Capítulo 20 Elegí a la soledad #3
Las sombras comenzaron a rodearlo lentamente.
Midiéndolo.
Observándolo.
Probando algo que todavía no entendían completamente.
—Has venido a morir.
Y aun así Gustavo no se movió.
No retrocedió.
No hacía falta.
Los observó uno por uno.
Sin miedo.
Sin tensión.
Y eso los incomodó.
La mano de Gustavo se tensó apenas.
Y entonces la marca apareció.
Moviéndose debajo de la piel como algo vivo despertando lentamente.
El aire cambió de inmediato.
Denso, como si algo invisible hubiera descendido sobre el cementerio entero.
Los demonios retrocedieron instintivamente.
No por decisión.
Por recuerdo.
Algo dentro de ellos reconoció la sensación demasiado tarde.
Gustavo dio un paso.
Solo uno.
Y entonces lo entendieron.
No eran ellos quienes habían encontrado una presa.
Habían sido encontrados.
—No puede ser... —la voz se quebró apenas—. Eres el...
Demasiado tarde.
Gustavo avanzó.
El primero desapareció apenas hubo contacto.
No gritó.
No resistió.
Simplemente dejó de existir, como si jamás hubiera pertenecido realmente a ese lugar.
Los otros intentaron huir inmediatamente.
Pero algo los contuvo.
Invisible.
Absoluto.
El segundo golpeaba desesperadamente el aire.
Rasgándolo.
Buscando una salida que ya no existía.
Gustavo caminó hacia él lentamente.
Sin emoción visible.
Y pasó de largo.
Directo hacia el tercero.
Dándole tiempo.
El suficiente para entender.
Para sentir.
Para conocer el mismo miedo que tantas veces sembraron en otros.
El demonio lo observó fijamente.
Y por primera vez dejó de sonreír.
—Detente... —la voz salió más rápida, más humana, más desesperada—. Podemos negociar. Te daremos lo que quieras. Dinero. Poder. Más vida. Lo que pidas.
Gustavo sostuvo la mirada.
Sin parpadear.
La calma seguía ahí.
Pero debajo existía algo más profundo.
Algo contenido desde hacía demasiado tiempo.
—Algunos vienen por eso —la voz salió baja—. Por ambición. Pero otros... —la mirada no se movió— vienen rotos. Desesperados. Asustados —más bajo—. Con miedo de perder a alguien enfermo, o esperando encontrar a alguien que desapareció.
Silencio.
—Y ustedes... —la voz descendió apenas— los terminan de destruir.
El demonio intentó responder inmediatamente.
—Es un trato... ellos aceptan... nosotros...
—No.
Gustavo lo interrumpió.
Seco.
Firme.
—No es un trato.
Es abuso.
Silencio.
—Hace un momento... —la mirada permaneció fija sobre él— te creías eterno.
Invencible.
Intocable.
Se inclinó apenas hacia él.
Lo suficiente.
—Y ahora... —silencio— estás exactamente donde pones a todos ellos.
El demonio ya no respondió.
No podía.
Porque finalmente entendía.
No había salida.
No esta vez.
Gustavo sostuvo la mirada un segundo más.
—No hay negociación.
No entre nosotros.
Lo tomó del cuello.
Sin esfuerzo.
Y desapareció.
Sin ruido.
Sin rastro.
Solo ausencia.
Silencio.
Después Gustavo giró apenas hacia el demonio que había dejado atrás.
Todavía temblando.
Todavía intentando comprender lo que acababa de ocurrir.
—Ve —la voz salió tranquila—. Y dile a tu Amo... —más firme— que estoy de regreso.
Y entonces la barrera invisible cedió.
El espacio volvió a abrirse.
Las sombras huyeron inmediatamente.
Rápidas.
Desordenadas.
Escondiéndose entre tumbas y oscuridad como animales recordando un depredador antiguo.
Porque entendieron algo demasiado tarde.
El hombre frente a ellos ya no era un simple mortal.
El cementerio volvió lentamente a la normalidad.
Las velas.
La tierra quieta.
La luz más estable, como si nada hubiera ocurrido realmente, como si el lugar entero intentara fingir inocencia otra vez.
Gustavo cerró lentamente la mano.
La marca desapareció bajo la piel.
Y permaneció ahí unos segundos más.
No observando el cementerio.
Observándose a sí mismo.
La calma seguía dentro de él.
Pero no era limpia.
Era contenida, como algo que nunca desaparece realmente.
Solo espera.
Y entonces se fue.
La gente hablaba de una casa.
Pero nunca demasiado.
Nunca cómodamente.
No con curiosidad.
Con distancia, como si incluso mencionarla demasiado tiempo pudiera llamar algo.
Era una de esas casas que terminan quedándose solas aunque estén en medio de la ciudad.
No abandonada exactamente.
Peor.
Como si el lugar hubiera dejado de pertenecerle a las personas hacía mucho tiempo.
Los vecinos evitaban pasar frente a ella.
Incluso de día.
Cambiaban de banqueta.
Bajaban la mirada.
Aceleraban el paso sin darse cuenta, como ocurre cuando alguien siente que lo observan aunque no vea a nadie realmente.
La fachada seguía normal.
Pintura vieja.
Ventanas cerradas.
Un pequeño jardín descuidado donde la hierba crecía.
Nada exagerado.
Nada que gritara peligro.
Y aun así nadie quería acercarse demasiado.
Solo los foráneos terminaban entrando.
Personas que no conocían la historia.
Que pensaban que los rumores eran exageraciones de barrio.
La rentaban.
Se instalaban.
Intentaban hacer vida normal ahí dentro.
Y durante los primeros días todo parecía tranquilo.
Silencioso.
Habitual, como cualquier otra casa vieja.
Hasta que llegaban las noches.
Primero eran pequeños sonidos.
Ruidos en la cocina.
Platos moviéndose apenas.
Cubiertos chocando entre sí.
Pasos suaves recorriendo el pasillo mientras todos intentaban dormir, como si hubiera alguien más viviendo ahí.
Otro inquilino caminando cuando nadie debería estar despierto.
Las personas revisaban.
Siempre.
Encendían las luces.
Recorrían la casa.
Y nunca encontraban nada.
Todo en orden.
Todo exactamente donde debía estar.
Pero eso no ayudaba, porque el miedo empeora cuando no encuentras explicación para nada.
Y con los días las cosas comenzaban a cambiar.
Más fuerte.
Más evidente.
Objetos apareciendo en lugares distintos.
Puertas cerrándose solas en mitad de la madrugada.
Golpes secos dentro de las paredes, como si alguien caminara lentamente detrás de ellas.
Esperando.
Escuchando.
Los pocos que soportaban quedarse más tiempo terminaban diciendo lo mismo.
Los espejos.
Siempre los espejos.
Parecían gustarle especialmente.
Decían que la niña aparecía ahí primero.
Nunca de frente.
Nunca completamente.
A veces quieta detrás de ellos.
A veces pasando lentamente por un reflejo donde no debía haber nadie.
Otras veces simplemente observando desde el fondo de un cuarto oscuro.
Demasiado lejos.
Demasiado inmóvil.
Siempre presente.
Siempre fuera de alcance.
Y después de verla, nadie volvía a sentirse realmente solo dentro de esa casa.
Las personas terminaban marchándose rápido.
Sin despedidas.
Sin reclamar dinero.
Sin intentar explicarle demasiado a nadie lo que ocurrió ahí dentro.
Solo querían irse.
Y aun después el miedo no desaparecía completamente.
Porque algunos decían que lo peor no era verla.
Era la sensación que quedaba después, como si algo hubiera aprendido tu rostro.
Tu voz.
Tu miedo.
Y siguiera observándote incluso lejos de esa casa, como si ciertas puertas, una vez abiertas, nunca terminaran de cerrarse realmente.
Una noche Gustavo soñó con ese lugar.
No sabía exactamente dónde estaba.
Pero lo conocía.
Eso era lo peor.
La sensación de reconocer algo sin haber estado ahí antes.
Entraba.
Y apenas cruzaba la sentía.
La presencia.
Esperándolo.
A lo lejos la vio.
La niña.
Quieta al final de un pasillo demasiado oscuro.
—Ven... —la voz sonó suave, demasiado suave—. Tenemos que hablar.
Gustavo despertó.
Pero el sueño no terminó realmente.
Volvió la noche siguiente.
Y la otra.
Siempre igual.
El mismo pasillo.
La misma voz.
La misma invitación.
Hasta que finalmente preguntó.
—¿Dónde estás?
Y después la respuesta.
Una dirección.
Exacta.
Así fue como llegó.
La casa permanecía inmóvil frente a él.
Silenciosa.
Esperando.