Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #5
—Qué raro... —una sonrisa pequeña se coló en su voz— pero me gusta.
Gustavo cerró los ojos un segundo.
Y sonrió apenas.
—¿Estás en casa?
—Sí.
—¿Puedes salir un momento?
Silencio.
—¿Ahora?
—Solo un rato —más bajo—.
Quiero verte.
Ella dudó apenas.
No por miedo.
Por costumbre.
Porque era tarde.
Porque la gente piensa cosas.
Porque así funcionan las noches.
Pero aun así respondió.
—Está bien —más suave—.
Ya bajo.
Gustavo esperó.
Y por primera vez en toda la noche la ansiedad empezó a desaparecer lentamente.
La puerta se abrió unos minutos después.
Y ahí estaba.
Sudadera ligera.
Cabello suelto.
Ese tono vino viéndose más oscuro bajo la luz nocturna.
Y esa expresión tranquila que siempre parecía bajarle volumen al mundo.
—Hola.
—Hola.
Se miraron apenas un segundo más de lo normal.
Y ambos lo notaron.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella acercándose.
Gustavo apoyó la espalda contra el auto.
—Comprobando algo.
María sonrió apenas.
—Eso suena sospechoso.
—Un poco —la observó tranquilo—.
Tenía una duda.
Ella cruzó los brazos jugando apenas.
—¿Y ya la resolviste? —más ligera—.
Porque yo sigo sin entender nada.
Gustavo soltó una pequeña risa nasal.
Después levantó la mirada hacia la calle vacía.
—La noche se ve igual.
Las mismas luces.
El mismo silencio —más bajo—.
Todo en su lugar.
Se detuvo un instante.
Y entonces volvió a mirarla.
—Pero cuando estás tú... no se siente igual.
Cambia —la voz descendió apenas, más honesta—.
Como si todo esto... —levantó apenas la mirada hacia el cielo— dejara de ser tan pesado.
Como si el mundo descansara un rato.
María no respondió de inmediato.
Solo sonrió.
Y esa sonrisa dolió un poco, porque Gustavo entendió demasiado tarde cuánto necesitaba verla sonreír.
—Qué exagerado eres... —más suave— pero me gusta cuando hablas así.
Gustavo soltó apenas el aire.
—Ven.
Se sentaron sobre la banqueta.
Como otras veces.
Pero no igual.
Porque ahora había cosas entre ellos que ya existían, aunque ninguno las hubiera dicho realmente.
El silencio no incomodaba.
Acompañaba.
María jugaba distraídamente con las mangas de la sudadera mientras miraba la calle vacía.
Y Gustavo la observó sin esconderlo.
Con calma, como si intentara memorizar detalles.
—¿Qué? —preguntó ella sin voltear.
—Nada.
Solo estaba pensando.
—Eso nunca termina bien contigo.
La risa pequeña de ella hizo que Gustavo sonriera apenas.
Después llegó la pregunta.
Directa.
Sin adornos.
—¿Por qué te alejaste?
El silencio cayó inmediato.
Pesado.
Pero no agresivo.
Gustavo bajó apenas la mirada.
—Trabajo.
Cosas.
María negó lentamente.
—No —más suave—.
Eso no era.
Silencio.
—Tú no desapareces así cuando algo te importa.
La frase golpeó más de lo que debería.
Gustavo levantó lentamente la mirada hacia ella.
Y sostuvo sus ojos unos segundos.
—A veces... también tienes que alejarte de alguien que te importa —más bajo—.
Para no arruinarlo.
María lo observó fija.
Sin jugar.
Sin bromear esta vez.
Buscando algo más profundo detrás de sus palabras.
—¿Te importo?
No sonó como reclamo.
Sonó peor.
Como necesidad de certeza.
Gustavo no respondió inmediatamente.
Porque decirlo en voz alta lo volvía real.
Y las cosas reales nunca se quedaban demasiado tiempo con él.
—Sí —la voz salió baja, honesta—.
Sí me importas.
El silencio después de eso fue distinto.
Más íntimo.
Más peligroso.
María lo sostuvo con la mirada unos segundos.
Y después habló más bajo.
—Entonces no vuelvas a alejarte así.
No sin decirme la verdad.
Gustavo tragó saliva lentamente.
Y por un instante estuvo cerca.
Muy cerca.
De contarle todo.
El tablero.
Los demonios.
El miedo constante.
La razón por la que verla lo calmaba, y al mismo tiempo lo aterraba.
Pero no podía.
Todavía no.
Así que tomó el camino más humano que encontró.
El más imperfecto.
—Conocí a alguien durante el viaje.
La mirada quedó fija en el suelo.
—Y no supe qué hacer con eso.
El silencio cambió inmediatamente.
María dejó de jugar con las mangas.
—Tienes novia.
La frase salió tranquila.
Pero ya no suave.
—No deberías pensar en otra persona entonces.
Gustavo asintió apenas.
—Lo sé —más bajo—.
Solo quería escuchar otra opinión.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era completamente verdad, porque lo que realmente intentaba hacer era acercarse.
Hablar.
Tocar apenas la orilla de algo mucho más grande.
Pero ese no era el camino.
Y lo entendió apenas vio la forma en que ella desvió la mirada.
—No quiero hablar de eso —más baja ahora—.
No otra vez.
Gustavo levantó apenas la mirada.
Y entonces lo notó.
El pequeño quiebre en su voz.
La forma en que evitó mirarlo directamente.
Le importaba.
Mucho más de lo que intentaba mostrar.
Y eso complicaba todo, porque Gustavo ya sabía algo horrible.
No podía darle a María una vida normal.
No una de verdad.
No una que pudiera quedarse intacta.
Y aun así no se levantó.
No se alejó.
Se quedó ahí.
A su lado.
Escuchando el silencio.
Mirando la calle vacía.
Disfrutando algo que probablemente ya tenía fecha de caducidad.
Porque en el fondo los dos empezaban a sentirlo, aunque ninguno fuera capaz de decirlo todavía.