Capítulo 18 Lo que no se fue #4
María levantó la mirada y sonrió apenas.
—Hola, Gus.
Gustavo dudó un segundo antes de hablar.
—Creo que sí te verías bien.
Ella frunció ligeramente el ceño.
Divertida.
—¿Bien con qué?
Gustavo hizo un pequeño gesto con la mano.
—Lo del cabello.
Pero no rojo-rojo.
Algo más oscuro —pensó un segundo—.
Como vino tinto —la observó otra vez—.
No sé cómo explicarlo bien... pero creo que entiendes la idea.
María lo sostuvo con la mirada unos segundos.
Y después sonrió apenas.
—Pero me dijiste que me vería rara.
Así que ya había descartado hacerlo.
Gustavo soltó lentamente el aire.
—No quería hacerte sentir mal —más bajo, honesto—.
Solo pensé que otro tono te favorecería más —la mirada bajó apenas—.
Y no quería que alguien hiciera un comentario estúpido.
Silencio.
María sonrió de una forma distinta esta vez.
Más suave.
—Los demás no me importan —lo miró directo—.
Solo me importa la opinión de mi amigo.
La frase cayó simple.
Natural.
Y aun así algo dentro de Gustavo se movió, porque no estaba acostumbrado a significar algo bueno para alguien.
María inclinó apenas la cabeza.
—Y sí.
Creo que ese tono me gustaría más.
Gustavo no respondió de inmediato.
Solo la observó un segundo.
La tranquilidad con la que hablaba.
La confianza.
La facilidad con la que lo hacía sentir cerca sin exigir nada.
Y una pequeña sonrisa apareció apenas en su rostro.
Ligera.
Casi imperceptible.
—Sí... —la mirada permaneció sobre ella— se te vería muy bien.
Los días comenzaron a convertirse en momentos.
Y los momentos en costumbre.
Desayunos improvisados.
Café caliente soltando humo entre los dos.
El sonido suave de las cucharas golpeando las tazas.
María hablando de cualquier cosa.
Historias absurdas.
Detalles mínimos de su día.
Y Gustavo escuchando.
A veces respondiendo.
A veces solo observándola mientras hablaba.
Después las cosas se invertían.
Y era ella quien lo escuchaba a él.
Sin interrumpir.
Sin intentar arreglarlo todo.
Solo estando ahí.
Las comidas dejaron de sentirse rápidas.
El tiempo con ella parecía moverse distinto.
Más lento.
Más tranquilo.
Había risas entre frases.
Bromas pequeñas.
Silencios cómodos, de esos que no necesitan llenarse porque ya se sienten completos así.
Fueron al cine varias veces.
Las luces apagándose lentamente.
La pantalla iluminando apenas sus rostros.
Pero Gustavo no siempre prestaba atención a la película.
A veces terminaba mirándola a ella.
La forma en que reaccionaba.
Cómo se reía sin intentar contenerse.
Cómo se cubría el rostro en escenas ridículas, aunque claramente quisiera seguir viendo.
Y eso le parecía extrañamente hermoso.
También fueron a jugar boliche.
María era terrible.
Terriblemente terrible.
Pero celebraba cada tiro como si hubiera ganado algo importante.
Y cuando Gustavo fallaba, se burlaba de él como si tuviera derecho.
Lo peor era que sí lo tenía.
Nada de eso era extraordinario.
Y aun así, para Gustavo lo era todo, porque había olvidado cómo se sentían las cosas simples cuando dejan de doler.
Comenzó a observar cómo trataba a otras personas.
Gente en la calle.
Ancianos.
Niños.
María siempre era igual.
Amable.
Atenta.
Presente, como si ayudarle a alguien no fuera esfuerzo.
Solo costumbre.
Y eso descolocaba a Gustavo, porque ya no estaba acostumbrado a personas así.
A gente buena sin intención escondida detrás.
Con el tiempo, algo dentro de él comenzó a cambiar.
No de golpe.
No de forma evidente.
Pero sí constante.
Gustavo empezó a sentirse más ligero.
Más humano, como si algo dentro de él, después de tantos años, finalmente estuviera respirando otra vez.
Y una noche la idea apareció.
Pequeña.
Silenciosa.
Pero real.
Olvidar.
No ver más cosas.
No entender el tablero.
No sentir presencias.
No cargar con todo aquello.
Ser simplemente un hombre normal.
Otra vez.
Y lo más extraño fue que la idea no le dio miedo.
Lo tentó, porque por primera vez en mucho tiempo la normalidad parecía tener algo valioso esperándolo.
Pero el pensamiento no se quedó demasiado tiempo.
Desapareció igual que llegó.
Porque María no era lo que había perdido.
No era África.
No era Vanessa.
No intentaba reemplazar nada.
Y quizá precisamente por eso funcionaba.
Porque con ella no sentía que estuviera recuperando el pasado.
Sentía algo distinto, como si la vida, después de quitarle tanto, estuviera intentando devolverle pequeñas cosas otra vez.
Y eso lo inquietaba, porque Gustavo ya había aprendido demasiado.
Nada de esto era coincidencia.
Nunca lo había sido.
Y María tampoco.
Llegó por una razón.
Para llenar silencios.
Para tocar heridas que llevaban demasiado tiempo abiertas.
Para sostener algo dentro de él antes de que terminara de romperse.
Pero también para ocupar un espacio.
Uno que no podía permanecer vacío demasiado tiempo.
Uno que debía llenarse antes de que el tiempo terminara de avanzar.
Y por las noches Gustavo seguía mirando al cielo.
Siempre al mismo punto.
La luna.
Silenciosa.
Constante, como si estuviera contando algo que él todavía no terminaba de entender.
Y aunque no decía una sola palabra, Gustavo podía sentirlo.
El tiempo seguía avanzando.