Capítulo 19 Dios, no me quites las cosas bellas
La piedad no funciona en este negocio.
No fue coincidencia.
Eso que sentiste alguna vez, esa felicidad extraña que aparece antes de recibir una buena noticia.
Esa tranquilidad repentina que llega sin explicación.
O al contrario, la inquietud.
Ese peso raro en el pecho que aparece antes de que algo se rompa.
Antes de una llamada.
Antes de una despedida.
Antes de perder algo que todavía no sabes que estás a punto de extrañar.
Todos lo han sentido alguna vez, aunque después intenten convencerse de que solo fue imaginación.
Pero Gustavo no.
Él lo conocía demasiado bien.
No como idea, como certeza.
Por eso, cuando el teléfono sonó aquella noche y vio el nombre de María en la pantalla, no sintió sorpresa.
Sintió confirmación.
El departamento estaba en silencio.
Solo la luz tenue de la cocina iluminando parte de la sala.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas.
Y el teléfono seguía vibrando entre sus manos.
Gustavo sonrió apenas antes de contestar.
—¿Hola?
—Oye...
La voz de María apareció inmediatamente al otro lado.
Ligera.
Cálida.
Y aun así, algo en el tono sonaba distinto.
Como alguien intentando contener emoción.
—¿Estás ocupado?
Gustavo caminó lentamente hacia la ventana, mirando las luces húmedas de la ciudad reflejándose sobre el pavimento.
—Depende —una pequeña sonrisa apareció apenas.
—¿Qué tan grave es?
María soltó una risa breve.
—Nada grave —más suave—. Bueno... creo.
—Eso definitivamente no tranquiliza.
Ella volvió a reír.
Y Gustavo sintió algo simple.
Calma.
La clase de calma que no hacía ruido, pero se quedaba contigo después de escucharla.
—Quiero invitarte a cenar.
Silencio.
No incómodo.
—¿Motivo?
—Es sorpresa.
Y entonces lo sintió.
No fue una voz.
No fue una visión.
Ni siquiera un pensamiento completo.
Fue algo más difícil de explicar.
Una certeza suave.
Instantánea.
Gustavo sonrió apenas.
Pequeño.
Real.
—Claro —la mirada siguió perdida en la lluvia detrás del vidrio—. Acepto.
Hubo silencio del otro lado.
Y después María habló otra vez.
Más tranquila ahora.
—Perfecto.
Entonces mañana nos vemos.
—Eso sonó peligrosamente formal.
Ella soltó una pequeña risa.
—Solo quiero asegurarme de que no canceles.
—No suelo hacerlo.
Silencio.
Y entonces Gustavo añadió, más bajo:
—Además... me gusta pasar tiempo contigo.
El silencio del otro lado cambió apenas.
No incómodo.
Más humano.
—A mí también me gusta pasar tiempo contigo, Gus.
Y por un instante la lluvia afuera dejó de sentirse tan fría.
Porque María tenía algo extraño.
Sabía cuándo acercarse.
Y cuándo simplemente quedarse.
El lugar era sencillo.
Luz cálida cayendo suavemente sobre las mesas.
Madera oscura.
El murmullo constante de conversaciones ajenas mezclándose con música tranquila.
Cubiertos chocando de vez en cuando.
Risas lejanas.
Nada extraordinario.
Y aun así se sentía bien estar ahí.
Gustavo llegó antes de la hora acordada.
Como casi siempre.
Esperar nunca le había molestado.
Hacer esperar a alguien, sí.
Eligió una mesa desde donde pudiera observar la entrada sin parecer demasiado obvio.
Le gustaba llegar con tiempo.
Mirar el lugar.
La gente.
El ambiente.
Y también le gustaba verla llegar, aunque probablemente ya era demasiado obvio.
Pasaron algunos minutos.
Y entonces la vio entrando al restaurante.
Algo en el lugar pareció cambiar apenas.
María sonrió al encontrarlo con la mirada, como siempre hacía.
Pero esta vez había algo distinto.
El cabello.
Más oscuro.
Más profundo.
Vino.
Y claramente lo sabía, porque la sonrisa que traía tenía demasiada intención para ser casual.
Se acercó lentamente a la mesa.
—Hola.
—Hola.
Silencio pequeño.
De esos que existen sin pesar.
Gustavo la observó unos segundos más de lo normal.
Y esta vez no intentó disimularlo.
—Wow... —una sonrisa apareció apenas—. Te ves increíble.
María levantó ligeramente una ceja.
Divertida.
—¿Ah sí?
—Sí —la señaló apenas con la mirada—. Aunque no sé exactamente qué cambió... —se inclinó apenas hacia adelante—. Déjame pensar.
Ella hizo una pequeña mueca conteniendo la risa.
—A ver, detective.
Gustavo entrecerró los ojos exageradamente, como si estuviera analizando algo importante.
—Mmm... —después asintió lentamente—. Ya sé —más serio—. Hoy sí te peinaste.
María soltó la risa inmediatamente, negando con la cabeza.
—Increíble.
—Y yo que pensé que no lo notarías.
Gustavo sonrió.
Esta vez completamente sincero.
—Lo noté desde que entraste —la mirada volvió apenas a su cabello—. Y sí... —más bajo— te queda muy bien.
María levantó apenas el mentón.
Jugando.
—Aunque siendo honestos... yo siempre me veo bien.
—Eso jamás estuvo en discusión.
La respuesta salió demasiado rápido.
Y ambos lo notaron.
María sonrió apenas más amplio.
—Qué seguro respondiste eso.
Gustavo soltó una pequeña risa.
—Solo estoy siendo objetivo —la observó otra vez—. Pero hoy... —más bajo— sí superaste expectativas.
El silencio cayó apenas un instante.
No incómodo, suave.
Entonces Gustavo tomó una pequeña caja que había dejado a un lado y la deslizó hacia ella.
—Traje algo.
María bajó la mirada, sorprendida.
—¿Qué es?
—Pues... si seguimos las reglas normales del universo... —una pequeña sonrisa apareció apenas— tendrías que abrirlo para descubrirlo.
Ella soltó una risa pequeña.
Después abrió la caja.
El labial.
Tono vino.
Exactamente el mismo matiz profundo de su cabello.
María levantó lentamente la mirada hacia él.
Y por un instante algo en su expresión cambió.
Más genuino.
—Es perfecto —más bajo—. ¿Cómo supiste el tono?
Gustavo se encogió apenas de hombros.
—Tengo mis momentos.
—Definitivamente sí.
Y sin pedir permiso, sin vergüenza, simplemente lo hizo.
Sacó el labial y comenzó a ponérselo frente a él usando la cámara del teléfono como espejo improvisado.
Gustavo la observó en silencio.
Sin apartar la mirada, porque no quería hacerlo.
Y mientras la veía reírse de sí misma por equivocarse apenas al delinear, algo incómodo apareció dentro de él.
Un deseo.
No exactamente por ella.
Por él mismo.
Por la posibilidad absurda de haber llegado a este momento siendo otra persona.
Más completo.
Menos roto.
Con un corazón que todavía supiera empezar cosas sin miedo a perderlas.
—¿Y? —preguntó María levantando apenas el rostro—. ¿Cómo me veo?
Gustavo no respondió inmediatamente.
Solo la observó demasiado tiempo.
Y ella lo notó.
La sonrisa apareció lenta.
Consciente.
—Creo que te quedaste sin palabras.
—Eso significa que me veo muy bien.
Gustavo soltó lentamente el aire.
Y terminó sonriendo también.
Pequeño.
Real.
—Sí... —la mirada permaneció sobre ella— mucho.
La noche siguió avanzando.
Platos sencillos.
Conversaciones ligeras.
Historias absurdas.
Risas que no necesitaban explicación.
Momentos pequeños que no parecían importantes, pero terminaban quedándose igual.
Y mientras la escuchaba hablar, mientras la veía reír, mientras por un instante todo parecía tranquilo, Gustavo lo supo.
Nada de esto era casualidad.
Nunca lo había sido.
Y aun así no preguntó.
No dudó.
No se alejó.
Porque por primera vez en mucho tiempo no quería entender el tablero.
Solo quería quedarse ahí.
Aunque fuera un poco más.
Los días siguieron pasando.
Y con ellos, la rutina.
Hubo momentos en los que no veía a María.
Días completos.
Mensajes cortos.
Silencios largos.
La vida seguía moviéndose igual.
Como si nada estuviera esperando.
Como si todo fuera normal.
Y entonces, una noche, Gustavo soñó.
Pero esta vez no hubo demonios.
No hubo sombras.
No hubo sangre.
Ni voces.
Fue distinto.
Y precisamente por eso dolió más.
Porque era un sueño bueno.
Demasiado bueno.
Gustavo había comenzado un negocio.
Algo pequeño al principio.
Nada impresionante.
Una idea sencilla que poco a poco empezó a crecer.
Había trabajo.
Mucho.
Desvelos.
Errores.
Días pesados.
Pero por primera vez en muchísimo tiempo, algo salía bien.
Y entonces pensó en María, como si siempre hubiera tenido que estar ahí.
Le pidió ayuda.
Y ella aceptó sin siquiera pensarlo demasiado.
Así comenzaron.
Juntos.
Día tras día.
Aprendiendo.
Resolviendo problemas absurdos.
Discutiendo por tonterías pequeñas.
Riendo después.
Cansándose juntos.
Celebrando cosas mínimas como si fueran enormes.
Y mientras el tiempo avanzaba, Gustavo empezó a notar algo extraño.
El bloqueo emocional ya no estaba.
No completamente.
Pero sí lo suficiente.
Por primera vez en años volvió a sentir.
Y eso le dio miedo, porque sentir otra vez también significaba poder perder otra vez.
Aun así no huyó.
Una noche estaban solos en el negocio.
Ya tarde.
Las luces apagadas casi por completo.
Solo una lámpara encendida cerca de ellos.
María revisaba unas cuentas mientras tomaba café.
Cansada.
Hermosa.
Real.
Y Gustavo simplemente la observó unos segundos.
Demasiados.
Hasta que ella levantó la mirada.
—¿Qué? —preguntó divertida.
—Nada —después sonrió apenas—.
Bueno... sí.
María dejó el vaso lentamente sobre la mesa.
—Eso sonó peligroso.
Gustavo soltó una pequeña risa nerviosa.
Algo rarísimo en él.
—Te quiero aquí —la mirada permaneció fija en ella—.
Pero no solo aquí —más honesto—.
Te quiero conmigo.
El silencio cayó suave entre ambos.
María lo sostuvo con la mirada unos segundos.
Y después sonrió lentamente, como alguien que llevaba tiempo esperando escuchar eso.
—Creí que nunca ibas a decirlo.
Gustavo bajó apenas la mirada.
—Lo estaba intentando.
—¿Intentando qué?
—No arruinarlo.
Ella soltó una pequeña risa.
Y después se acercó.
Despacio.
Hasta quedar frente a él.
—Entonces deja de pensar tanto —más suave—.
Y bésame de una vez.
El tiempo siguió avanzando.
Una vida construyéndose poco a poco.
Y después, la pregunta.
—¿Quieres casarte conmigo?
María lloró antes de responder.
Y aun así se estaba riendo.
—Sí, Gus.
Claro que sí.
El sueño siguió avanzando, como hacen los recuerdos felices.
Hasta que una tarde Gustavo estaba en el patio de la casa que compartían.
Regando unas plantas.
La tranquilidad simple de una vida pequeña.
Perfecta.
Entonces escuchó el sonido de una camioneta estacionándose afuera.
Y sonrió antes incluso de mirar.
Sabía que era María.
La cajuela se abrió.
Bolsas de despensa.
Risas.
Y entonces la escuchó.
—¡Niñas!