Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #5
Supongo que te aburriste bastante.
—Definitivamente —respondió Gustavo, sin dudar—.
No volvió a ser igual de divertido.
Jonathan asintió.
Satisfecho, como si esa fuera la respuesta correcta.
—Lo imaginé.
Silencio.
Uno cómodo.
De esos que solo existen entre personas que ya se conocen demasiado.
—Me da gusto verte —dijo Gustavo.
Y esta vez no había sarcasmo.
Ni bromas.
Solo verdad.
Jonathan lo miró.
Y por un instante algo cambió en sus ojos.
Algo más profundo.
Más sincero.
—Lo sé.
Y por eso estoy aquí.
El silencio regresó.
Tranquilo.
—He estado viendo lo que haces.
Sigues eliminándolos.
Después sonrió.
—Y aparentemente te convertiste en niñera.
Gustavo soltó una pequeña risa.
Alan.
Maricela.
No hacía falta explicar nada.
Jonathan ya lo sabía.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Sí.
Porque claramente tomas excelentes decisiones.
Gustavo negó con la cabeza.
Jonathan seguía siendo Jonathan.
Y eso se sentía bien.
Por todo lo que hicieron juntos.
Por todas las veces que caminaron hacia lugares donde nadie debería entrar.
Por todas las veces que regresaron.
Y también por las que no.
Jonathan guardó silencio unos segundos.
Después habló.
—Por todo aquello... me dieron una oportunidad —la sonrisa desapareció apenas—.
Y aproveché para pedir algo más.
Gustavo lo observó.
Atento.
—¿Qué pediste?
Jonathan sostuvo la mirada.
—Un regalo para ti.
Silencio.
—Una nueva vida.
Un comienzo desde cero.
Sin demonios.
Sin tablero.
Sin todo esto —más bajo—.
Una oportunidad de ser simplemente Gustavo.
La habitación quedó en silencio.
Uno largo.
Pesado.
Porque había un tiempo donde Gustavo habría aceptado sin pensarlo.
Un tiempo donde habría entregado cualquier cosa por algo así.
Pero ese hombre ya no existía.
Gustavo bajó la mirada.
Pensando.
Recordando.
Y después negó despacio.
—Te lo agradezco.
De verdad.
Silencio.
—Pero ya no tengo el mismo ánimo.
Jonathan no respondió.
Solo escuchó.
Como siempre había hecho.
—Han pasado demasiadas cosas.
Cada una dejó algo —más bajo—.
Y aunque he tenido momentos buenos...
Una sonrisa pequeña apareció.
África.
María.
Algunos otros.
Pequeños instantes de luz.
—La verdad es que estoy cansado.
Silencio.
—Mucho.
Levantó la mirada.
Y por primera vez desde que comenzó la conversación, Jonathan no encontró una broma.
Ni una respuesta rápida.
Ni una forma de romper la tensión.
Porque reconoció algo.
Era la misma mirada que había visto muchas veces.
La de las personas que ya han peleado demasiado.
—Solo pienso en terminar mis días.
La voz tranquila.
Sin tristeza.
Sin rabia.
Solo honestidad.
—Y descansar para siempre.
Silencio.
Jonathan no respondió inmediatamente.
Y por alguna razón eso fue lo que más dolió, porque durante toda la vida Jonathan siempre tenía algo que decir.
Jonathan lo observó.
Evaluando.
—¿Seguro?
Podemos ir a verla.
Silencio.
—África se ha puesto muy guapa.
Una sonrisa apareció.
—Y sé exactamente dónde encontrarla.
Gustavo no reaccionó.
No como habría reaccionado años atrás.
Jonathan continuó.
—O María.
Podrías saber cómo está —más bajo—.
Por cierto... —una sonrisa divertida— ese color de cabello le sigue sentando muy bien.
Negó apenas con la cabeza.
—Nunca imaginé que tuvieras tan buen gusto.
Silencio.
—Vamos.
No tienes que quedarte así.
Gustavo sostuvo la mirada.
Y esta vez no hubo duda.
—Te lo agradezco.
Pero no.
Silencio.
Más bajo.
—Solo quiero terminar este estúpido juego.
Jonathan lo observó unos segundos.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa genuina.
—Bueno... esa era la segunda opción.
—¿La segunda?
—Sí —una pequeña risa—.
La menos divertida.
Silencio.
Jonathan se acomodó mejor, como si estuviera a punto de mostrar algo importante.
Algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
—Entonces quiero que observes algo.
Pero presta mucha atención.
El aire cambió.
Lo suficiente.
El tablero apareció.
Bajo ellos.
Entre ellos.
Alrededor de ellos.
No llegó.
No surgió.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Esperando ser visto.
Las piezas ya estaban en movimiento.
No era una partida comenzando.
Era una partida terminando.
Gustavo observó.
En silencio.
Sin intervenir, como alguien que reconoce una historia cuando está llegando a su final.
Las piezas avanzaban.
Seguras.
Sin errores.
Sin dudas.
Cada movimiento encontrando su lugar.
Hasta que ocurrió.
El último.
Seco.
Preciso.
Inevitable.
Jaque mate.
Silencio.
Jonathan no celebró.
No hacía falta.
—Jaque mate.
Hemos ganado esta partida.
Gustavo frunció ligeramente el ceño.
Pensando.
—¿Esta partida?
Las piezas no se detuvieron.
Algo volvió a tocarlas.
Un impulso.
Invisible.
Absoluto.
Y comenzaron a moverse otra vez.
Pero esta vez era distinto.
No parecían decidir.
Parecían obedecer.
Lentamente, como hojas arrastradas por una corriente demasiado grande para resistirse.
Algunas piezas se detuvieron.
Temblaron.
Y cayeron.
Sin ruido.
Sin lucha.
Desapareciendo del tablero, como si nunca hubieran pertenecido a él.
Gustavo las observó.
Y las reconoció.
No por la forma.
Por la sensación.
Los que no llegaron al final.
Los que quedaron en el camino.
Los que el juego reclamó antes de tiempo.
Raúl.
Oscar.
Vanessa.
Martha.
Alejandro.
Y muchos otros cuyos nombres nadie recordaría.
Después observó las que permanecían.
Las que resistieron.
Las que seguían ahí.
No parecían más fuertes.
Ni más importantes.
Simplemente seguían, como si hubieran recibido permiso para continuar.
Y entonces ocurrió algo más.
Todas comenzaron a retroceder.
No unos cuantos movimientos.
Mucho más.
Volviendo hacia atrás.
Hacia el principio.
Casillas olvidadas.
Posiciones antiguas.
Momentos que parecían pertenecer a otra vida, como si la partida completa estuviera desenrollándose frente a sus ojos.
Hasta llegar al inicio.
Pero Gustavo vio algo.
El tablero no era el mismo.
Había espacios vacíos.
Ausencias.
Lugares donde antes hubo piezas.
Y ya no.
Entonces aparecieron otras.
Nuevas.
En ambos extremos.
Tomando posición.
Encajando.
Ocupando lugares que alguien dejó atrás.
Sin recuerdos.
Sin historia.
Sin saber siquiera que acababan de entrar al juego.
Alan.
Maricela.
Y otros más.
Muchos más.
El tablero volvió a llenarse.
Ordenado.
Completo, como si nada hubiera ocurrido, como si jamás hubiera existido una partida anterior, como si todo estuviera listo para comenzar otra vez.
Gustavo permaneció observando.
Y poco a poco algo empezó a encajar dentro de él.
Las pérdidas.
Los encuentros.
Las coincidencias.
Las personas que aparecieron exactamente cuando debían aparecer.
Las que se fueron cuando parecía imposible aceptarlo.
Todo.
—No era una sola partida.
La voz salió baja.
Más para sí mismo que para Jonathan.
Jonathan sonrió, porque finalmente había llegado ahí.
Por sí solo.
—Nunca lo fue.
Tú solo estabas concentrado en la que te tocó jugar.
Gustavo observó el tablero.
Las nuevas piezas.
Las antiguas ausencias.
La partida que terminaba.
Y la otra.
Esperando comenzar.
—Entonces nunca termina.
Jonathan sostuvo la mirada sobre las piezas.
Pensando, como quien conoce la respuesta desde hace mucho tiempo.
—Para nosotros sí.
Pero el tablero... —una leve sonrisa— el tablero siempre encuentra nuevos jugadores.
Y por primera vez Gustavo entendió algo que había estado frente a él durante años.
El objetivo nunca fue salvar una partida.
Era preparar a las piezas que vendrían después.
Gustavo lo observó.
Sin decir nada.
Pero esta vez ya no era un espectador.
Ahora entendía.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Lo que tenía frente a él no era un tablero.
Ni dos.
Ni diez.
Eran muchos.
Demasiados para contarlos.
Extendiéndose.
Conectándose.
Superponiéndose unos sobre otros, como raíces bajo la tierra.
Como ríos encontrándose en la oscuridad.
Como historias que jamás sabrán que estuvieron unidas.
Gustavo observó.
Y entonces lo notó.
No fue inmediato.
Fue sutil, como cuando recuerdas algo que siempre supiste.
Pero habías olvidado.
Se vio.
Ahí.
En uno de los tableros.
No observando.
No desde afuera.
Dentro.
Como una pieza más.
Intentó comprender.
Y entonces entendió.
Nunca estuvo fuera del juego.
Nunca.
Cada decisión.
Cada pérdida.
Cada encuentro.
Cada persona.
Cada despedida.
Todo había movido algo.
Todo había provocado algo más.
Gustavo bajó la mirada.
Observando aquella pieza.
Y por primera vez no sintió enojo.
No sintió cansancio.
Solo comprensión.
Porque durante años creyó que estaba luchando contra el juego.
Cuando en realidad también formaba parte de él.
Alzó la vista.
Y entonces los vio.
Maricela.
En otro tablero.
Su partida ya había comenzado.
No era la misma que la suya.
Pero tampoco era tan distinta.
Avanzaba.
Con miedo algunas veces.
Con dudas.
Como todos.
Pero avanzaba.
Más allá, Alan.
Aprendiendo.
Tropezando.
Levantándose.
Tomando decisiones que algún día tendrían consecuencias que todavía no podía imaginar.
Ambos del mismo lado.
No perfectos.
No invencibles.
Solo decididos.