Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #6
Y eso era suficiente.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Gustavo, porque por primera vez en mucho tiempo pudo ver algo más allá de sí mismo.
Algo más allá de sus pérdidas.
Algo más allá de su propia partida.
Y entonces una voz.
Oscura.
Conocida.
Llegó desde todas partes, como un eco atravesando cada tablero.
—Ganaré la siguiente partida.
El Enemigo.
Siempre presente.
Siempre esperando.
Siempre convencido.
Y después otra voz.
Serena.
Firme.
Inquebrantable.
No más fuerte.
Pero sí más profunda.
—Que comience el juego.
Dios.
El aire se tensó.
Las piezas comenzaron a moverse.
Los tableros despertaron.
Y Gustavo entendió.
No era el final.
Nunca lo fue.
Era el momento en que las piezas más antiguas enseñaban a las nuevas cómo sobrevivir al tablero.
Gustavo bajó la mirada.
Hacia los tableros.
Y entonces lo notó.
No todas las piezas eran iguales.
Algunas destacaban.
Como él.
Como Alan.
Como Maricela.
Como otros que jamás había conocido.
Pero había algo más.
Algo incorrecto.
Varias piezas conservaban la misma forma.
La misma posición.
La misma naturaleza.
Y aun así se sentían distintas.
Torcidas.
Oscuras, como si algo hubiera cambiado dentro de ellas, como si hubieran olvidado quiénes eran.
—¿Ellos...? ¿Qué son?
Jonathan observó el tablero.
Sin apartar la vista.
—Elegidos.
Que se corrompieron.
Silencio.
—Comenzaron igual que tú.
Igual que Alan.
Igual que todos —más bajo—.
Pero un día eligieron cambiar de lado.
Las piezas continuaban moviéndose.
Lentas.
Constantes, como si la conversación no alterara absolutamente nada.
—¿Y después? —preguntó Gustavo.
Jonathan soltó el aire.
—Después arrastraron a otros con ellos.
A su Guardián.
Y a su compañero.
Gustavo levantó la mirada.
—¿Compañero?
Jonathan sonrió apenas.
—Sí.
Eso era yo.
Gustavo negó inmediatamente.
Sin pensar.
Sin dudar.
—No.
Jonathan arqueó una ceja.
—¿No?
—No —la mirada permaneció firme—.
Tú no eras mi compañero.
Eras mi amigo.
Por un instante Jonathan guardó silencio.
Y eso era raro, porque Jonathan siempre tenía algo que decir.
Hasta que finalmente sonrió.
Una sonrisa auténtica.
De esas que aparecen cuando alguien escucha algo que necesitaba escuchar.
—Lo sabía.
Sí me extrañabas.
Gustavo soltó una pequeña risa.
—Un poco.
—Mentiroso.
—Tal vez bastante.
Jonathan soltó una carcajada.
La misma de siempre.
Y durante un segundo todo volvió a sentirse normal.
Como antes.
Como cuando ninguno de los dos sabía realmente en qué clase de juego estaba entrando.
Después Jonathan inclinó apenas la cabeza.
—¿Seguro que no quieres ir a verlas?
África... María... —más bajo— podemos hacerlo.
La oferta quedó suspendida entre ambos.
Como algo real.
Gustavo observó el tablero.
Las piezas.
Los movimientos.
Los nuevos jugadores.
Y después negó lentamente.
Tranquilo.
Sin dolor.
Sin arrepentimiento.
—Ya habrá oportunidad para eso.
Una pequeña sonrisa apareció.
—Ahora tenemos algunas grietas que cerrar —más bajo—.
Y de paso... —la mirada se movió hacia las piezas corruptas— eliminamos a algunos traidores.
Jonathan sonrió.
Aquella sonrisa.
No la del Ángel.
No la del mensajero.
La de Jonathan.
La que tantas veces había precedido una mala idea.
—Esa propuesta me agrada.
Vamos a divertirnos.
Y entonces añadió:
—Podemos llevar a los niños.
Haciendo referencia a Alan y Maricela.
—Ya es hora de que aprendan algunos trucos.
Gustavo negó con una sonrisa.
—No estoy seguro de que sea buena idea que te conozcan.
—¿Por qué?
—Porque eres una mala influencia.
Jonathan pareció ofendido.
—Eso es completamente injusto.
—Y bastante acertado.
La risa de ambos desapareció poco a poco mientras observaban los tableros.
Todavía en movimiento.
Todavía vivos.
Esperando.
Respirando.
Sin prisa.
Sin urgencia, como si el tiempo nunca hubiera sido realmente importante.
Las piezas seguían avanzando.
Ajenas.
Pero no del todo, como si supieran que algún día, cuando llegara el momento, otras manos tendrían que continuar la partida.
Sabes que, aunque intentes ignorarlo, sigue ahí.
Esperando.
Paciente.
Como siempre.
También te está buscando.
Y probablemente lleva más tiempo observándote del que imaginas.
En algún momento te mirará directamente a los ojos.
Y cuando lo haga, tendrás que elegir.
Como lo hice yo.
Como lo hacen todos.
Como siempre ha sido.
Nadie podrá hacerlo por ti.
Ni tus amigos.
Ni tu familia.
Ni siquiera aquellos que te aman.
La decisión será tuya.
Y únicamente tuya.
Si decides resistir.
Si decides levantarte cuando sea más fácil rendirse.
Si decides caminar hacia la luz cuando todo dentro de ti quiera hacer lo contrario.
Entonces puede que nos encontremos.
Luchando del mismo lado.
Hombro con hombro.
Contra la oscuridad.
Como viejos amigos que aún no se conocen.
Pero si decides caer.
Si eliges convertirte en aquello que juraste combatir.
Si entregas tu lugar en el tablero.
Entonces también nos encontraremos.
Porque los caminos siempre terminan cruzándose.
Y cuando llegue ese día...
—Espero que hayas tomado la decisión correcta.
Porque de lo contrario... esto será divertido... pero no para ti.
Nos vemos pronto.