Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #3
Tranquilo, como si estuvieran discutiendo algo completamente normal.
—Déjame pasar —señaló a Alan con la cabeza—. Te llevas dos —una pequeña sonrisa apareció—. Por el precio de uno.
Y hasta le guiñó un ojo.
—Te conviene.
El demonio soltó una carcajada.
Incómoda.
—Me gusta.
Serás mi cena.
Alan observaba la escena sin entender completamente qué estaba pasando, porque esperaba miedo.
Y en cambio parecía una conversación entre dos personas acostumbradas a encontrarse demasiado seguido.
Cuando el demonio volvió a fijar la atención sobre ellos, Alan se inclinó apenas hacia Gustavo.
—Enséñame a hacer eso.
Casi un susurro.
Gustavo lo miró.
Confundido.
—¿Qué cosa?
—Cómo les hablas —respondió Alan—. Tan sarcástico.
Gustavo soltó una pequeña risa.
—Eso es fácil.
Lo difícil es convencerlos de que la promoción también incluye envío gratis.
Alan terminó sonriendo.
A pesar del lugar.
A pesar del miedo.
Y eso ya era una victoria.
Después negó con la cabeza.
—No me refiero a eso —la sonrisa desapareció apenas—. Me refiero a hablarles así.
Miró nuevamente al demonio.
—Sin miedo.
Gustavo observó la sombra unos segundos.
Y después respondió.
—Ese es el secreto.
Alan frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Que sí hay miedo —la voz salió tranquila, honesta—. Siempre lo hay.
Alan lo miró.
Sorprendido.
—Entonces...
—Aprendes a caminar con él.
Y cuando no puedes... —una sonrisa pequeña apareció— lo escondes detrás de comentarios estúpidos.
Alan soltó una risa breve.
Real.
La primera en varios días.
—Eso explica muchas cosas.
—Exacto.
Gustavo observó la mochila que llevaba colgada al hombro.
—Aunque por ahora... lo que debería preocuparte es traer más pañales en esa mochila.
Alan abrió los ojos.
—¿Qué?
—Porque es probable que los necesites.
Alan soltó una carcajada involuntaria.
Y por primera vez desde que salió del templo, el miedo aflojó apenas un poco.
Lo suficiente para seguir avanzando.
La oficina era elegante, como suelen ser los lugares donde habitan personajes así.
Todo estaba en orden.
Muebles oscuros.
Vidrios impecables.
Iluminación cálida.
Costosa.
Pero el ambiente pesaba.
El aire no se movía, como si el lugar entero estuviera esperando algo.
O a alguien.
La puerta se abrió.
Un hombre salió.
Impecable.
Cuatro más detrás de él.
—Buenas noches.
Qué gusto verlos.
Gustavo levantó la mirada.
—Por favor... no digas que llegamos tarde.
El hombre soltó una risa breve.
—No.
Esta vez... —la sonrisa se amplió apenas— llegaste a tiempo, Elegido.
Silencio.
—Aún no tomo su vida.
Alan retrocedió.
—¿Mi vida?
¿Por qué harías eso?
El hombre lo observó, como quien mira algo obvio.
—Sí lo sabes.
Solo no quieres aceptarlo.
Silencio.
—No queremos otro problema —más bajo— como él.
Señaló a Gustavo.
—Pero puedes evitarlo.
Alan tragó saliva.
—¿Cómo?
El hombre sonrió.
—Únete a nosotros.
Forma parte.
Silencio.
—Y tendrás todo.
Dinero.
Poder.
Respeto.
Se inclinó apenas.
—Incluso sanaría a tu madre.
¿Qué te parece?
Gustavo lo miró.
Después observó a Alan.
No habló.
Esperó.
Alan dudó.
Y eso era peligroso.
—Entiendo... —dijo Gustavo— que tu madre esté enferma.
Y que eso te haga dudar.
Silencio.
—Pero busca bien dentro de ti —más bajo—. Estoy seguro de que sabes qué es lo correcto.
Alan levantó la mirada.
Dolido.
Los ojos húmedos.
—¿Dejarla morir es correcto?
Ella me ha cuidado toda la vida —más bajo—. Ahora me toca a mí cuidarla a ella.
Gustavo sostuvo la mirada.
—Y lo harás.
Pero no así.
Hay decisiones... que no tienen vuelta atrás.
El hombre elegante sonrió.
—Qué egoísta eres, Elegido.
Le pides que la deje morir.
Cuando puede salvarla.
Cuando puede tener muchos años más a su lado.
Se acercó apenas.
—¿Qué dices, Alan?
¿Tenemos un trato? —más bajo—. Es muy simple.
Regresas a casa... y ella estará sana.
Gustavo intervino.
—Tu madre te enseñó bien.
Por eso te quieren.
Por eso vales.
Silencio.
—Hay pocos como tú.
El hombre cambió el tono.
—Si no aceptas... la encontrarás muerta.
Alan tembló.
—No se acerquen a ella.
El hombre sonrió.
—Es sencillo.
Solo acepta.
Y todos ganamos —más bajo—. Incluso dejaré que él se vaya contigo.
Señaló a Gustavo.
Gustavo bajó la mirada.
Exhaló lentamente.
Y después:
—No puedo curarla.
No puedo darte nada de eso.
Silencio.
Levantó el rostro.
—Pero Dios... sí puede darte consuelo.
Y una vida digna.
El hombre soltó una carcajada.
—¿Digna?
¡Míralo!
¿Eso quieres? —silencio—. Es un perdedor.
Alan cerró los ojos.
Un segundo.
Respiró profundo, como si todo dependiera de ese instante.
Y cuando habló, ya no dudaba.
Miró fijamente al hombre.
—Puedo ver lo que eres.
Tu maldad... —más bajo— ni siquiera intentas ocultarla.
Giró apenas hacia Gustavo.
—Y también puedo sentir lo que hay en él.
Esa paz.
Esa esperanza.
Esa tranquilidad.
Silencio.
Volvió la vista al frente.
—Y sé... lo que me espera si acepto —más firme—.
Amo a mi madre.
La voz se quebró apenas.
Pero no retrocedió.
—Y tengo fe... de que volveré a verla —más bajo—.
En un lugar mejor.
Silencio.
El aire se tensó.
—Mi respuesta es no.
No me uno a ustedes —más firme—.
Nunca.
Silencio.
—Mi madre me enseñó a amar a Dios.
Por sobre todas las cosas.
La mirada firme.
—Y no pienso defraudarla.
Silencio.
El ambiente cambió.
No de golpe.
Pero sí de manera definitiva.
El hombre elegante dejó de sonreír.
—Has tomado tu decisión —más frío—.
Es hora de afrontar las consecuencias.
Giró apenas.
—Eliminen al Elegido.
Pero que sea lento.
Háganlo sufrir.
Mucho.
Volvió la mirada hacia Alan.
La sonrisa regresó.
—Y tú... cuando regreses a casa... —más bajo— tu madre estará muerta.
Y no será rápido.
Ni misericordioso.
Una luz irrumpió.
Limpia.
Insoportable por un instante, como si el lugar no hubiera sido construido para contenerla.
El aire se desgarró.
Y entonces apareció.
El Ángel.
Imponente.
De pie.
La espada en su mano no brillaba.
No lo necesitaba.
Se imponía.
No como un arma.
Como autoridad.
Los demonios reaccionaron.
Tarde.
El primero intentó moverse.
No pudo.
El Ángel avanzó.
Y el espacio entre ambos desapareció.
El corte fue limpio.
El demonio dejó de existir antes de tocar el suelo.
El segundo intentó atacar.
No alcanzó.
Otro movimiento.
Preciso.
Y terminó.
El tercero retrocedió.
Instinto.
Miedo.
No lo salvó.
El cuarto ni siquiera lo intentó, como si entendiera exactamente quién tenía enfrente.
El final llegó igual.
Silencio.
El hombre elegante retrocedió.
Por primera vez sin control.
—Estas piezas... —dijo el Ángel, la voz firme, inquebrantable— no te pertenecen.
La espada descendió.
Un solo movimiento.
Y terminó.
Silencio.
Pesado.
Pero limpio.
El Ángel giró hacia Alan.
Y cuando habló ya no había guerra en su voz.
—Alan... Dios ha visto tu decisión.
Silencio.
—Tu madre... —más bajo— se ha dormido en la muerte.
Ha sido rápido.
Sin dolor.
Silencio.
No hubo consuelo inmediato.
Solo verdad.
Y eso pesó más.
Alan cerró los ojos.
La respiración tembló.
Pero no cayó.
No se rompió.
Simplemente permaneció ahí.
Sosteniendo el golpe.
Entonces el Ángel volvió la mirada hacia Gustavo.
—Elegido... has protegido una pieza que era importante.
Gustavo frunció el ceño.
No entendió.
No completamente.
El Ángel continuó.
—Tu intervención cambió un camino.
Silencio.
—Y los caminos modificados producen consecuencias.
Algo recorrió la espalda de Gustavo.
Frío.
Antiguo.
Familiar.
—Martha tuvo una buena vida.
Ahora debes cuidar de su hijo.
El mundo pareció detenerse apenas.
Martha.
Y entonces las piezas comenzaron a acomodarse.
El café.
La despedida.
El nuevo trabajo.
La salida.
Los años.
Todo aquello que él creyó terminado.
Todo aquello que dejó atrás.
Seguía moviéndose.
Porque las jugadas no desaparecen cuando uno deja de mirarlas.
Recordó a Oscar cuando tuvo el encuentro con Alejandro.
Recordó cómo el tablero siempre terminaba buscando equilibrio.
Y por primera vez entendió algo.
No había ayudado únicamente a Martha.
Había alterado una línea completa de acontecimientos.
Y Alan era una consecuencia de aquella decisión.
El Ángel lo observó un instante más, como si confirmara que finalmente había entendido.
Y desapareció.
Sin ruido.
Sin despedida.
El lugar cambió.
Pero no del todo.
El aire regresó.
Pesado, como si algo más continuara observando desde lejos.
Esperando.
Midiendo.
—Vámonos —dijo Gustavo, firme—.
Antes de que intenten otra cosa.
Alan no respondió.
No de inmediato.
Seguía ahí.
Pero una parte de él acababa de quedarse en otro lugar.
—¿Y ahora? —la voz rota—.
¿Qué hago ahora?
Silencio.
—Ya no tengo nada.
Gustavo lo miró.
Y recordó a otro joven.
Confundido.
Asustado.
Sentado frente a Jonathan años atrás.
—Tienes la oportunidad de hacer lo correcto.
Y no estás solo.
Silencio.
—Voy a ayudarte.
Con todo —más bajo—.
Vamos a salir adelante.
Juntos.
Alan apretó los puños.
Los ojos húmedos.
La respiración pesada.
—Quiero matarlos.
A todos.
Gustavo lo entendió.
No como idea.
Como recuerdo.
—Lo sé.
Pero no es así como se resuelven las cosas.
Silencio.
—Todo a su tiempo... muchacho.
Silencio.
Y algo le hizo eco.
Algo viejo.
Demasiado familiar.
Negó apenas.
Una sonrisa pequeña apareció.
—Rayos... ya sueno como él.
Pasaron los días.
Las semanas.
Los meses.
Y Gustavo ya no estaba solo.
No como antes.
El silencio seguía existiendo.
Las preguntas también.
Los demonios no desaparecieron.
Ni los recuerdos.
Pero algo había cambiado.
Ahora había otras voces.
Otras preocupaciones.
Otras vidas avanzando junto a la suya.
Alan aprendía rápido.
Más de lo que él mismo creía.
Y Maricela, aunque todavía miraba ciertos espejos con desconfianza, ya no bajaba la mirada cada vez que dudaba de sí misma.
Los tres se encontraban con frecuencia.
A veces para aprender.
A veces para buscar respuestas.
Y otras simplemente porque sí, porque algunas personas terminan convirtiéndose en familia sin darse cuenta cuándo ocurrió.
Gustavo los observaba.
Las discusiones.
Las bromas.
Los desacuerdos absurdos.
Las conversaciones que comenzaban hablando de demonios y terminaban discutiendo sobre cualquier tontería.
Y en ocasiones, cuando ninguno de los dos lo veía, una pequeña sonrisa aparecía.
Discreta.
Real.
Porque entendía algo que antes no había comprendido.