Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas #2
¡Ayúdenme con las bolsas!
Gustavo se quedó inmóvil un segundo.
¿Niñas?
La primera bajó del auto.
Un poco más alta.
Cabello oscuro.
Mirada tranquila.
La clase de seguridad que tienen los hijos que crecieron sintiéndose amados.
Caminó directo hacia él.
—¿Por qué me ves así, papá? —una sonrisa divertida apareció en su rostro—.
Pareciera que no me conoces —le quitó una bolsa de las manos—.
Soy Katherine.
Por si ya se te olvidó otra vez.
Gustavo soltó una risa.
Una real.
De esas que salen solas.
Y entonces apareció la otra.
Más pequeña.
Más inquieta.
Corriendo hacia él.
—¡Hola, papi! —lo abrazó sin avisar—.
Yo soy la favorita —le guiñó un ojo—.
Madeleine —más bajo—.
No te confundas.
Gustavo terminó riéndose más fuerte.
Más libre.
Más vivo de lo que había estado en años.
Y entonces María se acercó.
Lo besó apenas.
—¿Qué pasa contigo hoy? —sonriendo—.
Traes una cara rarísima.
Gustavo la miró unos segundos.
A ella.
A las niñas.
A la casa.
A todo.
Y sintió algo tan tranquilo que casi dolía.
—¿No puedo ser feliz? —más bajo—.
Tengo a mi esposa —miró hacia las niñas—.
Y a mis hijas.
María sonrió apenas.
Con esa calma suya.
—Pues acostúmbrate —le tomó la mano—.
Porque todavía te falta soportarnos muchos años.
Gustavo cerró apenas los ojos un segundo.
Como intentando quedarse ahí un poco más.
—Suena bien.
Ella comenzó a caminar hacia la casa.
—Ven.
Te hice de comer.
Gustavo asintió lentamente.
—Sí... —más bajo— ya voy.
María entró.
Las niñas detrás de ella.
Las risas todavía escuchándose dentro de la casa.
Y entonces, el sonido.
El despertador.
Todo se rompió.
De golpe.
Gustavo abrió los ojos.
La oscuridad del departamento.
El techo.
El silencio.
La habitación vacía.
La sensación seguía ahí todavía.
La felicidad.
El calor.
La calma.
Pero solo duró unos segundos.
Porque después llegó lo otro.
El peso.
El dolor.
La realidad regresando demasiado rápido.
Y entonces entendió.
Nada de eso existía.
Nunca había existido.
Y aun así fue suficiente para destruirlo un poco por dentro.
Esa mañana Gustavo salió temprano.
Camino al trabajo.
Las calles todavía conservaban ese frío ligero de las primeras horas.
Personas esperando transporte.
Locales apenas abriendo.
El ruido lejano de la ciudad despertando poco a poco.
Pero él apenas lo notaba.
Seguía pensando en el sueño.
En la casa, en María, en las niñas.
En todo lo que sintió, y en todo lo que jamás sería.
Y entonces escuchó esa voz.
Suave.
Familiar.
—Hola.
Gustavo levantó la mirada.
María.
Frente a él.
Sonriendo como siempre.
Como si el mundo todavía fuera un lugar sencillo.
—Qué sorpresa.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—¿A dónde vas?
—A trabajar.
Respondió casi automáticamente.
Directo.
Sin adornos.
Porque todavía seguía atrapado en la sensación del sueño.
En esa idea insoportable de algo que pudo haber sido.
Y precisamente por eso comenzó a poner distancia.
Sin querer hacerlo demasiado evidente.
—¿Te acompaño a la estación? —preguntó ella.
Y ahí estaba otra vez esa sonrisa, la misma que siempre parecía tener un poco de juego escondido detrás.
Gustavo la sostuvo un segundo antes de responder.
—Como gustes.
Comenzaron a caminar.
María hablaba de sus últimos días.
De clases.
De una maestra que parecía odiar la felicidad.
De una señora en el autobús que se había peleado con otra por una bolsa de pan.
Incluso las cosas malas las contaba con gracia, como si hubiera aprendido a quitarle peso a la vida para poder cargarla mejor.
Y Gustavo no estaba escuchando realmente.
O al menos no completamente.
Seguía hundido en sus pensamientos.
En otro lugar.
—¿Estás bien? —la voz de María lo trajo de vuelta.
Había preocupación real en su tono ahora.
Gustavo levantó apenas la mirada.
Y sonrió.
Pero la sonrisa salió vacía.
—Sí.
Estoy bien.
Siguieron caminando.
La estación ya podía verse a lo lejos.
Camiones pasando.
Gente moviéndose deprisa.
El ruido constante de una mañana cualquiera.
Y entonces María se detuvo.
—¿Seguro?
Silencio.
Gustavo giró apenas hacia ella.
Otra sonrisa.
Otra vez forzada.
—Sí... —más bajo— ¿por qué lo preguntas?
María sostuvo la mirada sin incomodidad.
Sin dramatizarlo.
Solo observándolo de verdad.
—Porque tu sonrisa se ve falsa —más suave— y tus ojos se ven tristes.
Gustavo no respondió inmediatamente.
Porque ella tenía razón.
Pero ¿cómo explicarlo?
¿Cómo decirle que había soñado una vida entera con ella?
¿Cómo explicarle el vacío de despertar?
¿O todo lo demás?
Los demonios.
El tablero.
Las grietas.
Las cosas que lo habían roto tanto que ahora incluso ser feliz le daba miedo.
Terminó negando apenas con la cabeza.
—No es así.
De verdad estoy bien.
Pero María era inteligente.
Demasiado.
Y supo inmediatamente que estaba mintiendo.
Aunque no lo presionó.
No insistió.
No intentó arrancarle respuestas.
Simplemente hizo algo más.
—Ven —le tomó apenas de la manga—.
Acompáñame.
Gustavo no preguntó.
Solo la siguió.
Entraron a una pequeña cafetería cerca de la estación.
El aroma a café recién hecho llenaba todo el lugar.
Calor.
Ruido bajo.
Personas comenzando el día.
Una máquina de espresso sonando al fondo.
El vidrio empañado por el contraste del clima.
—¿Qué haces? —preguntó Gustavo apenas entraron—.
No es necesario.
María no respondió.
Se acercó al mostrador.
—Un cappuccino grande, por favor.
Gustavo la observó.
Ella lo sabía.
Ese siempre era su favorito.
María abrió la bolsa buscando dinero.
Monedas.
Muy pocas.
Las contó tranquilamente sobre el mostrador, como si no tuviera importancia, como si gastar lo poco que llevaba ahí fuera la cosa más normal del mundo.
—¿Cuál es el precio de las mantecadas? —preguntó al vendedor.
María volteó apenas.
Dudó un segundo.
Y Gustavo lo notó.
Intentó detenerla.
—No lo hagas —más bajo—.
En serio, no hace falta.
Ella lo miró apenas.
Y después volvió con el vendedor.
—Sí, deme unas también.
Pagó.
Sin hacer gesto alguno.
Sin queja.
Sin buscar reconocimiento por eso.
Y Gustavo entendió inmediatamente algo que lo hizo sentirse peor.
María no tenía mucho.
Eso era evidente.
Estudiaba.
Trabajaba.
Se sostenía sola como podía.
Y aun así estaba ahí.
Gastando en él.
En un café.
En un pan.
En un intento pequeño y torpe de hacerle el día menos pesado.
Solo porque sí.
Solo porque le importaba.
El pecho de Gustavo se tensó.
Y por primera vez esa mañana se sintió avergonzado.
Porque él había llegado encerrado en sí mismo.
Y ella había llegado pensando en cómo hacerlo sentir mejor.
Tomó el café lentamente.
—De verdad... —la voz salió más honesta esta vez— gracias por esto.
María sonrió apenas, como si eso bastara.
Después llegó el camión.
Gustavo subió.
Se sentó junto a la ventana.
Y antes de que las puertas cerraran, la vio todavía ahí.
Esperando.
Mirándolo.
Entonces levantó la mano y señaló su rostro exageradamente.
—¡Cambia esa sonrisa! —después señaló sus ojos—.
¡Y esa mirada también!
Gustavo la observó unos segundos.
Y esta vez la sonrisa sí cambió, porque por primera vez en toda la mañana se sintió acompañado de verdad.
El camión avanzó lentamente entre el tráfico.
Gustavo sostenía el café todavía caliente entre las manos.
El aroma.
El sabor dulce del cappuccino.
Y sin querer seguía pensando en María.
En la forma en que contó las monedas.
En cómo fingió normalidad para no incomodarlo.
En esa sonrisa suya cuando intentaba animarlo.
Y mientras observaba la ciudad pasar detrás del vidrio, sin palabras, se hizo una promesa.
Cuidarla.
Siempre.
El motor vibraba debajo del asiento.
Personas subiendo.
Bajando.
Conversaciones ajenas mezclándose con el ruido de la calle.
Todo normal.
Hasta que algo cambió.
Fue sutil al principio.
Una sensación intentando acomodarse dentro de él.
Extraña.
Antigua.
Demasiado familiar.
Gustavo se tensó apenas.
El café dejó de importar.
Cerró lentamente los ojos.
Y entonces la reconoció.
Esa presencia.
No exactamente igual.
Pero sí lo suficiente.
La misma sensación invisible que alguna vez acompañó otras pérdidas.
La misma conexión silenciosa que nunca necesitó explicación.
El pecho se le apretó inmediatamente.
No, no otra vez.
Y entonces todo encajó.
No como pensamiento.
Como certeza.
Porque Gustavo ya había aprendido algo sobre el tablero.
Nada llega porque sí.
Nada permanece porque sí.
Y las piezas importantes nunca aparecen por accidente.
Abrió lentamente los ojos.
La mirada perdida entre las luces borrosas de la ciudad.
Y lo supo.
María no solo había llegado a su vida.
Había sido colocada ahí.
El vacío que dejó el Guardián anterior ya no estaba vacío.
Ella.
La sensación volvió apenas.
Confirmándolo.
Su nuevo Guardián era María.
Gustavo sintió algo romperse dentro de él.
No afuera.
No de forma visible.
Más profundo.
Porque ahora entendía algo mucho peor.
Los Guardianes no se quedan.
Nunca lo hacen.
Llegan.
Cumplen.
Y después desaparecen.
Como todo lo demás que el tablero termina reclamando.
Cerró lentamente los ojos otra vez.
La respiración comenzando a quebrarse apenas.
Y por primera vez en muchísimo tiempo el miedo regresó de verdad.
No miedo a morir.
No miedo a los demonios.
Miedo a perder algo hermoso otra vez.
Los dedos se cerraron apenas alrededor del vaso de café.
Todavía tibio.
Y entonces murmuró.
Tan bajo que casi se perdió entre el ruido del camión.
—Dios... —la respiración se cortó apenas— por favor... —más roto— no me quites las cosas hermosas... —y la voz terminó quebrándose sola— que me has dado.
Gustavo siguió con su vida.
O al menos intentó hacerlo.
Pero algo cambió después de aquella sensación en el camión.
Después de entender lo que María realmente era dentro del tablero.
Comenzó a evitarla.
Primero fueron pequeños detalles.
Responder más tarde.
Cancelar salidas.
Tomar caminos distintos.
No buscarla.
No coincidir "por accidente".
Y poco a poco la distancia comenzó a volverse costumbre.
Porque Gustavo ya había aprendido demasiado.
Las cosas hermosas duran poco cuando el tablero las toca.
Y él no quería repetirlo.
No otra vez.
No como con África.
No como con Vanessa.
No más pérdidas inesperadas.
No más personas importantes desapareciendo mientras él intentaba convencerse de que todo estaría bien.