Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 18 Lo que no se fue #3
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Capítulo 18 Lo que no se fue #3

—María —dijo finalmente, extendiendo la mano—.

Por si la investigación continúa.

Gustavo tomó su mano.

Y por un instante pensó que había olvidado algo importante.

Hasta que lo recordó.

Su propio nombre.

—Gustavo.

La respuesta salió natural.

Sin esfuerzo.

Sin máscaras.

Sin mentiras.

Y eso le llamó más la atención que cualquier otra cosa, porque no había dicho Jonathan.

Ni siquiera lo pensó.

Solo Gustavo.

Ella inclinó apenas la cabeza.

—¿Y cuál es el veredicto hasta ahora?

¿Parecía feliz?

Gustavo fingió analizarlo, como si realmente estuviera considerando todas las pruebas disponibles.

—Todavía estoy reuniendo evidencia.

María sonrió.

—Qué conveniente.

—Soy muy profesional.

—Claro.

Se nota.

Y entonces comenzaron a hablar.

De nada importante.

Y precisamente por eso fue importante, porque por primera vez en mucho tiempo Gustavo no estaba intentando olvidar el pasado.

Ni escapar de él.

Ni llenar un vacío.

Simplemente estaba disfrutando una conversación.

Y mientras escuchaba a María reír otra vez, una parte de él bajó la guardia.

Solo un poco.

Lo suficiente.

Y si hubiera sabido todo lo que vendría después, quizá habría tenido miedo.

Pero no lo sabía.

Ninguno de los dos lo sabía.

Así que hicieron lo que hacen las personas cuando la vida todavía les concede momentos así.

Hablaron.

Y sonrieron.

Al menos por un rato.

Los días pasaron.

Y siguieron encontrándose.

No siempre.

No demasiado.

Hasta que un día ninguno de los dos volvió a sentir que estaba viendo a un desconocido.

A veces coincidían por casualidad.

O al menos eso intentaban fingir los dos, porque poco a poco comenzaron a buscar esos momentos.

Una excusa sencilla.

Un mensaje.

Cinco minutos más después de despedirse.

Cualquier cosa que les permitiera quedarse un poco.

María desaparecía algunos días.

La universidad terminaba absorbiéndola por completo.

Trabajos.

Exámenes.

Desvelos.

Y Gustavo entendía ese cansancio.

Él también desaparecía a veces.

El trabajo.

La rutina.

La costumbre de encerrarse demasiado en sí mismo.

Entonces el silencio volvía.

Pero algo era distinto ahora, porque cuando se reencontraban todo continuaba exactamente donde se había quedado.

Sin esfuerzo.

Sin presión, como si el tiempo entre ellos no pesara realmente.

Y eso resultaba extraño.

Cómodo.

Las conversaciones comenzaron a crecer solas.

Cafés improvisados.

Caminatas largas sin dirección real.

Audios absurdamente largos sobre cosas sin importancia.

Bromas pequeñas.

Silencios tranquilos, de esos que no necesitan llenarse para sentirse bien.

Y poco a poco, sin darse cuenta, construyeron una amistad.

De las buenas.

De las raras.

Sin intención.

Sin promesas.

Sin necesidad de ponerle nombre todavía.

Solo presencia.

Gustavo comenzó a observarla más.

No como antes observaba a las personas.

No desde el deseo.

Desde la atención.

María se reía con facilidad.

De verdad.

No como la gente que sonríe por costumbre.

Y había algo en eso que él ya no recordaba cómo sostener.

Esperanza.

Ligereza.

La capacidad de disfrutar cosas pequeñas sin sentir culpa por hacerlo, como si todavía existiera una parte del mundo que no estuviera rota.

Y eso lo descolocaba un poco, porque Gustavo reconocía esa sensación.

La había tenido alguna vez.

Antes del odio.

Antes del tablero.

Antes de aprender demasiadas cosas que nunca debió entender.

A veces la observaba hablar y sentía algo extraño.

No felicidad completa.

Pero sí algo parecido a descanso, como si por momentos el peso dejara de aplastarlo tanto.

Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba.

No alguien que lo salvara.

Solo alguien capaz de recordarle lentamente quién era antes de perderse tanto.

En una ocasión estaban sentados sobre una banqueta.

Hablando de cosas sin importancia.

O al menos fingiendo que lo eran.

La tarde estaba cayendo lentamente.

El ruido de los autos pasando.

Personas caminando sin prisa.

María hablaba de algo relacionado con la universidad.

Algo sobre un profesor que claramente odiaba a la humanidad.

Y Gustavo la escuchaba con una pequeña sonrisa.

Más atento a cómo hablaba que a la historia realmente.

Entonces una señora se acercó.

Llevaba una hielera vieja colgada del brazo.

—¿Me compran una gelatina?

Gustavo levantó apenas la mirada.

—No, gracias.

Pero María reaccionó antes.

—Sí, deme dos.

La señora sonrió de inmediato.

Cansada.

Pero agradecida.

María pagó.

Después tomó una gelatina y le extendió la otra a Gustavo.

—Toma.

Gustavo observó el vaso transparente unos segundos.

Las gelatinas se movieron raro.

Demasiado aguadas.

Dudó.

Pero la tomó.

Y apenas la probó confirmó lo evidente.

No tenían sabor.

Absolutamente ninguno.

La miró.

—¿Por qué compraste esto? —levantó ligeramente el vaso—.

Mira esto... se ve sospechoso desde el principio.

María soltó una pequeña risa.

—No seas dramático.

Probó la suya.

Y unos segundos después hizo una pequeña mueca.

—Ok... sí están feas.

Gustavo soltó una risa breve.

—Te lo dije.

Ella se encogió de hombros.

Todavía sonriendo.

—Va empezando su venta.

Y quise ayudarla.

Silencio.

La mirada de María siguió sobre la gelatina unos segundos.

Después habló más bajo.

Más tranquila.

—Sé lo que es no tener dinero.

Y también sé lo que se siente tener hambre.

La frase cayó simple.

Sin intención de impresionar.

Sin tristeza forzada.

Solo verdad.

Y precisamente por eso algo dentro de Gustavo se movió.

No por lo que dijo.

Por cómo lo dijo.

Porque María nunca hablaba desde la lástima.

Nunca intentaba verse buena.

Solo entendía cosas.

Cosas reales.

Gustavo bajó lentamente la mirada hacia la gelatina.

Y por un instante recordó quién había sido antes de perderse tanto.

La gente que ayudó.

Las noches donde todavía creía que podía cambiar algo.

El dolor ajeno que entendía demasiado bien.

La soledad.

El hambre.

La sensación de no pertenecer a ningún lugar.

Todo eso seguía ahí.

No muerto.

Solo enterrado debajo de demasiadas cosas.

Y María, sin darse cuenta, acababa de tocar algo que Gustavo creía apagado desde hacía mucho tiempo.

Pero no lo estaba.

Solo había estado esperando a que alguien lo encontrara otra vez.

En otra ocasión, María lo miró con esa naturalidad tranquila que siempre tenía.

—Oye... he estado pensando en pintarme el cabello.

Gustavo levantó apenas la mirada.

—¿Ah sí?

—Rojo.

Silencio.

Y después una pequeña risa escapó de Gustavo.

—¿Rojo? —la observó un segundo más, intentando imaginárselo—.

No sé... creo que te verías rara.

María no reaccionó mal.

Ni hizo drama.

Solo asintió ligeramente.

—Mmm... entonces tal vez no.

Y dejó el tema ahí.

Como si no fuera importante.

Pero Gustavo notó algo.

Ella sí lo había tomado en cuenta.

Los días siguieron normales.

Trabajo.

Rutina.

Mensajes ocasionales con María.

Y una tarde, mientras esperaba un café, terminó platicando con Diana.

Una compañera del trabajo con la que se llevaba bien.

Ella hablaba demasiado.

Pero de forma entretenida.

—Oye —Gustavo la observó por encima del vaso—.

¿Nunca has pensado en pintarte el cabello?

Diana levantó una ceja.

—¿De qué color?

Gustavo la observó unos segundos.

—Rubio tal vez.

Con tu tono de piel... —pensó un segundo más— y quizá labial rojo —se encogió apenas de hombros—.

Creo que te verías bien.

Diana hizo una expresión extraña inmediatamente.

—¿Rubio?

No combina para nada conmigo —más bajo—.

¿Y labios rojos? —soltó una pequeña risa—.

¿Qué clase de combinación es esa?

Gustavo bajó apenas la mirada.

—Pensé que se vería bien.

—No —ella negó divertida—.

Definitivamente no.

La conversación siguió.

Pero algo dentro de Gustavo ya no estaba ahí.

Porque de pronto pensó en María.

En cómo simplemente había escuchado su opinión.

Sin molestarse.

Sin discutir.

Sin intentar defenderse.

Y entendió algo incómodo.

Tal vez no había sido justo.

Esa misma noche terminó buscando referencias en internet.

Sin darse cuenta realmente de por qué estaba haciéndolo.

Fotos.

Tonos.

Tipos de cabello.

Mujeres con rasgos parecidos a María.

Hasta que encontró algo.

No rojo brillante.

Algo más profundo.

Más elegante.

Color vino.

Oscuro.

Cálido.

Y pudo imaginárselo perfectamente.

Al día siguiente la buscó.

—Hola, Mary.