CAPÍTULO 5 — La mujer que Laura había dejado atrás #2
Laura miró por la ventana a una mujer que caminaba con una niña de la mano. Pensó en Sofía y en la pregunta que le había hecho días antes: si los adultos también podían empezar cosas nuevas. Le había contestado que sí con una seguridad que no sentía.
—A veces me parece que llegué tarde —dijo.
—¿Tarde para quién? —preguntó Mariana.
No tuvo respuesta. Había convertido una sensación en una sentencia sin preguntarse quién la había dictado.
Antes de despedirse, Mariana le propuso intercambiar cinco páginas el domingo siguiente. No un libro completo, ni una promesa solemne: cinco páginas. Laura aceptó. En el camino a casa calculó cuánto tiempo necesitaría y se sorprendió pensando en horarios reales en lugar de obstáculos imaginarios.
El domingo llegó con un cielo despejado y una casa que, por primera vez en mucho tiempo, no le pareció un obstáculo para escribir.
Daniel llevó a los niños al parque después del desayuno.
Laura se quedó sola ante la mesa, con las cinco páginas impresas y un lápiz para marcar las frases que todavía no funcionaban.
Mariana llegó a media mañana. Leyó el relato sin interrumpirla, sentada junto a la ventana.
Al terminar no dijo que era maravilloso.
Le señaló una escena en la que la protagonista culpaba a su esposo de una tristeza que el texto nunca había explicado.
«Aquí la narradora se protege», observó.
«No es malo que el personaje se equivoque, pero la historia debe saberlo aunque ella todavía no».
Laura sintió que la crítica había atravesado el papel.
—¿Crees que se nota tanto? —preguntó.
—Se nota que tienes miedo de dejarla ser contradictoria.
Pasaron una hora moviendo párrafos, suprimiendo adjetivos y discutiendo si el final necesitaba una confesión o simplemente una decisión.
Cuando Mariana se fue, Laura guardó las correcciones con una mezcla de orgullo y vergüenza.
Había disfrutado más de aquella conversación difícil que de muchos elogios recientes.
La escritura exigía una clase de atención distinta: no le permitía refugiarse en la persona que deseaba parecer, sino que la empujaba hacia la persona que estaba construyendo con sus actos.
Cuando Daniel regresó del parque, Mateo traía tierra en los zapatos y Sofía una hoja seca que insistía en conservar.
La dejó cuidadosamente entre dos servilletas y explicó que serviría para un proyecto de ciencias.
Daniel cargó las mochilas, lavó una rodilla raspada y preguntó a Laura por las páginas.
Ella le contó la visita de Mariana, aunque omitió cuánto le había afectado una de sus observaciones.
—¿Fue útil? —preguntó él.
—Mucho. Me dijo cosas que no quería escuchar.
—Entonces debe de ser una buena lectora.
La respuesta la hizo reír. Durante la comida, Sofía quiso saber si el libro tendría dibujos.
Mateo pidió que apareciera un dragón. Laura prometió pensarlo, y por un momento la mesa se convirtió en un pequeño taller de historias.
Daniel sugirió un dragón que no sabía echar fuego y que aprendía a calentar el desayuno.
Los niños discutieron durante diez minutos cómo podía sobrevivir una criatura así.
Laura miró la escena desde su silla. No había nada espectacular en aquel mediodía: arroz que se enfriaba, servilletas arrugadas, una disputa por el último vaso limpio.
Sin embargo, se sintió incluida de una forma que había olvidado registrar.
Cuando el teléfono vibró en el bolsillo, no lo sacó enseguida.
Esperó a que terminara la conversación. Después, a solas, vio el nombre de Alejandro en la pantalla y experimentó una punzada de expectativa que le hizo comprender que dos deseos incompatibles estaban creciendo dentro de ella.
No sabía todavía qué lugar dar a esa contradicción, pero ya no podía fingir que no existía.
Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, volvió a mirar el mensaje de Alejandro.
«¿Seguiste con tu historia?».
«Sí. Hablé con una amiga que me va a ayudar a revisarla».
«Me alegra. Me gustaría leerte».
Laura se quedó mirando las palabras. Quería que él la leyera. Quería imaginar su reacción. Quería seguir siendo, en los ojos de Alejandro, aquella mujer joven que había creído que escribir era posible.
No advirtió de inmediato la contradicción: Daniel también había pedido leerla, y ella se había cerrado. A su esposo le mostraba la inseguridad y el cansancio; a Alejandro, el entusiasmo. Después interpretaba la diferencia entre ambos vínculos como una prueba de que solo uno la comprendía.
Al día siguiente se llevó el cuaderno a una cafetería. Pidió un té, se sentó junto a la ventana y escribió dos páginas. Cuando se atascó, abrió Instagram. Alejandro había enviado una canción que escuchaban de jóvenes. Laura la reprodujo con los audífonos y sintió que el presente perdía definición.
El teléfono vibró sobre la mesa. Alejandro le había escrito: «¿Te acuerdas de cuando decías que escribirías una novela sobre nosotros?».
Laura no recordaba haberlo dicho exactamente así. Quizá había hablado de una historia de amor, de un viaje, de personajes que se parecían a ellos. La memoria de Alejandro convertía aquella posibilidad en una promesa.
«Era muy joven», respondió.
«Eras valiente».
Laura apoyó el teléfono sobre el cuaderno.
Quiso creer que él veía una verdad que Daniel había dejado de mirar.
Pero Daniel había recordado su cuento del tren, le había ofrecido tiempo y no había exigido nada a cambio.
La diferencia no estaba en la capacidad de los dos hombres para verla.
Estaba en lo que ella elegía compartir con cada uno.