Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 20 Elegí a la soledad #4
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Capítulo 20 Elegí a la soledad #4

La puerta estaba entreabierta, como si hubiera sabido desde antes que terminaría ahí.

Como si lo hubiera estado esperando desde el primer sueño.

Gustavo no entró inmediatamente.

Observó primero.

Las ventanas.

Las cortinas apenas moviéndose.

Y detrás, movimiento.

Una silueta pequeña cruzó lentamente.

Desapareció.

Volvió a aparecer unos segundos después en otra ventana, como si el espacio dentro de esa casa no obedeciera del todo las mismas reglas.

El aire cambió apenas se acercó.

Más pesado.

Más lento, como cuando uno entra a un lugar donde acaba de ocurrir algo malo y el cuerpo lo entiende antes que la mente.

Gustavo cruzó la entrada.

El piso crujió bajo sus pasos.

Lento.

Medido.

Y entonces la voz descendió desde el segundo piso.

Más clara.

Más consciente.

—Llegas tarde.

Como siempre.

Gustavo levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad de las escaleras.

—¿De qué quieres que hablemos?

Silencio.

La figura apareció apenas.

Demasiado quieta para parecer una niña real.

—Tranquilo... ya llegaremos a eso.

Bajó un escalón.

Luego otro.

Los movimientos parecían aprendidos.

Copiados, como alguien intentando imitar algo humano sin terminar de entenderlo completamente.

—Este lugar... —la sonrisa apareció apenas— ha sido interesante.

Y entonces cambió.

La forma se deformó lentamente hasta convertirse en la niña que todos describían.

La misma.

Cabello oscuro.

Vestido claro.

La mirada inmóvil.

—Espero que no te moleste.

Puedo usar algo más familiar.

La sonrisa se ensanchó apenas.

Y la forma volvió a cambiar.

María.

Ahí.

Frente a él.

Exactamente igual.

El cabello vino.

La mirada tranquila.

Incluso la forma de inclinar apenas la cabeza.

—¿O prefieres a... África?

Otra vez.

La apariencia cambió.

Y la risa llenó la casa inmediatamente.

No desde su boca.

Desde las paredes.

Desde el techo.

Desde cada rincón oscuro donde la luz no terminaba de entrar.

Un eco húmedo.

Incómodo, como algo disfrutando demasiado el dolor ajeno.

Y entonces dejó de fingir forma humana.

La figura se convirtió en sombra.

Humo espeso girando lentamente alrededor de Gustavo.

Observándolo.

Midiéndolo.

Intentando entender qué era exactamente.

Pero Gustavo no reaccionó.

No cayó en el juego.

Ya conocía demasiado bien ese tipo de trampas.

Y entonces habló.

—Tengo curiosidad por algo —la mirada permaneció fija entre la oscuridad moviéndose frente a él—. Siempre que los encuentro dicen lo mismo.

"Llegas tarde" —¿por qué?

La sombra pareció sonreír.

—Porque siempre llegas... —la voz descendió apenas— cuando ya tomamos lo que queríamos.

Vidas.

El humo giró más rápido alrededor de él.

—Nunca llegas a tiempo, Elegido.

Gustavo pensó un segundo.

Nada más.

Y después respondió.

—Entonces... llegué justo a tiempo —más bajo— para que no tomes ninguna más.

La casa quedó en silencio.

Uno incómodo.

Más pesado.

Y después el demonio volvió a reír.

Breve.

Seco.

—El juego está por terminar.

Lo sabes.

—Lo sé.

Respondió Gustavo inmediatamente.

Sin miedo.

Sin duda.

La sombra se acercó apenas más.

—Entonces entiendes... que eliminarme no cambia nada.

Más cerca.

Más densa.

—Puedes recorrer todos los cementerios que quieras.

Todas las casas.

Todos los rincones donde nos escondemos.

Silencio.

—No importa cuántos destruyas.

No importa cuánto luches.

La voz se volvió más grave.

—Ya elegiste —más bajo—.

Y toda elección tiene precio.

Gustavo sostuvo la mirada invisible detrás del humo.

—Veo que te enteraste de lo ocurrido en el cementerio.

La sombra gruñó apenas.

Girando alrededor de él.

Más inquieta ahora.

—Sé por qué lo dejaste con vida.

Para que hablara.

Para sembrar miedo.

Silencio.

—Pero todavía no entiendes algo —más bajo—.

No vamos a detenernos.

Gustavo no respondió.

No hacía falta.

Su mano se tensó lentamente.

Y la marca apareció.

Más clara.

Más viva.

Moviéndose debajo de la piel como algo despertando.

La sombra la vio.

Y esta vez no sonrió.

—Ahí está... —la voz descendió apenas— la marca que nos destruye.

Silencio.

—Y la misma que terminará trayéndote perdición —más bajo—.

Sabes que jamás podrás acabar con todos nosotros.

Silencio.

Entonces Gustavo se movió.

Rápido.

Preciso.

Tomó la sombra por el cuello aun sin forma completamente sólida.

Y la acercó hacia él.

Frente a frente.

—No a todos.

Silencio.

La voz salió tranquila.

Cansada.

—Pero tú... —la presión de la mano aumentó apenas— tú ya no volverás a lastimar a nadie.

Cerró la mano con fuerza.

Y el demonio desapareció.

El ambiente entero se comprimió apenas un instante.

La casa reaccionó.

Las paredes crujieron.

Los espejos vibraron apenas.

Y entonces otra presencia apareció a lo lejos.

Mucho más profunda.

Mucho más antigua.

—Él... tiene planes para ti.

Silencio.

—Y vas a pagar por lo que estás haciendo.

La presencia desapareció inmediatamente después.

Y todo se calmó.

El aire volvió a sentirse normal.

La presión desapareció.

La casa quedó quieta.

Vacía.

Por primera vez en mucho tiempo, Gustavo permaneció ahí unos segundos más.

Observando.

Confirmando.

Y después salió.

Sin prisa.

Sin mirar atrás.

Porque esta vez los demonios ya sabían algo.

El Elegido había vuelto a cazarlos.