CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 7 — El hombre que ella recordaba
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CAPÍTULO 7 — El hombre que ella recordaba

El hombre que ella recordaba

Alejandro conservaba una fotografía de Laura en una carpeta que casi nunca abría.

En ella, los dos aparecían sentados en el malecón, jóvenes y convencidos de que el futuro era una cuestión de voluntad.

Él tenía una camisa que ya no existía; Laura reía mirando algo fuera de la imagen.

Durante años, cuando pensaba en aquella relación, recordaba sobre todo esa risa.

Le costaba recordar las discusiones. Había olvidado el día en que llegó dos horas tarde a una cita y se molestó porque ella se había enfadado.

Tampoco solía pensar en la conversación que evitó cuando comprendió que no quería asumir los compromisos que Laura esperaba.

Se marchó con frases vagas, prometiendo hablar después. No volvió a hacerlo.

Ahora, al verla otra vez, había empezado a sospechar que su memoria era una versión indulgente de sí mismo.

Durante mucho tiempo había contado la ruptura como una historia de circunstancias: dos jóvenes con horarios distintos, ambiciones incompatibles y demasiadas ganas de conocer el mundo.

La versión era cómoda porque en ella nadie había decidido nada.

Los hechos simplemente ocurrían. Ahora le costaba sostenerla.

Recordaba el sobre que había escondido en el cajón, la confirmación de un empleo en otra ciudad y las veces que Laura le preguntó si había algo que debieran conversar.

Él respondió que no. No fue una omisión inocente: quería conservar el cariño de ella mientras preparaba una salida que no estaba dispuesto a negociar.

En la fotografía del malecón, Laura tenía una mano apoyada sobre su rodilla.

La miraba sin reservas. Alejandro se preguntó qué habría pensado aquella muchacha si alguien le hubiera contado que, años después, él volvería a buscarla cuando ya tenía una familia.

Se dijo que no la estaba buscando; que solo había coincidido con ella.

Pero la diferencia entre coincidir y esperar una coincidencia se había vuelto demasiado pequeña para tranquilizarlo.

Guardó la fotografía sin cerrar la carpeta. Por primera vez, quiso recordar no solo lo que había perdido, sino lo que ella había tenido que recoger después de su partida.

El viernes por la tarde se encontró con Ricardo, un antiguo compañero, para tomar café. Hablaron de trabajo y de conocidos comunes hasta que Ricardo notó que Alejandro revisaba el móvil.

—¿Esperas una llamada importante?

—No exactamente.

—Entonces deja de mirar la pantalla cada dos minutos.

Alejandro guardó el teléfono. Dudó antes de hablar.

—Volví a encontrarme con Laura.

Ricardo frunció el ceño, buscando el nombre en su memoria.

—¿Laura? ¿La de hace tantos años?

—Esa misma.

—Pensé que estaba casada.

—Lo está. Tiene dos hijos.

Ricardo dejó la taza sobre el plato.

—Entonces supongo que solo se saludaron.

Alejandro sostuvo la mirada unos segundos.

—Hemos estado hablando. Nos vemos a veces en el gimnasio.

—¿Y su esposo sabe?

—Sabe que nos conocemos.

Ricardo no necesitó preguntar más. Alejandro se sintió irritado por el silencio de su amigo, como si hubiera recibido una acusación que nadie había pronunciado.

—No ha pasado nada —añadió.

—Eso no responde lo que te pregunté.

Alejandro miró por la ventana. Un repartidor cruzaba la calle cargando cajas de pan. Todo afuera parecía continuar con una normalidad que contrastaba con el desorden de sus pensamientos.

—No quiero hacerle daño —dijo.

—¿A quién?

La pregunta lo desarmó. Había pensado en Laura, en la posibilidad de perder su cercanía, en la emoción de sentirse recordado. Apenas había dedicado un pensamiento real a Daniel, a Sofía o a Mateo.

—A nadie —respondió finalmente.

—Entonces no te escondas detrás de lo que sientes. Decide qué haces con eso.

Ricardo apartó la taza y miró a Alejandro con una expresión que este conocía desde la universidad: no era severidad, sino la decisión de no permitirle escapar por una broma.

—¿Te acuerdas de cuando querías irte a vivir a otra ciudad y no se lo decías a Laura? —preguntó.

Alejandro sostuvo la mirada un instante.

—Éramos muy jóvenes.

—Eso explica que tuvieras miedo. No explica por qué la dejaste hacer planes contigo mientras tú ya estabas buscando trabajo lejos.

El recuerdo le devolvió una tarde en una estación de autobuses.

Laura llevaba una carpeta con poemas y había comprado dos boletos para visitar una exposición.

Él ya tenía en su correo la oferta de empleo que cambiaría sus planes.

Pasó la tarde hablándole del futuro en términos vagos.

Cuando ella le preguntó si algo le preocupaba, respondió que estaba cansado.

—Se lo dije después —murmuró.

—Cuando ya no había nada que decidir juntos.

Alejandro giró la cucharilla entre los dedos.

Le molestaba que Ricardo recordara con tanta exactitud algo que él había reducido, durante años, a una despedida inevitable.

Su versión favorita era la de dos personas enamoradas separadas por las circunstancias.

Había sido una historia cómoda: el tiempo como culpable, nadie obligado a responder por sus silencios.

—No estoy intentando repetir aquello —dijo.

—Entonces no empieces otra vez por esconder lo que sabes.

Alejandro cambió de tema, pero las palabras de Ricardo siguieron pesándole mientras terminaban el café.

Al despedirse, Ricardo le dio una palmada en el hombro.

No le pidió que dejara de ver a Laura; quizá sabía que una orden produciría exactamente el efecto contrario.

La conversación le había quitado a Alejandro algo que no sabía que estaba protegiendo: la posibilidad de considerarse un simple espectador de sus sentimientos.

Camino al estacionamiento, Alejandro pasó frente a una tienda de bicicletas donde un padre enseñaba a su hija a mantener el equilibrio.

La niña avanzó unos metros, cayó sin hacerse daño y volvió a levantarse.

El hombre no le quitó las manos de encima hasta que ella se lo pidió.

Alejandro observó la escena más de lo razonable.

No conocía a Daniel, pero sí sabía que en la casa de Laura había alguien que acudía a las reuniones escolares, buscaba medicinas de madrugada y conocía el nombre de los amigos de sus hijos.

Había reducido a ese hombre a una palabra, «esposo», para no tener que imaginarlo.

Subió al automóvil y abrió el teléfono. Encontró una conversación reciente con Laura y empezó a escribirle una pregunta sobre el relato que ella estaba preparando.

No la envió. Quería saber cómo le había ido con sus páginas, sí, pero también quería ser la primera persona a la que ella contara sus avances.

Comprendió que aquel deseo no tenía nada de literario.

La pantalla se apagó antes de que pudiera decidir si eso debía avergonzarlo.

Aquella noche Laura le envió una fotografía de la primera página de un relato, con tachaduras y una anotación en el margen.

Alejandro volvió a mirarla tres veces. Leyó despacio.

Reconoció una imagen que Laura utilizaba cuando eran estudiantes: una casa cuyas ventanas se encendían una por una al anochecer.

En aquel tiempo ella llevaba hojas sueltas en la mochila y podía pasar una hora explicando por qué una frase debía terminar en un verbo y no en un adjetivo.

Escribió: «Siempre supe que tenías talento».

Borró la frase. Era demasiado fácil apropiarse de una confianza que no le correspondía.

La Laura de entonces había escrito incluso cuando él no tenía paciencia para escucharla.

Pensó en preguntarle por sus hijos, por el modo en que encontraba tiempo para sentarse a escribir, pero temió que esas preguntas los devolvieran a una realidad en la que su presencia resultaba incómoda.

Finalmente le respondió sobre el texto. Señaló un diálogo que le había parecido natural y una descripción que podía ser más breve. Laura tardó unos minutos en contestar.

«Gracias por leerme en serio».

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.

El agradecimiento le produjo una satisfacción desproporcionada.

Se imaginó como alguien capaz de ver lo que otros no veían en ella.

Después recordó que no conocía los esfuerzos cotidianos de Daniel, ni las conversaciones que habían sostenido durante nueve años, ni las veces que Laura había recibido apoyo sin contárselo.

El deseo de ser indispensable no convertía en verdadera aquella fantasía.

Aun así, a la mañana siguiente volvió a mirar el teléfono antes de empezar a trabajar.

En la oficina, la jornada transcurrió entre correos, llamadas y una presentación que debía entregar antes del mediodía.

Alejandro corrigió tres veces la misma cifra.

Su asistente le preguntó si necesitaba posponer una reunión y él respondió con una brusquedad que lamentó de inmediato.

Se disculpó, cerró las notificaciones y consiguió trabajar durante casi una hora. Después volvió a revisar el teléfono.

No se trataba únicamente de atracción. Había descubierto el placer de ser escuchado por alguien que conocía una versión antigua de él y todavía parecía encontrarla interesante.

Con otras personas tenía que explicar quién era; con Laura le bastaba mencionar un recuerdo para sentirse comprendido.

Esa facilidad escondía una trampa: ninguno de los dos sabía realmente en qué se había convertido el otro durante los años de ausencia.

Abrió una libreta y anotó las preguntas que habría debido hacerse antes de invitarla a otro café.

¿Qué esperaba de ella? ¿Qué podía ofrecerle sin exigirle que dañara a su familia?

¿Por qué imaginaba un futuro en el que los niños apenas aparecían?

Dejó la última pregunta sin respuesta. Cuando llegó un nuevo mensaje, la libreta quedó bajo una carpeta de trabajo. No volvió a abrirla aquel día.