Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #4
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Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #4

Guiar a alguien no consiste en caminar delante.

Consiste en permanecer cuando el otro siente que ya no puede hacerlo.

Y eso era algo que Jonathan había hecho por él durante mucho tiempo, aunque nunca se lo hubiera dicho de esa manera.

A veces los observaba hablar.

Discutir.

Reír.

Y por un instante recordaba.

No con dolor.

Con gratitud.

Porque la vida seguía moviéndose.

Incluso después de las pérdidas.

Incluso después de las despedidas.

Incluso después del dolor.

Y tal vez, solo tal vez, eso también formaba parte del plan.

Una noche Gustavo comenzó una oración.

No como otras veces.

No por disciplina.

No por costumbre.

Por necesidad.

No pidió respuestas.

No pidió justicia.

No pidió ayuda para la guerra.

Pidió algo mucho más pequeño.

Y quizá por eso mismo mucho más difícil.

—Déjame sentir felicidad una vez más...

Nada más.

Sin condiciones.

Sin exigencias.

Sin promesas.

Solo eso.

Porque había días en los que uno ya no sabe exactamente qué necesita.

Solo sabe que está cansado.

Y Gustavo estaba cansado.

Sabía que en los sueños no existían ciertas reglas.

No existían las distancias.

No existían los años.

No existían las cosas imposibles.

Ahí todo parecía encontrar una forma de resolverse.

Cerró los ojos.

Sin esperar nada realmente.

Y aun así Dios respondió.

Como siempre lo hacía.

A su manera.

El sueño comenzó.

Con ella.

África.

La vio primero a la distancia.

Sentada sola en un restaurante.

La luz cálida caía sobre las mesas.

Las conversaciones de otras personas llenaban el lugar con ese ruido tranquilo que tienen los sitios donde la gente está pasando un buen momento.

Gustavo no se movió.

No inmediatamente.

La observó, como si temiera que cualquier movimiento pudiera romper la escena, como si bastara acercarse demasiado para descubrir que no era real.

Buscó una mesa.

Una desde donde pudiera verla sin llamar la atención.

Confirmar lo que sus ojos creían haber encontrado.

No necesitó mucho tiempo.

Dos segundos.

Tal vez tres.

Era ella.

Y entonces el corazón reaccionó.

Fuerte.

Torpe.

Desordenado, como hacía años no ocurría.

Las manos comenzaron a sudarle.

La respiración cambió.

Y una alegría olvidada regresó de golpe.

Una que desbordaba.

Una que empujaba.

Una que dejaba muy poco espacio para pensar.

Se inclinó sobre la mesa.

Mirando la madera.

Intentando decidir qué hacer.

Cómo acercarse.

Qué decir.

Cómo no arruinarlo.

Porque incluso en los sueños África seguía teniendo ese efecto sobre él.

Y cuando volvió a levantar la vista, ella ya no estaba.

El vacío fue inmediato, como si alguien hubiera apagado una luz.

Se levantó apenas.

Preparado para buscarla.

Y entonces escuchó una voz.

La misma.

La que había llenado tantas noches.

La que volvía habitables los silencios.

La que durante mucho tiempo había sido sinónimo de hogar.

—Hola... ¿puedo acompañarte?

Gustavo se quedó inmóvil.

No entendía cómo había llegado ahí.

Y sinceramente no quería entenderlo.

Levantó la mirada.

Y ahí estaba.

Sonriendo.

A su lado.

Como si nunca se hubiera ido.

Como si los años no existieran.

Como si la vida no hubiera pasado por encima de ambos.

Y algo dentro de él simplemente cedió.

—Claro... —sonrió— como siempre... es un placer disfrutar de tu compañía.

Se levantó inmediatamente.

Apartó la silla.

La acercó para ella.

Como antes.

Como cuando esos pequeños gestos eran parte de todos los días.

Y por un instante fue extraño descubrir que el cuerpo todavía recordaba.

África tomó asiento.

Natural.

Tranquila, como si aquello fuera completamente normal.

—Pensé que eras tú —una pequeña sonrisa—.

Pero no estaba segura.

Silencio.

—Y me dio miedo acercarme.

Gustavo la observó.

Sin interrumpir.

Sin querer perder una sola palabra.

—No sabía cómo ibas a reaccionar.

Han pasado muchos años.

Lo miró, con esa mezcla de ternura y sinceridad que siempre la había hecho distinta.

—Sí —respondió Gustavo—.

Y mira todo lo que tuvo que pasar para que al fin pudiéramos platicar tranquilos.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

Y por primera vez en mucho tiempo se sintió ligero.

La conversación comenzó.

Y después simplemente fluyó, como siempre había ocurrido entre ellos.

Hablaron.

Rieron.

Bromearon.

Recordaron cosas.

Contaron otras nuevas.

Y mientras las horas avanzaban, algo extraño ocurrió.

El tiempo dejó de importar, porque cuando uno está con la persona correcta los relojes se vuelven irrelevantes.

Cenaron.

Después salieron.

La noche los recibió.

Tranquila.

Fresca.

Las luces de la plaza iluminaban los caminos de piedra.

La gente caminaba sin prisa.

Algunas parejas.

Familias.

Niños corriendo detrás de una pelota.

África observó alrededor.

Y entonces sonrió.

—Se me antoja un pan.

La frase fue tan cotidiana.

Tan ella.

Que Gustavo no pudo evitar reír.

—Claro que sí.

Caminaron.

Sin rumbo.

Sin prisa, como si ambos supieran que la noche les pertenecía.

Hasta encontrar una pequeña panadería.

El lugar parecía sacado de un recuerdo.

Cálido.

Iluminado.

Con ese aroma dulce que obliga a bajar el ritmo, como si el mundo afuera pudiera esperar unos minutos más.

Entraron.

Una señora los recibió con una sonrisa amable, de esas que hacen sentir bienvenidos a los desconocidos.

Miraron los panes.

Ella eligió uno.

Él otro.

Pagaron.

Salieron.

Y encontraron una banca cerca de una fuente.

La noche seguía ahí.

Silenciosa.

Perfecta.

África dio un pequeño bocado.

Y entonces sonrió.

La misma sonrisa.

La de siempre.

—Qué ricas están las zarzamoras.

Lo miró.

—¿Quieres probar?

Gustavo asintió.

Y se acercó.

Despacio.

Sin pensar demasiado.

Aunque una parte de él ya sabía, porque había momentos que el corazón reconoce antes que la mente.

Ella lo observó.

Sosteniendo su mirada.

Y por un instante todo desapareció.

La plaza.

La fuente.

La noche.

Los años.

El dolor.

La distancia.

Todo.

Solo quedaron ellos.

África se acercó.

Y lo besó.

Como aquella primera vez.

Y al mismo tiempo completamente distinto.

Más consciente.

Más sereno.

Más profundo, como si ya no existiera nada que demostrar.

Nada que ocultar.

Nada que temer.

Y Gustavo respondió.

Sin reservas.

Sin defensas.

Sin miedo, como si jamás hubiera dejado de amarla, como si el tiempo nunca hubiera pasado, como si el mundo hubiera decidido devolverle algo que creyó perdido para siempre.

Y entonces despertó.

La habitación seguía igual.

La oscuridad.

Las paredes.

La realidad.

Todo estaba ahí.

Gustavo permaneció inmóvil.

Observando el techo.

Sin moverse.

Porque todavía podía sentirlo.

Aunque todo había sido un sueño, todavía le parecía sentir el sabor a zarzamoras en los labios.

La felicidad.

La tristeza.

La nostalgia.

La gratitud.

La esperanza.

Todo mezclado.

Todo al mismo tiempo.

Y por primera vez en mucho tiempo sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Cansada.

Pero real.

Porque aunque hubiera sido solo un sueño, por unas horas había vuelto a casa.

Lo suficiente.

Para recordarlo.

Para extrañarlo.

Para no querer soltarlo.

Suspiró.

Sonrió.

Y se sentó en la orilla de la cama.

El cuarto permaneció en silencio.

O al menos eso parecía.

Porque algunas noches el silencio no está vacío.

Solo espera.

—¿Cómo haces...? ¿Para vivir con eso?

La voz apareció de repente, como si la conversación hubiera comenzado mucho antes, como si ambos ya estuvieran hablando desde hacía horas.

Gustavo respondió sin pensar demasiado.

Con la naturalidad de quien ha repetido esa respuesta demasiadas veces.

—Lo guardo.

En lo más profundo de mi alma.

Para que lastime lo menos posible.

El cuarto volvió a quedarse quieto.

Y entonces algo no encajó.

La voz.

No era nueva.

No era extraña.

Era exactamente lo contrario.

Familiar.

Gustavo frunció apenas el ceño.

Miró alrededor.

La habitación seguía igual.

La oscuridad.

Las sombras suaves de los muebles.

La luz tenue entrando por la ventana.

Nada parecía distinto.

Y aun así no estaba solo.

—¿Vas a seguir mirando la pared?

¿O ya vas a voltear?

La voz sonó divertida.

Paciente, como alguien acostumbrado a esperar.

Y entonces Gustavo giró.

Y lo vio.

Sentado a un lado de la cama.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Jonathan.

No hubo sobresalto.

No hubo miedo.

Solo un instante de incredulidad.

Uno pequeño.

Porque había rostros que uno jamás termina de olvidar.

Jonathan levantó una ceja.

—Vaya.

Pensé que ibas a llorar.

Gustavo soltó una pequeña risa.

—Todavía no.

—Qué decepción.

Jonathan negó con la cabeza.

—Tantos años y sigues sin apreciar el arte.

Gustavo continuó observándolo, como si buscara algo.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa tranquila.

—¿Recuerdas algo que me dijiste hace muchos años?

Jonathan frunció apenas el ceño.

—He dicho demasiadas tonterías.

Vas a tener que ayudarme.

Gustavo dejó escapar una risa.

—Cuando Vanessa fue a buscarme.

Jonathan permaneció en silencio.

—Dijiste... "No todos los finales tienen que ser iguales" —otra pausa, más pequeña—.

Todavía.

Jonathan no respondió.

Solo lo miró.

Gustavo inclinó apenas la cabeza, como si acabara de encontrar la respuesta que llevaba años buscando.

—Tenías razón.

Silencio.

—No todos los finales terminan igual.

Jonathan sostuvo la mirada unos segundos.

Y entonces apareció una sonrisa.

Pequeña.

Casi imperceptible.

Gustavo la vio.

Y sonrió también.

—No vayas a llorar.

Jonathan soltó una risa por la nariz.

Negó con la cabeza.

—No arruines el momento, Gus.

Se acomodó mejor, como si estuviera visitando a un viejo amigo.

—Por cierto... ¿qué tal va esa luna?

Gustavo bajó la mirada hacia el hombro.

Instintivamente.

—Ha cambiado.

Mucho.

Silencio.

—Ahora está completa.

Jonathan asintió despacio, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—Bien.

Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

Jonathan sonrió.

—Que sigas aquí.

Y que todavía no te hayas roto del todo.

Silencio.

La sonrisa de Gustavo apareció apenas.

—Te ves bien.

Creo que eso de morirte... —más bajo— te sentó bastante bien.

Jonathan soltó una carcajada.

Exactamente la misma.

Y durante un instante los años desaparecieron.

—Lo sé.

También me extrañé.

Gustavo negó con la cabeza.

Sonriendo.

Jonathan lo observó unos segundos, como si quisiera asegurarse de algo, como si necesitara verlo por sí mismo.

—¿Y qué tal te fue sin mí?