CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 5 — La mujer que Laura había dejado atrás #3
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CAPÍTULO 5 — La mujer que Laura había dejado atrás #3

Aquella tarde, mientras doblaba uniformes escolares, Laura recordó una discusión con Alejandro en la universidad.

Ella había sido aceptada en un seminario de escritura que coincidía con un viaje improvisado que él había organizado.

Alejandro se mostró decepcionado y dijo que siempre habría otro curso, pero no otra oportunidad de escapar juntos durante una semana.

Laura acabó renunciando al seminario. Durante años había contado aquella historia como una anécdota romántica: eligió el amor por encima de las obligaciones.

Ahora le resultaba más difícil reconocer qué había elegido realmente.

No quería convertir a Alejandro en el culpable de una decisión que también había sido suya.

Él había insistido; ella había cedido. En ese recuerdo cabían las dos responsabilidades.

Sin embargo, la versión que conservaba en su memoria omitía la tarde en que recibió el programa del seminario y sintió una punzada de arrepentimiento.

Esa noche buscó en una caja una carpeta de la universidad.

Entre certificados y fotografías apareció el programa del seminario al que había renunciado.

En el reverso había escrito una dirección y el nombre de una profesora que la había animado a presentarse.

Laura recordó haberle dicho a Alejandro que no importaba, que habría otras oportunidades.

Recordó también el alivio que sintió al no tener que enfrentarse a una experiencia nueva en una ciudad desconocida.

No todo había sido presión. Había existido su propio miedo. Admitirlo no borraba la insistencia de Alejandro ni volvía insignificante lo que perdió, pero le impedía transformar el pasado en una explicación perfecta del presente.

Tomó una fotografía de aquellos años. Los dos aparecían frente a una biblioteca, muy jóvenes, con la seguridad exagerada de quienes todavía no conocen las consecuencias de sus promesas.

En la imagen Alejandro tenía un brazo sobre sus hombros; Laura sostenía una carpeta contra el pecho.

Había amado a ese muchacho. La pregunta incómoda era si amaba al hombre que encontraba ahora o si perseguía la sensación de ser aquella joven otra vez.

Guardó la fotografía sin responder. En el pasillo oyó a Daniel recordarle a Mateo que debía cepillarse los dientes.

Laura se levantó para ayudarlo. Su hijo la recibió con la boca llena de espuma y una sonrisa imposible de interpretar como reproche.

Ella le acomodó el pijama y se quedó un momento más de lo necesario junto a la puerta.

Dejó el uniforme de Sofía sobre la cama.

El presente tampoco era sencillo. Daniel la animaba a escribir y ella se descubría deseando que otra persona la mirara como si escribir fuera una prueba de su excepcionalidad.

Había una diferencia entre recibir apoyo y sentirse admirada.

Le avergonzó cuánto necesitaba lo segundo.

Cuando Mateo la llamó para que viera una torre de bloques, Laura fue a su habitación.

Se sentó en el suelo y lo ayudó a levantar el piso que faltaba.

El niño celebró el resultado con los brazos en alto.

Ella pensó que, para él, construir consistía en colocar una pieza después de otra, sin preguntarse si la torre habría sido más hermosa en otro sitio.

El martes siguiente, Daniel cumplió su ofrecimiento. Recogió a los niños, preparó la cena y los ayudó con la tarea. Laura escribió casi una hora sin interrupciones. Al terminar, encontró a Mateo dormido en el sofá y a Sofía contando a su padre un problema con una compañera.

Daniel la vio en la puerta.

—¿Avanzaste?

—Sí. Bastante.

—Qué bueno.

—Gracias por encargarte de todo.

—Es nuestra casa, Laura. No tienes que agradecerme que cuide a nuestros hijos.

Ella se sentó junto a él. Por unos minutos hablaron de la historia que estaba escribiendo. Laura le contó que había una mujer que encontraba una caja llena de cartas y que no sabía si abrirlas. Daniel preguntó qué quería realmente la protagonista.

—No lo sé todavía —admitió ella.

—Tal vez esa sea la historia.

Laura lo miró sorprendida. Él no había leído una sola página y, sin embargo, había formulado la pregunta que ella llevaba toda la tarde evitando.

Más tarde, cuando Daniel fue a acostar a Mateo, Alejandro llamó. Laura observó el nombre iluminado sobre la mesa. Dejó que sonara una vez. Dos. A la tercera, tomó el teléfono y salió al pequeño patio.

—Hola —dijo en voz baja.

—¿Te interrumpo?

Miró por la ventana. Daniel estaba acomodando una manta sobre Mateo.

—No, puedo hablar unos minutos.

Alejandro quiso saber qué había escrito.

Laura le contó detalles que había reservado para su esposo, leyó una frase y escuchó el silencio atento del otro lado.

La conversación se alargó. Hablaron de sus sueños de juventud, de las cosas que no habían hecho y de la sensación de que aún era posible empezar de nuevo.

Cuando volvió a entrar, Daniel estaba lavando dos tazas.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí. Era una llamada.

Él esperó un instante, como si creyera que ella añadiría algo más. Laura tomó un paño y comenzó a secar los platos.

Aquella noche escribió una última línea en el cuaderno: «No quiero volver a perderme».

La dejó sin tachar. Era verdadera. Pero había algo que todavía no estaba dispuesta a reconocer: recuperar su propia voz no exigía entregarle a Alejandro el derecho de escucharla a escondidas.

Cerró el cuaderno y apagó la luz. El teléfono quedó bajo la almohada, al alcance de su mano.