CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 6 — El gimnasio se convirtió en una cita
30%

CAPÍTULO 6 — El gimnasio se convirtió en una cita

El gimnasio se convirtió en una cita

La primera vez que Laura cambió su horario de entrenamiento, se dijo que era por el calor.

A las nueve de la mañana, el gimnasio estaba más tranquilo y podía terminar antes de recoger a Mateo.

La segunda vez no encontró una explicación tan convincente.

Había mirado el teléfono al despertar y había leído el mensaje de Alejandro: «Hoy voy temprano. Por si coincidimos».

No contestó enseguida. Dejó el móvil junto a la cafetera y preparó el desayuno mientras Daniel buscaba las llaves del coche. Sofía discutía con su hermano por un lápiz azul. Era una mañana como tantas otras, con su pequeño desorden familiar y una urgencia que parecía no terminar nunca.

—El jueves podríamos cenar fuera —dijo Daniel, mientras cerraba la mochila de Mateo—. Mi hermana se ofreció a quedarse con ellos.

Laura levantó la vista. Él llevaba días intentando encontrar una noche para los dos. La miraba sin reproche, con la esperanza cuidadosa de quien no quiere que una invitación suene a obligación.

—Me gustaría —respondió.

—¿De verdad?

La pregunta la incomodó más de lo que habría querido admitir.

—Claro que sí. ¿Por qué no?

—Porque últimamente no sé cuándo estás conmigo y cuándo estás pensando en otra cosa.

Sofía entró en la cocina antes de que Laura encontrara una respuesta. Daniel se agachó para arreglarle la correa de la mochila y la conversación quedó suspendida. Laura aprovechó el ruido de la despedida para mirar el teléfono.

Con el paso de las semanas, Laura empezó a ajustar cada vez más sus entrenamientos a ese horario.

Al principio lo justificó como una medida práctica: el gimnasio estaba menos lleno y el tráfico era soportable.

El segundo día eligió la misma hora después de comprobar que Alejandro solía llegar entonces.

El tercero preparó su bolso antes de que sonara el despertador.

La puntualidad, que antes le parecía una virtud sin historia, empezó a tener un destinatario.

Una mañana Alejandro no apareció. Laura hizo diez minutos en la bicicleta estática mirando la entrada reflejada en un espejo.

Cambió de máquina, llenó su botella y volvió a mirar.

Se sintió ridícula. No habían quedado formalmente; nadie le debía una explicación.

Aun así, cuando recibió un mensaje suyo diciendo que había tenido una reunión temprana, notó un alivio tan intenso que tuvo que detener el ejercicio.

En el gimnasio comenzó a reconocer horarios que antes no le importaban.

Sabía cuándo limpiaban las máquinas, qué instructor ocupaba el salón de estiramientos y a qué hora el vestuario se llenaba de personas que salían hacia sus trabajos.

Aquel conocimiento, tan trivial, le reveló cuánto había reorganizado sus mañanas alrededor de una posibilidad que se negaba a nombrar.

Un martes coincidió con una vecina que conocía a Daniel.

Hablaron de la escuela, de una actividad para recaudar fondos y del cumpleaños próximo de un compañero de Sofía.

Laura respondió con naturalidad hasta que vio a Alejandro entrar por la puerta principal.

De inmediato se preguntó si la vecina había notado la dirección de su mirada.

No había ocurrido nada que necesitara ocultarse ante aquella mujer, se dijo.

Sin embargo, sintió el impulso de colocarse de espaldas.

La vecina siguió hablando, ajena a su inquietud, y Laura entendió que el secreto ya estaba modificando gestos cotidianos: la forma de mirar una entrada, el modo de sostener el teléfono, la rapidez con que cambiaba de tema.

Cuando volvió a casa, encontró una nota de Daniel junto a la cafetera: «Dejé fruta cortada para ti.

Que tengas una buena mañana». No era un mensaje extraordinario.

Precisamente por eso le resultó difícil mirarlo.

Pensó en escribirle para agradecerle y terminó enviando un corazón.

Después dejó el móvil sobre la mesa y permaneció inmóvil, preguntándose cuándo una respuesta cariñosa había empezado a parecerle una manera de cumplir con algo.

Aquella ausencia le había demostrado algo incómodo: aunque no había ocurrido nada entre ellos, un cambio en los planes de Alejandro era capaz de alterarle el día. El hecho le pareció una advertencia y, casi de inmediato, una prueba de que lo que sentía importaba.

Cuando Daniel le preguntó por uno de aquellos entrenamientos, Laura habló de las máquinas nuevas, de una instructora y de la música demasiado alta. Todo era verdad. La facilidad con que pudo construir una respuesta verdadera que escondía lo principal la perturbó más que una mentira abierta.

Una noche se prometió no volver a modificar sus horarios por Alejandro. A la mañana siguiente consultó la aplicación del gimnasio y eligió, otra vez, la misma franja.

«Puede que vaya a esa hora», escribió a Alejandro.

La respuesta llegó casi de inmediato: «Entonces nos vemos».

No era una cita, se repitió mientras conducía.

No habían reservado una mesa ni elegido un lugar especial.

Iban a hacer ejercicio. Sin embargo, se había cambiado de camiseta dos veces y se había detenido ante el espejo para comprobar si el cabello le caía bien sobre los hombros.

A mitad del trayecto comprendió que lo esperaba con una emoción que no sentía desde hacía años.

Esa certeza le produjo una mezcla de entusiasmo y vergüenza.

En el estacionamiento dejó el teléfono boca abajo antes de entrar. Le incomodaba que un encuentro que llamaba casual exigiera tantas precauciones.

Alejandro estaba junto a las máquinas de remo. Cuando la vio, sonrió de un modo que hizo parecer que el resto del gimnasio se había quedado lejos.

—Pensé que no vendrías.

—Dije que podía venir, no que fuera seguro.

—Entonces he tenido suerte.

Laura se rio. La facilidad con que volvían a hablar era precisamente lo que más la inquietaba. No tenían que buscar temas; cada comentario conducía a un recuerdo, cada recuerdo a una pregunta sobre lo que habían sido.

Hicieron parte de la rutina juntos. Alejandro le mostró cómo ajustar una máquina que ella siempre evitaba. Al corregir la posición de sus brazos, mantuvo una distancia prudente, pero Laura sintió de todos modos una atención exagerada hacia sus movimientos.

—¿Siempre te tomas tan en serio el entrenamiento? —preguntó él.

—Cuando quiero evitar pensar, sí.

—¿Y hoy qué estás evitando?

Ella miró hacia las ventanas empañadas por la humedad.

—No sé si quiero responder eso.

Alejandro no insistió. Cambió de tema y le contó una anécdota de trabajo. Laura agradeció aquella retirada. También lamentó, en secreto, que no hubiera insistido.

Al terminar, caminaron hasta la cafetería de la esquina. Era un lugar pequeño, con plantas en las ventanas y un ventilador que hacía vibrar las servilletas. Laura eligió una mesa junto a la puerta, como si sentarse cerca de la salida pudiera convertir la decisión en algo menos deliberado.

—¿Sigues escribiendo? —preguntó Alejandro cuando llegaron los cafés.

—Un poco. Encontré un cuaderno antiguo.

—Siempre pensé que publicarías algo.

—Yo también lo pensaba. Luego llegaron otras cosas.

—¿Te arrepientes?

La pregunta le pareció injusta, aunque él no la había formulado con mala intención.

—No me arrepiento de mis hijos —dijo—. Ni de mi familia. Pero hay días en que me cuesta recordar qué quería para mí antes de organizar la vida de todos.

Alejandro apoyó los codos en la mesa.

—Puedes querer a tu familia y seguir teniendo sueños propios.

En la cafetería, Alejandro pidió agua además del café.

Laura notó que hablaba de su trabajo con menos grandilocuencia que cuando eran jóvenes.

Ahora se detenía a pensar antes de responder, reconocía errores y no convertía cada historia en una aventura.

Le gustó esa diferencia. También se preguntó si la estaba viendo porque existía o porque necesitaba verla.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo es un martes cualquiera en tu casa?

Laura describió el desayuno apresurado, las tareas escolares, los mensajes de la escuela y la negociación diaria para que Mateo se bañara. Alejandro escuchó con atención. Se rio cuando ella imitó la solemnidad con que su hijo defendía el derecho a llevar zapatos diferentes.

—Suena agotador —dijo.

—A veces lo es. Otras veces es lo mejor que me pasa en el día.

—Me alegra que tengas eso.

La frase fue amable, pero Laura percibió un límite: Alejandro podía imaginar la vida de sus hijos, no conocerla.

Daniel sabía distinguir el llanto de Mateo cuando tenía sueño del llanto cuando estaba enfermo.

Recordaba el nombre de la maestra de Sofía y cómo preparar el desayuno que ambos aceptaban cuando estaban de mal humor.

Esos conocimientos no eran pequeños. Eran años de presencia.

Alejandro miró hacia la ventana del café.

En la acera, un padre se agachaba para cerrar la chaqueta de una niña que se resistía a quedarse quieta.

La escena le recordó que los hijos de Laura no eran una idea abstracta ni un detalle secundario de sus conversaciones.

Tenían horarios, enfermedades, preferencias y una historia compartida con dos adultos.

—No sé si estoy haciendo las cosas bien —dijo él al fin.

Laura levantó la vista, sorprendida por la admisión.

—¿A qué te refieres?

—A buscarte tanto. A alegrarme cuando contestas, incluso cuando sé que deberías estar en otra parte.

No sonó como una renuncia. Tampoco como una declaración romántica.

Por primera vez, Alejandro parecía considerar que su entusiasmo tenía efectos fuera de aquella mesa.

Laura pudo haber aprovechado la pausa para establecer una distancia.

Pensó en decir que necesitaban dejar de verse a solas.

En cambio, preguntó por su trabajo y lo dejó responder.