CAPÍTULO 8 — La distancia entre dos personas #2
En la heladería, Sofía pidió dos sabores y terminó ofreciendo a su hermano una cucharada del que menos le gustaba.
Mateo aceptó el intercambio como si hubiera ganado una negociación importante.
Daniel tomó una servilleta y limpió la barbilla del niño mientras Laura buscaba en su bolso las llaves del automóvil.
La escena tenía una precisión doméstica que ella conocía de memoria: cada uno sabía lo que el otro haría sin necesidad de pedirlo.
Sofía manchó su camiseta de chocolate; Mateo insistió en que su fósil necesitaba una caja especial. Daniel tomó una fotografía de Laura riéndose mientras trataba de limpiarle la cara al niño. Cuando ella vio la imagen, reconoció una mujer que parecía feliz.
Lo era, pensó. Pero la felicidad no estaba siempre donde esperaba encontrarla. Y había comenzado a confundir la intensidad de lo prohibido con la promesa de una vida distinta.
—¿Vas a escribir sobre nosotros? —preguntó Sofía cuando vio asomar el cuaderno azul.
—Quizá algún día.
—Entonces pon que Mateo siempre se come mi helado.
—No siempre —protestó él.
Daniel se rio y sugirió que Sofía escribiera su propia versión de los hechos.
Laura la imaginó inclinada sobre una página, inventando personajes capaces de defenderse con palabras.
Le gustó pensar que su hija la veía como alguien que podía contar historias.
El pensamiento la emocionó y enseguida le produjo una incomodidad difícil de nombrar.
Estaba dedicando a Alejandro una atención que después intentaba recuperar en fragmentos de tiempo familiar.
Antes de regresar a casa, decidió que esa noche escribiría una escena nueva. Quería hacerlo por ella, no para tener algo que mostrarle a nadie. Sin embargo, antes de subir al automóvil, comprobó si había recibido un mensaje.
Al volver, los niños se bañaron y cenaron temprano. Daniel propuso ver una película. Laura se sentó a su lado en el sofá y apoyó los pies sobre sus piernas. Él le acarició distraídamente el tobillo, como había hecho tantas veces.
Cuando la película terminó, Daniel llevó a Mateo dormido hasta su cama.
Sofía insistió en dejar una lámpara encendida porque, según explicó, su habitación parecía más grande por la noche.
Laura se quedó recogiendo los vasos del salón.
Encontró debajo del sofá un dibujo arrugado: cuatro figuras tomadas de la mano frente a una casa de techo rojo.
Sofía había escrito los nombres de todos con letras de tamaños distintos.
La figura de Laura tenía un cuaderno en una mano.
—Te dibujó escribiendo —observó Daniel al regresar.
—Se ha empeñado en que termine una historia.
—Tiene razón. Eres buena en eso.
Laura alisó el papel sobre la mesa. Quiso preguntarle si de verdad la veía como escritora o si solo intentaba animarla. Pero él ya estaba explicándole que podía quedarse con los niños una mañana del sábado para que trabajara tranquila. No había heroísmo en la oferta; era una posibilidad concreta.
—Gracias —dijo.
—No me des las gracias todavía. Tendrás que soportar el desayuno que inventen ellos.
Se rieron. Después Daniel se acercó para besarla en la frente. Laura no se apartó. Pensó que aún podía cerrar la puerta a lo que estaba ocurriendo con Alejandro, que todavía había cosas que proteger antes de que fuera demasiado tarde. El teléfono vibró sobre el aparador. Decidió no mirarlo.
Mientras Daniel terminaba de ducharse, Laura se quedó junto a la mesa con el dibujo de Sofía entre las manos.
La niña había pintado a su madre frente a un escritorio enorme, rodeada de libros de colores.
En una esquina aparecía la familia entera, diminuta y sonriente.
Laura pasó un dedo por las figuras. Le pareció que su hija había encontrado una manera de unir dos partes de su vida que ella insistía en separar: la mujer que escribía y la mujer que pertenecía a aquella casa.
Abrió el cuaderno azul. Escribió una frase sobre una persona que encuentra una puerta en medio de un pasillo conocido.
La leyó y la tachó. Volvió a intentarlo, esta vez sin mencionar puertas ni pasillos.
«Hay decisiones que empiezan mucho antes de que nos atrevamos a llamarlas por su nombre».
Se quedó observando las palabras. Eran mejores que las anteriores, pero le incomodó reconocer cuánto tenían de confesión.
Oyó correr el agua en el piso de arriba. Podía subir, sentarse junto a Daniel y contarle que necesitaba hablar de Alejandro. El miedo a perder la calma de aquella noche fue más fuerte. Cerró el cuaderno y lo dejó debajo del dibujo, como si el papel pudiera protegerla de lo que acababa de escribir.
Cuando Daniel bajó, la encontró en el sofá. Se sentó junto a ella y le acarició el cabello. Laura buscó su mano y, por un instante, sintió el deseo urgente de detener lo que estaba haciendo a escondidas.
—Te amo —le dijo, mirándolo.
—Yo también te amo —respondió Daniel. Laura no había mentido. Ese era el problema que no conseguía resolver: podía amarlo y estar traicionando, al mismo tiempo, la confianza sobre la que descansaba su vida juntos.
Más tarde, Daniel se quedó dormido en el sofá. Laura escuchó su respiración mientras la casa quedaba en silencio. Después se levantó con cuidado y fue a buscar su teléfono.
Alejandro había escrito dos veces. «¿Cómo estuvo tu domingo?» y, más tarde, «Extraño hablar contigo».
Laura apoyó la espalda contra la puerta cerrada. Podía no contestar. Podía dejar que el silencio hiciera el trabajo que ella no se atrevía a hacer. Pero escribió: «Fue un buen día con los niños».
La respuesta llegó casi enseguida: «Me alegra. ¿Y tú? ¿Me extrañaste?».
Laura recordó la mano de Daniel sobre su tobillo, la piedra de Mateo, la risa de Sofía. Pensó que responder sería concederle a Alejandro un lugar dentro de un día que había pertenecido a su familia.
«Sí», escribió.
La palabra quedó iluminada en la pantalla. Laura sintió una punzada de vergüenza, pero no borró el mensaje. Se lavó las manos, se miró al espejo y volvió al sofá. Daniel seguía dormido. Ella se acomodó a su lado, procurando que su cuerpo encontrara una cercanía que su conducta estaba deshaciendo.
La distancia entre los dos no había aparecido de repente. Tampoco era únicamente obra del cansancio o de los años. Laura estaba contribuyendo a construirla, una conversación oculta a la vez.