CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 2 — El lugar donde empezaron a encontrarse #2
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CAPÍTULO 2 — El lugar donde empezaron a encontrarse #2

Era una frase amable. Podía haberla dicho cualquier amigo. Sin embargo, Laura sintió que alguien había abierto una ventana en una habitación que llevaba años cerrada.

—Quizá solo necesita tiempo —añadió él.

Laura recordó que Daniel le había dicho algo parecido hacía poco.

Le sorprendió que las mismas palabras tuvieran efectos distintos según quién las pronunciara.

En boca de su esposo eran una invitación concreta, acompañada de horarios y ayuda.

En boca de Alejandro parecían una puerta a una vida imaginada, una en la que nadie había tenido que negociar guarderías, facturas o cansancio.

La frase era amable, quizá demasiado fácil.

Laura se preguntó cuánto sabía realmente Alejandro de su presente.

Él conocía la versión de ella que se había ido construyendo en mensajes breves: una mujer que amaba los libros, que a veces estaba cansada y que conservaba recuerdos de juventud.

No conocía sus mañanas de prisas, las discusiones por las tareas domésticas ni el esfuerzo paciente de Daniel por sostener lo cotidiano.

Y ella tampoco sabía quién era Alejandro cuando la conversación terminaba.

Mientras conversaban, Laura recibió una llamada de Mariana.

Dejó que sonara y luego envió un mensaje breve: «Te llamo después».

Mariana había propuesto reunirse esa semana para leer unas páginas de sus respectivos proyectos.

Laura llevaba días aplazando la respuesta, aunque aseguraba que volver a escribir era lo que más necesitaba.

Alejandro vio el nombre en la pantalla.

—¿Sigues en contacto con ella?

—Sí. Está terminando un libro de cuentos.

—Siempre pensé que ustedes dos publicarían algo.

Laura apartó la mirada hacia la ventana. Era agradable que alguien recordara sus ambiciones, pero aquella frase tenía una trampa: convertía el pasado en una promesa incumplida, como si los años intermedios no hubieran contenido ninguna vida verdadera.

—Mariana escribe porque se sienta a hacerlo —respondió—. Yo he pasado demasiado tiempo esperando a tener una tarde perfecta.

—Todavía puedes empezar.

—Lo sé.

Al decirlo sintió una certeza inesperada. No necesitaba que Alejandro la autorizara. Daniel tampoco tenía que demostrarle nada. La responsabilidad de escribir le pertenecía, y esa idea resultaba menos romántica que la de sentirse descubierta por alguien, pero mucho más útil.

Laura pensó en Daniel ofreciéndose a cuidar a los niños para que pudiera escribir. Recordó que había rechazado la propuesta diciendo que no valía la pena. El recuerdo le produjo una incomodidad que no supo explicar.

Finalmente, Alejandro pidió la cuenta. Laura miró la hora otra vez.

Se había quedado más de lo previsto y no quería llegar tarde a casa.

Podía contarle a Daniel que había tomado café con un antiguo novio.

La sola posibilidad le produjo un temor desproporcionado.

No era el encuentro lo que la obligaba a mentir; era la forma en que deseaba conservarlo.

—Tengo que irme.

Alejandro no insistió.

—Me alegra haberte visto.

—A mí también.

Se despidieron sin tocarse. Laura caminó hasta el automóvil y se sentó sin encenderlo. Tenía la sensación de haber hablado con alguien que conocía desde siempre y, al mismo tiempo, con un desconocido.

El teléfono vibró antes de que saliera del estacionamiento.

«Gracias por el café. Y por escucharme».

Laura escribió: «Gracias por decir lo que nunca dijiste».

Se quedó mirando la respuesta antes de enviarla. Después pulsó la flecha.

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Cuando llegó a casa, Daniel estaba en la cocina, con las mangas de la camisa remangadas. Había adelantado la comida porque una reunión se había cancelado.

—Llegas justo a tiempo —dijo—. ¿Cómo te fue?

Laura dejó las llaves en el cuenco de la entrada.

—Bien. Entrené y tomé un café.

—¿Sola?

La pregunta no tenía ninguna sospecha. Daniel removía una olla mientras la hacía.

—Me encontré con alguien que conocía de antes.

—Qué bien. ¿De la escuela?

Laura abrió el refrigerador, aunque no necesitaba nada.

—De hace muchos años.

Daniel esperó un segundo, pero ella no añadió más. Después sonrió.

—Pues siéntate. Creo que hoy me quedó bien la pasta.

Comieron hablando de la excursión escolar de Sofía. Daniel propuso que el viernes salieran a cenar y dejaran a los niños con Patricia. Laura aceptó. Se sorprendió al descubrir que deseaba aquella cena de verdad.

Más tarde, mientras doblaba ropa, encontró un mensaje de Alejandro: «¿Llegaste bien?».

Escribió «Sí, gracias». Antes de enviarlo recordó que Daniel estaba al otro lado de la pared. La incomodó que ese detalle pesara tanto.

Durante el café no había ocurrido nada que pudiera llamarse una traición. Habían hablado, se habían reído, habían recordado. Sin embargo, Laura había elegido cuidadosamente qué contar en casa y qué dejar fuera.

Esa noche, después de responder el mensaje, Laura dejó el teléfono sobre el escritorio y fue a buscar la libreta azul.

Había escrito apenas unas líneas desde que la encontró.

Releyó la escena de la estación de trenes y añadió una frase: «No todos los regresos conducen al lugar que recordábamos».

La tachó. Sonaba demasiado consciente de sí misma, demasiado parecida a una advertencia.

Desde el pasillo llegó la voz de Daniel, que intentaba convencer a Mateo de que un dinosaurio de plástico no necesitaba dormir dentro de la cama. El niño defendía su postura con argumentos cada vez más extravagantes. Laura escuchó hasta que ambos se echaron a reír.

Abrió una página nueva. Quiso escribir sobre una mujer que descubre que ha confundido la nostalgia con una posibilidad real. Pero enseguida cambió los nombres y trasladó la historia a otra ciudad. Se sorprendió protegiendo incluso de la ficción aquello que no estaba dispuesta a examinar.

Daniel asomó la cabeza.

—¿Interrumpo?

—No. Estaba probando una escena.

—Me alegra que estés escribiendo otra vez.

No le pidió que leyera el texto. Sabía que Laura prefería mostrar sus páginas cuando estuvieran listas. Antes de irse, le recordó que al día siguiente podían revisar las fechas para su cena. Ella prometió hacerlo.

Cuando quedó sola, miró el teléfono y luego el cuaderno. Ninguno de los dos objetos tenía poder sobre sus decisiones. La inquietud surgía precisamente de saber que, a partir de entonces, tendría que hacerse cargo de lo que eligiera abrir primero.

Al acostarse, Daniel le acarició el cabello.

—Me gusta cuando te veo de buen humor —dijo—. Últimamente has estado preocupada.

Laura apoyó la cabeza en su hombro.

—Creo que necesitaba salir un poco de la rutina.

—Podemos hacer más cosas. No tienes que esperar a estar agotada.

Ella cerró los ojos. Su esposo no era un hombre indiferente. No le había negado espacio ni atención. Y aun así, en la oscuridad, Laura volvió a pensar en la cafetería.

Se prometió que, si volvía a verlo, sería más cuidadosa.

Solo después comprendió lo extraño de aquella promesa: todavía no había decidido volver a encontrarse con Alejandro, pero ya estaba imaginando cómo ocultarlo mejor.