Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #4
80%

Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #4

Más limpia.

Más silenciosa, como si intentara separarse del resto del bar.

El hombre la abrió apenas.

—Adelante.

Gustavo entró.

Y el contraste fue inmediato.

Silencio.

Luz limpia.

Aire frío.

Orden.

La oficina parecía pertenecer a otro edificio.

Elegante.

Demasiado elegante para ese lugar.

Madera oscura.

Botellas caras acomodadas con precisión.

Un reloj antiguo marcando el tiempo con un sonido suave y constante, como si el mundo ahí dentro intentara fingir que todavía era normal.

Detrás del escritorio, Alejandro.

Relajado.

Esperándolo.

—Hola, Gustavo —una sonrisa pequeña apareció apenas—.

Llegas tarde.

Gustavo sonrió apenas.

No por humor.

Por reflejo.

Porque había escuchado esa frase demasiadas veces en su vida, y casi siempre después de perder algo.

Irónico, porque Gustavo siempre había sido puntual.

Se acercó lentamente.

—Bueno... —más firme— ya estoy aquí —la mirada permaneció fija sobre él—.

Dime qué quieres.

Alejandro se levantó despacio.

Rodeó el escritorio.

Tranquilo.

Como alguien disfrutando demasiado el momento.

Se acercó.

Extendió la mano.

Gustavo la tomó sin dudar.

El abrazo llegó después.

Forzado.

Vacío.

—Me da gusto verte —la voz descendió apenas—.

Mi hermana te quería mucho.

El pecho de Gustavo se tensó apenas.

Pero no respondió al gesto.

Se separó inmediatamente.

—Vayamos directo al punto.

Alejandro sonrió apenas, como si esperara exactamente esa reacción.

—Tranquilo.

Déjame terminar algo primero.

Hizo una señal con la mano.

La puerta volvió a abrirse.

Entraron dos hombres arrastrando a otro entre ellos.

El cuerpo apenas respondía.

Los zapatos rozaban el suelo dejando marcas irregulares.

Lo soltaron frente a ellos.

Y cayó pesado.

Sin fuerza para sostenerse.

El rostro estaba destruido.

Sangre seca mezclada con golpes recientes.

Los ojos hinchados apenas podían abrirse.

La respiración sonaba mal.

Demasiado mal.

Alejandro se acercó despacio, como si estuviera mostrando una obra.

—Este tipo cree... —la sonrisa apareció apenas— que puede ignorar mis órdenes —lo observó desde arriba, divertido—.

Le estoy explicando... —más burlón, más sarcástico— amablemente... —soltó una pequeña risa— que no es así.

Gustavo no reaccionó.

Ni siquiera miró al hombre demasiado tiempo.

—¿Esperas impresionarme con esto?

Alejandro levantó apenas una ceja.

—Claro que no —la mirada cambió, más fija, más peligrosa—.

Espero que me demuestres de lo que eres capaz —señaló al hombre en el suelo, como si fuera un objeto, una prueba—.

Hazlo.

El silencio cayó pesado dentro de la oficina.

Gustavo sostuvo la mirada de Alejandro unos segundos.

Después habló, sin elevar la voz.

—Te equivocas conmigo —más firme—.

No soy uno de tus títeres para recibir órdenes —la mandíbula se tensó apenas—.

Y no tengo nada que demostrarte.

Entonces el hombre en el suelo se movió apenas.

Un sonido roto escapó de su garganta, como si hubiera reconocido algo.

Alejandro lo tomó del cabello y levantó bruscamente su rostro.

—¿Qué dices, basura? —más frío—.

¿Estás pidiendo piedad? —sonrió apenas—.

Porque no la vas a tener.

Pero el hombre ya no lo estaba mirando a él.

Miraba a Gustavo.

Directo.

Con el poco enfoque que todavía conservaban sus ojos.

—¿Eres... tú?

Y entonces todo se congeló un segundo.

Porque incluso entre la sangre y los golpes, Gustavo lo reconoció.

Oscar.

La respiración se detuvo apenas.

Solo un instante.

Pero suficiente.

Alejandro lo notó inmediatamente.

—¿Lo conoces?

Gustavo mantuvo la expresión quieta.

Controlada.

—Tal vez.

—¿Eso cambia algo?

Alejandro sonrió lentamente.

Y esta vez sí hubo crueldad real en su mirada.

—Claro —más bajo, más oscuro—.

Es diferente cuando sabes a quién estás matando.

Silencio.

Gustavo no apartó la mirada de Oscar.

—Suéltalo —la voz descendió apenas—.

Deja de jugar... —más firme— y hablemos.

Alejandro ladeó la cabeza, observándolo con verdadero interés ahora.

—Esto es interesante... —una pequeña sonrisa apareció apenas— te importa.

Tomó el arma.

Sin aviso.

Sin amenaza.

Sin cambio de expresión.

Y disparó.

Directo a la cabeza de Oscar.

El sonido explotó dentro de la oficina.

Seco.

Brutal.

Definitivo.

El cuerpo cayó inmediatamente.

Vacío.

Sin resistencia.

Y después, silencio.

Uno horrible.

Alejandro miró a Gustavo.

Y algo en sus ojos ya no parecía completamente humano.

No del todo.

Había algo detrás.

Algo asomándose apenas.

Como una sombra moviéndose debajo de agua oscura.

—Restablezcamos el orden en el tablero.

La frase cayó pesada dentro de la oficina.

Y entonces Gustavo entendió.

El recuerdo llegó inmediato.

Oscar.

La noche del atentado.

El instante exacto donde decidió intervenir.

Donde rompió una jugada que ya estaba en movimiento.

Y ahora el tablero acababa de corregirse solo.

La pieza cayó igual.

Solo más tarde.

Más brutal, más personal.

Gustavo reconoció la sensación inmediatamente.

Esa presión.

La distorsión leve detrás del aire, como si algo invisible se acercara demasiado.

Indicativo suficiente.

Los demonios estaban cerca.

Y entonces la habitación cambió.

No físicamente.

Nada visible.

Pero la sensación sí.

El aire comenzó a volverse más pesado.

Más lento, como si respirar costara apenas un poco más.

Las luces parecían más opacas.

Las sombras demasiado quietas.

Algo se estaba acumulando ahí dentro.

Observando.

Esperando.

Gustavo bajó lentamente la mirada.

Un segundo.

Solo uno.

Después se quitó la chamarra.

Lento.

Sin tensión visible.

La dejó caer sobre una silla cercana.

Y cuando volvió a levantar la mano, la daga ya estaba ahí.

La misma.

La que llegó como tregua, como advertencia, como invitación.

El metal reflejó apenas la luz de la oficina.

Frío.

Silencioso.

Alejandro lo observó fijamente.

Y sonrió apenas.

—La piedad no funciona en este negocio —la mirada descendió apenas hacia la daga—.

Si no haces lo que te pido... —más frío, más firme— la próxima bala será para María.

Silencio.

Y eso fue suficiente.

Gustavo se movió.

No rápido.

Preciso, como si el cuerpo hubiera esperado demasiado tiempo ese momento.

El primer hombre apenas alcanzó a reaccionar.

La daga cruzó su garganta limpiamente.

Un sonido húmedo.

Breve.

Después nada.

El segundo giró inmediatamente.

Tarde.

La hoja entró por el ojo.

Directa.

Brutal.

El cuerpo cayó antes siquiera de comprenderlo.

El tercero intentó sacar el arma.

Nunca llegó.

Gustavo ya estaba frente a él.

Demasiado cerca.

El cuello cedió primero.

Después el resto.

Uno por uno.

Sin ruido innecesario.

Sin esfuerzo visible, como si algo dentro de él recordara perfectamente cómo hacer todo eso, como si nunca hubiera abandonado realmente ese mundo.

El último cuerpo cayó.

Y el silencio regresó.

Pesado.

Irreal.

El olor metálico comenzó a mezclarse lentamente con el perfume caro de la oficina.

Una combinación insoportable.

Alejandro retrocedió apenas.

Y por primera vez la sonrisa desapareció.

—Espera... —la voz cambió, más humana— podemos arreglar esto.

Gustavo avanzó lentamente.

La daga todavía goteando.

—Hazlo por mi hermana.

La respiración de Alejandro se quebró apenas.

—Por Vanessa...

Silencio.

Gustavo lo observó unos segundos.

Y no había odio en su mirada.

Eso era lo peor.

No rabia.

No placer.

Solo decisión.

—Ya lo dijiste tú —la voz salió baja, vacía—.

La piedad... —más bajo todavía— no funciona en este negocio.

La daga se levantó lentamente.

Y descendió.

Atravesando el cráneo.

Sin titubeo.

Sin pausa.

Después, silencio otra vez.

Uno mucho peor.

Gustavo soltó lentamente el aire.

Y salió de la oficina.

Sin correr.

Sin mirar atrás.

Atravesó nuevamente el bar.

Las luces rojas.

El humo.

Las miradas.

Todo seguía ahí.

Exactamente igual, como si el mundo todavía no entendiera lo que acababa de pasar.

Pero Gustavo sí lo entendía.

Perfectamente.

Porque no había cruzado una línea esa noche.

La línea ya había sido cruzada hace mucho tiempo.

Lo que ocurrió ahí fue peor.

Volvió a tomar su lugar dentro del juego.

Gustavo salió del lugar.

Y apenas cruzó la puerta, el aire de afuera se sintió distinto.

Más frío.

Más limpio.

Pero no mejor.

Caminó sin rumbo claro.

Las luces de la calle apenas alcanzaban a tocar el pavimento húmedo.

Sombras largas.

Irregulares, como si todavía algo lo siguiera desde dentro, como si una parte de él no hubiera salido realmente de ese lugar.

Se detuvo un momento.

Miró al cielo.

Y, sin proponérselo, pensó en ella.

María.

Su risa.

Su voz suave cuando pronunciaba su nombre.

La forma en que acomodaba las mangas de la sudadera cuando estaba nerviosa.

Ese cabello ondulado color vino moviéndose con el viento.

No pensó en nada más.

Solo en verla.

La carretera pasó frente a él entre luces lejanas y semáforos vacíos.

El sonido constante del motor.

La ciudad avanzando alrededor.

Y aun así todo parecía lejano, porque una sola idea ocupaba demasiado espacio dentro de él.

Llegar.

Cuando volvió, la noche ya estaba completamente instalada sobre la ciudad.

Fresca.

Tranquila, como si el mundo siguiera funcionando exactamente igual, como si nada acabara de romperse.

Gustavo se quedó quieto un segundo dentro del auto.

Después sacó el teléfono.

Miró el nombre.

María.

Y esta vez no dudó.

Marcó.

—¿Hola?

La voz apareció inmediata.

Cálida.

Somnolienta apenas.

Y aun así bastó para que algo dentro de él bajara la guardia.

—Hola.

—¿Todo bien?

Gustavo exhaló lentamente, mirando la calle vacía frente a él.

—Sí —más bajo.

—¿Te desperté?

Ella soltó una pequeña risa.

—No.

Estaba estudiando.

Silencio breve.

—¿Pasó algo?

—No... —más honesto— solo quería escucharte.

El silencio del otro lado cambió apenas.

Más suave.