Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 18 Lo que no se fue #2
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Capítulo 18 Lo que no se fue #2

Porque el dolor no llegó primero.

Primero llegó el recuerdo.

Aquella lluvia.

El frío.

La sangre mezclándose con el agua en la banqueta.

Y Vanessa abriendo la puerta del auto sin conocerlo siquiera.

Después la casa cálida.

La comida caliente.

La ropa seca.

El silencio cómodo.

Las conversaciones absurdamente normales.

Ella sentada junto a él sin intentar arreglarlo.

Sin miedo.

Sin preguntas innecesarias.

Solo estando ahí.

Y eso fue lo que más dolió, porque Vanessa nunca intentó salvarlo.

Solo lo hizo sentir humano otra vez.

Gustavo cerró lentamente los ojos.

La voz volvió del otro lado del teléfono.

—Sé lo que eres.

La frase cayó seca.

Extraña.

—Y sé lo que hiciste por Vanessa.

La respiración de Alejandro volvió a escucharse.

Más inestable ahora.

—Necesito que me ayudes.

Gustavo permaneció en silencio unos segundos.

Mirando las luces de la ciudad desde la ventana.

Sintiendo nuevamente ese vacío viejo abriéndose dentro del pecho.

—No sé de qué estás hablando —más bajo, cansado—.

Y de verdad lamento lo de tu hermana.

—No cuelgues.

La respuesta llegó inmediata.

Desesperada.

—Si no me ayudas, voy a encontrarte.

Silencio.

—Y voy a obligarte.

—Alejandro... —más bajo— si de verdad sabes de lo que soy capaz, entonces no deberías buscarme nunca.

Y colgó.

Esa noche soñó con Vanessa.

Estaba frente a él.

Como la recordaba.

Hermosa.

Impecable.

Con esa sonrisa que nunca parecía pedir permiso para existir.

Sus ojos claros como miel.

Profundos.

Demasiado tranquilos.

Sus labios rojos como vino.

Y aquella forma de mirarlo, como si pudiera entender cosas que él mismo todavía no comprendía del todo.

La luz alrededor era tenue.

Cálida.

Vanessa lo observó unos segundos antes de hablar.

—Perdóname, Gus.

La voz sonó igual.

Y precisamente por eso algo se sintió incorrecto.

Gustavo sostuvo la mirada.

Sin moverse.

—¿Qué quieres?

Vanessa bajó apenas la mirada.

—Que me perdones.

Silencio.

El aire comenzó a sentirse más pesado.

Más lento.

Y Gustavo exhaló despacio.

—Sabes perfectamente que no voy a caer en esto —más bajo.

La mirada se endureció apenas—.

Así que mejor muéstrate y dime qué quieres realmente.

Entonces la forma comenzó a cambiar.

No de golpe.

Pequeñas deformaciones.

La sonrisa tensándose demasiado.

Los ojos oscureciéndose.

La voz rompiéndose lentamente.

Hasta que finalmente él apareció.

El Enemigo.

—Te dije, Elegido... que esto no terminaría así.

Gustavo no dudó esta vez.

—¿Fuiste tú quien la mató?

La sonrisa apareció despacio.

Satisfecha.

—Claro que fui yo.

Silencio.

—Era una pieza interesante... aunque ya no muy útil últimamente.

La frase cayó fría, como si hablara de un objeto olvidado.

—Es curioso... —el Enemigo inclinó apenas la cabeza— que no notaras su ausencia antes.

Gustavo sostuvo la mirada.

Sin alterarse.

—Sentí el vacío —la voz descendió apenas—.

Pero no por ella.

Silencio.

Y entonces algo cambió ligeramente en la expresión del Enemigo.

No sorpresa.

Interés.

—Siento la ausencia de un Guardián.

La sonrisa apareció lentamente otra vez.

Esta vez más amplia.

Más orgullosa.

—Exacto... vaya que has mejorado con el tiempo.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—¿Sabes lo que significa?

Gustavo soltó una leve exhalación.

Y una sonrisa pequeña apareció apenas en su rostro.

—Creo que me salté esa parte del manual.

El Enemigo se inclinó ligeramente hacia él.

Lo suficiente para que la presión del lugar aumentara.

—Pregúntale al Ángel.

Voy a disfrutar muchísimo cuando lo entiendas... —silencio— y esa estúpida sonrisa desaparezca.

Gustavo sostuvo la mirada.

Pero esta vez algo sí cambió dentro de él.

No miedo.

Conciencia.

La sensación incómoda de estar entendiendo algo demasiado tarde.

El Enemigo sonrió una última vez.

Y entonces todo se rompió.

Gustavo despertó de golpe.

La respiración agitada apenas un segundo.

Y antes incluso de terminar de despertar, ya estaba buscando respuestas.

El Ángel permanecía a un lado de la cama.

Quieto.

Silencioso, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

Y Gustavo habló antes de sorprenderse siquiera.

—¿Qué significa no tener un Guardián?

El Ángel lo observó unos segundos.

Después respondió.

—El Guardián es una pieza importante.

Es utilizado para distintos propósitos dentro del tablero.

La habitación permaneció en silencio.

—Y si en siete lunas no te es asignado uno nuevo, dejarás de ser lo que eres.

El aire se volvió pesado.

Mucho más pesado.

—¿Y eso se supone que es malo?

El Ángel no respondió de inmediato.

Y ese pequeño silencio fue suficiente para incomodar a Gustavo.

—Significa que olvidarás.

Silencio.

—Dejarás de ver.

De entender.

De sentir ciertas cosas —más bajo—.

Y quedarás expuesto.

La palabra permaneció suspendida en el cuarto.

Expuesto.

Como alguien despertando en medio del océano sin saber nadar.

Gustavo soltó una pequeña risa.

Corta.

Forzada.

—Bueno... —intentó sonreír— esto definitivamente se pondrá interesante.

Supongo que nada es para siempre.

Pero la frase murió antes de terminar.

Vacía.

Sin fuerza.

Sin sostenerse realmente.

Y por primera vez en mucho tiempo Gustavo guardó silencio sin esconderse detrás del sarcasmo, porque esta vez no sabía qué decir.

La vida siguió.

Como sigue para todos.

Imperfecta.

Incompleta.

A ratos vacía.

La de Gustavo nunca había sido fácil.

Pero incluso después de todo, siempre creyó que algún día podría encontrar algo real.

Amor.

Calma.

Alguien capaz de hacerlo sentir humano otra vez.

Pero eso cambió el día que perdió a África.

Después de ella, algo dejó de funcionar correctamente dentro de él.

Lo intentó.

O al menos quiso creer que lo hacía.

Conoció personas.

Habló.

Sonrió cuando era necesario.

Pero el corazón ya no respondía igual, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en aquel momento y nunca hubiera regresado realmente.

Una tarde cualquiera, sin razón clara, todo comenzó a pesar más.

El silencio del departamento.

La soledad.

El cansancio.

El odio que nunca terminaba de irse.

El tiempo.

Gustavo se dejó caer lentamente en el sillón.

Y por primera vez en mucho tiempo se sintió completamente solo.

No ausencia.

Vacío.

Eso era peor.

Porque la ausencia todavía recuerda algo.

El vacío no.

Necesitaba sentirse acompañado.

Pero no lograba sentir nada por nadie.

Solo quedaban recuerdos de África.

Su voz suave.

La forma juguetona en que se burlaba de él.

Su cabello rizado cayendo sobre los hombros.

Sus labios rosados.

Y aquella manera de mirarlo, como si el mundo no fuera tan horrible mientras estuviera con ella.

Gustavo cerró lentamente los ojos.

Y todo comenzó como algo simple.

Una oración.

Sin palabras preparadas.

Sin estructura.

Solo la necesidad absurda de encontrar un poco de calma.

Pidió paz.

Pidió claridad.

Pidió no olvidar aquel amor, porque incluso eso comenzaba a sentirse distante, como un recuerdo intentando desaparecer lentamente.

Y entonces algo cambió.

La oración dejó de ser tranquila.

Se volvió desesperada.

Más honesta.

Más humana.

Más sincera.

—No te olvides de mí... —la voz salió rota, más baja—.

Por favor... —la respiración comenzó a fallarle—.

Ten piedad...

Silencio.

—Déjame sentir algo otra vez...

La voz se quebró completamente.

Y esta vez ya no pudo sostenerse.

Cayó de rodillas.

El aire dejó de alcanzarle.

El pecho se cerró.

Las lágrimas comenzaron a salir sin control.

Sin medida.

Como aquella noche bajo la lluvia, cuando todo dentro de él empezó a romperse.

Pero esta vez no hubo sangre.

No hubo nada visible.

Y aun así dolía mucho más.

Porque ahora no había demonios.

No había grietas.

No había tablero.

Solo él.

Y todo lo que llevaba años guardándose.

El dolor.

La culpa.

La rabia.

La sensación constante de haber perdido demasiado.

Todo salió de golpe, como si el cuerpo finalmente hubiera dejado de soportarlo.

No supo en qué momento se quedó dormido ahí mismo.

En el suelo.

Agotado.

Cuando despertó, seguía roto.

Pero algo había cambiado.

El peso seguía ahí.

Solo que ahora ya no estaba aplastándolo igual.

Había soltado algo.

Lo suficiente para seguir respirando.

Gustavo levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad del departamento.

—Gracias...

Susurró.

No pidió nada más.

No hacía falta.

Porque Dios no necesita palabras perfectas.

Entiende incluso aquello que las personas nunca logran explicar.

Y esa noche entendió perfectamente cuánto estaba resistiendo Gustavo.

Por eso no respondió con palabras.

Respondió de otra forma.

La respuesta no llegó esa misma noche.

Ni al día siguiente.

Porque algunas respuestas necesitan tiempo para encontrarte en el lugar correcto.

Los días siguieron su curso.

Y Gustavo hizo lo único que sabía hacer.

Continuar.

Hasta que una tarde salió a comprar algunas cosas para la casa.

Y entonces la vio.

No fue inmediato.

Ni espectacular.

No hubo música.

Ni esa sensación absurda que las películas intentan vender.

Fue algo más sencillo.

Más real.

Estaba ocupada en lo suyo.

Y aun así llamó su atención.

No por cómo se veía.

Por cómo parecía sentirse.

Había algo ligero en ella.

Algo que Gustavo no veía con frecuencia, como si todavía pudiera disfrutar las cosas pequeñas sin pelearse con el mundo antes.

La observó un momento.

Solo eso.

Un momento.

Y siguió caminando.

Dos, tres, cuatro pasos.

Hasta que se detuvo, porque algo dentro de él hizo una pregunta inesperada.

¿Y si esta vez simplemente hablas?

No porque esperes algo.

No porque necesites algo.

Solo porque quieres hacerlo.

Y eso era nuevo.

Gustavo regresó.

Sin plan.

Sin estrategia.

Sin Jonathan susurrándole tonterías al oído.

Solo él.

—Disculpa.

Ella levantó la mirada.

Y esperó.

—Necesito saber algo.

La sonrisa apareció apenas en su rostro.

Divertida.

—Eso suena serio.

—Lo es —respondió Gustavo—.

¿Siempre pareces tan feliz, o tuve la suerte de encontrarte en un buen momento?

Ella parpadeó.

Sorprendida.

Y después soltó una pequeña risa.

De esas que aparecen antes de pensar una respuesta.

—Creo que esa es una forma muy rara de iniciar una conversación.

—Lo sé.

—¿Y funciona?

—Todavía no lo sé.

Eres la primera persona con la que lo intento.

Ella volvió a reír.

Y algo dentro de Gustavo se relajó, porque era una risa real.

No educada, no incómoda: real.