanto había pedido.
Laura pasó el pulgar por el borde de las páginas nuevas.
El cuaderno no tenía nada que ver con la culpa que sentía y, sin embargo, la obligaba a mirarla.
Había repetido mentalmente que nadie la veía como Alejandro, que él recordaba una parte de ella que su familia había olvidado.
Daniel acababa de ofrecerle un lugar para escribir sin pedirle explicaciones ni convertir su vocación en una deuda.
No era un gesto excepcional; por eso mismo resultaba difícil descartarlo.
Esa noche Daniel acostó a Mateo. El niño le pidió que repitiera un cuento que ya sabía de memoria y lo interrumpió cada vez que cambiaba una palabra.
—Así no va, papá.
—¿Ahora también eres editor de cuentos?
—Sí. Y lo estás haciendo mal.
Daniel se rio, le acomodó la manta y se quedó unos segundos observándolo. Pensó en la estabilidad que los niños daban por sentada: las luces del pasillo, las voces conocidas, el desayuno a la misma hora. Sintió un miedo que todavía no sabía nombrar.
Cuando entró en el dormitorio, Laura estaba doblando ropa. Daniel se sentó en el borde de la cama.
—¿Podemos hablar un momento?
Ella dejó una camiseta sobre la colcha.
—Claro.
—Últimamente siento que estás lejos. No sé si es algo del trabajo, si estás cansada o si hay algo entre nosotros que no estamos diciendo.
Laura miró las prendas apiladas, como si hubiera perdido la cuenta.
—Ya te dije que necesito tiempo para mí.
—Lo recuerdo. Y quiero que lo tengas. Pero eso no responde a lo que te pregunto.
—¿Qué quieres que te diga, Daniel?
—La verdad, aunque sea incómoda.
Laura sintió que la habitación se estrechaba. En su mente aparecieron el gimnasio, los cafés, las conversaciones nocturnas. Nada de aquello era imposible de contar, salvo porque ella había decidido mantenerlo escondido. Decirlo en voz alta lo convertiría en algo que Daniel también podría juzgar.
—Estoy agotada —contestó—. Siento que últimamente solo soy la mamá de Sofía y Mateo, la persona que resuelve todo. Necesito encontrarme un poco.
Daniel asintió lentamente.
—Entiendo eso. Sé que he dado por hecho muchas cosas. Pero si hay algo más, necesito saberlo.
Laura levantó la mirada.
—No hay nada más.
Fue una frase breve. La dijo sin titubear, y eso la asustó más que si hubiera tenido que esforzarse para pronunciarla.
Daniel se quedó callado. Podía insistir, preguntarle por Alejandro, mencionar la notificación. Pero no quería que aquella conversación se convirtiera en un interrogatorio. Todavía deseaba creer que, si había algo importante, Laura elegiría contárselo.
—Preferiría una verdad difícil a tener que adivinar todos los días —dijo al fin.
Ella se acercó y le puso una mano sobre el hombro. Daniel la cubrió con la suya, aunque no sintió que hubieran resuelto nada.