Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #3
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Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #3

Se lo repitió tantas veces que terminó dejando de sentirse como una decisión.

Y comenzó a sentirse como regla.

Pasaron los días.

Y una noche el teléfono sonó.

Número desconocido.

Gustavo observó la pantalla unos segundos antes de responder.

La ciudad brillaba detrás de la ventana.

Silenciosa.

Lejana.

—¿Bueno?

Silencio.

Y después la voz.

—Veo que sigues teniendo buen gusto para las mujeres hermosas —una pequeña risa seca al otro lado—.

Aunque María no es más bonita que mi hermana.

El cuerpo de Gustavo se tensó inmediatamente.

Cerró los ojos un segundo.

Cansado.

—Alejandro... —la voz descendió apenas, más seria—.

No sabes lo que estás haciendo.

Silencio.

—Detente.

La respiración del otro lado se escuchó apenas.

Y después una risa pequeña.

Nerviosa.

Incorrecta.

—Tú tampoco me conoces realmente, Gustavo.

Vamos... —la voz de Alejandro volvió más tranquila, demasiado tranquila—.

Hagamos un trato.

—No —la respuesta salió inmediata, sin duda.

—Ni siquiera escuchaste lo que quiero pedirte.

—No me interesa.

Silencio.

Y entonces el tono cambió.

Más frío.

Más rígido.

—Tengo problemas.

Personas que necesito que desaparezcan.

La mandíbula de Gustavo se tensó.

—No.

—Tú puedes hacerlo —más bajo—.

Sé que puedes.

Silencio.

—Y si me ayudas... —la voz descendió apenas— María seguirá tranquila.

Ahí estuvo el verdadero golpe.

No la amenaza.

La naturalidad con la que dijo su nombre, como si ya estuviera observándola desde antes.

Gustavo cerró lentamente los ojos.

Y por un instante volvió a sentir el café caliente entre las manos.

La sonrisa de ella en la cafetería.

Las monedas.

Las mantecadas.

—Haré esto... —la voz salió contenida, peligrosamente contenida— por tu hermana.

Silencio.

Alejandro respondió casi de inmediato.

—¿Entonces sí me ayudarás?

—No —más firme ahora—.

Te estoy dando una oportunidad.

Arregla tus problemas —más bajo— y no vuelvas a buscarme.

El silencio del otro lado cambió.

Más oscuro.

Más personal.

—Yo también te di una oportunidad.

La voz ya no sonaba igual.

Algo dentro de Alejandro comenzaba a romperse.

—¿Crees que estoy jugando contigo?

Voy a tener que demostrarte que esto va en serio.

Gustavo abrió lentamente los ojos.

La mirada fija en la ciudad detrás del vidrio.

Y esta vez la voz salió completamente fría.

—Aléjate de ella —más bajo—.

Es la última vez que te lo pido.

Y colgó.

El silencio permaneció dentro del departamento.

Pesado.

Incómodo.

Como si algo acabara de moverse otra vez detrás del tablero.

Y Gustavo lo entendió inmediatamente.

La calma había terminado.

Pasaron los días.

Gustavo intentó ignorarlo.

Seguir adelante.

Trabajar.

Dormir.

Como si la llamada de Alejandro hubiera sido solo otra amenaza vacía.

Pero no funcionó, porque el miedo no desaparece cuando decides ignorarlo.

Solo aprende a quedarse quieto.

Esperando.

Y entonces otra llamada.

María.

Gustavo respondió casi de inmediato.

—Hola...

La voz de ella llegó suave.

Familiar.

Y por un instante todo volvió a sentirse normal.

—Hola —la voz de Gustavo se suavizó sin darse cuenta—.

¿Cómo estás?

—Bien —después sonrió apenas del otro lado.

Podía escucharse—.

Bueno... más o menos.

—¿Qué pasó?

—Nada grave.

Solo hace tiempo que no te veo.

El silencio cayó apenas entre ambos.

Pequeño.

Incómodo.

—He estado ocupado.

La excusa salió automática.

Vacía.

María guardó silencio un segundo, como si quisiera decir algo más.

Pero no insistió.

Nunca lo hacía.

—Bueno... —más ligera ahora— en realidad te llamaba por otra cosa.

Algo dentro de Gustavo se tensó inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Vi a alguien hoy.

Silencio.

—Dijo que era amigo tuyo.

El cuerpo de Gustavo se endureció apenas.

La ciudad desapareció alrededor.

—¿Quién? —aunque ya lo sabía.

María respondió tranquila.

Sin imaginar nada.

—Alejandro.

Y el frío llegó de golpe.

Directo al pecho.

—Me dejó una caja para ti.

Gustavo cerró lentamente los ojos.

Respirando despacio.

Controlándose.

—¿Te dijo algo más? —intentó mantener la voz estable, normal.

Pero incluso él mismo notó la tensión.

—Pues... —una pequeña risa apareció del otro lado— fue amable.

Eso le revolvió algo incómodo dentro del estómago.

—¿Amable?

—Sí —más divertida ahora—.

Me preguntó si yo era "la famosa María" —silencio—.

Y dijo que le hablabas mucho de mí.

Gustavo apoyó lentamente la cabeza contra la pared.

Cansado.

—¿En serio hablas de mí con tus amigos?

La voz de María sonó más suave esta vez.

Más cercana.

—Espero que solo digas cosas buenas.

Y ahí estuvo el verdadero golpe, porque ella seguía siendo ella.

Normal.

Tranquila.

Completamente ajena a todo lo que existía detrás del tablero.

Gustavo tragó saliva lentamente.

—Obvio —más bajo—.

Solo hay cosas buenas que decir de ti.

María sonrió otra vez.

Él pudo imaginarla perfectamente.

—Eso espero.

Aunque sí debo admitir algo... —más divertida— tus amigos están raritos.

Gustavo soltó una pequeña risa nasal.

Forzada.

—Claro.

—Empezando por ti.

Ella se rió.

Y por un instante la tensión bajó apenas.

Lo suficiente para respirar.

—Bueno... —más tranquila— tengo la caja conmigo.

Te la doy cuando puedas.

—Paso por ella pronto —más suave—.

Y gracias.

—No tienes que agradecerme.

Se vieron más tarde.

Como antes.

Como si nada hubiera cambiado.

Hablaron.

Rieron.

Se pusieron al día.

María contó historias absurdas otra vez.

Se burló de él por responder tarde los mensajes.

Le reclamó que estaba desapareciendo demasiado.

Y Gustavo intentó seguirle el ritmo.

Intentó sonreír.

Intentó quedarse ahí.

Pero una parte de él seguía atrapada en otra cosa.

La caja.

La llamada.

Alejandro.

La sensación horrible de que el tablero había vuelto a moverse.

Esa noche, ya en casa, la abrió.

Era pequeña.

Sencilla.

Y aun así pesaba demasiado.

Dentro había una daga.

Simple.

Fría.

El mango oscuro tenía algo grabado.

Su nombre.

Gustavo.

La sostuvo unos segundos.

Y después giró lentamente la hoja.

Del otro lado, otra inscripción.

"El Elegido".

El silencio dentro del departamento se volvió pesado.

Había también una nota.

La abrió despacio.

Leyendo cada palabra sin saltarse ninguna.

"Esta daga la mandó hacer Vanessa.

Nunca la soltó.

La hizo especialmente para ti.

Ahora te la envío.

Como tregua.

Como invitación.

Como advertencia.

Ven.

Platiquemos.

Y si no hay acuerdo... puedes irte."

Gustavo dejó lentamente la nota sobre la mesa.

Después la daga.

Y permaneció ahí.

En silencio.

Mirándola.

Pensando.

Pero no en Alejandro.

Ni en amenazas.

Pensó en María.

En Vanessa.

En todas las veces que intentó alejar a alguien y aun así terminó perdiéndolo.

Y entendió algo horrible.

El tablero ya había puesto los ojos sobre ella.

Y eso fue suficiente.

Pasaron un par de días.

Sin decidir nada.

Intentando ignorarlo.

Intentando convencerse de que todavía podía mantenerse lejos.

Pero al final lo hizo.

No por él.

Por María.

Porque había cosas que un Elegido simplemente no sabía ignorar.

Proteger a un Guardián era una de ellas.

Salió esa noche.

Y mientras avanzaba por la ciudad todo comenzó a sentirse distinto.

Más pesado.

Más gris.

Más real, como si ciertas partes del mundo mostraran su verdadero rostro únicamente después de cierta hora.

No tuvo que preguntar a dónde ir.

Ese tipo de lugares nunca necesitan direcciones.

Se reconocen.

Luces bajas.

Calles húmedas.

Personas que aprenden a mirar demasiado, o a no mirar en absoluto.

Negocios que jamás se nombran directamente.

Y ahí, en medio de todo eso, era donde Alejandro lo esperaba.

Gustavo creyó haber dejado ese mundo atrás.

Pero apenas regresó, lo sintió.

El ambiente.

La tensión escondida detrás de cada conversación.

Las miradas.

La forma en que la gente medía peligros antes incluso de hablar.

Nada había cambiado realmente.

Solo él.

Caminó hacia el bar.

Sin prisa, pero tampoco con tranquilidad.

La música golpeaba suavemente desde dentro.

Graves pesados.

Luces rojas escapando apenas por la entrada.

Y antes de que pudiera acercarse más, lo interceptaron.

Dos hombres.

Luego un tercero.

Moviéndose como gente acostumbrada a resolver problemas rápido.

—¿A dónde crees que vas? —uno de ellos dio un paso al frente.

Mirándolo de arriba abajo—.

Creo que estás perdido —una sonrisa burlona apareció apenas—.

Este lugar no es para niños bien.

Gustavo levantó lentamente la mirada.

Los observó uno por uno.

Sin responder.

Y eso incomodó más que cualquier amenaza.

—¿Qué estás viendo? —otro avanzó apenas, más agresivo—.

Te voy a enseñar que este lugar no es para ti.

Se movió dispuesto a empujarlo.

Y entonces la voz.

—Detente.

Firme.

Sin necesidad de gritar.

Vino desde dentro del bar.

Todos obedecieron inmediatamente.

—Es Gustavo.

El protegido de la jefa.

El ambiente cambió de golpe.

El mismo hombre que estaba a punto de tocarlo retrocedió inmediatamente.

La expresión burlona desapareció.

—Disculpe.

Otro hombre apareció.

Más tranquilo.

Más cuidadoso ahora.

—Acompáñeme, señor.

El jefe lo está esperando.

Gustavo no respondió.

Solo comenzó a caminar.

Y apenas cruzó la entrada el mundo cambió.

Oscuridad.

Luz roja derramándose desde esquinas llenas de neón desgastado.

El olor pesado de alcohol mezclado con humo viejo.

Y debajo de todo eso, algo más.

Algo húmedo.

Antiguo.

Las paredes estaban cubiertas de imágenes.

La muerte.

Calaveras.

Figuras esqueléticas observando desde cuadros mal iluminados.

Altares improvisados.

Veladoras consumidas derramando cera sobre mesas viejas.

Sombras deformándose lentamente con el movimiento de las luces.

Gustavo las observó apenas.

Y por un instante el recuerdo llegó solo.

Jonathan.

Su risa.

El sarcasmo constante.

La forma en que caminaba por lugares así, como si el peligro fuera parte del paisaje, como si nada pudiera tocarlo realmente.

Una pequeña exhalación escapó de Gustavo.

Casi involuntaria.

Y siguió caminando.

Atravesaron el lugar lentamente.

Mesas ocupadas.

Rostros endurecidos por demasiadas noches iguales.

Miradas que no preguntaban nada, pero aun así parecían juzgarlo todo.

Y mientras avanzaba entre ellas, Gustavo entendió algo incómodo.

Ese mundo todavía lo recordaba perfectamente, aunque él hubiera intentado olvidarlo.

Caminaron hasta el fondo del lugar.

Ahí todo cambiaba.

Una puerta distinta.