CAPÍTULO 6 — El gimnasio se convirtió en una cita #2
La conversación cambió de asunto, pero no recuperó la ligereza inicial.
Alejandro habló de una decisión laboral que llevaba semanas posponiendo.
Laura lo escuchó y se dio cuenta de que sabía poco de su vida presente.
Conocía sus recuerdos compartidos, sus bromas antiguas y la manera en que pronunciaba su nombre.
Ignoraba cómo resolvía una discusión difícil, cómo trataba a alguien cuando estaba cansado, qué hacía cuando sus deseos perjudicaban a otros.
Esa ignorancia no disminuyó de inmediato la atracción.
Solo la volvió más difícil de confundir con conocimiento.
—No quiero que pienses que intento quitarte nada —dijo.
Laura miró sus manos. Nadie había hablado de quitar. Sin embargo, la palabra quedó entre los dos como un objeto que ninguno se atrevía a recoger.
—Yo tampoco sé qué estamos haciendo —respondió.
Él asintió sin apresurarse a tranquilizarla. Por primera vez en aquella mañana el silencio no tuvo el encanto de una complicidad, sino el peso de una pregunta concreta.
Laura sabía que Daniel le había dicho algo parecido apenas unos días antes.
No comprendía por qué en boca de Alejandro aquellas palabras parecían nuevas.
Tal vez porque él no conocía la lista de compras, las cuentas pendientes ni el cansancio de las noches en que nadie tenía energía para conversar.
Su atención llegaba sin obligaciones; por eso parecía tan luminosa.
—Daniel me anima a escribir —admitió.
Alejandro asintió.
—Eso habla bien de él.
El comentario la sorprendió. Había esperado, sin reconocerlo, alguna crítica que le permitiera simplificar su confusión. En cambio, Alejandro le recordó que su esposo existía, que no era una figura borrosa al fondo de la historia.
—Es un buen hombre —dijo Laura.
—Lo sé por cómo hablas de él. O por cómo intentas no hablar de él.
La frase cayó entre los dos. Laura revolvió el café, aunque ya no quedaba azúcar por disolver.
—No quiero hacer daño a nadie.
—Entonces tenemos que pensar qué estamos haciendo.
Laura alzó los ojos.
—Estamos tomando café.
Alejandro no sonrió.
—Hoy, sí. Pero estamos buscando momentos para vernos. Yo también lo hago.
Por primera vez alguien había nombrado la situación sin el abrigo de la casualidad. Laura sintió el impulso de levantarse, pagar y marcharse. En lugar de eso, permaneció sentada.
—No sé qué me pasa —confesó.
—No necesitas resolverlo ahora —respondió él—. Pero tampoco deberíamos fingir que no está pasando nada.
Cuando salieron, el sol había abierto un claro entre las nubes.
Alejandro caminó con ella hasta el estacionamiento.
Antes de despedirse, le rozó el antebrazo al señalar un automóvil que intentaba salir en reversa.
Fue un contacto breve, casi inevitable. Laura lo recordó durante todo el camino de regreso.
En casa encontró a Daniel preparando la comida. Había dejado un plato con fruta cortada para Mateo y escuchaba a Sofía contarle una discusión escolar.
—¿Cómo te fue? —preguntó sin dejar de remover la olla.
—Bien. Entrené bastante.
—¿Y el café?
Laura se quedó quieta.
—¿Qué café?
—El que traes en la mano —dijo él, señalando el vaso de cartón que ella aún sostenía.
Se rio demasiado fuerte.
—Ah. Sí, pasé por uno antes de volver.
Por la tarde, Daniel propuso revisar el calendario de la semana siguiente. Sofía tenía una presentación en la escuela; Mateo necesitaba llevar materiales para una actividad; el viernes habría una reunión con la maestra. Laura se sentó a su lado y tomó el bolígrafo que él le ofrecía.
—Puedo ocuparme de los materiales —dijo.
—Yo llevo a Sofía a la presentación. ¿Te parece?
—Quiero ir también.
Daniel levantó la mirada y sonrió. Anotó ambos nombres en el calendario.
Laura se quedó mirando la letra de su esposo, firme y un poco inclinada.
Habían llenado juntos decenas de calendarios como aquel: citas médicas, vacaciones, visitas a familiares, pagos de servicios.
Ninguno de esos planes garantizaba la felicidad.
Todos demostraban, sin embargo, una voluntad de seguir construyendo algo compartido.
Al acostar a Mateo, el niño preguntó si podrían llevar una fotografía de los cuatro para la actividad escolar.
Laura dijo que sí y comenzó a buscar una en su teléfono.
Encontró imágenes de un viaje a la playa: Daniel con los niños sobre los hombros, ella riéndose detrás de la cámara, una cena en la que Mateo había terminado cubierto de salsa.
Eligió una donde aparecían abrazados, aunque la luz no era perfecta.
Más tarde, cuando Alejandro escribió para preguntarle si había llegado bien, Laura tardó varios minutos en contestar.
Quiso explicarle la fotografía, la reunión, la nota junto a la cafetera.
No lo hizo. Respondió solamente que sí. La omisión le pareció pequeña, pero la distancia entre lo que vivía y lo que contaba se ensanchó un poco más.
Daniel volvió a la cocina. No parecía sospechar nada. Esa confianza, que antes le había dado tranquilidad, empezó a resultarle difícil de sostener.
La cena que Daniel había planeado comenzó bien.
Había reservado una mesa apartada y se había puesto una camisa que Laura recordaba de un aniversario anterior.
Hablaron de un proyecto que lo tenía preocupado.
Daniel explicó una decisión difícil que debía tomar con su equipo y le pidió opinión.
Ella lo escuchó, propuso una solución y vio cómo se le iluminaba el rostro.
—Eso es exactamente lo que no estaba viendo —dijo él—. Siempre has sido buena encontrando el punto ciego.
El elogio la conmovió. No era el reconocimiento abstracto que buscaba en los mensajes de Alejandro.
Daniel sabía cómo pensaba ella cuando estaba concentrada, cómo detectaba contradicciones y cómo podía discutir una idea sin necesidad de ganar.
La había visto durante años en sus días generosos y en los impacientes.
Laura pensó que quizá aquella noche podría contarle la verdad parcial que había ensayado tantas veces: que estaba hablando demasiado con un antiguo novio y que necesitaba poner distancia.
Imaginó la decepción de Daniel, las preguntas que vendrían y el trabajo de responder sin esconderse.
No sería fácil, pero todavía era posible.
Mientras esperaban el postre, Laura tomó la mano de Daniel por encima de la mesa. Durante unos minutos sintió que todavía había un camino de regreso, uno que no exigía grandes gestos, solo presencia.
Entonces vibró el teléfono dentro de su bolso.
No necesitó mirar para imaginar quién podía ser. Esperó unos segundos. Después retiró la mano de Daniel.
—Voy al baño —dijo.
En el pasillo abrió la pantalla. Alejandro había escrito: «¿Cómo va tu noche?».
Laura miró el mensaje. Podía dejarlo ahí. Podía volver a la mesa y continuar una conversación que, por primera vez en semanas, estaba funcionando. Escribió: «Bien. Estoy cenando».
«No te molesto entonces. Que disfrutes».
La respuesta era respetuosa. Precisamente por eso le resultó más fácil añadir: «Hablamos mañana».
Cuando volvió, Daniel observaba la vela apagada del centro de la mesa.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Me alegro.
No dijo más. Laura quiso recuperar el hilo de la conversación, pero algo se había quebrado en la sencillez de aquella cena. Comprendió que no necesitaba besar a Alejandro para alejarse de Daniel: le bastaba con abandonar, una y otra vez, los momentos que podían acercarlos.
Cuando les sirvieron el postre, Daniel le dijo: «Extrañaba escucharte reír así».
Durante el postre, Daniel recordó un viaje que habían hecho antes de que naciera Sofía.
Habían perdido un tren y pasado horas en una estación desconocida, compartiendo un sándwich demasiado caro.
Laura recordó el frío, el cansancio y la risa que les había dado descubrir que habían leído mal el horario.
—Todavía guardo el boleto —dijo Daniel.
—¿En serio?
—En la caja de las fotos. Siempre pensé que algún día nos reiríamos otra vez de aquello.
Laura lo observó con una ternura que no había desaparecido.
Esa fue la parte más desconcertante de la noche: no necesitaba dejar de querer a Daniel para estar poniendo en peligro su matrimonio.
Había supuesto que una falta grave tendría que nacer de una ausencia absoluta de amor.
En cambio, estaba ocurriendo en medio de una conversación amable, frente a alguien que recordaba sus historias con precisión.
Daniel le preguntó si quería elegir un lugar para salir el mes siguiente.
Ella dijo que sí y propuso una pequeña librería con cafetería que Mariana le había recomendado.
Él aceptó enseguida. Hablaron de reservar una tarde, de pedirle a Patricia que cuidara a los niños y de caminar después sin mirar la hora.
Mientras regresaban al automóvil, Laura sintió por unos instantes el deseo verdadero de cumplir aquel plan.
No era una promesa vacía. Pero también sabía que, al llegar a casa, revisaría el teléfono para ver si Alejandro había escrito.
La convivencia de ambas certezas la asustó más que cualquier explicación sencilla.
No podía seguir llamando confusión a una secuencia de decisiones que repetía cada día.
Al llegar a casa, Daniel le propuso caminar juntos al día siguiente, después de acostar a los niños. Laura dijo que estaba cansada. Cuando él se durmió, ella permaneció despierta veinte minutos escribiéndole a Alejandro.
Al apagar el teléfono, el dormitorio quedó en silencio. Daniel respiraba a su lado, confiado. Laura miró el techo y pensó en lo fácil que había sido organizar el día para encontrarse con otro hombre y en lo difícil que se estaba volviendo encontrar tiempo para su esposo.
No había decidido hasta dónde llegaría aquella historia. Pero había empezado a decidir, todos los días, que no quería detenerla.