CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 1 — La vida que parecía suficiente #2
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CAPÍTULO 1 — La vida que parecía suficiente #2

Pensó en llamarlo para contarle que había encontrado la libreta.

Imaginó su entusiasmo práctico: comprar tinta, despejarle una mesa, proponer una tarde sin interrupciones.

En lugar de hacerlo, colocó el cuaderno junto al teléfono.

La posibilidad de escribir seguía allí, abierta y silenciosa.

También estaba la otra conversación, que prometía devolverle una versión más joven de sí misma sin exigirle el trabajo de construirla.

Laura buscó un bolígrafo y escribió la fecha en una hoja nueva. Luego anotó: «Una mujer recibe un mensaje de alguien a quien creyó olvidar». Se quedó inmóvil. La frase parecía una confesión disfrazada de ficción. La tachó con dos líneas, pero no arrancó la página.

Cuando sonó el teléfono, esperaba un mensaje de Alejandro. Era Mariana, una amiga con la que intercambiaba textos de vez en cuando.

«¿Sigues escribiendo? Encontré aquel cuento tuyo y todavía me gusta el final».

Laura sonrió, con una punzada de vergüenza.

«Estoy intentando volver», respondió. Mariana contestó que no hacía falta volver a ser la escritora de antes: podía empezar por descubrir quién era ahora.

Laura dejó la conversación abierta. Por primera vez en varios días, había recibido un mensaje que la invitaba a mirarse hacia delante en lugar de hacia atrás.

A mediodía, Daniel llamó para preguntarle si Sofía había llevado la cartulina.

—Sí. Y el pulpo quedó precioso.

—Sabía que encontrarían el pegamento.

—Lo encontramos después de que casi declarara la emergencia nacional.

Daniel se rio. Laura pudo imaginarlo en su escritorio, rodeado de carpetas y con el auricular apoyado entre el hombro y la oreja.

—Oye —dijo él—, Patricia puede quedarse con los niños el viernes. ¿Te gustaría salir a cenar? Solo nosotros.

Laura apoyó los codos en la mesa.

—Sí, me gustaría mucho.

—¿En serio? Pensé que ibas a decirme que estabas cansada.

—Estoy cansada —admitió—. Pero quiero ir.

Hubo una pausa agradable.

—Te extraño —dijo Daniel.

Laura miró la luz sobre el suelo.

—Si nos vimos esta mañana.

—Ya sé. No hablo de eso.

Ella entendió, aunque no quiso detenerse demasiado en lo que él intentaba decir.

—El viernes hablamos tranquilos —prometió.

—Hecho. Te quiero.

Antes de guardar el teléfono, abrió el chat con su antiguo novio. No había nada nuevo. Aun así, lo revisó otra vez. La repetición la inquietó más que el contenido. Era la primera vez que se sorprendía esperando una interrupción en lugar de desear un momento de calma.

No se trataba de negar su cansancio. Había días en que deseaba cerrar la puerta del estudio y no responder a nadie durante dos horas.

Podía decirlo. Daniel acababa de ofrecerle precisamente eso.

Lo difícil era admitir que el mensaje de Alejandro le había producido una emoción distinta, una que no nacía de la falta de tiempo ni de la necesidad de escribir.

Ella recorrió con la vista las obligaciones de la semana: natación, reunión de padres, una cita con el dentista, la compra del supermercado.

Durante años había confundido aquella acumulación con una prueba de que su vida le pertenecía cada vez menos.

Pero allí también estaban las cosas que había elegido.

El cumpleaños de Mateo, la excursión de Sofía, el aniversario que ambos habían celebrado con una cena improvisada cuando se quedaron sin niñera.

Laura abrió la aplicación del calendario después de colgar.

El viernes aparecía marcado con una nota de Daniel: «Cena, nosotros dos».

Habían hablado de buscar un restaurante pequeño y caminar después, aunque terminaran regresando temprano para que Patricia no se quedara demasiado tiempo con los niños.

La nota tenía un corazón dibujado con el dedo, uno de esos detalles que él añadía sin pensar que alguien pudiera considerarlos importantes.

—Yo también.

Colgó y se quedó con el teléfono en la mano. Era verdad que lo quería. También era verdad que no había mencionado a Alejandro.

Por la tarde llevó a Mateo a su clase de natación y esperó en una banca mientras Sofía leía un libro. Alejandro escribió dos veces. Laura no respondió hasta que los niños estuvieron ocupados. Se sorprendió calculando cuándo tendría otro momento a solas.

La conversación avanzó de los libros a las ciudades donde habían vivido, de allí a las decisiones que cada uno había tomado.

Alejandro le contó que había cambiado de trabajo y que seguía sin acostumbrarse a ciertas noches de silencio.

Ella le habló de los niños. Envió una fotografía de la cartulina del pulpo.

«Tienes una familia preciosa», respondió él.

Laura sintió alivio. Aquel comentario parecía demostrar que nada estaba fuera de lugar.

Pero después llegó otra pregunta.

«¿Alguna vez piensas en lo que habría pasado si no nos hubiéramos separado?»

La pantalla quedó encendida sobre sus rodillas. Sofía levantó la cabeza.

—¿Qué pasa, mamá?

—Nada, cariño. ¿Te está gustando el libro?

La niña empezó a contarle la historia. Laura la escuchó hasta el final. Guardó el teléfono en el bolso sin responder.

Aquella noche Daniel preparó pasta. Mateo derramó agua sobre el mantel; Sofía explicó por tercera vez lo de los tres corazones del pulpo. Después de cenar, Daniel lavó los platos mientras Laura secaba los vasos.

—Estás muy callada —comentó él.

—He tenido un día largo.

—¿Quieres que el sábado me lleve a los niños unas horas? Podrías escribir, salir o hacer lo que te apetezca.

Laura dejó un vaso sobre la encimera.

—¿Escribir?

—Sí. Hace tiempo que no sacas tus cuadernos. Antes te encantaba.

—Podríamos organizar las mañanas —continuó Daniel—. Yo puedo llevar a los niños dos días. Y el sábado, si quieres, me los llevo al parque.

—No tienes que hacer un horario por mí.

—No es por ti. Es por nosotros. Me gusta cuando me cuentas lo que escribes.

Laura apoyó los codos en la mesa.

—A veces pienso que ya no sé hacerlo.

—Eso no significa que no puedas aprender otra vez.

—Hablas como si fuera fácil.

—No dije que lo fuera.

Daniel apartó los platos y le dejó espacio para apoyar las manos. No intentó convencerla de que tenía talento ni enumeró todas las veces que la había visto empezar y abandonar algo. Solo preguntó si quería que leyera una página cuando estuviera lista.

Laura dijo que sí. Más tarde, cuando el teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón, no lo sacó enseguida.

Pensó que tal vez podía recuperar aquella parte de sí misma sin convertirla en un secreto.

La idea duró lo suficiente para hacerla sentir esperanzada; después llegó la curiosidad de saber qué habría escrito Alejandro.

Lo miró con sorpresa. Daniel recordaba aquella parte de ella. No la había borrado de su memoria. Quizá había sido Laura quien había terminado por creer que ya no existía.

—Podría intentarlo —dijo.

—Pues inténtalo. Me gustaría verte hacerlo.

Ella se echó a reír. Daniel se secó las manos y le dio un beso breve, sin exigir que la conversación se volviera solemne.

Laura subió las escaleras pensando en aquella respuesta.

No había en él ninguna oposición que vencer.

La puerta estaba abierta. Tal vez eso hacía más difícil reconocer que el interés de Alejandro no era una solución para su vocación, sino una emoción que había empezado a confundir con ella.

—Entonces escribes otra cosa. Yo hago informes malos todo el tiempo.

—¿Y si escribo algo malo?

Laura quiso explicarle que a veces sentía vergüenza de volver a empezar, como si los años dedicados a criar a los niños hubieran convertido sus aspiraciones en una pretensión tardía. Pero no encontró la forma.

—No sé si vas a terminar una novela este año —contestó—. Sé que te cambia la cara cuando hablas de escribir. Y eso me parece una buena razón para intentarlo.

Daniel cerró el grifo.

—¿De verdad crees que podría terminar algo? —preguntó ella.

Mientras Daniel lavaba la última olla, Laura permaneció en el umbral de la cocina.

Él había dejado una toalla sobre la silla porque sabía que ella siempre olvidaba dónde la guardaban después de lavar los platos.

Una minucia. La clase de conocimiento que solo se obtiene al compartir una casa durante años.

Daniel le sonrió y volvió a los platos. Laura sintió una mezcla de gratitud y una incomodidad difícil de nombrar.

Más tarde, cuando todos dormían, abrió el cajón donde guardaba papeles antiguos. Encontró una libreta con la esquina doblada. En la primera página había escrito, años atrás, una frase que ya no recordaba: «No esperar a tener una vida perfecta para contar una historia».

Se sentó al borde de la cama y pasó los dedos por las hojas vacías.

El teléfono vibró.

Alejandro había escrito otra vez.

«Perdona si la pregunta fue demasiado personal».

Laura observó a Daniel, dormido bajo la luz tenue de la lámpara. Podía decirle a Alejandro que prefería no hablar del pasado de esa manera. Podía cerrar la conversación sin perder nada de lo que acababa de recordar sobre su amor por la escritura.

En lugar de eso, respondió:

«Supongo que todos tenemos historias que se quedaron sin terminar».

La contestación apareció casi enseguida.

«La nuestra siempre me pareció una de ellas».

Laura dejó el teléfono sobre la libreta.

No se había besado con nadie. No había hecho planes para encontrarse. Si Daniel le hubiera preguntado qué había ocurrido, habría podido enumerar hechos aparentemente inocentes.

Lo que no habría sabido explicar era por qué deseaba ocultarlos.

Apagó la lámpara y se acostó junto a su esposo. Daniel se movió dormido y le rodeó la cintura con un brazo. Laura permaneció despierta, mirando la oscuridad, mientras la libreta y el teléfono descansaban juntos sobre la mesita.

A la mañana siguiente podría elegir qué historia alimentar primero.