CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 2 — El lugar donde empezaron a encontrarse
9%

CAPÍTULO 2 — El lugar donde empezaron a encontrarse

El lugar donde empezaron a encontrarse

Laura llegó al gimnasio diez minutos antes de lo habitual y se quedó dentro del automóvil, con las manos apoyadas sobre el volante.

La pantalla del tablero marcaba las nueve y veinte.

No tenía prisa. Tampoco había encontrado tráfico.

Podía atribuir su puntualidad a cualquiera de esas razones, pero la explicación más sencilla era otra: quería saber si Alejandro estaría allí.

Habían pasado cuatro días desde la primera conversación por Instagram.

Cuatro días en los que un nombre antiguo había recuperado un lugar desproporcionado en sus pensamientos.

Habían hablado de amigos comunes, de un concierto al que nunca fueron y de una fotografía tomada frente al mar.

También de cosas pequeñas: el café que él tomaba sin azúcar, la lluvia que había sorprendido a Laura al recoger a Mateo de la escuela, un libro que ella había leído cuando tenía veinte años.

Cada gesto, por separado, parecía inofensivo. Juntos empezaban a inquietarla.

En el espejo retrovisor vio a una mujer salir del gimnasio con el cabello recogido y un vaso de café.

Caminaba deprisa, hablando por teléfono, como si el día ya le debiera varias horas.

Laura se reconoció en esa prisa. Había decidido volver a entrenar después de una revisión médica rutinaria, cuando comprendió que llevaba meses durmiendo mal y comiendo a deshoras.

Al principio el gimnasio había sido una forma de recuperar fuerza.

Una hora en la que nadie le pedía una merienda, un presupuesto ni una respuesta inmediata.

Ahora, sin embargo, había revisado dos veces la hora de la última conexión de Alejandro. Se avergonzó de sí misma al admitirlo. Podía entrar, hacer su rutina y marcharse. Nadie había acordado una cita. Que ella quisiera encontrarlo no convertía el encuentro en casualidad.

Apagó el motor, tomó su bolso y entró.

El gimnasio olía a desinfectante y a café recién hecho. Una instructora corregía la postura de dos mujeres junto a las bicicletas. Al fondo, cerca de las máquinas de pesas, Alejandro se inclinaba para ajustar un disco. Laura lo reconoció antes de que él levantara la cabeza.

En el vestidor, Laura se sentó un instante en la banca de madera.

A su alrededor, dos mujeres conversaban sobre horarios escolares y otra buscaba unos audífonos.

La normalidad del lugar la desconcertó. Ella había llegado con la sensación de estar a punto de entrar en una escena decisiva, pero el mundo seguía ocupado en asuntos mínimos.

Buscó en su bolso la liga del cabello y encontró un dibujo doblado.

Mateo había trazado cuatro figuras con brazos larguísimos bajo un sol naranja.

Al pie, Daniel había escrito los nombres para ayudarlo.

Laura alisó el papel sobre las rodillas y lo guardó en el bolso.

No era un recordatorio moral; era parte de su día, tan real como la respiración que intentaba regular antes de entrar a entrenar.

Observó de nuevo el dibujo de Mateo: cuatro personas tomadas de las manos bajo un sol naranja.

Daniel era la figura más alta; Sofía llevaba un vestido violeta que en realidad no tenía.

Laura estaba junto al niño, con una sonrisa tan ancha que parecía atravesarle la cara. Detrás había un perro imaginario.

«Es para que no estés sola cuando yo esté en la escuela», le había explicado Mateo.

Volvió a doblar el dibujo con cuidado. Se preguntó por qué necesitaba atribuirle tanta importancia a un encuentro que todavía podía evitar.

Alejandro no la había citado allí con una promesa explícita.

Ninguno había pronunciado palabras que pudieran mostrarse como prueba de una intención.

Pero Laura había elegido una hora distinta de entrenamiento y se había arreglado el cabello con una atención que no dedicaba a los días corrientes.

Se levantó. Podía marcharse sin entrenar o entrar a la sala de máquinas y saludarlo sin convertir la coincidencia en un secreto. Cuando abrió la puerta, comprendió que lo inquietante no era la falta de alternativas, sino su deseo de fingir que no había escogido ninguna.

Aún podía pasar de largo.

—Laura.

Él sonrió con una sorpresa que parecía sincera.

—Hola —respondió ella.

—No estaba seguro de que vinieras a esta hora.

—Yo tampoco —respondió. Se arrepintió enseguida de haber sido tan franca.

Alejandro llevaba una camiseta gris y una botella de agua en la mano. No parecía el muchacho que Laura recordaba. Tenía algunas líneas junto a los ojos y una serenidad nueva en los gestos. Eso la desconcertó más que encontrarlo exactamente igual.

—¿Vas a entrenar o a quedarte mirando la máquina? —preguntó él, señalando la cinta que Laura había ocupado sin encender.

Ella soltó una risa.

—Estoy decidiendo cuánto quiero sufrir hoy.

—Empieza con diez minutos. Después negocias contigo misma.

Laura pulsó el botón de inicio. Alejandro regresó a sus pesas, pero durante la siguiente media hora se cruzaron varias veces.

Una pregunta sobre el ejercicio se convirtió en un recuerdo de juventud.

Un recuerdo llevó a otro. Cuando Laura miró el reloj, descubrió que había terminado su rutina sin recordar cuánto tiempo había pasado hablando.

—¿Tienes que irte? —preguntó Alejandro.

La respuesta correcta era que sí. Tenía que pasar por la farmacia y avanzar con unos pendientes de la casa antes de recoger a Mateo. También había prometido revisar con Sofía un trabajo escolar.

—Todavía tengo un rato.

—Hay una cafetería aquí al lado. Podemos tomar algo.

Laura sostuvo su mirada.

—Solo un café.

Alejandro levantó las manos, como aceptando un acuerdo.

—Solo un café.

✦ ✦ ✦

La cafetería tenía cuatro mesas junto a la ventana. Eligieron una desde la que se veía el estacionamiento del gimnasio. Laura dejó el teléfono boca abajo, más por costumbre que por decisión. Alejandro lo notó, pero no hizo ningún comentario.

—No pensé que volveríamos a encontrarnos así —dijo él.

—Yo tampoco.

—Cuando vi tu perfil, tardé bastante en enviar la solicitud.

—¿Por qué?

Alejandro removió el café, aunque no le había puesto azúcar.

—Porque sabía que no podía aparecer después de tantos años como si nada.

Laura siguió con la mirada la cucharilla entre los dedos de Alejandro.

—Eso fue exactamente lo que hiciste.

Él dejó de moverla.

—Tienes razón.

El reconocimiento la tomó desprevenida. Durante años había imaginado una conversación en la que Alejandro explicaría su alejamiento.

En esas versiones, ella siempre tenía la respuesta perfecta: una frase fría que lo dejaría sin palabras.

Ahora que lo tenía delante, solo sentía una curiosidad antigua y algo parecido al cansancio.

—Nunca entendí por qué te fuiste —dijo.

Alejandro miró hacia la ventana.

—Yo tampoco lo entendía entonces. Tenía miedo de comprometerme, miedo de equivocarme. Y fui lo bastante cobarde para dejarte pensando que habías hecho algo mal.

Laura tragó saliva.

—Te pregunté varias veces si pasaba algo. Me dijiste que no.

—Lo recuerdo.

—Después empezaste a contestar cada vez menos. Hasta que un día ya no hubo nada que contestar.

—Lo sé. Y lo siento.

La disculpa no cambió lo ocurrido, pero tuvo un peso inesperado. Laura se dio cuenta de que una parte de ella seguía esperando esas dos palabras.

Laura sostuvo la taza entre las manos, aunque el café ya estaba tibio.

Había ensayado muchas veces una conversación parecida cuando era joven.

En aquellas versiones imaginarias, Alejandro regresaba para explicarle que se había marchado por miedo, por orgullo o por alguna razón extraordinaria.

Ella respondía con frases precisas, elegantes, que lo dejaban sin palabras.

La conversación real era más pequeña. Había una mesa pegajosa, una cucharilla manchada y un hombre que admitía haberse comportado mal.

No se podía recuperar el tiempo perdido mediante una disculpa.

Tampoco podía exigirse que aquel reconocimiento reparara algo que Laura había aprendido a vivir sin él.

—Durante mucho tiempo pensé que me faltaba una explicación —dijo ella—. Ahora no estoy segura de que la necesitara.

—Tal vez necesitabas que yo asumiera lo que hice.

—Puede ser —admitió Laura.

Laura lo miró con atención. No sonaba como una frase preparada para impresionarla. Eso la desarmó más que cualquier elogio.

Alejandro asintió.

Hubo un silencio. Alejandro no lo llenó con promesas ni intentó tocarle la mano.

Ella agradeció esa distancia y, al mismo tiempo, lamentó que la conservara.

La contradicción le reveló algo que no quiso formular todavía: una parte de sí deseaba que él cruzara el límite para poder atribuirle a otro la responsabilidad de lo que empezaba a imaginar.

—No vine para reprocharte el pasado —dijo, bajando la voz.

—Lo sé. Pero necesitaba decirlo.

Durante unos minutos hablaron de sus vidas actuales. Alejandro le contó de un cambio de trabajo y de una mudanza. Laura habló de los niños. Sacó una fotografía en la que Sofía sostenía una medalla escolar y Mateo hacía una mueca detrás de ella.

—Son preciosos —dijo Alejandro.

—Son un desastre maravilloso.

—¿Y tu esposo?

Laura guardó el teléfono.

—Daniel. Trabaja mucho. Es un buen padre.

—¿Y tú estás bien?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Laura pudo haber hablado de las noches en que Daniel se levantaba a buscar agua para los niños, de las veces en que la animaba a escribir, de los domingos en familia.

Todo aquello era cierto. También lo era su sensación de estar viviendo una vida que a veces no le dejaba espacio para reconocerse.

—Estoy cansada —respondió—. Hay días en que siento que no hago otra cosa que resolver pendientes.

Alejandro asintió sin interrumpirla.

—Antes escribías todo el tiempo.

Laura levantó la mirada.

—¿Te acuerdas?

—Claro. Tenías un cuaderno lleno de historias. Decías que algún día ibas a publicar un libro.

Ella sonrió, avergonzada.

—Ahora escribo listas de compras.

—No creo que esa parte de ti haya desaparecido.