CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 8 — La distancia entre dos personas
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CAPÍTULO 8 — La distancia entre dos personas

La distancia entre dos personas

El domingo amaneció con una claridad que entraba por las cortinas antes de que sonara el despertador.

Daniel abrió los ojos y escuchó a Mateo correr por el pasillo.

El niño tenía cinco años y la convicción de que cualquier mañana podía empezar con una aventura.

Sofía, en cambio, ya había aprendido a negociar cinco minutos más de sueño.

—Hoy no hay escuela —anunció Mateo desde la puerta—. ¿Podemos ir al parque?

Daniel se incorporó, todavía medio dormido.

—Si consigues que tu hermana se levante antes de las diez, lo consideraremos un milagro.

Mateo soltó una carcajada y salió corriendo. Laura sonrió desde el otro lado de la cama. Por un instante, la complicidad entre ambos fue tan natural que Daniel creyó reconocer el comienzo de uno de aquellos domingos que solían gustarles.

—Podríamos dejar los teléfonos en casa —propuso él—. Comer fuera, caminar un rato. Hace semanas que no hacemos nada sin mirar la hora.

—Me parece bien —respondió Laura. Un día sin teléfonos les vendría bien, aunque no sabía si sería capaz de dejar el suyo sin revisar.

Laura sostuvo su mirada. El teléfono estaba sobre la mesa de noche, con la pantalla hacia abajo. La noche anterior Alejandro le había escrito para preguntarle si podrían verse el lunes. Ella había contestado que quizá.

Mientras Laura buscaba ropa para Mateo, Daniel recordó que había pensado en aquel paseo como una sorpresa sencilla, sin reservas ni grandes planes.

Últimamente cualquier propuesta de salir juntos terminaba aplazada por tareas domésticas o pendientes de trabajo.

Él mismo había cancelado una cena dos semanas atrás porque un cliente necesitaba una respuesta urgente.

Laura no se había quejado. Ese silencio, que entonces agradeció, ahora le parecía una señal que quizá había interpretado mal.

Daniel quiso decirle que echaba de menos hablar con ella sin organizar la semana siguiente, pero la urgencia de encontrar los zapatos del niño le robó el momento.

En lugar de insistir, fue a preparar el desayuno.

No era una renuncia deliberada; era la costumbre de posponer lo importante hasta que todo lo demás estuviera resuelto.

Antes de salir, Daniel comprobó que llevaran agua, gorras y protector solar. Había revisado el pronóstico la noche anterior, pero todavía faltaba resolver las pequeñas urgencias que siempre surgían cuando intentaban salir los cuatro.

Cuando Laura apareció en la cocina, Daniel le ofreció café y le preguntó si prefería ir al parque grande o al que estaba cerca del mercado.

Ella eligió el segundo porque Sofía podría llevar su bicicleta.

Daniel sonrió. Era una decisión pequeña, compartida, y durante unos minutos le pareció suficiente.

—¿Puedo ayudar con algo? —preguntó.

—Conseguir que nuestro hijo se ponga dos zapatos del mismo par sería un triunfo.

Mateo apareció en el pasillo con una zapatilla azul y otra verde. Sofía lo seguía con una seriedad de maestra.

—Le dije que no combinan.

—Precisamente por eso me gustan —respondió Mateo.

Daniel se agachó frente a él.

—Hagamos un trato. Hoy elegimos los que te permitan correr mejor. Mañana discutimos tu revolución de la moda.

Laura soltó una carcajada. Daniel la miró, satisfecho, y por un instante la cocina recuperó una ligereza que ella había echado de menos sin darse cuenta.

No había ningún secreto en esa risa. Era una reacción inmediata a un hombre al que conocía profundamente.

El reconocimiento la conmovió y la incomodó al mismo tiempo.

Daniel se inclinó para besarla. Laura respondió al beso, pero no pudo evitar pensar en el mensaje que seguía esperando una respuesta definitiva. Le molestó advertirlo. Le molestó todavía más que una parte de ella deseara consultar el teléfono antes de salir de casa.

En la cocina, Sofía preguntó si podían llevar una pelota.

Mateo quiso llevar también una bolsa de galletas, una lupa y un dinosaurio de plástico.

Daniel discutió solemnemente con él sobre el espacio disponible en el automóvil.

Laura preparó una mochila y observó a los tres.

Los amaba. No tenía dudas de eso. Precisamente por eso le resultaba insoportable la facilidad con que había aprendido a esconderles una parte de su vida.

Salieron después del desayuno. En el parque, Sofía contó una historia interminable sobre una compañera de clase. Mateo encontró una piedra lisa y aseguró que era un fósil. Daniel lo escuchó con una seriedad tan exagerada que Laura se echó a reír.

—Mamá se está riendo de mi descubrimiento —protestó el niño.

—Tu mamá no sabe reconocer un tesoro —dijo Daniel—. Tendremos que enseñarle.

Laura sintió una ternura repentina. Había días en que la vida familiar le parecía una suma de obligaciones, pero allí, sentada sobre el césped, podía ver que también estaba hecha de pequeños gestos irrepetibles.

Daniel le alcanzó una botella de agua sin que se la pidiera.

Ella se dio cuenta de que llevaba años haciendo cosas así.

—Estás muy callada —comentó él cuando los niños se alejaron unos pasos.

—Estoy disfrutando de verlos.

—Yo también.

Daniel dejó pasar un momento.

—Laura, ¿estamos bien?

La pregunta no llegó con enojo. Por eso fue más difícil responderla.

—Claro que estamos bien.

—No me refiero a si pagamos las cuentas o si los niños están contentos. Me refiero a nosotros.

Ella arrancó una brizna de hierba y la enrolló entre los dedos.

—Estamos cansados. Eso es todo.

Daniel miró a Laura sin encontrar una respuesta en su rostro.

Conocía sus gestos cuando estaba preocupada por el dinero, cuando una historia no le salía como quería y cuando los niños la agotaban.

Aquella expresión era distinta: una atención dividida, como si parte de la conversación ocurriera en otro lugar.

Le dieron ganas de preguntarle directamente si había alguien más.

La idea le pareció injusta y la apartó. No quería convertir su inquietud en una acusación.

—Podríamos pedirle a Patricia que se quede con los niños una noche —propuso—. Salir a cenar, aunque sea cerca.

Laura levantó la vista.

—No quiero que pienses que necesito que organices algo especial para estar bien.

—No lo pienso. Yo también lo necesito.

Ella asintió, pero no pareció aliviada. Daniel recordó que, al principio de su relación, hablaban durante horas mientras caminaban sin rumbo.

Habían aprendido a resolver asuntos difíciles, a negociar gastos y horarios, pero tal vez habían dejado de preguntarse cosas que no tenían una respuesta práctica.

Pensó en decirlo. Mateo los llamó desde el sendero para mostrarles otra piedra y ambos se levantaron.

Daniel decidió que retomaría la conversación por la noche.

No sabía todavía cuántas veces una conversación aplazada podía convertirse en una distancia.

Un rato después, mientras los niños volvían a buscar piedras de formas extrañas, Daniel extendió una manta sobre el césped. Laura se sentó a su lado. Desde allí veía a Sofía explicar a Mateo la diferencia entre un fósil y una piedra corriente, aunque ella misma no parecía demasiado segura.

—¿Te acuerdas de nuestra primera salida con Sofía? —preguntó Daniel.

Laura sonrió.

—Olvidamos los pañales.

—Yo olvidé los pañales. Tú olvidaste la comida.

—Y terminamos comprando un paquete de galletas en una gasolinera.

Daniel señaló a sus hijos.

—Míralos ahora. En cualquier momento van a empezar a avergonzarse de nosotros.

Laura se apoyó un segundo en su hombro. Recordó una madrugada de fiebre en la que ambos habían permanecido despiertos junto a la cuna de Mateo, turnándose para sostenerlo.

Recordó también las discusiones por dinero, los días en que hablaban solamente de horarios y las veces que había sentido que nadie le preguntaba cómo estaba de verdad.

El matrimonio no era una colección de recuerdos luminosos; tampoco la prisión silenciosa que a veces le convenía imaginar.

—¿Tú estás bien? —preguntó Daniel.

Ella entendió que no se refería al paseo.

—Estoy confundida con algunas cosas.

—Podemos hablarlas.

Laura miró a los niños. Decirle que hablaba con Alejandro habría cambiado la tarde, quizá las siguientes semanas. También habría permitido que Daniel participara en una verdad que le pertenecía. En vez de hacerlo, dijo que necesitaba ordenar sus ideas sobre la escritura y sobre sí misma.

Daniel le tomó la mano.

—No tienes que resolverlo todo hoy.

La generosidad de la frase le dolió. Él no sabía qué estaba concediendo tiempo para resolver.

—Puede ser —dijo Daniel—. Yo sé que he estado demasiado metido en el trabajo. A veces llego y solo pienso en terminar el día. Pero quiero que lo hablemos. No quiero que un día descubramos que dejamos de conocernos.

Laura lo miró. Durante semanas había reunido silenciosamente pequeñas pruebas contra su matrimonio: las cenas apresuradas, las conversaciones interrumpidas, la costumbre de hablar de pagos y horarios.

Daniel acababa de reconocer parte de ese desgaste sin que ella tuviera que explicárselo.

La posibilidad de una conversación sincera estaba allí, al alcance de una frase.

Podía contarle que había vuelto a ver a Alejandro. Podía decirle que aquellos encuentros ya no eran casuales, que pensaba demasiado en un hombre del pasado y que le asustaba la facilidad con que estaba justificándolo. Imaginó la expresión de Daniel y se quedó sin valor.

—Tenemos que buscar más tiempo para nosotros —dijo finalmente.

—Eso sí podemos hacerlo —respondió él.

La besó en la sien. Laura cerró los ojos. La cercanía la consoló y la hizo sentirse peor al mismo tiempo.