Capítulo 20 Elegí a la soledad
Algunas guerras... se pelean completamente solo.
No fue el destino.
No fue el tiempo.
No fueron las circunstancias.
Fuiste tú quien decidió quedarse completamente solo.
Y lo sabías desde antes.
Mucho antes de que ocurriera realmente.
Antes de la primera excusa.
Antes del primer mensaje ignorado.
Antes de ese momento exacto donde miraste el teléfono y decidiste no responder.
Gustavo también lo supo.
No porque alguien se lo dijera.
Lo sintió.
Igual que había sentido antes la presencia de Vanessa.
Igual que aprendió a sentir la de María.
Y un día, simplemente dejó de estar.
Siguieron viéndose al principio.
Como siempre.
Cafés rápidos.
Conversaciones ligeras.
Bromas pequeñas.
Momentos simples que parecían normales, hasta que dejaban de existir.
Pero algo cambió.
No en ella.
En él.
Ya no estaba esa sensación.
Esa conexión invisible que había aprendido a reconocer demasiado bien.
El Guardián.
Había desaparecido.
Sin aviso.
Sin transición.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Y eso no le dio tranquilidad.
Le dio miedo.
Uno distinto.
Más profundo.
Porque Gustavo entendió inmediatamente lo que significaba.
El ciclo había cambiado.
Y cuando las reglas del tablero cambiaban, siempre cobraban algo después.
Recordó a los otros.
Las personas que permanecían demasiado cerca.
Las piezas que se quedaban más tiempo del necesario.
Desaparecían.
O terminaban rotas de formas que nadie lograba explicar completamente.
Y esta vez no iba a permitirlo.
No con María.
No otra vez.
Así que comenzó lentamente.
Pequeño.
Casi imperceptible.
Un mensaje respondido horas después.
Luego uno que nunca respondió.
Una llamada perdida.
Después otra.
Trabajo.
Cansancio.
Pendientes.
Excusas simples.
Todas suficientemente reales para sonar creíbles.
Todo servía, mientras creara distancia.
Mientras la mantuviera lejos del tablero.
María insistió al principio.
No demasiado.
Nunca fue de exigir.
Pero sí lo suficiente para que doliera.
—¿Todo bien? —¿Pasó algo? —¿Hice algo malo?
Mensajes sencillos.
Sin reclamos.
Sin enojo.
Solo preocupación.
Y eso hacía todo peor.
Porque Gustavo los leía todos.
Cada uno.
A veces incluso varias veces.
El teléfono vibraba sobre la mesa.
Y él lo dejaba boca abajo, como si no verlo hiciera más fácil ignorarlo.
Pero no funcionaba.
Nada de eso funcionaba realmente.
Porque el silencio también pesa.
Y con el tiempo empezó a sentirse enorme.
Los días se volvieron semanas.
Las conversaciones desaparecieron poco a poco.
Hasta que un día María dejó de insistir.
Y eso dolió más de lo que Gustavo esperaba, porque entendió algo horrible: las personas también aprenden cuándo dejar de buscarte.
Y entonces el tablero volvió a acomodarse.
Como siempre hacía.
Sin pedir permiso.
Sin avisar.
María consiguió trabajo.
Lejos.
Otra ciudad, otra rutina.
Otra vida comenzando lentamente sin él.
Una oportunidad demasiado buena para rechazar.
Y se fue.
Sin despedidas enormes.
Sin escenas dramáticas.
Sin promesas ridículas de "mantenerse igual".
Solo se fue.
Como se van muchas personas importantes en la vida real.
En silencio.
Casi sin darte cuenta.
Gustavo no fue a verla partir.
No llamó.
No escribió.
No hizo absolutamente nada.
Y aun así la vio irse.
Desde lejos.
Como se observan las cosas que ya no puedes detener.
Ni cambiar.
Ni recuperar.
El autobús avanzó lentamente entre las luces de la terminal.
Y por un instante María volvió la mirada hacia afuera, como si todavía esperara verlo aparecer.
Aunque fuera tarde.
Aunque fuera solo para despedirse.
Pero Gustavo no se movió.
Permaneció entre la gente.
Observando cómo las luces traseras desaparecían en la carretera.
Y cuando se fueron, el silencio regresó.
Uno mucho peor que los anteriores.
Porque esta vez ya no quedaba nada esperando respuesta.
La ciudad siguió avanzando.
Los semáforos cambiando.
La lluvia llegando algunos días y desapareciendo en otros.
El mundo nunca se detuvo.
Y Gustavo tampoco.
Trabajo.
Rutina.
Días demasiado parecidos entre sí.
Aprendió a vivir solo otra vez.
O al menos a funcionar así.
Y entonces lo sintió otra vez.
Leve.
Distante.
El conteo.
Siete lunas.
Eso era lo que quedaba antes de que algo volviera a moverse.
Otro Guardián.
Otro ciclo.
Otra historia.
Pero todavía no.
Ahora solo estaba él.
Y por primera vez en mucho tiempo nadie parecía sostenerlo.
Ni siquiera desde lo invisible.
Pasaron los días.
Hasta que llegó la llamada.
Y Gustavo supo inmediatamente que algo estaba mal.
No por el número.
Por la sensación.
Respondió.
—¿Bueno?
Y escuchó la voz de su padre.
Más cansada.
Más lenta.
La enfermedad era avanzada.
Quedaba poco tiempo.
Las palabras simples.
Suficientes para cambiarlo todo.
Gustavo escuchó en silencio.
Sin negación.
Sin preguntas.
Como si una parte de él ya conociera la respuesta.
Después llegaron los hospitales.
Los pasillos iluminados de madrugada.
El olor a desinfectante.
Las máquinas marcando ritmos que ya no parecían humanos.
Y su padre.
Más frágil de lo que recordaba.
Pero todavía siendo él.
Hasta el final.
A veces hablaban poco.
Otras veces nada.
Y aun así había paz en ese silencio, porque llega una edad en la que uno entiende que el cariño también puede existir sin palabras.
Una noche, cuando el hospital estaba casi vacío, su padre habló.
Mirando el techo.
—Nunca supe cómo ayudarte realmente.
La frase fue sencilla.
Y por eso dolió tanto.
Gustavo se acercó a la cama.
—Lo intentaste.
Su padre soltó una pequeña risa.
Débil.
—A veces eso no alcanza.
Silencio.
Después giró apenas la mirada hacia él.
—Pero sí estuve orgulloso de ti.
Aunque nunca te lo dijera.
Algo se movió dentro de Gustavo.
Pequeño.
Pero suficiente.
Porque ya no necesitaba escuchar esas palabras.
Y aun así siempre las había esperado.
Quiso responder.
Pero las palabras llegaron tarde.
Como tantas cosas en su vida.
El final no tuvo anuncio.
No hubo un instante exacto donde todo cambiara.
Simplemente ocurrió.
El monitor.
El sonido constante.
Y después la línea recta.
Definitiva.
Gustavo no lloró.
Se quedó observando el cuerpo de su padre, intentando comprender cómo alguien puede seguir estando frente a ti y aun así haberse ido.
El funeral llegó después.
Flores.
Abrazos.
Condolencias repetidas.
Todo sonando lejano.
Como ruido de fondo.
Y cuando terminó, cuando todos comenzaron a marcharse, Gustavo se quedó solo unos minutos.
Mirando el ataúd.
Pensando en cosas absurdamente pequeñas.
La última discusión.
La última comida.
La última llamada que ignoró porque estaba ocupado.
Siempre son esas las que regresan.
Las cosas pequeñas.
Las que uno cree que tendrá tiempo de repetir.
Y entonces comprendió algo sobre la soledad.
Al principio parece tranquila.
Hasta que empiezas a descubrir cuántas personas ya no puedes volver a llamar.
Días después soñó.
Su padre estaba ahí.
De pie.
Tranquilo.
En la casa.
Como antes.
La luz entrando apenas por la ventana.
El sonido lejano de la televisión encendida en otro cuarto.
Todo demasiado normal.
Demasiado real.
—Estoy orgulloso de ti —la voz.
La misma.
Cansada.
Pero cálida—.
De lo que has hecho.
Su padre sonrió apenas.
—No te preocupes por mí —más suave—.
Estoy bien.
Silencio.
—En un lugar mejor.
Gustavo lo observó sin moverse.
Y algo dentro de él se quebró apenas.
No por tristeza.
Por reconocimiento.
Porque ya sabía.
—Mi conciencia está tranquila —la voz salió baja—.
Me duele que no estés —más abajo todavía—.
Me duele llevarte en la sangre y no poder abrazarte otra vez.
Silencio.
La mirada permaneció fija en él.
—Pero sé que tú no eres mi padre —más firme—.
Los muertos no regresan.
Silencio.
Y entonces la expresión cambió.
Primero fue leve.
Casi imperceptible.
La sonrisa tensándose demasiado.
La mirada endureciéndose.
Algo asomándose detrás.
Y después el rostro comenzó a deformarse lentamente, como si otra cosa estuviera saliendo desde abajo.
El Enemigo.
Sonriendo.
Deslizándose alrededor de él como humo que nunca termina de dispersarse.
Primero detrás.
Después frente a Gustavo, como si el espacio le perteneciera.
—Veo que no olvidaste lo aprendido —la sonrisa creció apenas—.
Descansaste un tiempo de mí.
Te di una pequeña tregua —silencio—.
Pero las treguas siempre terminan.
Gustavo no retrocedió.
No esta vez.
Solo lo observó, porque ya entendía demasiado.
Y lo que venía ya no era sorpresa.
El Enemigo ladeó apenas la cabeza, como alguien estudiando una pieza particularmente interesante.
—Te lo dije antes.
Quiero que estés de mi lado del tablero —silencio—.
Y esta vez... —más convincente— vengo a hacerte una oferta real.
La mirada cambió.
Ya no desafiante.
Ahora parecía casi comprensiva.
Y eso resultaba muchísimo peor.
—A cambio... —una sonrisa leve— puedo devolverte todo.
Comenzó a caminar lentamente alrededor de él.
La voz moviéndose cerca.
—Lo que perdiste.
Lo que te arrebataron.
Lo que nunca debió irse.
Se detuvo frente a él.
—¿Puedes imaginarlo? —más bajo— una vida distinta.
El aire comenzó a sentirse más pesado.
Más lento.
—Sin reglas.
Sin despedidas absurdas.
Sin perder personas cada vez que empiezas a quererlas.
La sonrisa creció apenas.
—África seguiría contigo.
El nombre cayó con peso.
Como un recuerdo que todavía respiraba.
—María no habría tenido que irse.
Silencio.
Una pequeña risa escapó de él.
Casi amable.
—Y lo mejor... ni siquiera tendrías que elegir entre ellas.
Más cerca ahora.
—Podrías tenerlo todo.
La mirada descendió apenas.
—Tu padre.
Tu hermano Hugo.
De vuelta.
Silencio.
—Como si nunca hubieran muerto realmente.
El Enemigo se inclinó apenas hacia él.
Y la voz descendió hasta casi volverse un susurro.
—Sin culpa.
Sin castigo.
Sin consecuencias.
Puedo darte paz.
Silencio.
—Aquí.
Ahora.
Con todos los que amas.
Y por un instante dolió.
Porque Gustavo pudo imaginarlo.
La casa.
Las voces.
Las risas.
África.
María.
Jonathan burlándose de algo absurdo.
Su padre vivo.
Hugo respirando otra vez.
Todo junto.
Todo intacto.
Todo imposible.
Y precisamente por eso la oferta resultaba tan cruel.
—Y lo único que pido a cambio... —la sonrisa apareció apenas— es que juegues del lado correcto —más bajo—. Del mío.
Gustavo sostuvo la mirada.
Sin apartarse.