Capítulo 21 Espero que nos encontremoS #2
Y al principio eso fue difícil.
Porque uno se acostumbra.
A las voces.
A los consejos.
A tener a quién mirar cuando las cosas dejan de tener sentido.
Pero la vida rara vez funciona así para siempre.
Llega un momento en que las preguntas siguen existiendo, y las respuestas dejan de acompañarte.
Entonces solo queda avanzar.
Con dudas.
Con miedo.
Con la sensación constante de estar improvisando.
Gustavo aprendió a hacerlo.
Aprendió a escuchar otra cosa.
Más silenciosa.
Más difícil de explicar.
Pequeñas sensaciones.
Impulsos que no parecían nacer completamente de él, como esa certeza extraña que aparece algunas veces sin motivo aparente.
La misma que hace que tomes una calle distinta.
Que llames a alguien de repente.
Que mires hacia un lugar específico sin saber por qué.
Y después descubras que había una razón.
Gustavo ya no intentaba entenderlo todo.
Simplemente aprendió a escuchar.
Y a seguir caminando.
Esa tarde no pensaba ir a ningún lado.
No tenía planes.
Ni objetivos.
Ni alguna razón particular para salir.
Y aun así, cuando terminó su jornada, no regresó a casa.
Se quedó unos segundos dentro del auto.
Mirando la ciudad seguir su curso.
La gente.
Los semáforos.
La rutina.
Y entonces apareció.
No una voz.
No una orden.
Solo una certeza, de esas que llegan sin explicación y se niegan a marcharse.
Gustavo encendió el motor.
Y condujo.
Sin cuestionarlo demasiado.
La carretera se volvió cada vez más oscura.
Menos autos.
Menos casas.
Hasta que finalmente apareció.
El bar.
Aislado, como si hubiera sido colocado ahí lejos por una razón específica.
Luces tenues escapaban por las ventanas.
La música vibraba desde dentro.
Distorsionada.
Ahogada por las paredes.
Conversaciones.
El ruido habitual de personas intentando olvidar algo durante unas horas.
O haciendo que otros lo olvidaran.
Gustavo permaneció observándolo unos segundos antes de entrar.
El aire cambió apenas cruzó la puerta.
Alcohol.
Perfume.
Humo.
Y debajo de todo eso, algo más.
Algo que ya conocía demasiado bien.
Miradas que no eran limpias.
Sonrisas que duraban un poco más de lo necesario.
Personas ocultando cosas.
Algunas de ellas incluso de sí mismas.
Gustavo avanzó entre las mesas.
Sin prisa.
Sin llamar la atención.
Observando.
Escuchando.
Buscando algo, aunque todavía no supiera exactamente qué.
No encontró nada inmediato.
Ninguna presencia destacando sobre las demás.
Ningún movimiento extraño.
Ninguna señal evidente.
Solo esa sensación constante.
Esperando.
Tomó asiento en la barra.
Pidió un trago.
Y permaneció ahí.
Mirando el reflejo de las botellas alineadas detrás del cantinero.
Escuchando la música.
Las conversaciones cruzadas.
El ruido de los vasos chocando.
Como cualquier otro cliente.
Como cualquier otra noche.
Pero las energías estaban ahí.
Podía sentirlas.
Dispersas por el lugar.
Demasiado quietas, como animales ocultos entre la maleza.
Esperando algo.
O a alguien.
Y entonces cambiaron.
Poco a poco.
La tensión apareció primero.
Después la atención, como cuando una habitación entera guarda silencio apenas entra alguien importante.
Las presencias se movieron.
Reconociendo algo.
Gustavo giró apenas la cabeza.
Lo vio.
Un joven.
Detenido justo en la entrada.
Mirando el lugar como si no estuviera completamente seguro de haber tomado la decisión correcta.
Confundido.
Incómodo.
Buscando algo que ni siquiera sabía nombrar todavía.
La mano apretando apenas la correa de su mochila.
Los ojos recorriendo cada rincón.
Intentando entender por qué se sentía fuera de lugar.
Y entonces Gustavo lo reconoció.
No porque lo conociera.
Porque ya había visto esa mirada antes.
En Maricela.
Y una vez, hacía mucho tiempo, también la había visto en sí mismo.
El joven avanzó lentamente.
Observando todo.
Intentando parecer tranquilo.
Sin conseguirlo del todo.
Y entonces se sentó a su lado.
Gustavo lo observó de reojo.
Y entonces lo reconoció.
El muchacho en el templo.
Aquel que vio al Ángel.
Recordó su miedo.
Y la confusión.
La forma en que intentó convencerse de que aquello no había ocurrido realmente.
El joven observó el lugar con curiosidad, como si algo lo hubiera llevado hasta ahí sin explicaciones.
Y mientras lo hacía, Gustavo recordó quién había sido.
Las preguntas.
Las dudas.
Las noches buscando respuestas imposibles.
Entonces sonrió apenas, porque por primera vez ya no era él quien las necesitaba.
El joven tomó asiento a su lado.
Y Gustavo comprendió por qué estaba ahí, porque alguna vez él también había llegado así.
Gustavo habló.
Sin mirarlo.
La vista fija en las botellas alineadas detrás de la barra.
—Este lugar... al igual que un templo... —tomó un pequeño sorbo— no es para alguien como tú.
El joven giró de inmediato.
Sorprendido, como si hubiera estado esperando escuchar exactamente eso.
—Eres tú —lo observó mejor—.
El del templo.
Silencio.
Y después una sonrisa apareció apenas.
—¿Y el Ángel? —más bajo—.
Por cierto... —lo señaló apenas con la cabeza— te recordaba menos viejo.
Gustavo soltó una pequeña risa nasal.
—La juventud de esta época y su falta de respeto... —negó apenas con la cabeza—.
Admito que fue gracioso.
Eso te va a servir —la sonrisa permaneció apenas—.
Y no creo estar tan viejo.
Instintivamente miró su reflejo en el espejo detrás de la barra.
Después volvió la vista al frente.
—Aunque ya empiezo a sospecharlo.
El joven soltó una pequeña risa.
La primera genuina desde que entró al lugar.
Y algo de la tensión desapareció.
—Me llamo Alan.
—Gustavo —levantó apenas la botella—.
Mucho gusto, Alan —lo observó de reojo—.
Te invito algo.
Silencio.
—¿Qué tomas?
Lo estudió un instante.
—¿Leche?
¿Yogurt? —miró alrededor fingiendo buscar—.
No sé si tengan aquí... pero puedo preguntar si venden galletas con figuras de animales.
Alan soltó una risa más fuerte esta vez.
—Cerveza está bien.
—Excelente.
Ya me estaba preocupando.
Alan negó divertido.
—No soy un niño.
—Eso dicen todos los que parecen niños.
—Y eso lo dice alguien que acaba de discutir con su reflejo en un espejo.
Gustavo lo miró.
Alan sonrió.
Y por un instante ambos entendieron algo.
La conversación ya no se sentía extraña, como si se conocieran desde antes, como si alguna parte del camino ya hubiera sido recorrida.
Gustavo alzó una mano.
—Dos.
El barman asintió sin hacer preguntas.
Y mientras preparaba las bebidas, la música siguió sonando.
Las risas continuaron alrededor.
La vida siguió exactamente igual para todos los demás.
Pero para ellos algo acababa de comenzar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Gustavo.
Alan lo miró.
Desconfiado, como alguien que todavía no decide si está hablando con un loco o con la única persona que podría entenderlo.
—No te ofendas... pero no creo que sea asunto tuyo.
Gustavo dio un pequeño trago a la cerveza, como si la respuesta no lo hubiera sorprendido.
—En el templo... te salvé el trasero.
Alan abrió la boca para responder.
Pero Gustavo continuó.
—Y creo que hoy estoy aquí por exactamente lo mismo.
Silencio.
—Así que... si quieres seguir vivo... —la mirada permaneció fija al frente— empieza a confiar un poco.
Alan bajó la vista.
Observó la botella entre sus manos.
Dudó, como cualquier persona razonable lo haría.
Pero terminó hablando.
—Hay algo... en mis sueños —negó apenas—. Bueno... en mis pesadillas.
Silencio.
—Aparece desde hace semanas —más bajo—. Un demonio.
La palabra salió incómoda, como si todavía le costara decirla en voz alta.
—Me dijo que viniera aquí.
Que encontraría respuestas.
Gustavo asintió lentamente, como si hubiera escuchado esa historia demasiadas veces.
—Entonces ya sabes cuál es la pregunta.
Alan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si buscas respuestas... es porque ya hay algo preguntando dentro de ti.
Silencio.
—¿Qué es?
Alan permaneció callado unos segundos.
Y eso le dijo a Gustavo todo lo que necesitaba saber, porque las preguntas importantes siempre tardan más en salir.
—¿Qué quiere de mí?
La voz salió baja.
Honesta.
Gustavo giró apenas la cabeza.
—Disimuladamente... mira a tu derecha.
Alan obedeció.
Intentando no llamar la atención.
Y entonces lo vio.
La figura permanecía cerca de unas mesas al fondo.
Observándolos.
Esperando.
Sin intentar esconderse realmente, como si supiera que tarde o temprano terminarían acercándose.
Alan tragó saliva.
—¿Lo estás viendo?
—Sí.
—¿Y tú también?
—Sí.
Silencio.
Uno pequeño.
Pero importante, porque por primera vez desde que todo comenzó, Alan dejó de sentirse completamente solo.
Gustavo tomó otro trago.
—Si lo sigues... puede que encuentres respuestas —la mirada permaneció sobre el demonio—. Lo que no sabes... —más bajo— es si vas a salir de donde te lleve.
Alan no apartó la vista.
—Entonces ven conmigo.
Gustavo soltó una pequeña risa.
—¿Qué quieres? ¿Que te tome de la mano?
Alan no sonrió.
Ni siquiera un poco.
—Es en serio —la voz salió más baja, más sincera—. Me sentiría más seguro.
Y eso hizo que Gustavo recordara algo.
No a Jonathan.
No al Ángel.
Sino a sí mismo.
Porque él también había sentido exactamente eso alguna vez.
El miedo.
La incertidumbre.
La necesidad de que alguien caminara primero.
Gustavo lo observó un segundo.
Después terminó su cerveza.
—Está bien —dejó la botella sobre la barra—. Vamos.
Y por primera vez desde que entró al bar, Alan soltó el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
El pasillo era más oscuro.
Más silencioso.
La música del bar apenas llegaba hasta ahí, como si perteneciera a otro lugar.
A otro mundo.
Y ahí estaba.
Esperándolos.
La figura parecía humana.
A simple vista.
Pero solo a simple vista.
Había algo incorrecto en ella.
Algo que el cuerpo notaba antes que la mente.
La sonrisa.
Los ojos.
La forma en que permanecía inmóvil, como si estuviera interpretando a una persona en lugar de ser una.
—Solo el muchacho —dijo, la voz arrastrándose por el pasillo—. Tú no eres bienvenido... Elegido.
Gustavo arqueó una ceja.
—Vaya... —miró alrededor fingiendo buscar algo— no sabía que era famoso.
El demonio sonrió.
Una sonrisa demasiado amplia.
—Eres un maldito.
Y te vamos a eliminar pronto —la sonrisa creció apenas—. Pero no hoy.
O tal vez sí.
Gustavo dio un paso al frente.