Capítulo 20 Elegí a la soledad #2
—¿Solo a cambio de jugar de tu lado?
Negó apenas.
—Sabes que no es lo único.
Silencio.
—No se trata de elegir un bando —más bajo—. Se trata de en quién tendría que convertirme.
El Enemigo sonrió lentamente.
—Y aun así... lo estás pensando.
Silencio.
—Mírate —caminó alrededor de él otra vez—. No tienes nada. Lo perdiste todo. Uno por uno. Y sin poder detenerlo.
Se detuvo frente a él.
La mirada oscureciéndose apenas.
—No tienes ese brillo ridículo que hace que los mortales se aferren a vivir.
Silencio.
—Tú no —más cerca—. Tú te desgastas. Te apagas. Te consumes lentamente. Y ni siquiera puedes terminar contigo mismo.
La sonrisa apareció otra vez.
Más pequeña.
Más peligrosa.
—Y aun así sigues aquí. Resistiendo algo que ya no tiene sentido.
Silencio.
—Yo puedo terminar con eso. Puedo darte descanso. Paz. A las personas que amas. Y a ti.
Silencio.
—Cuando te canses... —más suave— solo podrías irte. Sin culpa. Sin dolor. Sin seguir perdiendo cosas hermosas.
Gustavo lo observó largo rato.
Y cuando habló, la voz salió tranquila.
Cansada.
Pero firme.
—Dios tenía un plan para mí. Y fui yo quien lo arruinó.
Silencio.
—No lo culpo —más bajo—. No después de todo lo que me permitió vivir.
La mirada descendió apenas.
—Cuando tuve que pagar por lo que hice... —silencio— fue Él quien me dio paz.
Levantó lentamente la mirada.
—Tú no. Tú solo observabas —más firme—. Esperando el momento exacto para romperme. Y no lo lograste. No completamente.
La expresión del Enemigo cambió apenas.
Ya no había sonrisa.
—Humano insensato. Eres menos de lo que crees —más bajo—. Y aun así... —una leve exhalación escapó de él, casi divertida— sigues siendo desafiante.
Silencio.
—Sabes que podría terminar contigo ahora mismo. Pero no lo haré —más bajo—. Todavía no.
Comenzó a alejarse lentamente.
—Esto sigue siendo divertido.
Silencio.
Y después, sin voltear, habló otra vez.
—Escúchame bien. No habrá más oportunidades.
Silencio.
—Así que piénsalo bien.
Giró apenas el rostro.
—¿Quieres recuperar lo que perdiste? ¿O prefieres quedarte completamente solo?
Silencio.
Y esta vez Gustavo no dudó.
—No fue Dios. No fueron las personas que estuvieron conmigo.
Silencio.
—Fui yo —más bajo—. Cada decisión. Cada pérdida. Cada error.
La mirada permaneció firme.
—Y así como fui yo quien perdió todo eso... —silencio— soy yo quien decide ahora —más bajo—. Decido quedarme completamente solo.
El Enemigo se detuvo.
Y el ambiente cambió inmediatamente.
No en forma.
En peso.
El aire comenzó a sentirse irrespirable.
Denso.
Inestable.
Entonces giró.
Brusco.
Y dejó de parecer humano.
La forma se estiró.
Se deformó.
Oscura.
Densa.
Transformándose lentamente en una serpiente gigantesca hecha de humo vivo.
Las escamas no eran reales.
Y aun así estaban ahí, moviéndose unas sobre otras como sombras respirando.
Los ojos, encendidos como brasas atrapadas dentro de algo antiguo, mirándolo fijamente.
Sin parpadear.
La boca se abrió lentamente.
Los colmillos largos brillaron apenas bajo la oscuridad.
Húmedos, como si algo espeso se deslizara sobre ellos.
Veneno.
Sangre.
O algo peor.
La lengua salió rápida.
Probando el aire.
Reconociéndolo.
A él.
El cuerpo enorme comenzó a enroscarse lentamente.
Preparándose.
Y entonces se lanzó.
Sin sonido.
Sin aviso.
Y Gustavo despertó.
No sobresaltado.
No jadeando.
Solo despierto.
La habitación seguía oscura.
Silenciosa.
Su respiración estable.
Pero el corazón pesaba, como si cada latido tuviera que abrirse paso lentamente entre demasiadas ausencias.
Gustavo permaneció sentado en la orilla de la cama.
Pensando.
No en la serpiente.
No en el miedo.
Pensó en lo que le ofrecieron.
Y en lo que decidió rechazar.
Exhaló apenas.
—He recibido mucho... —una sonrisa cansada apareció apenas— más de lo que esperaba.
Se recargó lentamente hacia atrás.
La mirada perdida en el techo.
—Conocí el amor... —más bajo— con una mujer increíble.
Silencio.
—Tuve una amiga... que me ayudó a cerrar heridas que ni sabía que seguían abiertas.
Una pequeña risa escapó de él.
—Y la aventura... —negó apenas con la cabeza— no estuvo tan mal —más bajo—. Extraño el sarcasmo de Jonathan.
Soltó una risa corta.
Real.
—Y el Ángel... ya me estaba cayendo bien.
Después se levantó lentamente.
Sin prisa.
Como alguien que finalmente dejó de huir de sí mismo.
—Seguiré adelante —más firme—. Pero voy a hacer que valga la pena.
Y salió.
La noche lo recibió.
Fría.
Callada, como si hubiera sabido que volvería tarde o temprano.
Silencio.
Demasiado limpio.
Demasiado atento.
La luz de la luna caía apenas sobre el camino.
La suficiente para avanzar.
Nunca demasiada, como si incluso ella entendiera que había lugares donde no debía iluminarlo todo.
Solo acompañar.
Solo mirar.
Sin intervenir.
Sin detenerlo.
Gustavo no miró atrás.
No hacía falta.
Sabía perfectamente a dónde iba.
Después de las iglesias existían otros lugares que ellos preferían.
El cementerio.
No por los muertos.
Por lo que las personas dejan ahí.
Porque el aire en esos lugares nunca termina de sentirse vacío, como si ciertas emociones se quedaran atrapadas entre la tierra húmeda y las lápidas.
Dolor.
Ausencia.
Palabras que llegaron tarde.
Silencios que nadie recogió.
Todo eso se acumula.
Y algo más aprende a alimentarse de ello.
El cementerio estaba casi vacío.
Como siempre.
Porque nadie visita esos lugares por gusto realmente.
Ni siquiera por amor.
Las personas van porque necesitan hacerlo, porque hay despedidas que el cuerpo obliga a repetir aunque la mente ya entienda que no sirven de nada.
Las rejas viejas rechinaron apenas cuando Gustavo entró.
No por el viento.
Por costumbre, como si llevaran demasiados años abriéndose para personas rotas.
El aire cambió inmediatamente.
Más denso.
Más húmedo.
Más presente.
Veladoras encendidas resistían entre algunas tumbas.
La llama temblando apenas.
Cansada, como si incluso la luz se agotara más rápido en lugares así.
Algunas flores seguían frescas.
Otras ya comenzaban a pudrirse lentamente.
El olor a tierra mojada se mezclaba con cera derretida y hojas viejas.
Tiempo detenido.
Eso era lo que realmente olía ahí.
Las tumbas parecían ordenadas desde lejos.
Pero al caminar entre ellas todo comenzaba a sentirse distinto.
Nombres.
Fechas.
Frases pequeñas intentando resumir vidas completas.
Algunas lápidas cuidadas.
Otras completamente abandonadas, como piezas olvidadas fuera de un juego demasiado grande.
Y entre todo eso, cosas que no deberían estar ahí.
Símbolos grabados sobre tierra húmeda.
Figuras hechas con hilo.
Frascos enterrados a medias.
Amuletos baratos.
Ofrendas construidas desde el miedo.
Intentos humanos de negociar con cosas que nunca entendieron realmente.
Deseos desesperados disfrazados de fe.
Y en medio de todo eso, presencia.
No visible completamente.
Pero imposible de ignorar.
Se sentía antes de verse.
Antes de escucharse.
Sombras moviéndose donde la luz no cambiaba.
Oscuridad deslizándose entre lápidas como humo demasiado pesado para desaparecer.
Algo observando.
Esperando.
Porque los demonios no buscan cadáveres.
Buscan otra cosa.
El dolor que queda.
La culpa.
La ausencia.
Todo aquello que las personas nunca logran soltar realmente.
Y donde existe eso, ellos siempre terminan llegando.
Gustavo siguió caminando entre las tumbas.
Sin miedo.
Sin prisa.
Había calma en él.
Una calma cansada, como alguien que finalmente dejó de correr.
Porque una parte de Gustavo necesitaba saber algo.
Si todavía era útil para Dios.
O si ya había sido abandonado igual que las demás piezas.
Y otra parte, más oscura, más honesta, simplemente quería descubrir si todavía podía morir ahí.
Gustavo continuó avanzando hasta detenerse frente a una reja.
El metal permanecía inmóvil, como si incluso el viento hubiera decidido mantenerse lejos de ese lugar.
Silencio.
Demasiado profundo.
Demasiado atento.
—Llegaste tarde.
La voz apareció de inmediato.
Rasposa.
Arrastrándose entre las tumbas.
No venía de un punto exacto.
Parecía salir de todas partes al mismo tiempo.
La reja cedió lentamente.
Un quejido seco atravesó el aire, como si no quisiera abrirse.
O como si tuviera una vaga idea de quién estaba entrando realmente.
Gustavo no respondió.
Tampoco se sorprendió.
Los demonios siempre lo recibían igual.
La frase ya no significaba amenaza.
Solo confirmación.
Estaba exactamente donde quería estar.
Cruzó.
Sin prisa.
Sin duda.
Las pequeñas capillas alrededor permanecían cerradas.
Pero no completamente.
Velas encendidas brillaban detrás de algunos cristales empañados.
La luz temblaba demasiado, proyectando sombras que no correspondían con nada visible.
Se estiraban.
Se encogían.
Moviéndose como algo atrapado intentando encontrar salida.
No para huir.
Para extenderse.
Para alcanzar.
El sonido de los pasos de Gustavo desaparecía apenas tocaba el suelo, como si el cementerio absorbiera todo.
Hasta el ruido.
Hasta la presencia.
Se detuvo.
No había marca visible.
Nada evidente.
Y aun así ese punto era distinto.
La tierra estaba removida.
Más oscura.
Más húmeda.
Más viva.
No reciente.
Latente, como si respirara lentamente debajo de la superficie, como si invitara a quedarse.
No a acercarse.
A entregarse.
Y entonces salieron.
Primero uno.
Después otro.
Y luego más.
Las formas no terminaban de definirse completamente.
Torcidas.
Incompletas, como intentos fallidos de construir algo humano.
Las extremidades cambiaban apenas mientras se movían.
Adaptándose.
Aprendiendo, como si este mundo todavía no terminara de acomodarse sobre ellos.
—Alimento fresco... —la voz hueca vibró dentro del aire, como si no saliera realmente de una boca—. Excelente. El miedo... la desesperación... las promesas rotas...
Una risa seca recorrió el lugar.
Sin alegría.
Sin vida.
Otro se deslizó más cerca.
Demasiado cerca.
—Dinos... ¿qué quieres que hagamos por ti?
Silencio.
Gustavo negó lentamente.
—Que dejen de existir —la mirada permaneció firme—. Y de romper el orden.
El silencio cambió apenas.
Y después uno de ellos soltó una risa más fuerte.
Más burlona.
—Qué petición tan interesante —más bajo—. Pero insensata, humano.