CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 7 — El hombre que ella recordaba #2
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CAPÍTULO 7 — El hombre que ella recordaba #2

Al recordar el agradecimiento de Laura, Alejandro volvió a sentirse satisfecho. Era fácil imaginar que él estaba ayudándola a recuperar algo perdido. Más difícil era aceptar que Daniel también la animaba a escribir y que Laura podía encontrar su voz sin necesitarlo a él.

Se vieron el lunes en la cafetería del gimnasio. Laura llegó con el cuaderno azul dentro del bolso. No se lo entregó enseguida; parecía debatirse entre el orgullo y la vergüenza.

—No tienes que mostrármelo —dijo Alejandro.

—Quiero hacerlo. Pero no quiero que me digas que es bueno solo por ser amable.

Leyó dos páginas. Había imágenes poderosas y frases que todavía buscaban su forma. Le señaló una escena que le parecía honesta y otra en la que la protagonista explicaba demasiado lo que sentía.

—Confía un poco más en quien te lea —dijo—. No tienes que decirle qué pensar en cada línea.

Laura sonrió, sorprendida.

—Eso es exactamente lo que necesitaba escuchar.

Alejandro cerró el cuaderno. Durante un instante imaginó que podrían encontrarse así cada semana, hablar de libros, compartir café, acompañarse sin las obligaciones de la vida cotidiana.

La fantasía tenía una belleza particular: no incluía niños enfermos, cuentas atrasadas ni discusiones por horarios.

—¿Daniel sabe que me muestras lo que escribes? —preguntó.

Laura tardó un poco en responder.

—Sabe que estoy escribiendo. Me ofreció tiempo para hacerlo.

—Eso está bien.

—Sí.

—¿Y sabe que nos vemos?

—Sabe que nos encontramos algunas veces.

Alejandro dejó las manos sobre la mesa.

—Pero no sabe lo que hablamos.

—No.

Ambos guardaron silencio. Laura miró la puerta y él reconoció el gesto: estaba calculando cuánto tiempo faltaba para volver a casa.

—Quizá deberíamos dejar de vernos —dijo ella.

Alejandro sintió un temor inmediato, casi infantil. La misma sensación que había tenido años atrás cuando una relación le exigía definir qué quería. Entonces había huido. Ahora descubrió que podía equivocarse de otra manera: quedándose en un lugar al que no tenía derecho a entrar.

—No quiero presionarte —respondió—. Pero tampoco quiero fingir que esto no significa nada para mí.

Laura bajó los ojos.

—Para mí tampoco.

La conversación quedó suspendida por el sonido de una máquina de café.

Alejandro vio a una pareja mayor que discutía qué pastel llevar a casa.

Ella quería uno de limón; él insistía en que sus nietos preferían chocolate.

No hablaban con delicadeza, pero conocían las preferencias de personas que no estaban presentes.

Alejandro pensó en Daniel y sintió una punzada de vergüenza por haberlo convertido en una figura borrosa, un nombre útil para apartar de la conversación.

—¿Cómo es él? —preguntó de pronto.

Laura levantó la vista.

—¿Daniel?

—Sí.

—Es un buen padre. Es paciente con los niños. Trabaja mucho, a veces demasiado. Cuando estoy nerviosa me hace reír aunque yo no quiera.

Alejandro esperaba una queja y recibió una descripción llena de afecto. Le resultó difícil no preguntar entonces por qué estaba allí, sentada frente a él. Comprendió que la pregunta sería injusta: Laura podía querer a su esposo y, al mismo tiempo, estar tomando decisiones que lo lastimarían.

—No necesito que me expliques tu matrimonio —dijo.

—Pero necesitas saber que existe.

Él asintió. Hubiera preferido que ella le dijera que todo estaba roto, que el encuentro no cambiaba nada. La complejidad de la respuesta le impedía imaginarse como el protagonista de una reparación.

Laura sostuvo la taza con ambas manos aunque el café ya estaba frío.

Alejandro había escuchado la descripción de Daniel sin interrumpirla y, por primera vez, ella sintió la necesidad de defender una vida que llevaba semanas presentándose a sí misma como insuficiente.

Daniel no era un obstáculo abstracto entre ella y un recuerdo.

Era el hombre que había aprendido a distinguir el llanto de hambre del llanto de sueño de sus hijos; quien le había regalado una tarde entera para escribir cuando ella se sentía incapaz de terminar un cuento.

—A veces me parece que he dejado de reconocerme —dijo Laura.

—¿Y crees que conmigo te reconoces?

La pregunta la sorprendió. Miró la portada azul de su cuaderno, gastada en una esquina por llevarlo de un lado a otro.

—Contigo recuerdo a alguien que quería hacer muchas cosas.

—Esa persona no desapareció porque te casaras.

Laura no contestó. Había esperado que Alejandro confirmara su nostalgia, no que la cuestionara.

Se sintió agradecida y molesta a la vez.

Si él tenía razón, no podía atribuirle a Daniel la distancia entre sus deseos y lo que había hecho con ellos.

Tampoco podía convertir a Alejandro en la solución de una pregunta que debía responder por sí misma.

Alejandro comprendió que aquella cercanía ya no podía presentarse como una simple conversación sobre libros. No sabía qué quería pedirle a Laura, pero empezaba a reconocer lo que estaba arriesgando.

—No quiero ser la razón por la que pierdas algo importante —dijo.

—Tú no decides por mí.

—Lo sé. Pero yo sí decido si participo.

Laura asintió sin mirarlo. Cuando se levantaron, ninguno propuso una despedida definitiva. Caminaron hasta la salida y se detuvieron bajo la sombra de un árbol.

—Necesito pensar —dijo ella.

—Yo también.

Se despidieron sin abrazarse. Alejandro observó cómo Laura se alejaba y sintió una tristeza que confundió, por un momento, con nobleza. Había sido capaz de hablar del peligro. Pero hablar no era lo mismo que poner un límite.

Después de despedirse, Alejandro pensó en pedirle una fecha para volver a verse. No lo hizo. Aun así, permaneció atento al teléfono durante el resto de la tarde, como si su silencio pudiera considerarse una forma suficiente de prudencia.

Al llegar a casa abrió la vieja fotografía del malecón.

Miró la sonrisa de Laura y se obligó a recordar lo que había sucedido después de aquel día.

Ella le había pedido claridad; él había respondido con silencios.

Durante años se contó que su relación terminó porque eran demasiado jóvenes.

Era una explicación cómoda: no tenía que reconocer su cobardía.

Escribió un mensaje: «Creo que debemos tener cuidado. No quiero repetir nuestros errores».

Lo leyó dos veces. Luego lo borró.

No estaba seguro de qué quería de Laura. Deseaba que lo buscara, que lo eligiera, que le confirmara que la historia que habían perdido seguía siendo especial. Al mismo tiempo, no estaba dispuesto a mirar de frente lo que esa elección significaría para su familia.

El teléfono vibró poco antes de medianoche.

«Gracias por leerme hoy», decía Laura. «Me hizo bien hablar contigo».

Alejandro permaneció un rato mirando la pantalla. Pensó en Ricardo y en su pregunta: «¿A quién no quieres hacerle daño?».

Podía contestar con una despedida y cerrar aquella puerta. En lugar de eso, escribió: «A mí también. Descansa».

Apagó la luz. El pasado que tanto había idealizado ya no estaba detrás de él. Se había convertido en una decisión presente. Y, aunque empezaba a comprender sus consecuencias, todavía no encontraba el valor para actuar de acuerdo con lo que sabía.