CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 5 — La mujer que Laura había dejado atrás
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CAPÍTULO 5 — La mujer que Laura había dejado atrás

La mujer que Laura había dejado atrás

El cuaderno azul apareció tres días después, al fondo del cajón donde Laura guardaba recibos, garantías vencidas y papeles que nunca encontraba cuando los necesitaba. Tenía las esquinas dobladas y una mancha de café en la cubierta. Lo reconoció antes de abrirlo.

En la primera página, escrita con su letra de muchos años atrás, había una frase: «Para la mujer que quiero llegar a ser».

Laura pasó el pulgar por las palabras.

Recordó el día que lo compró. Había entrado en una papelería para resguardarse de una tormenta y había salido con aquel cuaderno convencida de que empezaría una novela.

En ese entonces escribía relatos en el transporte, inventaba personajes a partir de desconocidos y soñaba con tener un libro propio.

Después llegó el trabajo, el matrimonio, el embarazo de Sofía y una vida que le dio alegrías reales, pero en la que escribir siempre parecía poder esperar una semana más.

No había dejado de ser escritora porque alguien se lo prohibiera. Había ido posponiéndolo hasta que la distancia entre su deseo y sus días le pareció demasiado grande.

Se sentó a la mesa de la cocina mientras los niños estaban en la escuela. Abrió una página en blanco y sostuvo el bolígrafo. No supo qué escribir. Pensó en Alejandro, en la fotografía, en el modo en que se había sentido vista cuando él recordó que de joven llenaba cuadernos con historias.

La primera frase le salió torpe: «Había una mujer que hacía todo lo que debía y no sabía cuándo había dejado de preguntarse qué quería».

La tachó.

En otra página intentó una frase que no hablaba de Alejandro ni de Daniel.

Hablaba de una mujer que había aprendido a guardar sus deseos en cajones distintos: uno para las cosas urgentes, otro para las posibles, otro para aquellas que ya no se atrevía a nombrar.

Laura se detuvo al llegar a la palabra «atrevía».

Le pareció exagerada. Nadie le había prohibido escribir.

Daniel incluso le había comprado aquella libreta azul cuando la anterior se terminó.

Lo que había ocurrido era menos visible: había pospuesto su propia voluntad tantas veces que ahora confundía la costumbre con una imposición.

Borró la frase y volvió a escribirla. Escuchó el motor de un camión de reparto en la calle y el golpeteo de la lavadora.

Su teléfono permanecía boca abajo. Durante media hora consiguió construir una escena entre dos hermanas que se encontraban después de años sin hablarse.

Cuando leyó lo escrito, descubrió que una de ellas le reprochaba a la otra no haber llamado nunca.

La acusación sonaba verdadera; también la defensa, una enumeración de días difíciles y obligaciones que no habían dejado espacio para nada más.

No sabía todavía cuál de las dos hermanas tenía razón. Quizá esa era la primera señal de que la historia podía valer la pena.

Se levantó para preparar café y encontró en el refrigerador una nota de Daniel: «No olvides comer.

Hay sopa en el recipiente azul». Sonrió sin proponérselo.

Después miró el cuaderno abierto. Se sintió injusta al pensar que su vida estaba hecha solo de renuncias.

Había ternura en aquella casa; había también partes de sí misma que no sabía cómo recuperar. Una cosa no cancelaba la otra.

Escribió otra frase, esta vez sin esconderse detrás de un personaje: «Tengo miedo de que mi vida esté pasando mientras espero el momento adecuado para vivirla».

Se quedó mirando la página. Era una frase injusta con muchas cosas que amaba.

Sus hijos no eran una interrupción de la vida; eran parte de ella.

Daniel no había cerrado la puerta de sus sueños.

Aun así, el cansancio, la costumbre y la idea de que debía poder con todo habían ido ocupando el lugar donde antes existía la imaginación.

Antes de cerrar el cuaderno, Laura volvió a la primera página, donde había anotado una fecha y una pregunta: «¿Qué historia merece ser contada?

». La tinta estaba un poco desvaída. Recordó la tarde en que compró aquella libreta azul, después de acompañar a Sofía a una revisión médica.

Había entrado en la papelería solo para comprar lápices de colores.

El cuaderno quedó entre sus manos como un objeto que llevaba años esperándola.

Aquel día Daniel había encontrado la bolsa sobre la mesa y le había preguntado si empezaría por fin la novela.

Laura contestó que quizá, cuando tuviera una semana tranquila.

Él había sonreído: «Las semanas tranquilas no se presentan solas.

Habrá que hacerles sitio». Después se encargó de preparar la cena.

Ella, sin embargo, dejó el cuaderno en un cajón durante meses.

Le incomodó advertir que en sus recuerdos recientes había empezado a contar otra versión de la historia: una en la que nadie le ofrecía tiempo, nadie preguntaba por sus páginas y nadie veía a la mujer detrás de la madre.

Era una versión seductora porque simplificaba su descontento.

Pero no era del todo cierta. La diferencia entre sentirse invisible y haber sido abandonada por los demás le pareció, de pronto, enorme.

No supo qué hacer con ese descubrimiento.

Lo anotó en el margen, sin convertirlo todavía en una conclusión.

Escribió durante cuarenta minutos. No produjo una historia completa. Describió una casa al amanecer, una mujer que escuchaba el ruido de la cafetera, un jardín que nadie había cuidado desde hacía tiempo. Cuando levantó la vista, el café estaba frío y el teléfono tenía dos notificaciones.

El teléfono mostró dos notificaciones. Una era de la escuela. La otra, de Alejandro.

«¿En qué andas?».

Laura dudó y fotografió una página del cuaderno.

«Intentando volver a escribir».

«Siempre supe que ibas a hacerlo», contestó él.

Ella sonrió. La respuesta parecía devolverle algo que había extraviado.

«No sé si es bueno».

«¿Desde cuándo necesitas permiso para empezar?».

Laura releyó la frase. No era una idea extraordinaria; cualquier persona que la quisiera podría haberle dicho lo mismo.

Pero viniendo de Alejandro, parecía contener una intimidad especial.

Era el riesgo de aquella relación: convertía en señales del destino gestos que, fuera del secreto, habrían sido simples muestras de interés.

Por la tarde, Daniel llegó antes de lo previsto. Encontró el cuaderno abierto junto a una taza.

—¿Estás escribiendo? —preguntó.

Laura cerró la libreta con demasiada rapidez.

—Un poco. Nada importante.

—Para ti sí lo era antes.

Ella lo miró. Daniel tenía una expresión genuinamente contenta.

—Pensé que ya no te acordabas.

—Claro que me acuerdo. Me leí tres versiones de aquel cuento del tren, ¿recuerdas? Y me pediste que no dijera solo que estaba bonito.

Laura soltó una carcajada involuntaria.

—Dijiste que el final era demasiado triste.

—Lo era. Matabas al único personaje simpático.

Durante un instante volvieron a ser dos personas que se conocían bien. Daniel se sentó frente a ella y señaló el cuaderno.

—¿Puedo leer algo?

—Todavía no. Me da vergüenza.

—Entonces no. Pero me alegra que hayas empezado.

Se quedó pensativo.

—Podemos organizar las tardes. Yo recojo a los niños martes y jueves, y tú tienes ese tiempo para escribir. No hace falta esperar a que la casa esté perfecta.

Laura sintió que algo se le apretaba en la garganta.

—Llegas cansado del trabajo.

—Y tú también terminas cansada. No estamos compitiendo para ver quién puede más.

Lo dijo sin solemnidad, como quien ofrece compartir una tarea.

Laura lo miró y por un momento sintió el impulso de acercarse, abrazarlo y contarle todo lo que no había sabido decir durante meses: que extrañaba escribir, que se sentía perdida, que le daba miedo admitirlo porque su vida parecía demasiado buena para quejarse.

Pero también tendría que contarle de Alejandro. La idea interrumpió el momento.

—Gracias —dijo al fin.

Daniel sonrió y se levantó para buscar a los niños. Antes de salir, le dejó un beso en la frente.

Laura abrió de nuevo el cuaderno. En la página escribió: «A veces alguien te ofrece la puerta abierta y tú sigues mirando hacia la ventana».

Esa noche llamó a su amiga Mariana, a quien no veía desde hacía semanas. Mariana había sido compañera suya en un taller de escritura. Cuando Laura le contó que había vuelto a escribir, su amiga celebró la noticia sin hacer preguntas sobre la inspiración.

—Envíame algo cuando te sientas lista —le dijo—. Y si quieres, retomamos el intercambio de textos los domingos.

—No sé si tengo tiempo.

—El tiempo no va a aparecer solo, Lau. Hay que defenderlo un poco.

Laura pensó en los minutos que dedicaba a revisar si Alejandro estaba conectado. Se dio cuenta de que llevaba semanas encontrando tiempo para conversar con él, mientras seguía diciendo que no tenía ninguno para escribir.

—Tienes razón —respondió.

Mariana le habló de un pequeño concurso literario y de una revista digital que recibía relatos breves. Laura anotó los nombres en la última página del cuaderno. Por primera vez en mucho tiempo, su deseo de escribir tenía una forma que no dependía de otra persona.

Días después, Mariana apareció en la cafetería con el cabello recogido y una carpeta llena de hojas dobladas. Eligieron una mesa cerca de la ventana, donde la luz caía sobre las tazas y dejaba ver las anotaciones.

—Sigues haciendo eso —observó Mariana.

—¿Qué cosa?

—Pedir permiso para ocupar espacio.

Laura soltó una risa breve. No le gustó que una frase tan sencilla la describiera con tanta precisión.

Hablaron de los niños, de los trabajos que habían tenido desde la universidad y de un antiguo profesor que corregía todos los textos con tinta verde. Mariana contó que su último relato había sido rechazado por una revista. No intentó disfrazar la decepción.

—Me dolió una semana —admitió—. Después volví a enviarlo a otra parte.

—Yo ni siquiera tengo algo terminado para que me lo rechacen.

—Entonces tu primera tarea no es publicar. Es terminar.