CAPÍTULO 1 — La vida que parecía suficiente
La vida que parecía suficiente
—¡Mamá! ¡Mis zapatos desaparecieron!
Laura miró el reloj del microondas: siete y doce. Faltaban dieciocho minutos para salir y Mateo, de cinco años, había decidido que el calzado era una especie de criatura capaz de escapar por voluntad propia.
—Los dejaste debajo de la mesa —respondió, sin apartar la vista del pan que empezaba a dorarse.
—¡No están!
Sofía entró en la cocina con una cartulina enrollada bajo el brazo.
—Mamá, ¿tenemos pegamento?
—En el cajón de los útiles.
—Ya miré.
—Mira otra vez.
Daniel apareció con una zapatilla infantil en cada mano.
—Señoras y señores, los fugitivos han sido capturados detrás de la cortina.
Mateo corrió hacia él.
—¡Te dije que se habían ido!
Daniel le despeinó el cabello.
—Y yo te digo que la próxima vez se van a ir directamente al zapatero.
Laura se rio y dejó los platos sobre la mesa. Así sonaban sus mañanas: cucharas, mochilas, pequeñas discusiones y Daniel improvisando bromas para evitar los gritos. Había días en que la rutina la agotaba. También había momentos en los que no imaginaba una vida distinta.
Sofía se sentó frente al desayuno y comenzó a explicarle a su padre que la maestra había pedido una presentación sobre los animales del mar. Daniel la escuchó con atención mientras revisaba de reojo una notificación del trabajo.
—¿Qué animal elegiste? —preguntó.
—El pulpo. Tiene tres corazones.
—Eso es hacer trampa —dijo Mateo—. Yo solo tengo uno.
—Tú tienes uno y lo usas para querer a todo el mundo —respondió Daniel.
El niño pareció considerar aquella explicación antes de empezar a comer.
Cuando Sofía terminó de desayunar, pidió permiso para llevar una fotografía de la familia a la escuela.
La maestra había propuesto hacer una pared de las cosas que nos dan seguridad.
Laura fue a buscar una imagen en la que los cuatro aparecían junto al mar, con el cabello revuelto y las rodillas cubiertas de arena.
Daniel la había tomado extendiendo el brazo, después de varios intentos en los que Mateo insistía en sacar la lengua.
—¿Esta sirve? —preguntó Laura.
Sofía estudió la fotografía con la seriedad que reservaba para los asuntos importantes.
Daniel encontró un sobre para proteger la imagen. Mientras lo cerraba, le preguntó a su hija qué significaba para ella estar segura. Sofía pensó unos segundos.
—Que si me pasa algo, ustedes vienen.
La respuesta fue tan sencilla que nadie añadió nada.
Laura sintió una ternura inmediata y, detrás, una incomodidad que todavía no podía explicar.
No había ocurrido nada capaz de alterar aquella certeza de su hija.
Pero la pantalla del teléfono, vuelta hacia abajo sobre la encimera, parecía ocupar demasiado espacio.
—Y también me da seguridad mi cobija —añadió Sofía después de pensarlo.
—Entonces escribe las dos cosas.
Daniel guardó el sobre en la mochila y le guiñó un ojo a Laura.
Era un gesto antiguo entre ellos: uno resolvía el caos mientras el otro buscaba las llaves.
No había heroísmo en aquello, solo la confianza construida a través de miles de mañanas.
Laura se preguntó cuándo había dejado de advertir el valor de esa repetición.
Mateo, que escuchaba desde el suelo, decidió que él también necesitaba tres corazones: uno para su madre, otro para su padre y otro para su dinosaurio de peluche.
—¿Y para tu hermana? —preguntó Daniel.
Mateo se quedó pensativo.
—Le presto uno cuando se porte bien.
Sofía protestó, y los cuatro acabaron riéndose.
Daniel se arrodilló para ayudarla a pegar los tentáculos de papel sobre la cartulina.
Laura observó sus manos, grandes y pacientes, intentando no arrugar el trabajo.
Recordó una noche, antes de que naciera Sofía, en la que Daniel había pasado horas ayudándola a ordenar un relato para un concurso.
Él no corregía sus frases: las leía en voz alta y le preguntaba dónde quería que el lector sintiera miedo, dónde esperanza.
—Ese pulpo va a ganar un premio —anunció Daniel.
—No es un concurso, papá —dijo Sofía.
—Entonces mejor. Podemos disfrutarlo sin ponernos nerviosos.
Laura se sorprendió pensando que eso era precisamente lo que había olvidado hacer con muchas cosas: disfrutarlas sin convertirlas en pruebas de algo.
La casa no era una prisión, y Daniel nunca le había prohibido escribir.
Lo que había ocurrido era más pequeño y más difícil de señalar: las semanas se habían ido llenando de urgencias, y ella había dejado para después lo que no gritaba.
Laura observó a su esposo. Era un hombre paciente, aunque a veces el trabajo lo absorbía hasta volverlo inaccesible durante horas.
Habían discutido por eso. También habían aprendido a disculparse, a repartirse responsabilidades, a sostenerse cuando alguno llegaba al final del día sin energía.
No eran una pareja perfecta. Llevaban nueve años construyendo una vida en común.
Y, sin embargo, cuando el teléfono vibró junto a la cafetera, Laura sintió una expectativa que no pertenecía a aquella mesa.
No miró de inmediato. Esperó a que Daniel acompañara a Mateo al baño. Entonces giró el aparato apenas lo suficiente para leer la pantalla.
«¿Todavía escribes?», preguntaba Alejandro.
Laura se quedó quieta.
Había olvidado que él recordaba eso.
Antes de casarse llevaba cuadernos a todas partes.
Escribía escenas en los autobuses, diálogos en servilletas, comienzos de novelas que nunca terminaba.
Durante años se había dicho que retomaría aquella costumbre cuando los niños fueran mayores, cuando tuviera menos pendientes, cuando encontrara un silencio que no se interrumpiera cada cuatro minutos.
La pregunta le produjo una vergüenza extraña. No por Alejandro, sino por la respuesta.
«Hace mucho que no», escribió.
«Qué lástima. Siempre pensé que publicarías algo».
Sofía se acercó con la cartulina.
—Mamá, ¿me ayudas a dibujar un pulpo?
Laura bloqueó el teléfono.
—Claro. Ven, tenemos cinco minutos.
Dibujó un cuerpo redondo y ocho brazos torcidos. Sofía corrigió dos tentáculos y añadió burbujas azules. Cuando terminaron, la niña abrazó la cartulina contra el pecho.
—Está perfecto.
Laura sonrió. Pensó que llevaba mucho tiempo dibujando únicamente lo que otros necesitaban.
Después de dejar a los niños en la escuela, regresó a una casa súbitamente silenciosa. Recogió los platos, abrió las ventanas y puso una carga de ropa. La luz de la mañana caía sobre el comedor. Había una mancha de pegamento seco junto a la silla de Sofía.
Laura pasó un paño sobre la mesa. Luego se sentó.
No estaba obligada a responder a Alejandro. Podía dedicar aquella media hora a buscar uno de sus cuadernos. Podía escribir una página, aunque fuera mala. Pero abrió Instagram.
«Me sorprende que te acuerdes», contestó.
«Me acuerdo de muchas cosas».
A continuación llegó una fotografía antigua. En ella, Laura tenía el cabello recogido de cualquier manera y sostenía una libreta contra el pecho. Alejandro aparecía a su lado, riéndose de algo que la imagen no conservaba.
«La encontré hace unos meses», escribió él.
Laura amplió la foto. Recordó aquel día: habían ido a una feria de libros usados y él se había burlado cariñosamente de que ella quisiera comprar más novelas de las que podía cargar.
No recordó, al menos no al principio, la discusión que tuvieron al volver porque Alejandro había cancelado otra vez un plan importante para ella.
La memoria escogía con una precisión cruel lo que deseaba iluminar.
«Éramos otros», respondió.
«Quizá no tanto».
Laura dejó el teléfono sobre la mesa. Miró la fotografía de su boda que colgaba junto a la puerta. Daniel tenía el rostro iluminado por una felicidad sin reservas. Ella también.
No quería cambiar una vida por otra. Eso se dijo con firmeza. Solo quería conversar con alguien que había conocido a una versión distinta de sí misma.
Abrió el armario del estudio y encontró una caja de cartón con fotografías, facturas antiguas y tres cuadernos.
Uno tenía la cubierta azul, las esquinas gastadas y una cinta de tela que había perdido su color original.
Lo sostuvo un momento sin abrirlo. Dentro había cuentos incompletos, nombres inventados y un comienzo de novela que le había parecido extraordinario a los veinticuatro años.
La caja olía a papel encerrado. Laura sacó una libreta azul, una de las primeras que había comprado con dinero ganado por ella misma.
En la contraportada había escrito, a los veintitrés años, una lista de deseos: terminar una novela, conocer otra ciudad, tener una casa con ventanas grandes.
Dos de aquellas cosas habían sucedido. La tercera seguía esperando, aunque no por culpa de nadie en particular.
Leyó la primera página. La protagonista viajaba en autobús hacia una ciudad donde no conocía a nadie.
El texto estaba lleno de adjetivos y frases que hoy habría tachado, pero tenía una energía que reconoció de inmediato.
La muchacha que lo escribió creía que cualquier puerta podía abrirse si encontraba las palabras correctas.
Abrió una página al azar. Encontró una escena sobre una mujer que trabajaba en una estación de trenes y aprendía a reconocer a los pasajeros por la manera de despedirse.
El diálogo era torpe, demasiado explicativo, pero había una observación que todavía le gustaba: algunas personas miraban atrás incluso cuando eran ellas quienes habían decidido marcharse.
Laura sonrió. Recordó las noches en que leía sus textos en voz alta y Daniel escuchaba desde el suelo del apartamento que alquilaban entonces.
Él no sabía corregir una metáfora, pero distinguía cuándo una frase sonaba verdadera.
A veces se quedaba dormido antes del final.
Otras veces le pedía que repitiera un párrafo.