Capítulo 21 Espero que nos encontremoS
Ahora te toca elegir.
Tú también lo has sentido.
Esa sensación extraña de mirar algo y saber que no encaja del todo.
No estás leyendo esto por casualidad.
Y en el fondo creo que ya lo sabes.
Porque hay momentos pequeños, demasiado pequeños para explicarlos.
Sombras que duran un segundo más de lo normal.
La sensación de que alguien estaba detrás de ti, aunque cuando volteas ya no hay nadie.
Ese instante incómodo al apagar la luz de un cuarto y caminar más rápido sin entender realmente por qué.
Todos intentan explicarlo de alguna forma.
Cansancio.
Estrés.
Imaginación.
Pero algunas cosas simplemente se sienten distintas.
Y cuando las sientes, lo sabes.
Aunque nunca lo digas en voz alta.
Aunque intentes convencerte de otra cosa.
No todos ven lo mismo.
No todos sienten lo mismo.
Y tú tal vez tampoco eres como los demás.
Porque hay personas que nacen con algo abierto dentro de ellas.
Algo pequeño.
Invisible.
Pero suficiente para notar cosas que otros jamás perciben.
Sombras demasiado quietas.
Lugares donde el aire cambia sin razón.
Sensaciones que permanecen pegadas al cuerpo incluso después de abandonar ciertos lugares.
Y lo peor es que una vez que comienzas a notarlo, ya no puedes dejar de hacerlo.
Esa sombra no es normal.
Esa sensación que no desaparece es real.
Y algunas veces, cuando el mundo se queda completamente en silencio, algo también te observa desde el otro lado.
Gustavo los reconocía de inmediato.
No por lo que hacían.
Ni por lo que decían.
Por lo que sentían.
Era algo difícil de explicar.
Pero después de tantos años había aprendido a verlo.
Jóvenes.
Confundidos.
Mirando más de lo que deberían.
Percibiendo cosas que los demás simplemente ignoraban.
Como tú.
Los observaba.
En silencio.
Sin acercarse de inmediato.
Porque conocía perfectamente ese proceso.
La duda.
El miedo.
Las noches sin dormir intentando encontrar una explicación lógica.
La necesidad de convencerse de que todo tenía sentido.
De que nada extraño estaba ocurriendo realmente.
Y después la pregunta.
La misma que aparece siempre.
La que nadie se atreve a decir en voz alta.
¿Y si el problema soy yo?
Porque eso era lo primero que todos pensaban.
Que algo estaba roto dentro de ellos.
Que estaban exagerando.
Que el cansancio les estaba jugando malas pasadas.
Que tal vez estaban perdiendo la razón.
Gustavo recordaba esa sensación perfectamente.
El momento en que comienzas a desconfiar más de ti mismo que de lo que viste.
Porque aceptar que el mundo es distinto resulta mucho más aterrador que aceptar que estás equivocado.
Así comienzan casi todos.
Intentando convencerse de que no pasó.
Intentando olvidar.
Intentando volver a la normalidad.
Y aun así algo sigue ahí.
Esperando.
Porque hay cosas que una vez vistas ya no pueden ignorarse.
Una joven.
Llamada Maricela.
Se veía distraída.
Introvertida.
Pero no era solo eso.
Había algo más.
Algo que llevaba demasiado tiempo intentando ocultar.
Gustavo la vio primero en los pasillos.
Cabizbaja.
En ocasiones acelerando el paso.
Evitando los espejos, como si supiera que algo la estaba esperando ahí.
Y no quisiera verlo.
Pero lo veía siempre.
Intentaba evitarlo.
A toda costa.
En el reflejo del baño aparecía.
Solo un instante.
Lo suficiente.
Una silueta.
Un rostro que no debía estar ahí.
Cruzando detrás de ella.
Sin sonido.
Sin rastro.
Pero dejando algo peor.
La certeza.
De que sí estuvo.
Maricela comenzó a dormir menos.
A mirar por encima del hombro.
A quedarse inmóvil algunos segundos frente a los espejos antes de reunir el valor para acercarse.
Y poco a poco comenzó a preguntarse lo mismo que todos se preguntan al principio.
Si el problema era ella.
Lloraba.
En silencio.
Tratando de explicarlo.
Primero a sí misma.
—No están ahí...
Pero sí estaban.
Y nadie más los veía.
Durante semanas intentó convencerse de que era estrés.
Cansancio, imaginación.
Cualquier cosa que tuviera sentido.
Cualquier explicación que sonara más normal que la verdad.
Hasta que finalmente decidió hablarlo.
Una profesora la escuchó.
Con paciencia.
Pero no con comprensión.
Asintiendo de vez en cuando.
Esperando que terminara.
Su mirada no era de duda.
Era de incredulidad.
Y cuando Maricela terminó de hablar, la respuesta llegó exactamente como llegan siempre esas respuestas.
Educada.
Suave.
Incorrecta.
—Tal vez deberías hacerte unos estudios.
Puede ser algo psicológico.
Maricela bajó la mirada.
Y Gustavo se quedó inmóvil.
Porque ya había escuchado eso antes.
Demasiadas veces.
Entonces recordó a Raúl.
Las consultas.
Las explicaciones.
Los diagnósticos.
La palabra esquizofrenia cayendo sobre alguien que solo intentaba entender qué estaba viendo.
Recordó a Armando.
Intentando convencer al mundo de que su hermano no estaba loco.
Que algo más estaba ocurriendo.
Y recordó cómo terminó todo.
La sangre.
El mensaje.
La petición de ayuda que llegó demasiado tarde.
Porque cuando nadie escucha, el miedo comienza a crecer solo.
Y cuando nadie cree, hasta la verdad puede terminar pareciendo una enfermedad.
Gustavo observó a Maricela unos segundos más.
La manera en que fingía normalidad mientras algo la estaba consumiendo por dentro.
No iba a permitir que se repitiera.
No otra vez.
Entonces esperó el momento correcto.
Llegó a la cafetería de la escuela.
El ruido habitual.
Platos chocando.
Voces cruzándose entre mesas.
Risas.
El aroma constante del café recién hecho.
Comida caliente.
Personas hablando de exámenes.
De planes para el fin de semana.
De problemas que todavía pertenecían a una vida normal.
Todo parecía exactamente igual que cualquier otro día.
Y aun así había algo más.
Gustavo lo sintió antes de verlo.
Esa presencia.
Pesada.
Oscura, como humo acumulándose en un rincón donde nadie mira demasiado tiempo.
Moviéndose entre las mesas.
Entre estudiantes que jamás notarían que algo acababa de pasar junto a ellos.
Buscando.
Observando.
Esperando.
Y entonces se detuvo.
La presencia giró lentamente, como si hubiera encontrado lo que estaba buscando.
Gustavo siguió la dirección de aquella mirada.
Maricela.
Sentada sola.
Las manos temblando alrededor de un vaso de café que ya se había enfriado.
La espalda rígida.
La mirada fija sobre la mesa.
Intentando no levantar la cabeza.
Intentando no mirar alrededor, como si ya supiera que hacerlo empeoraría todo.
El demonio permanecía junto a ella.
Inclinado apenas.
Susurrando.
Lento.
Paciente, como hacen las cosas que disfrutan quedarse demasiado tiempo.
Maricela no gritaba.
No podía.
Porque el miedo también aprende a guardar silencio.
Las lágrimas descendían una tras otra.
Pequeñas.
Discretas.
Perdiéndose sobre la mesa antes de que alguien más pudiera notarlas, como si incluso llorar le diera vergüenza.
Como si todavía creyera que el problema era ella.
Gustavo se levantó.
Sin prisa.
Tomó su taza.
Y comenzó a caminar.
Uno más entre todos.
Otro profesor atravesando la cafetería.
Nada que llamara la atención.
Nada que pareciera importante.
Pero mientras avanzaba, su mano se tensó apenas.
Y la marca apareció.
Invisible para cualquiera que no perteneciera a ese mundo.
El demonio lo sintió.
Volteó inmediatamente.
Y entendió.
Demasiado tarde.
Gustavo no aceleró.
No hizo ningún movimiento brusco.
Simplemente continuó caminando.
Y al pasar junto a él, lo atravesó.
Un movimiento limpio.
Preciso.
Silencioso, como una hoja arrancada de un libro.
Y la presencia desapareció.
Sin ruido.
Sin resistencia.
Sin dejar nada detrás.
Como si jamás hubiera estado ahí.
Gustavo tomó una silla cercana.
La acercó.
Y se sentó frente a ella.
Maricela levantó la mirada.
Confundida.
Y entonces algo dentro de ella terminó de romperse.
No por miedo.
Por alivio.
Porque por primera vez en mucho tiempo alguien la estaba mirando sin juzgarla.
Sin cuestionarla.
Sin buscar explicaciones fáciles.
Las lágrimas volvieron.
Más fuertes.
Más honestas.
Se cubrió el rostro apenas un instante.
Intentando contenerse.
Intentando recuperar algo de dignidad.
Pero ya no pudo.
Y terminó apoyándose en él.
Llorando.
Sacando todo aquello que llevaba demasiado tiempo guardando.
Las noches sin dormir.
Los espejos.
La sensación constante de estar perdiendo la razón.
La soledad.
Algunas personas voltearon a mirar.
Solo unos segundos.
Una alumna llorando.
Un profesor escuchando.
Nada extraordinario.
Nada que mereciera más atención.
Y eso estaba bien, porque algunas de las batallas más importantes siempre parecen pequeñas desde afuera.
—Tranquila... —dijo Gustavo.
La voz baja, serena—.
Todo va a estar bien.
No la apresuró.
No intentó detener las lágrimas.
Simplemente esperó.
A que respirara.
A que el miedo aflojara un poco.
A que regresara.
Y cuando finalmente levantó la mirada, habló otra vez.
—No va a ser el último.
Van a venir más.
Maricela bajó la vista.
La esperanza duró apenas un instante.
Pero Gustavo continuó.
—Y eso da miedo.
Silencio.
—Lo sé.
Porque lo sabía.
Mejor que nadie.
—Pero puedes aprender.
La mirada de ella volvió lentamente hacia él.
—Puedes enfrentarlos.
Y cuando llegue el momento... —más bajo— también podrás destruirlos.
Maricela permaneció inmóvil.
Procesando cada palabra, como alguien que lleva demasiado tiempo escuchando que está equivocada y de pronto encuentra a una persona diciéndole exactamente lo contrario.
—¿Entonces no estoy loca?
La pregunta salió casi rota.
Y fue probablemente la misma pregunta que alguna vez se hicieron Raúl.
Gustavo.
Y muchos otros.
Gustavo negó lentamente.
—No.
Silencio.
—Nunca lo estuviste.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
Pero esta vez fueron distintas.
Y por primera vez en muchos días algo parecido a la esperanza logró abrirse paso.
—No estás sola.
Yo te voy a ayudar.
Gustavo ya no tenía a Jonathan.
No había comentarios sarcásticos apareciendo cuando menos los esperaba.
Ni respuestas incómodamente acertadas.
Ni alguien recordándole que estaba a punto de cometer una estupidez.
Tampoco estaba el Ángel.
Ni aquella presencia tranquila que, de una forma extraña, siempre parecía saber más de lo que decía.
No había guía.
No había instrucciones.
No había nadie explicándole qué estaba ocurriendo.
Solo silencio.